Clemencia
NOÉ AGUDO
Era el verano de 1972. Había que
esperar casi un año para ingresar al bachillerato luego de concluir la
secundaria. No sabía qué hacer por las tardes, que para él eran las horas más prometedoras
e inquietantes, así que decidió tomar clases de guitarra en el Injuve, un
instituto cercano a la secundaria donde había estudiado en la colonia San
Rafael. Allí la conoció. Era casi roja, de ojos verdes, nariz y boca pequeña y
una abundante cabellera ensortijada que la hacía parecerse a Janis, la “Bruja
Cósmica”. Pero era de Maravatío, Michoacán. Era la primera de cuatro hermanas, cual
más bonitas.
Por esos días
un pintor le pidió permiso para hacer su retrato, porque de verdad su
personalidad atraía. A sus diecisiete años ya manejaba su propio auto,
trabajaba en relaciones públicas de Telesistema Mexicano, y su desenvoltura y
simpatía contrastaban con la timidez de los demás. Aún está una casita elevada
sobre Serapio Rendón, donde el pintor vivía con unos gringos que fumaban
mariguana, y allí la acompañó para que le hicieran su retrato.
Pronto
formaron un pequeño grupo y después de sus clases (algunos asistían a oratoria,
otros a actuación, música y cine en ese instituto fundado por Miguel Alemán) solían
ir a un café que estaba sobre Serapio Rendón y Antonio Caso. Allí podían
platicar y escuchar las canciones que les gustaban. A él especialmente “En un
Rincón del Alma” y “La Soledad” con Alberto Cortés.
En ese
entonces no existían muchas opciones para estudiar una carrera, pero casi todos
trabajaban. Por eso el anhelo por estar en las aulas se saciaba en lugares como
éste, que les daba la ilusión de continuarse preparando. Él esperaba un lugar
en la preparatoria y para su buena suerte los CCH habían iniciado actividades
un año antes. Así que sus clases de guitarra, su trabajo en la Pepsi y nuevos
amigos llenaban sus días.
Haber
estudiado en esta bulliciosa zona estudiantil marcó a muchos como él; los actos
culturales y políticos en la Normal Superior y escuelas del IPN del Casco de
Santo Tomás; su participación en un grupo teatral en la secundaria, y sobre
todo haber asistido a la manifestación del 10 de junio de 1971, donde presenció
el asesinato de varios jóvenes, lo habían predispuesto a participar en algún
grupo, todo era cuestión de encontrarlo.
Cuando conoció
The Working Class Hero, canción que venía en el primer álbum de John
Lennon y la Plastic Ono Band, pensó que ese era el camino: pasar de la pacífica
protesta hippie a la activa protesta yippie:
Te hacen daño en casa y te golpean en la escuela
Te odian si eres listo y te desprecian si eres tonto
Hasta que estás jodidamente loco que no puedes seguir sus reglas
Podrías ser un héroe de la clase obrera
Podrías ser un héroe de la clase obrera.
Nunca imaginó que tal canción lo
transformaría tanto, pero cuando escuchaba los siguientes versos pensaba que
habían sido escritos para él: Keep you
doped with religion and sex and TV/ And you think you’re so clever and
classless and free/ But you’re still fucking peasant as far as I can see/ A
working class hero is something to be… (Te
drogan con la religión, el sexo y la televisión/ Y te crees ingenioso,
apolítico y libre/ Pero no eres más que un jodido ignorante/ Podrías ser un
héroe de la clase obrera…). Éste es el camino, pensó.
De inmediato pidió hablar con
el director del Injuve, un tal Enrique Soto Izquierdo, pero lo atendió su
secretaria, que se sorprendió cuando le explicó que quería dar una conferencia
sobre el rock y la juventud. Lo miró con curiosidad y quedó de avisarle después.
A la semana siguiente el sorprendido fue él, cuando la secretaria le comunicó que
el director había aceptado que diera su plática.
Programaron su conferencia; durante el poco
tiempo que le restó de vida lamentó no haber conservado un ejemplar de ese
hermoso cartel que imprimieron para anunciarla. A todo color, decía “El Rock y
la Juventud” y luego venía su nombre. El día de la conferencia sus amigos se
sentaron en primera fila. No le impresionó el enorme auditorio repleto, habló
con seguridad y todo iba bien hasta que se refirió a los hippies, yippies, la
revolución, Joan Báez, Bob Dylan y Lennon. Un grandulón que estaba en el
pasillo lo interrumpió para decir que allí no era el lugar para hablar de
política ni andar de grillo. Algunos le pidieron que se callara y lo dejara
continuar. Los gritos y manotazos prosiguieron, de la vociferación pasaron a
los golpes y el auditorio se volvió de pronto el escenario de una furiosa batalla
campal.
