Esta
columnita aparecerá cada lunes en Comunidad,
órgano de comunicación interna del plantel Vallejo, de donde soy profesor.
Los dos "K"
NOÉ AGUDO
Ambos son checos, el primero nace en Praga en 1883, y el
segundo en Brno en 1929; el apellido de ambos se escribe con la letra K: Kafka,
el primero y Kundera, el segundo; no se conocieron, cuando el primero muere en
1924, el segundo tardará aún cinco años en nacer, pero ambos, misteriosamente,
desarrollan una obra literaria que se podría leer como una sola, porque si el
primero describe como alegoría lo que será un mundo alienante, absurdo, movido
por fuerzas desconocidas e implacables, el segundo pondrá nombres, narrará las
circunstancias y mostrará las causas por las cuales surge ese universo
asfixiante; ambos son escritores universales que han diseccionado en sus
novelas la pesadilla totalitaria vivida por varios países europeos durante el
siglo XX, y que alertan al resto del mundo de lo que puede ocurrir si no somos
capaces de defender y preservar lo que mejor nos define como humanos: la
libertad.
Cuando Franz Kafka
nace, Praga aún es una ciudad del imperio austro-húngaro. La proclamación de
Checoslovaquia como república independiente (1918), al igual que Hungría,
Polonia y Serbia, entre otras, es consecuencia de la Primera Guerra Mundial.
Kafka muere en Kierling, Austria, pero antes solicita a su amigo Max Brod
quemar sus escritos. Brod lo desobedece y gracias a esa infracción podemos conocer
ese mundo opresivo e irracional descrito en novelas como El proceso, El castillo, América y La metamorfosis, además de los numerosos relatos cortos, aforismos,
parte de sus Diarios y otros
documentos estremecedores como la Carta
al padre y las Cartas a Felisa.
La pregunta que los primeros lectores de Kafka se hacían era: ¿Dónde está ese
mundo? ¿De qué nos habla?
Como si profetizara
lo que sería el siglo XX, las novelas de Kafka revelan pesadillas
incomprensibles donde un hombre es detenido, sometido a proceso y fusilado, sin
que nunca pueda saber quién lo acusó ni por qué (El proceso); otro llega a trabajar a un castillo donde enfrenta a
una burocracia infinita que lo mantiene siempre a la espera, sin permitirle hablar
con nadie que pueda definir o resolver su situación (El castillo), y lo mismo sucede en su más conocida novela corta (La metamorfosis), donde el personaje
principal amanece convertido en cucaracha, es repudiado por su propia familia que
sólo lamenta ya no contar con sus ingresos y, cuando los huéspedes que rentan
su habitación se van, deciden matarlo. Kafka no conoció la pesadilla
totalitaria nazi, pero la intuye en ese documento demoledor que es la Carta al padre, donde prefigura un
Hitler doméstico, amante del poder y de la fuerza, que impone sus reglas aunque
él mismo nunca las respeta, y se complace en ejercer su autoridad indiscutible
sobre los débiles.
Si Kafka es el
profeta de ese mundo donde el individuo es anulado por el autoritarismo y el
poder sin contrapesos, Kundera será su más meticuloso cronista, sobre todo en
las obras de su primera etapa, que escribe en Checoslovaquia, donde entonces
rige lozano, feroz y férreo el control comunista.
Así, en su primera
novela, La broma (1967) narra cómo la
vida de un hombre puede trastocarse y ser destruida por un hecho aparentemente
sin importancia. Ludvik, el protagonista, envía una postal a su novia donde
escribe: “El optimismo es el opio del pueblo. El espíritu sano hiede a idiotez.
¡Viva Troski!”. Por estas líneas, en una sociedad donde pensar, decir lo que se
quiera y escribirlo son delitos de lesa ideología, Ludvik es expulsado del
partido y la universidad, y condenado a trabajar en las minas de una ciudad
siempre sucia y cubierta por un humo negro. El espionaje, la delación anónima y
la crítica más inocente a los dogmas del partido son factores suficientes para
condenar y destruir la vida de alguien.
Su siguiente obra, El libro de los amores ridículos (1968),
es un conjunto de siete relatos que se desenvuelven en un ambiente
inquisitorial. El primero de ellos (“Nadie se va a reír”) es ejemplar: por
negarse a emitir un fallo en contra de un pésimo estudio y no herir la
susceptibilidad del autor, un profesor universitario es acosado y perseguido
por aquél, que no lo deja de acosar hasta destruir su carrera. Nuevamente, la
implacable maquinaria partidaria y burocrática contra alguien capaz de tener
consideraciones hacia los demás.
Una sociedad
centralizada, controlada por un poder vertical, sin nada ni nadie que se le
oponga o sea capaz de elevar la más leve critica, abre el reinado de los
delatores, mediocres y oportunistas. En su siguiente novela, La vida está en otra parte (1972),
Kundera narra los avatares de Jaromil, un joven poeta que, al tiempo que
descubre que su arrogancia y supuesta genialidad son sólo humo comparados con
el auténtico genio (Rimbaud), delata para sobrevivir y así continuar su eterna
huida.
Cualidad
excepcional del arte narrativo de Kundera es su capacidad para interesar al
lector no sólo en la historia que cuenta sino en las ideas que impulsan los
actos de esa historia. Así, en La
despedida (1973), lo que subyace tras las vidas entrelazadas de los ocho
personajes reunidos en el balneario, es la omnipresencia del poder absoluto.
“El alma de la masa, que en otros tiempos se había sentido identificada con los
míseros perseguidos, se identifica hoy con la miseria de los perseguidores”,
dice uno de ellos.
En 1975 Milan
Kundera logra salir de Checoslovaquia y a partir de entonces vive en Francia,
país del que adquiere la nacionalidad en 1985. Aquí escribirá la novela
autobiográfica El libro de la risa y del
olvido (1979) en la que continúa la crítica de la sociedad totalitaria y
perfecciona su peculiar técnica de novela-ensayo (que no novela de tesis), de
la cual su exponente insuperable es La
insoportable levedad del ser. Durante los años 1990-1991 me desviví por
entrevistarlo, pero siempre se rehusó aunque con mucha amabilidad. Sólo me
envió alguna vez unos excelentes retratos suyos (¡entonces se parecía mucho a
Karol Wotyla!) realizados por el fotógrafo alemán Aaron Manheimer. Tal vez sólo
me decía sin decirlo: “Escriba usted sobre mi obra, si de verdad le interesa”.
Así que aún estoy en deuda con él, el otro K, que junto con Kafka nos siguen
alertando en torno a los riesgos totalitarios que nos acechan en todo lugar
donde permitimos el ejercicio del poder sin ningún control.
No hay comentarios:
Publicar un comentario