sábado, 27 de diciembre de 2014

UN GAUCHO EN VALLEJO

Un gaucho en Vallejo
NOÉ AGUDO

A la memoria de Alicia Poloniato Musumeci

Más hierba que árbol, más blando y esponjoso que tronco duro, más retorcido que derecho, menos madera que bagazo, más sombra que ramaje, menos soto que verdor solitario, su personalidad se funde con la llanura inmensa. Atahualpa Yupanqui lo menciona así en Cantor del sur:

Bajo el ombú solitario
   como un gaucho meditó,
probó su voz en la cifra
 el rasguido se encendió…

    Obviamente, hablo del ombú, esa hierba gigante que algún profesor trajo tal vez de un invernadero, de un viaje por la región mediterránea de España –donde es conocido como Bella Sombra− o de alguna estancia de la pampa, esa inmensa llanura que comparten Argentina, Brasil y Uruguay. Me gustaría saber quién fue y por eso redacto estas notas.
    El más notorio para quienes circulamos por el plantel está detrás del edificio “M”; a ese lo quisieron cortar, pusieron cal viva sobre su tronco mutilado, lo dieron por muerto y al poco tiempo aparecieron sus retoños. Pocos saben esto y hoy pasan indiferentes bajo su sombra, pues piensan que es la de un árbol más, sin saber que es de los hijos enhiestos de un padre que antes de morir supo transmitirles la bravura con que en su región enfrentan la sequía, la soledad y las plagas.
    En el extremo opuesto del mismo edificio pueden ver el otro, éste sí, completo. Su tronco es rugoso, retorcido, y sus raíces afloran sobre la superficie. Tal vez ésta fue la razón por la que quisieron cortar a su hermano. Dámaso, el responsable de la Biblioteca, me informa que hay otro enfrente de ésta, pero aunque sus hojas son parecidas no exhibe las raíces características, como los dos ya mencionados. Y una maestra me dice que hay otro frente al “K”; habrá que revisar y esto aviva mi curiosidad, ¿quién los plantó? ¿Cómo llegaron al plantel Vallejo? Los argentinos, uruguayos y chilenos empezaron a llegar a México ya avanzada la década de los setenta, cuando las dictaduras militares se recrudecieron, después del golpe militar contra Salvador Allende en 1973.
    En el blog Bonsai Web (bonsai-web.blogspot.mx/p/el-ombu.html) se informa que pertenece a la familia de las phytolaccaceas, que comprende 35 especies procedentes de América, Asia y África. Algunos botánicos lo consideran una hierba gigante debido a que su tronco y ramas no adquieren la consistencia leñosa para incorporarlo a la categoría de árbol, otros creen que reúne todo para reconocerlo como tal. Lo cierto es que su madera es esponjosa y suave, no sirve para usar como leña y tampoco para tallar como la madera del encino o la caoba, pues le falta dureza y consistencia. La razón es simple, el tronco contiene grandes cantidades de agua para sobrevivir en la pampa seca.
    Su nombre original es Umbú, un término guaraní que significa sombra o bulto oscuro. Se dice que las hojas tienen propiedades medicinales, pues contienen sustancias antisépticas, lo que permite usarlas en una infusión para lavar las heridas. Esto lo descubrieron los habitantes de las estancias localizadas en la inmensidad de la llanura, tierra adentro, cuando jaurías de perros salvajes los atacaban a ellos y sobre todo a las manadas de ganado; a falta de medicamentos y suficientes antisépticos usaban esta infusión. En tiempos más lejanos sus cenizas fueron usadas para elaborar jabones caseros, pues son ricas en potasa. Son especímenes aislados −como el gaucho, quien le ha cantado y amado−, aunque algunas veces se han encontrado agrupaciones importantes, como la “Isla de Ombúes”, que se extiende por una franja de 20 kilómetros en territorio uruguayo. Además de dichos usos, este ser solitario sirve de guía, señal o mojón para marcar las distancias en la llanura infinita de la pampa que parece no tener fronteras.    
    En 1927 los argentinos lo consagraron como su árbol patrio, pero desde antes había sido motivo de poemas, novelas, cuentos y canciones. Cuando se habla de las estancias (ranchos ganaderos), de los gauchos y sobre todo de los payadores, siempre aparece el ombú; no se puede imaginar a un payador en la soledad de la pampa que no toque su guitarra bajo un frondoso ombú.  Antes de admirarlo en persona, lo conocí a través de un relato al que dio motivo y título: El ombú y otros cuentos rioplatenses, de G. E. Hudson. Y cómo no iba a ser así, si Hudson nació en un predio o estancia llamado Los veinticinco ombús y toda su vida convivió con los gauchos en la inmensa extensión pampeana. Además de escritor, Hudson fue un naturalista dedicado a las investigaciones ornitológicas, a las que aportó notables hallazgos de ejemplares de aves y también de mamíferos. Sus resultados los enviaba al Museo de Ciencias Naturales de Inglaterra, cuyo gobierno le asignó una subvención a la que después renunció, pues consideró que tenía suficientes recursos para vivir.   
