El joven Rius
NOÉ AGUDO
En el gremio de moneros mexicanos cada uno tiene su rasgo
especial: el humor negro de Helioflores, los limpios y demoledores trazos de
Naranjo, el sarcasmo inmisericorde de Helguera, la concisión y precisión de
Calderón, las incisivas historias de Patricio, el socarrón humor de Magú, las
hilarantes situaciones que sólo Hernández sabe crear, la filosa visión de El
Fisgón, y los jocosos pero irreverentes monos de Rocha. Sin embargo, nadie como
Eduardo del Río, Rius, para abordar un tema que sus monos proponen, exponen e
ilustran. Vale decir, nadie como él para la historieta didáctica.
Cuando era niño me
gustaba pasar horas en un puesto de revistas donde por veinte centavos
alquilaba una historieta, así que con uno o dos pesos leía Fantomas, Chanoc, Kalimán y varias más. Pronto me volví
lector de Los Supermachos, la
historieta que Rius creó en los años 60, e incluso continué leyéndola cuando él
dejó de hacerla (un niño no se da cuenta si el autor no es el mismo), aunque percibí
que ya no era igual. Años después me enteré que la editorial le quitó la
historieta e incluso los monos que él había creado por las incisivas críticas
al monolítico régimen priista de aquellos años. Por eso me volqué a comprar Los agachados, su nueva historieta,
cuando apareció.
Me gustaba que
Rius pusiera al final de cada número la bibliografía consultada y su dirección
en Cuernavaca para que sus lectores le escribieran. Para entonces ya asistía a
la secundaria, comenzaba a tener mis propias ideas, así que un día decidí
escribirle. Le pedí que dedicara un número de Los agachados al Ché Guevara (en 1970, excepto El diario del Ché en Bolivia, poco se sabía de él). Nunca me contestó,
pero dos meses después (la revista aparecía “un lunes sí y otro no”) me causó
una enorme alegría ver en la portada de Los
agachados el icónico retrato del doctor Guevara. Y a partir de entonces
empecé a recibir cada diciembre una tarjeta navideña hecha por el propio Rius.
Era un guiño amistoso para decirme: “Está usted servido, lector”.
Eventualmente Rius
colaboraba en algunas revistas como La
Garrapata, “El azote de los bueyes”
y lo seguía leyendo, así como en El
Chamuco, años después. Cuando concluí mi carrera y llegué a ser director de
una publicación, un día me encontraba en un cocktail en la embajada soviética.
Conversaba con diplomáticos de países del Este (polacos, húngaros, checos) y
por algún motivo Rius fue mencionado en la charla. Todos lo conocían. Lo habían
leído, alababan su habilidad didáctica, su humor y la variedad de temas que
abordaba; en Polonia, el marxismo se enseñaba con uno de sus libros, Marx para principiantes. Etc. Mi amiga
húngara Edith Muharay propuso entrevistarlo. ¿Por qué no?, le respondí. Así que
días después le llamamos, concertamos la cita, nos pidió que la entrevista se
realizara en su casa, en Cuernavaca, y allá fue Edith. Como además ella es una
excelente fotógrafa, le pedí que lo retratara sentado, en un espacio abierto,
porque mi intención era rodearlo de todas sus creaturas para que pareciera
estar contemplándolas, como el auténtico demiurgo que es. Edith le hizo una
fotografía magnífica: Rius está sentado en un equipal en su jardín, su madre
(¡aún vivía en el 92!) está detrás suyo y él mira escéptico la cámara.
La entrevista
apareció publicada en Vogue, una
revista del conservador Grupo Novedades, y a muchos les pareció incongruente.
¿Rius en Vogue? ¿Por qué no? El Vogue británico o el alemán se dan el lujo
de tener a los principales exponentes de la cultura de esos países en sus
páginas, y Rius lo es de México. Tenía todo el mérito para estar allí al igual
que Carlos Fuentes, Octavio Paz o Rufino Tamayo. Lo sorprendente era la
tolerancia del grupo empresarial, que en otra época simplemente lo hubieran
prohibido y a mí me hubieran echado. Pero eran nuevos tiempos.
Un día Alicia
Velázquez, mi amiga y responsable de la atención a la prensa en la Editorial
Grijalbo, me invitó a la presentación de un libro en el Museo de la Caricatura
en el Centro Histórico. “Va a estar Rius”, me dijo. No dudé en asistir y por
fin pude estrechar la mano del genial maestro que empecé a leer desde niño y
que en tantas lecturas y temas me había guiado. Nada le dije de la carta, de
ese viejo número de Los Agachados que
evolucionó a libro, el AbeChé, ni de
la entrevista que le habíamos realizado recientemente. En realidad éramos dos
viejos conocidos.
Hoy, entre la
barahúnda mediática desatada por el centenario del nacimiento de varios grandes
(Paz, Revueltas, Efraín Huerta, Cortázar et
al.), no debemos olvidar a Rius que cumple 80 años. Es de bien nacidos ser
agradecidos, nos recuerda la profesora Guillermina Saavedra, y mucho debemos a
Eduardo del Río (Zamora, Michoacán, 1934). De sus 130 libros publicados, en la
biblioteca de nuestro plantel Vallejo existen 92 títulos, y los más leídos son La trukulenta historia del kapitalismo, Filosofía
para principiantes, Marihuana y otras
debilidades y La panza es primero. Hay que leerlos todos.
Si de niño me
desternillaban de risa situaciones como ver en una esquina de San Garabato de
la Tunas Cuc., el pueblo de Los
Supermachos, una escuela con el nombre de “El Niño Artillero”, y en la otra
una cantina llamada “El Niño Perdido”, hoy me alegra ver en Rius al monero
crítico y congruente que siempre ha sido. Ha sabido actualizar y rectificar sus
ideas (de Cuba para principiantes a Lástima de Cuba, por ejemplo), ha sabido
formar una cauda de nuevos caricaturistas que sin duda continuarán su obra,
sigue enseñando en sus libros y en El
Chamuco, y ha sabido mantenerse vigente y creíble. Por eso es el joven
Rius.
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