sábado, 11 de junio de 2016

EL RADICALISMO, ENFERMEDAD TERMINAL DEL ACTIVISMO

El radicalismo, enfermedad terminal del activismo
NOÉ AGUDO

¿Cuándo y cómo se jodió la izquierda? ¿Qué la llevó a ser otra expresión política más, tan corrupta, mendaz y oportunista como la derecha y el centro, si aún es posible hablar de esta geometría política? ¿Por qué dejó de lado las causas sociales, las más nobles y justas, para enrolarse en la disputa del poder por el poder y la búsqueda de cargos y canonjías? ¿Cuándo y cómo dejó de ser la vanguardia que transformaría la sociedad y se volvió un grupo más que chantajea, extorsiona y presiona en busca de prebendas?
            Mi modesta hipótesis es que, al igual que otras fuerzas políticas, la izquierda no estaba preparada ni ha logrado actualizarse aún para vivir y participar en democracia. Me refiero no tanto a su organización sino a sus objetivos, ideología y proyectos programáticos. Así como el poder hegemónico y autoritario le impidió durante mucho tiempo participar libremente para crecer y unificarse, la falta de identidad hoy día la condena a actuar como un conjunto de tribus, impidiéndole ser una opción eficaz y atractiva de gobierno. Terrible paradoja, pues fue la izquierda la que más contribuyó con acciones y vidas para construir esta democracia inacabada en la que hoy se ha extraviado.
            Dejo para otro momento profundizar en esta cuestión y paso ahora a comentar una sus excrecencias. Me refiero a esos movimientos supuestamente radicales que incluso reniegan de ella, sin saber que son sus principales beneficiarios, y de los cuales  tenemos ejemplos bastante representativos en el medio estudiantil.
            Uno de ellos, en el plantel Vallejo y otros de la UNAM, que se caracteriza por su fobia furibunda a los porros, sigue este patrón: va, exhibe y denuncia como porros a quien ellos deciden, los provocan, de ser posible los golpean cuando aquellos están en desventaja, y luego exigen a las autoridades del plantel que tomen acciones, pero “acciones verdaderas en su contra”. Las autoridades hacen lo que pueden y les permiten: realizan rondines, en colaboración con los gobiernos locales participan en programas de vigilancia, como el “Sendero Seguro”, disuaden la presencia cercana de estos grupos y expulsan a quienes participan o desean participar en ellos.
            Jamás he visto mayor pérdida de tiempo y energía por parte de un personal que debería trabajar para ofrecer mejores servicios educativos a profesores y alumnos. ¿Cuánto costará a la UNAM esas horas que el mismo director o directora, secretarios, jefes de departamento y demás comisionados pasan rodeando la dirección, en la Central Camionera, en los puentes peatonales y en los patios de la escuela? ¿Cuánto tiempo desaprovechado o usado para un fin del que las actividades sustantivas del Colegio son ajenas y que, de proponérselo, ya se hubiera solucionado? ¿Y todo para qué? Para sostener una farsa, como podremos ver.  
Durante alrededor de diez años que he visto las acciones de este grupo de supuestos activistas, me doy cuenta que son ellos quienes numerosas veces han pretendido (y lo han logrado) tomar la dirección, cerrar la escuela y la avenida, crear zozobra, entorpecer e interrumpir las actividades académicas, exponer la integridad física de profesores y alumnos, y dañar el patrimonio universitario con ese mismo pretexto. ¡Diez años! Pero, ¿son realmente activistas, de verdad realizan una labor política que los exponga a la furia de los porros y del gobierno, como afirman? ¿Son estudiantes del plantel?
Si exceptuamos ese ruido intermitente que realizan con la supuesta radio comunitaria, a dichos individuos (casi todos ellos ex-alumnos) no se les ve mayor actividad que no sea la ya mencionada, pretender tomar la justicia por su propia mano contra los porros, vender comida chatarra, cigarrillos y realizar pintas de tono polpotiano en las paredes: “Llenar de plomo a esos bastardos” es una de ellas.
Cuando pretenden explicar las golpizas que también los porros les propinan, casi siempre en venganza por otra que ellos previamente les han dado, acusan a las “fuerzas represivas del gobierno”, a “los órganos represores del Estado”. Y las autoridades, los profesores y hasta algunos alumnos hemos sido señalados como agentes del gobierno por no hacer nada contra los porros. Uno se pregunta: ¿tanto miedo les tiene el gobierno que eventualmente los manda golpear? ¿Tan peligrosos son unos vendedores de chicharrones de plástico? ¿Sus pintas de inspiración polpotiana son un riesgo para el Estado? ¿Una radio comunitaria que nadie escucha? ¡Valiente Estado, que agrede a vendedores de frituras tan solo para que partidos políticos, especialmente los diputados de Morena, y organizaciones como la CNDH, la CIDH, la prensa nacional e internacional y múltiples organizaciones civiles lo tundan y sumerjan en el descrédito!