    El Ombú es un relato muy a tono con la época en que fue escrito, fines del XIX e inicios del XX, una mezcla de costumbrismo y romanticismo tardío. Está contado por un sobreviviente de la historia, quien, para narrar la tragedia de un amor fiel, que espera paciente en la estancia de El Ombú, reproduce a la perfección el habla de los peones y vaqueros (gauchos) de la pampa. Me gustó. Así que cuando conocí a una gauchita −que primero había sido mi maestra− la sorprendí usando familiarmente términos como retrucar, petizo, pago, tosca, pulpería, bagual, facón, flete, etc.
    Eran los años finales de la década de los setenta y teníamos una legión de chilenos, argentinos, uruguayos e incluso peruanos y bolivianos como nuestros mentores; algunos fueron excelentes profesores, y yo nunca tuve ese sentimiento chovinista contra ellos como sí lo tuvieron varios compañeros. Al contrario, como aún no había viajado al extranjero, la conversación y convivencia con ellos suplía esa carencia. Me descubrieron nuevos autores, otras teorías, diversos géneros musicales e incluso nuevos platillos. Con la gauchita aprendí a comer trufas, las más ricas berenjenas rellenas y a reconocer buenos vinos. Bebíamos mate y fue ella quien me introdujo con detalle en Francia y su literatura, pues había vivido en Aix-en-Provence. Era una excelente lingüista, colega de los dos Prieto, Luis y Daniel, y amiga de Martha y Máximo Simpson. Éste último, por cierto, orientó mi futuro como periodista al ponerme en contacto con Osvaldo Pedroso, un jefe inigualable que me dejó su puesto como editor de Vogue cuando decidió regresar a la Argentina, en 1985. También hice mancuerna con Norberto Sessano, otro argentino, para editar un suplemento político en El Universal. Tengo buenos recuerdos de los argentinos y por eso, cuando al fin pude viajar allá, lo primero que hice fue buscar a los que residían en Buenos Aires para tomar café y beber vino tinto.
    En otro viaje tuve la fortuna de ir a una estancia, al sur de la provincia de Buenos Aires, y mi mayor expectación la generaba el hecho de que por fin iba a conocer el ombú. Efectivamente, allí estaba: grueso, con más de diez metros de circunferencia, de copa frondosa y alrededor de 20 metros de altura. Bajo sus ramas, que crecen a poca distancia del suelo, se preparó el asado que degustamos ese día.
    Si alguien me preguntara cuál es el árbol con el que he vivido los momentos más felices de mi vida, respondería que es el macahuite (madera hambrienta, en nahua), con cuya madera se hacían las macanas de los guerreros aztecas. Corrijo: más que momentos felices (los hay, aunque fugaces, a lo largo de toda nuestra vida), los momentos de inocencia, de absoluta despreocupación por el mundo y sus giros, porque ese árbol acompañó gran parte de mi infancia. Siempre que voy a mi terruño y salgo a pasear por distintos puntos del campo voy contando los macahuites que encuentro. Me alegra saber que existen, que no los han acabado  y espero que nos sobrevivan. Por eso me gusta que los argentinos hayan adoptado el ombú como su árbol nacional. Por eso recordé  a esa gauchita que me acogió y amó en mi agreste juventud. Por eso me alegró tanto encontrar en el plantel Vallejo al ombú, ese lejano amigo de la pampa, de quien el poeta argentino Luis L. Domínguez (1819-1898) escribió:     
Cada comarca en la Tierra
tiene un rasgo prominente:
El Brasil su sol ardiente,
minas de plata el Perú:
Montevideo su cerro;
Buenos Aires, ¡patria hermosa!,
tiene la pampa grandiosa;
la pampa tiene el ombú.


CAZA MAYOR
Abrogar y arrogar. Al igual que primar y privar, son dos palabras que gustan a quienes desean pasar por cultos, pero casi siempre equivocan su empleo. Abrogar significa abolir, derogar. Ejemplo: El Ejecutivo abrogó o abolió una ley. Arrogar, en tanto, quiere decir atribuir, adjudicar. “Apropiarse indebida o exageradamente de cosas inmateriales, como facultades, derechos u honores” define el Diccionario de la Lengua Española de la RAE. Ejemplo: David se arroga la facultad de decidir quiénes son de derecha y quiénes de izquierda.   


    

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