Un gaucho en
Vallejo
NOÉ AGUDO
A la memoria de Alicia Poloniato Musumeci
Más
hierba que árbol, más blando y esponjoso que tronco duro, más retorcido que
derecho, menos madera que bagazo, más sombra que ramaje, menos soto que verdor solitario,
su personalidad se funde con la llanura inmensa. Atahualpa Yupanqui lo menciona
así en Cantor del sur:
Bajo el ombú
solitario
como un gaucho meditó,
probó su voz
en la cifra
el rasguido se encendió…
Obviamente, hablo del ombú, esa hierba
gigante que algún profesor trajo tal vez de un invernadero, de un viaje por la
región mediterránea de España –donde es conocido como Bella Sombra− o de alguna
estancia de la pampa, esa inmensa llanura que comparten Argentina, Brasil y
Uruguay. Me gustaría saber quién fue y por eso redacto estas notas.
El más notorio para quienes circulamos por
el plantel está detrás del edificio “M”; a ese lo quisieron cortar, pusieron
cal viva sobre su tronco mutilado, lo dieron por muerto y al poco tiempo
aparecieron sus retoños. Pocos saben esto y hoy pasan indiferentes bajo su
sombra, pues piensan que es la de un árbol más, sin saber que es de los hijos
enhiestos de un padre que antes de morir supo transmitirles la bravura con que
en su región enfrentan la sequía, la soledad y las plagas.
En el extremo opuesto del mismo edificio
pueden ver el otro, éste sí, completo. Su tronco es rugoso, retorcido, y sus
raíces afloran sobre la superficie. Tal vez ésta fue la razón por la que
quisieron cortar a su hermano. Dámaso, el responsable de la Biblioteca, me
informa que hay otro enfrente de ésta, pero aunque sus hojas son parecidas no
exhibe las raíces características, como los dos ya mencionados. Y una maestra
me dice que hay otro frente al “K”; habrá que revisar y esto aviva mi
curiosidad, ¿quién los plantó? ¿Cómo llegaron al plantel Vallejo? Los
argentinos, uruguayos y chilenos empezaron a llegar a México ya avanzada la
década de los setenta, cuando las dictaduras militares se recrudecieron,
después del golpe militar contra Salvador Allende en 1973.
En el blog Bonsai Web
(bonsai-web.blogspot.mx/p/el-ombu.html) se informa que pertenece a la familia
de las phytolaccaceas, que comprende
35 especies procedentes de América, Asia y África. Algunos botánicos lo
consideran una hierba gigante debido a que su tronco y ramas no adquieren la
consistencia leñosa para incorporarlo a la categoría de árbol, otros creen que
reúne todo para reconocerlo como tal. Lo cierto es que su madera es esponjosa y
suave, no sirve para usar como leña y tampoco para tallar como la madera del
encino o la caoba, pues le falta dureza y consistencia. La razón es simple, el
tronco contiene grandes cantidades de agua para sobrevivir en la pampa seca.
Su nombre original es Umbú, un término guaraní que significa sombra o bulto oscuro. Se
dice que las hojas tienen propiedades medicinales, pues contienen sustancias
antisépticas, lo que permite usarlas en una infusión para lavar las heridas.
Esto lo descubrieron los habitantes de las estancias localizadas en la
inmensidad de la llanura, tierra adentro, cuando jaurías de perros salvajes los
atacaban a ellos y sobre todo a las manadas de ganado; a falta de medicamentos
y suficientes antisépticos usaban esta infusión. En tiempos más lejanos sus
cenizas fueron usadas para elaborar jabones caseros, pues son ricas en potasa.
Son especímenes aislados −como el gaucho, quien le ha cantado y amado−, aunque
algunas veces se han encontrado agrupaciones importantes, como la “Isla de
Ombúes”, que se extiende por una franja de 20 kilómetros en territorio uruguayo.
Además de dichos usos, este ser solitario sirve de guía, señal o mojón para
marcar las distancias en la llanura infinita de la pampa que parece no tener
fronteras.
En
1927 los argentinos lo consagraron como su árbol patrio, pero desde antes había
sido motivo de poemas, novelas, cuentos y canciones. Cuando se habla de las
estancias (ranchos ganaderos), de los gauchos y sobre todo de los payadores,
siempre aparece el ombú; no se puede imaginar a un payador en la soledad de la
pampa que no toque su guitarra bajo un frondoso ombú. Antes de admirarlo en persona, lo conocí a
través de un relato al que dio motivo y título: El ombú y otros cuentos rioplatenses, de G. E. Hudson. Y cómo no
iba a ser así, si Hudson nació en un predio o estancia llamado Los veinticinco
ombús y toda su vida convivió con los gauchos en la inmensa extensión
pampeana. Además de escritor, Hudson fue un naturalista dedicado a las
investigaciones ornitológicas, a las que aportó notables hallazgos de
ejemplares de aves y también de mamíferos. Sus resultados los enviaba al Museo
de Ciencias Naturales de Inglaterra, cuyo gobierno le asignó una subvención a
la que después renunció, pues consideró que tenía suficientes recursos para
vivir.
