sábado, 27 de diciembre de 2014

DIVULGADORES... 2

Divulgadores… 2
NOÉ AGUDO

En este 2014 Carl Sagan cumpliría 80 años. Tengo en un lugar especial al astrofísico norteamericano, conductor de la serie televisiva Cosmos y autor del libro del mismo título, pues sin sus obras y ejemplo no me hubiera sido posible dirigir una revista como Geografía Universal. Leer La conexión cósmica (1973), Los dragones del edén (1975), El cerebro de Broca (1977), Cosmos (1980) y su novela Contacto (1985), renovaba mi interés por la divulgación científica y me inspiraba para abordar nuevos temas.
    Cosmos, la serie que le dio fama mundial, permanece vigente y hoy es posible adquirirla completa en DVD por unos cuantos pesos. En ella uno admira cómo los más complejos problemas de astrofísica, genética, biología, geología, evolución y química son explicados con tal claridad y naturalidad que el espectador se siente sabio y quisiera saber más. Cuando apareció el libro, bellamente ilustrado, el reconocimiento por el científico se acrecentó. Los trece capítulos, dos apéndices, las Lecturas Complementarias, más los Agradecimientos y el Índice Onomástico y Analítico que lo componen son una muestra ejemplar de lo que debe ser la divulgación científica: amenidad, habilidad expositiva, riguroso conocimiento del tema, erudición y sencillez al mismo tiempo. Todo esto hizo de Cosmos mi manual de cabecera para editar la revista. De paso, nadie como Sagan en el uso del epígrafe. Cada uno de los capítulos de este y sus demás libros inician con uno o más pensamientos perfectamente elegidos, que son como semillitas de curiosidad sembradas en la memoria del lector para renacer en otras lecturas.
    En 1986, la última vez que visitó la Tierra el cometa Halley, mi amiga Connie Scheller me invitó a un crucero por la Antártida (a pesar de su nombre era regiomontana y representaba en México a los cruceros de origen noruego Royal Viking Line). La invitación no era tan generosa ni gratuita. Para entonces yo era editor de una revista cuyo público natural interesaba a Connie, pues es el que realiza este tipo cruceros: “Para que puedas ver mejor al cometa Halley” me dijo, y agregó como sin querer: “Carl Sagan será uno de los pasajeros”. Ambos compartíamos la admiración por el científico, y, ¿qué creen que sucedió?
    Sagan no sólo era un magistral divulgador de la ciencia, especialmente de aquellas disciplinas que estudian el universo, sino un activo científico que participaba en diversos proyectos e investigaciones para saber si existían vida e inteligencia extraterrestres. Comunicación con inteligencias extraterrestres, libro coordinado por él (Planeta, 1980) es una valoración científica de las posibilidades reales de hallar vida en algún confín del cosmos, y su novela Contacto una propuesta de cómo sería nuestro encuentro con inteligencias ajenas a la Tierra. Pero no he mencionado aún el que considero su mayor mérito: su oposición tenaz a que la ciencia fuese omisa o indiferente ante la proliferación de charlatanerías y embustes. Cuando vemos cómo los textos científicos demuestran, y no les interesa persuadir o convencer de algo, leo con mis alumnos algunos capítulos de El cerebro de Broca, para entender la manera como la ciencia desnuda las creencias irracionales y demuestra su falsedad. Está por demás señalar que los jóvenes no sólo aprenden que la ciencia es más interesante y maravillosa, sino que se cuestionan por primera vez sus creencias absurdas: horóscopos, signos zodiacales, fantasmas, extraterrestres y demás supercherías que Sagan desmistificó pacientemente.
    El astrónomo murió en 1996 pero su legado aún sigue vivo. Antes de partir escribió El mundo y sus demonios (1995), un llamado de alerta ante el retorno de charlatanerías y pensamientos irracionales que se creían ya superados, pero que hoy −¡oh, paradoja!− vuelven con mayor fuerza gracias a la tecnología creada por la misma ciencia, como el internet.
    Sagan me llevó a la obra de varios estudiosos del cosmos. En primer término a Fred Hoyle, distinguido físico teórico y autor de audaces propuestas en torno al origen de la vida y el universo. De sus varias obras son indispensables leer El Universo inteligente (Edit. Grijalbo) y La nube de la vida (Edit. Crítica). Actualmente frases como teoría del Big Bang y conceptos como panespermia son de uso común en la ciencia, pero pocos saben que fue Hoyle con sus heterodoxas teorías quien las creó.