 Cuando existía, el verdadero activismo estudiantil apoyaba huelgas, luchaba por la libertad de líderes obreros como Demetrio Vallejo y Valentín Campa, realizaba marchas contra el asesinato de líderes campesinos como Rubén Jaramillo, protestaba por sus compañeros encarcelados, era capaz de organizar una marcha silenciosa de casi medio millón de personas para protestar contra el autoritarismo y la represión del gobierno, o se solidarizaba con la guerrilla urbana que llegó a existir en los años setenta. Esto sí le preocupaba al gobierno y por eso los reprimía, y contra ellos utilizaba a los porros que entonces tenían una misión política.
Hoy los porros son sólo un grupo organizado de delincuentes comunes, que lo mismo sirven a políticos, líderes, candidatos, jefes delegacionales del signo que sean (depende de quién les pague mejor) y que en sus muchos ratos de desempleo se dedican a robar camiones de cerveza, asaltar tienditas y atracar para sus celebraciones, casi todas deportivas. Por atracar se trata de evitar su presencia en lugares aledaños a las escuelas, pues muchas veces lo hacen contra alumnas y alumnos del plantel, o tratan de cooptarlos para engrosar sus grupos. Lo demás corresponde a la policía vigilar.
Bien, pues de los dos grupos descritos no se sabe cuál es el más pernicioso, pero ambos justifican uno al otro su existencia, se deben uno al otro cual siameses. Uno ─especialmente el obsesionado por perseguirlos─ es el que más problemas genera en la escuela. Con su actividad persecutoria y su pretensión de tomarse la justicia por mano propia han traído la violencia hacia el interior mismo del Colegio, como ocurrió el pasado 21 de septiembre, cuando estuvieron encerrados en la dirección rodeados por los porros mientras esperaban sus refuerzos (los del 3 de Marzo llegaron a decir que no agredirían a la comunidad, sino que sólo querían a ellos). Por cierto, ¿por qué si las autoridades les permitieron permanecer ahí dentro, después se apoderaron de las instalaciones y no las entregaron sino hasta el miércoles 23, y se dice que mediante una jugosa cantidad monetaria? ¿Por qué destruyeron, saquearon y robaron cuanto quisieron? ¿Por qué se empeñan ahora en exigir a las autoridades, es decir a la UNAM, resarcir los daños a su cabina? ¿Ellos pagarán los destrozos que hicieron? Bastaría con exhibir las fotografías de los daños a las instalaciones, saqueo brutal y destrozos a las oficinas y equipos que cometieron el lunes 21 y martes 22 de septiembre en la Dirección, en el Área Jurídica, en el Departamento de Vigilancia y en la Unidad de Planeación, y la comunidad entera del plantel Vallejo estaría de acuerdo en que no permanecieran más dentro de la escuela.
Por otra parte, sus extrañas formas de solidaridad, que para apoyar cualquier conflicto pretenden tomar la Dirección, cerrar la escuela, realizar paros (recuérdese el año pasado con la cuestión de Ayotzinapa) o bloquear avenidas, permiten suponer que, más que buscar apoyo y solidaridad, lo que pretenden en realidad es fomentar el caos, el desconcierto, la inmovilización por el terror. Tienen, además, el mérito de “colgarse” de los movimientos; es decir, no apoyan ni luchan a favor de nada, sino que aprovechan el escándalo mediático, la organización de una marcha o mitin, para intentar treparse al tren. Lo quisieron hacer con el movimiento de los estudiantes del Politécnico y ellos los mandaron por un tubo. Las protestas por los desaparecidos de Ayotzinapa las organizaron ─y las organizan─ profesores, estudiantes e incluso autoridades. No ellos.
Así, pues, ¿cómo explicar el proceder de este grupo que ha reducido, tergiversado y aun diría que denigrado el verdadero activismo estudiantil? Porque con su proceder no sólo impiden realizar las actividades fundamentales de autoridades, profesores y empleados, sino que también trastocan la vida académica, en ocasiones la cancelan (como cuando la escuela ha debido desalojarse para evitar mayores riesgos) y aun amenazan, ofenden y maltratan a profesores. Al profesor Rogelio Rueda, del Área de Talleres, lo tienen amenazado y lo agreden verbalmente cada vez que lo ven; al profesor Héctor Mora Zebadúa, del Área de Experimentales, igual; he presenciado cómo amenazan y ofenden a alumnas y profesoras, y cómo una alumna valiente tuvo que encararlos e interponer su cuerpo para impedir que golpearan a una maestra. ¿Quiénes son, por qué actúan así y quién los protege como para evitar, mínimamente, su consignación ante el Tribunal Universitario, o someterlos ante el fuero común si sus faltas lo ameritan?
