Del Siglo de
Pericles al Siglo Mediático
NOÉ AGUDO
Cuando se observan los periodos de auge de la ciencia y el
desarrollo de las artes, de las técnicas y de la cultura en general, uno se
pregunta qué resortes sociales se activaron para provocar tal florecimiento de
la creatividad humana, cuyos efectos bienhechores se siguen percibiendo a lo
largo de centurias e incluso milenios.
Para la cultura
occidental –de la cual somos parte−, tal vez el ejemplo paradigmático de un
periodo así, por ser el inicial y porque a la distancia es posible observar los
mecanismos que lo hicieron posible, es sin duda el llamado “siglo de Pericles”
(500-400 a. C.). Como se sabe, Pericles (494-429 a. C.) es el estratega bajo
cuyo gobierno la cultura griega vivió su edad dorada. Supo rodearse de los
hombres más sobresalientes de su tiempo: políticos, filósofos, arquitectos,
científicos, escultores, historiadores y escritores; incluso de las hetairas
(su esposa fue una de ellas), que entonces eran mujeres libres e independientes,
destacadas por su formación cultural y por su influencia en los círculos
intelectuales y políticos. (Digo entonces
porque posteriormente hetaira fue un término que sirvió para designar a las
mujeres públicas.)
Bajo Pericles la
Grecia clásica alcanzó su cenit. Comediógrafos como Aristófanes y trágicos como
Sófocles y Esquilo escribieron sus obras inmortales; filósofos como Anaxágoras
(adelantó que la Luna tenía valles y montañas como la Tierra) y Demócrito, el
de la teoría atómica del universo, elaboraron interpretaciones racionales de la
naturaleza; el astrónomo Filolao planteó que la Tierra, el Sol, la Luna y los
planetas giraban alrededor de un fuego central; de él abrevará Aristarco más
adelante para elaborar la primera teoría heliocéntrica; Sócrates propuso el
conocimiento como fin supremo en la vida del hombre; Herodoto, Tucídides y
Jenofonte cultivaron la historia y desde entonces, dependiendo del estilo de
abordarla, la situaron entre el arte y la ciencia; fue el siglo de los
escultores Mirón, Policleto y Fidias, quien esculpió las más perfectas estatuas
de la antigüedad y decoró el Partenón, pues Pericles ordenó la reconstrucción
de la Acrópolis, al igual que la construcción del templo de Zeus en Olimpia y
el de Apolo en Delfos; fue él quien dio esplendor a las grandes fiestas
religiosas como las Panateneas y las Dionisiacas que, como su nombre lo dice,
se hacían en honor de Atenea y Dionisio respectivamente, impulsando con ellas
el género dramático; el ambiente de libertad propició el surgimiento de los
sofistas como Protágoras, aunque también el de logócratas como Isócrates y
Demóstenes, quienes al redactar sus discursos crearon una forma nueva del
lenguaje caracterizada por su claridad y pureza; con ellos la elocuencia fue
elevada a la categoría de arte; bajo el reinado de Pericles adquiere categoría
la ciencia médica con Hipócrates, cuya teoría de los cuatro fluidos aún
subsiste hasta nuestros días. ¿Qué motivó tal esplendor?
Sin duda la
cualidad visionaria de Pericles, un verdadero estadista que supo consolidar las
instituciones democráticas y apoyar la cultura para el desarrollo. Recuperó la
figura de los estrategas, por ejemplo, creada por su antecesor Efialtes.
(Atenas era gobernada en su tiempo por diez estrategas, quienes representaban
el mismo número de tribus de los ciudadanos.) Creó la mitosforia, un salario especial para los ciudadanos que asistían a
la Asamblea, razón por la cual siempre estaba llena; fomentó la construcción de
grandes obras públicas, activó la economía, mejoró la calidad de vida de los
atenienses que, no obstante ser modesta y sin grandes lujos, vivían
holgadamente gracias al comercio marítimo, la agricultura y la industria
artesanal. Con Pericles adquiere forma por primera vez una ciudad-estado de
clase media donde la soberanía popular, la libertad y la igualdad son valores
cívicos que los ciudadanos disfrutan, el gobierno promueve y la sociedad
requiere para su existencia. Por eso pudo gobernar durante más de 30 años. Por
eso la ciencia, las artes y la cultura florecieron con tal esplendor. Por eso
se habla del siglo de Pericles.
Normalmente los
periodos son generalizaciones que los estudiosos proponen para definir y
comprender una serie de hechos y fenómenos en un determinado lapso de tiempo;
ni tienen un punto inicial específico ni terminan el último año que se fija
para tal periodo: todos los productos culturales que aparecen bajo el Siglo de
Pericles tienen sus antecedentes, y, de igual forma, no se agotarán con su
muerte: la teoría hipocrática sobre los fluidos pervivirá durante casi dos mil
años; las ideas de Filolao las retomará y perfeccionará Aristarco de Samos casi
dos siglos después, y Copérnico provocará un cambio de paradigma acerca del
universo cuando proponga que la Tierra no es su centro, sino el Sol, casi mil
800 años después. (Me gustan las edades que G. Vico establece para estudiar el
arte, por ejemplo: la Edad Teocrática, la Aristocrática, la Democrática y
Harold Bloom agrega la Edad Caótica, la de nuestros días.)