    Esta relación quedaría incompleta sin citar a Stephen W. Hawking, el célebre matemático y físico teórico de quien Sagan escribió la introducción a su primer y más conocido libro: Historia del tiempo. Del big bang a los agujeros negros (Editorial Crítica). De manera accesible, Hawking propone aquí la posibilidad de contar con una teoría unificada y completa del universo. A esta teoría se la conoce como la “unificación de la física”, y los estudiantes de bachillerato podrían comprender con su lectura por qué debemos conformarnos por ahora con teorías parciales sobre el universo, y qué significan hallazgos recientes como la antipartícula o el bosón de Higgs. Otro libro indispensable de Hawking es A hombros de gigantes (Edit. Crítica), pues reúne textos fundamentales de autores como Copérnico, Galileo, Kepler, Newton y Einstein, con una breve introducción suya.
    Recopilación de textos esenciales de la ciencia es también Como al león por sus garras (Editorial Debate), de José Manuel Sánchez Ron, profesor titular de Historia de la Ciencia y Física Teórica en la Universidad Autónoma de Madrid. Se trata de una esmerada antología de textos científicos explicados por sus propios autores, y van desde Hipócrates (c. 460-370 a.C.) con su célebre Juramento hipocrático hasta ¿Estamos solos en el universo?, de Carl Sagan, pasando por Euclides, Vesalio, Copérnico, Leibniz, Euler, Laplace, Maxwell, Planck, Heisenberg y varios otros.
    Todo libro de ciencia, incluidos los de texto, funcionan cuando el lector ya se halla encaminado. Los que aquí se mencionan tienen la cualidad del libro rizoma, es decir, aquellos textos que aparte de divulgar el conocimiento son capaces de llevarnos a otras lecturas. Sin David Attenborough no hubiera conocido a Wendt, sin Wendt no hubiera conocido a Konrad Lorenz y sin éste no habría llegado a Darwin, y sin Darwin no me hubiera conocido la Historia natural de Plinio el Viejo o De la naturaleza de las cosas, de Lucrecio.
    Por eso no es posible cerrar este apartado sin citar al paleontólogo, biólogo evolucionista e historiador de la ciencia Stephen Jay Gould (1941-2002), quien además de su extraordinario trabajo científico hizo divulgación de la ciencia con libros como La vida maravillosa (casi todos están en la Editorial Crítica), El pulgar del panda, La sonrisa del flamenco, “Brontosaurus” y la nalga del ministro y Ocho cerditos. Su temática va de la historia desconocida de los seres vivos, los episodios cruciales de la historia de la ciencia, los rasgos de la conciencia humana, animales insólitos, ensayos sobre aspectos canónicos en la historia científica (como la “revisión y ampliación de Darwin”), la importancia del azar y la impredecibilidad de la vida, hasta razonadas respuestas a las teorías creacionistas que resurgen periódicamente.
    ¿Y en México, qué, no hay divulgadores de la ciencia? ¡Claro que los hay! Quizá el mejor en nuestros días sea el médico patólogo Francisco González Crussí, quien vive y trabaja en los Estados Unidos y por eso primero debe escribir sus libros en inglés y después son traducidos al español. El FCE ha traducido casi todos, notables ejemplos de erudición, claridad y amenidad: Notas de un anatomista, 1986; Mors repentina, 1986; Sobre la naturaleza de las cosas eróticas, 1988; Los cinco sentidos, 1989; Nacer y otras dificultades, 2006; Horas chinas, 2007; Remedios de antaño, 2012; Tripas llevan corazón, 2012, y El rostro y el alma, 2014. Está también la meritoria labor de  Marcelino Cereijido y Antonio Lazcano Araujo; en diarios, revistas y TV Shahen Hacyan, Martín Bonfil, José Gordon, Luis González de Alba y Carlos Tello Díaz, entre otros.
    Urge reforzar esta actividad y corresponde a escuelas y universidades hacerlo. Alguna vez propuse al doctor Miguel Monroy Farías, de la FES Iztacala, editar una revista de divulgación científica centrada especialmente en temas psicológicos. Para un pueblo con una trayectoria tan dramática, cuyo nacimiento se produjo en medio de un trauma histórico, cuán indispensable es estudiar sus diversos complejos, su fascinación por la muerte, su carencia de autoestima, su improvisación, etc. Recordemos que nuestro Colegio es de ciencias y humanidades y, parafraseando a Terencio, podemos decir entonces que nada del universo nos es ajeno.



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