Su actuar se parece mucho al de supuestos normalistas que exigen la aparición de los estudiantes mediante el cierre de carreteras, toma de casetas, destrozos, incendios y saqueo de oficinas públicas, de empresas y organizaciones políticas; es muy semejante al de quienes roban vehículos con mercancías e incluso exigen dinero a automovilistas; su afán destructor es similar al de ciertos grupos que se presentan embozados en las manifestaciones para destruir escaparates, pintarrajear fachadas, destrozar inmuebles o incendiar y golpear policías. ¿O son los mismos? El miércoles 23 de septiembre, quien pudo observar cómo quedó la Dirección, la cantidad de oficinas y computadoras destrozadas, la destrucción de chapas y puertas, el saqueo que hicieron, etc., habrá observado esta furia ciega y obsesión por destruir.
Aún diría más: no sólo son parecidos sino que comparten un mismo patrón: generan violencia y caos, provocan miedo, siembran el desconcierto y logran inmovilizar a los verdaderos manifestantes, pacíficos todos. ¿A quién benefician? ¿A quién sirven?
Hay suficientes indicios para concluir que son grupos organizados, protegidos y que obedecen consignas de quienes los manipulan. Cuantas veces se les ha intentado sacar, las autoridades del plantel dicen recibir órdenes “de arriba” para dejarlos en paz; pues bien, por allí podemos empezar: ¿quién imparte esas órdenes y por qué? El día 21 de septiembre, cuando los del 3 de Marzo los tuvieron rodeados, ¿de dónde vinieron sus refuerzos, todos mayores, todos ajenos al plantel, todos entrenados para realizar actos vandálicos? ¿Cuánto se les otorgó para que entregaran las instalaciones el martes 22 por la noche? ¿Se les denunció ante las autoridades correspondientes por los destrozos y el saqueo? ¿Se les exigirá el pago del daño o, por el contrario, se les obsequiará una nueva cabina y el pago de “los destrozos” como pretenden los del grupo Revuelta, que para el caso son lo mismo? ¿Por qué una integrante del cuerpo directivo pidió a un estudiante que no se pidiera en la asamblea “la expulsión de los de Regeneración Radio”? ¿Por qué diputados de Morena lograron subir como punto de acuerdo exigir a “las autoridades ir a fondo contra el porrismo” y no dijeron ni pío respecto al otro grupo? ¿Será porque esta corriente de la izquierda es la que los organiza y protege? ¿Qué autoridades universitarias actúan en complicidad con qué partido político?
Es tiempo de saberlo. Esto se puede solucionar si se actúa con transparencia y apego a la ley, y se va directo contra quienes los protegen y manipulan. De otra forma, el chantaje y la farsa continuarán por varios años más, cada vez serán más prepotentes y cínicos, y los únicos perjudicados aquí seremos, como siempre, los profesores y alumnos. Y ya no estamos dispuestos a continuar siéndolo.
Por otra parte, si realmente fueran activistas estudiantiles, si tuvieran un propósito honesto, alguien debería decirles que ninguna lucha se puede ganar actualmente si se tiene en contra la opinión de la comunidad, o de la opinión pública en el exterior. Ningún estudiante ni profesor comparte sus métodos; nadie, excepto ellos, cree que son víctimas del Estado. El título de este artículo parafrasea el de un libro, quizá el más importante, de un revolucionario al que nunca han leído pero que se hacía llamar Lenin: La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo. Él criticó la enfermedad del izquierdismo, es decir, el sectarismo, dentro del partido que encabezó la revolución rusa. Pues bien, como lo pueden comprobar hoy todos los movimientos fracasados, tarde o temprano las acciones violentas y radicales llevan a la derrota, pero más pronto aún si saben poner a la opinión pública en su contra. Por eso digo que el radicalismo es la enfermedad terminal del activismo. Hay muchas causas necesarias y nobles en las cuales los jóvenes pueden participar para que el activismo viva y recupere su nobleza y dignidad. No deben encandilarse por ninguna actividad que lo que tiene de protagónica lo tiene de banal y vana. Como el activismo ciego, reductor y violento de estos días.