Por eso otros
periodos, mientras más cercanos, menos fácil determinar los factores que los
hicieron posibles. Tengo una atracción especial por el siglo XVI de nuestra
era, el siglo de Copérnico, de Galileo y Kepler; el de la Reforma protestante,
el de las crónicas de Indias, el de la exploración de los cuatro puntos de la
Tierra; el que vio nacer a casi todos los poetas, dramaturgos y novelistas del
Siglo de Oro de la literatura española; el de los Ensayos de Montaigne y Bacon; el del origen de México como Nueva
España; el del Nican Mopohua; pero
también el del Concilio de Trento, el del Index
y el de la Inquisición; el siglo que ha de culminar entregando a Giordano Bruno
a la hoguera. La literatura de este siglo no hubiera sido posible sin Dante,
Petrarca y Bocacccio (del siglo XIV), ni el redescubrimiento de los clásicos
griegos y latinos sin la invención de la imprenta en el siglo XV, ni la reforma
luterana sin las ideas humanistas de Tomas Moro y Erasmo. Un entrelazamiento
que es continuidad, consecuencia y causa del Siglo de las Luces en el XVIII.
Algo que trataremos de discernir en la segunda parte de este trabajo.
Por ahora, y para
agregar otro dato que confirma cómo fue el ambiente “progresista” creado por
Pericles el que generó el cenit inigualable de la cultura clásica griega, dejo
a ustedes parte de “Un decálogo para el desarrollo”, artículo con el que Héctor
Tajonar sintetiza admirablemente lo esencial de La cultura importa. De la forma como los valores conforman el progreso
humano, libro editado por Lawrence E. Harrison y Samuel Huttington:
1. Las culturas ‘progresistas’ enfatizan el
futuro; las ‘estáticas’ dan mayor importancia al presente o el pasado. La orientación hacia el futuro implica una
visión progresiva del mundo, capacidad de influir sobre nuestro propio destino;
se recompensa a la virtud en esta vida y, en consecuencia, ofrece resultados
económicos positivos.
2. En las culturas ‘progresistas’, el trabajo es
considerado fundamental para lograr el bienestar y constituye la estructura de
la vida cotidiana; la diligencia,
creatividad y logros se recompensan no sólo financieramente sino también son
motivo de satisfacción y respeto personal. En contraste, las culturas
‘estáticas’ consideran el trabajo como una carga.
3. La sobriedad es la base de la inversión y de
la seguridad financiera en las culturas ‘progresistas’; en tanto que en las ‘estáticas’ representan
un reto frente al ‘statu quo igualitario’ basado en una visión suma-cero del
mundo.
4. La educación es la llave del progreso en las culturas ‘progresistas’; en las ‘estáticas’ tiene una importancia marginal, salvo para las élites.
4. La educación es la llave del progreso en las culturas ‘progresistas’; en las ‘estáticas’ tiene una importancia marginal, salvo para las élites.
5. El mérito personal es el factor central para
avanzar en las culturas ‘progresistas’, mientras que las relaciones y la familia son lo que más cuenta en las
culturas ‘estáticas’.
6. En las culturas ‘progresistas’, la esfera de
identificación y confianza se extiende a la sociedad en su conjunto. En cambio, las ‘estáticas’ circunscriben la
comunidad al ámbito familiar, además de ser más proclives a la corrupción, la
evasión fiscal y el nepotismo, al tiempo que menos proclives a la filantropía.
7. El código ético tiende a ser más riguroso en
las culturas ‘progresistas’. Con
algunas excepciones como Bélgica, Taiwán, Italia o Corea del Sur, las
democracias avanzadas son menos corruptas que los países en vías de desarrollo.
8. La justicia y la equidad son principios
universales e impersonales en las culturas ‘progresistas’. En las culturas ‘estáticas’ la justicia, al
igual que el progreso personal, suele depender de a quién se conoce o de cuánto
se puede pagar.
9. En las culturas ‘progresistas’ la autoridad
tiende a la dispersión y la horizontalidad; al contrario de la tendencia a la concentración y la verticalidad
prevaleciente en las culturas ‘estáticas’.
10. Las culturas ‘progresistas’ son seculares, la influencia de las
instituciones religiosas es limitada; al contrario de las culturas ‘estáticas’ en las que las iglesias tienen
gran influencia en la vida cívica. Mientras la heterodoxia y el disenso son
estimulados en las culturas ‘progresistas’, la ortodoxia y el conformismo son
la norma en las ‘estáticas’.
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