El
Ombú es un relato muy a tono con la época en que fue escrito, fines del XIX
e inicios del XX, una mezcla de costumbrismo y romanticismo tardío. Está contado
por un sobreviviente de la historia, quien, para narrar la tragedia de un amor
fiel, que espera paciente en la estancia de El Ombú, reproduce a la perfección
el habla de los peones y vaqueros (gauchos) de la pampa. Me gustó. Así que
cuando conocí a una gauchita −que primero había sido mi maestra− la sorprendí
usando familiarmente términos como retrucar,
petizo, pago, tosca, pulpería, bagual, facón, flete, etc.
Eran los años finales de la década de los
setenta y teníamos una legión de chilenos, argentinos, uruguayos e incluso
peruanos y bolivianos como nuestros mentores; algunos fueron excelentes
profesores, y yo nunca tuve ese sentimiento chovinista contra ellos como sí lo
tuvieron varios compañeros. Al contrario, como aún no había viajado al
extranjero, la conversación y convivencia con ellos suplía esa carencia. Me
descubrieron nuevos autores, otras teorías, diversos géneros musicales e
incluso nuevos platillos. Con la gauchita aprendí a comer trufas, las más ricas
berenjenas rellenas y a reconocer buenos vinos. Bebíamos mate y fue ella quien
me introdujo con detalle en Francia y su literatura, pues había vivido en
Aix-en-Provence. Era una excelente lingüista, colega de los dos Prieto, Luis y
Daniel, y amiga de Martha y Máximo Simpson. Éste último, por cierto, orientó mi
futuro como periodista al ponerme en contacto con Osvaldo Pedroso, un jefe
inigualable que me dejó su puesto como editor de Vogue cuando decidió regresar a la Argentina, en 1985. También hice
mancuerna con Norberto Sessano, otro argentino, para editar un suplemento
político en El Universal. Tengo
buenos recuerdos de los argentinos y por eso, cuando al fin pude viajar allá,
lo primero que hice fue buscar a los que residían en Buenos Aires para tomar café
y beber vino tinto.
En otro viaje tuve la fortuna de ir a una
estancia, al sur de la provincia de Buenos Aires, y mi mayor expectación la
generaba el hecho de que por fin iba a conocer el ombú. Efectivamente, allí
estaba: grueso, con más de diez metros de circunferencia, de copa frondosa y
alrededor de 20 metros de altura. Bajo sus ramas, que crecen a poca distancia
del suelo, se preparó el asado que degustamos ese día.
Si alguien me preguntara cuál es el árbol
con el que he vivido los momentos más felices de mi vida, respondería que es el
macahuite (madera hambrienta, en nahua), con cuya madera se hacían las macanas
de los guerreros aztecas. Corrijo: más que momentos felices (los hay, aunque
fugaces, a lo largo de toda nuestra vida), los momentos de inocencia, de
absoluta despreocupación por el mundo y sus giros, porque ese árbol acompañó
gran parte de mi infancia. Siempre que voy a mi terruño y salgo a pasear por distintos
puntos del campo voy contando los macahuites que encuentro. Me alegra saber que
existen, que no los han acabado y espero
que nos sobrevivan. Por eso me gusta que los argentinos hayan adoptado el ombú
como su árbol nacional. Por eso recordé
a esa gauchita que me acogió y amó en mi agreste juventud. Por eso me
alegró tanto encontrar en el plantel Vallejo al ombú, ese lejano amigo de la
pampa, de quien el poeta argentino Luis L. Domínguez (1819-1898) escribió:
Cada comarca
en la Tierra
tiene un
rasgo prominente:
El Brasil su
sol ardiente,
minas de
plata el Perú:
Montevideo su
cerro;
Buenos Aires,
¡patria hermosa!,
tiene la
pampa grandiosa;
la pampa
tiene el ombú.
CAZA MAYOR
Abrogar y arrogar. Al igual que primar y
privar, son dos palabras que gustan a quienes desean pasar por cultos, pero casi
siempre equivocan su empleo. Abrogar significa abolir, derogar. Ejemplo: El Ejecutivo abrogó o abolió una ley.
Arrogar, en tanto, quiere decir atribuir, adjudicar. “Apropiarse indebida o
exageradamente de cosas inmateriales, como facultades, derechos u honores”
define el Diccionario de la Lengua Española de la RAE. Ejemplo: David se arroga la facultad de decidir quiénes
son de derecha y quiénes de izquierda.
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