LA RIFA
A menos que el doctor Bárzana pretenda entrevistar a los 20 candidatos a director del plantel Vallejo, esta semana deberemos conocer en quién recaerá tal responsabilidad. Profesores y alumnos somos conscientes de que sin nuestro apoyo poco podrá hacer quien quede, si es alguien ajeno al círculo de la Dirección General, y funcionará mejor, si lo es, si evitamos arbitrariedad y discrecionalidad en las decisiones y acciones que afecten a profesores, estudiantes y trabajadores.     

PARA LEVANTAR EL OPTIMISMO
El miércoles me visita Daniel Matus, ex-alumno que estudia ingeniería y ha echado a andar una ONG para estudiar cómo han contribuido los grupos indígenas a la cultura urbana. Una forma de activismo necesaria en estos días, en donde los jóvenes tienen tanto qué hacer si de verdad quieren participar políticamente. Allí están la búsqueda de la equidad, la lucha por el respeto a las minorías étnicas, culturales y sexuales; el respeto a los derechos humanos, la aplicación del estado de derecho; el cuidado del ambiente; mayor y mejor educación, la transparencia en las decisiones que afectan a los conglomerados humanos; la libertad de expresión; mayor o verdadera representatividad de las comunidades, etc. Lo dice mejor Mario Benedetti en el siguiente poema que copio para los que aún no se cansan de leer:

QUÉ LES QUEDA A LOS JÓVENES
¿Qué les queda por probar a los jóvenes en este mundo de paciencia y asco?
¿sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?
también les queda no decir amén
no dejar que les maten el amor
recuperar el habla y la utopía
ser jóvenes sin prisa y con memoria
situarse en una historia que es la suya
no convertirse en viejos prematuros
¿qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de rutina y ruina
¿cocaína? ¿cerveza? ¿barras bravas?
les queda respirar/abrir los ojos
descubrir las raíces del horror
inventar paz así sea a ponchazos
entenderse con la naturaleza
y con la lluvia y los relámpagos
y con el sentimiento y con la muerte
esa loca de atar y desatar
¿qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de consumo y humo?
¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?
también les queda discutir con dios
tanto si existe como si no existe
tender manos que ayudan/abrir puertas
entre el corazón propio y el ajeno
sobre todo les queda hacer futuro
a pesar de los ruines del pasado
y los sabios granujas del presente.
                                        MARIO BENEDETTI






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