Olvidó que
estaba en el Injuve, un coto oficial que el gobierno había creado para entretener
y cooptar a los jóvenes. Se valía asistir y participar en lo que se quisiera,
pero, como decía la canción de Lennon, había que ser apolítico. El Jueves de
Corpus de 1971 aún estaba cercano y para recordarlo allí estaban porros como El
Caballo, que se encargó de interrumpirlo y organizar la pelea.
Miraba
sorprendido sin saber qué hacer. Entonces alguien lo cogió de la mano y le dijo
vámonos. Era Clemencia, que lo sacó por la puerta lateral. Corrieron hasta
llegar a su coche. “No entenderán nunca”, dijo, y a partir de entonces se
hicieron más amigos. Para subrayar su amistad esa tarde no fueron al café con
los demás, sino que se metieron a un Kikos que estaba en la calle de Miguel
Schultz. Allí Clemencia lo miró intensamente y le dijo por primera vez que era
“un niño gigante”. Le pidió la dirección de su trabajo y le dijo que al
siguiente día pasaría por él para ir a comer.
Un día el
grupo organizó una excursión a Los Ojos de Agua, unos nacimientos de abundosa
agua cristalina rodeados de vegetación que están cerca de Puente de Ixtla,
Morelos. Quedaron de encontrarse en una estación del Metro y ambos llegaron
puntuales. Esperaron a los demás pero cuando transcurrió casi una hora y nadie más
llegaba decidieron ir solos.
¿Cómo era
posible que una chica tan guapa se atreviera a salir con un muchacho, y solos?
El plan era pasar dos o tres días en aquel lugar, pues además del agua podían
pasear por el campo, pescar y preparar su comida en una fogata al aire libre,
dormir en una pequeña tienda. ¿Tenía novio? Hizo una cara de fastidio cuando
respondió que sí, era alguien que tocaba en un grupo de rock llamado “Perón
Eléctrico”. Él lo había escuchado en los anuncios de las “tocadas” que pasaban
por Radio Capital. No se atrevió a preguntarle más.
Cuando
llegaron al lugar instalaron la tienda, fueron a comer algo en las cabañas de
los campesinos y luego subieron al cerro, a contemplar el lugar. El verdor en
las márgenes del río se acrecentaba con el que creaban los manantiales de agua
dulce y transparente donde bajaron a nadar. Admiró su cuerpo duro, su
delgadísima cintura que hacía resaltar sus ondulantes y firmes caderas y muslos.
No había malicia ni deseo, sólo un agradable bienestar, nuevo para él, que
produce estar con alguien que se quiere y admira. Para la noche hicieron té,
que bebieron con leche condensada.
―¿Sabes cómo
me dicen ahora? ―preguntó él.
―No, dime.
―Macuarrito.
Es que soy amigo del albañil de la fábrica y algunos domingos lo acompaño a
hacer algunas reparaciones. Él es el Macuarro y yo el Macuarrito.
Rieron,
se contaron parte de sus vidas, sus gustos y aspiraciones, y luego se quedaron
en silencio, para escuchar los millares de sonidos nocturnos. La mañana los
sorprendió abrazados y sólo rieron cuando descubrieron sus cuerpos
entrelazados. Continuaron así un rato, luego prepararon el desayuno, fueron a
caminar por el río y regresaron a nadar.
No entendió
cómo se fue produciendo esa necesidad vehemente de estar con ella, de escuchar
su voz y mirar su rostro. Percibía su sonrisa como una tierna caricia y de su
cuerpo emanaba una suave tibieza. Tenía miedo de preguntarle si permanecerían
una noche más o regresarían el domingo por la tarde. Quería continuar a su lado,
escuchar su voz, aspirar el olor de la crema que se ponía y detener su cuerpo
en el agua. Por eso se sintió feliz cuando ella dijo que se irían el domingo,
“lo más tarde que se pudiera”. Pero tampoco pudo evitar la tristeza infinita,
la soledad inmensa que sintió cuando al regreso debió despedirse de ella.
Siempre había pensado en que no había nada más doloroso que separarse de sus
padres cuando venían a visitarlo, pero había descubierto un dolor aún más
grande.
Continuaron
algún tiempo con la misma rutina: ella lo esperaba al salir del trabajo para ir
a ese café cercano al Reloj Chino, en la calle de Bucareli. Procuraban pasar todo
el tiempo juntos, y solos. Cuando ingresó al CCH lo llevó muchas veces y
entraba con él a clases. ¿Qué faltaba para aceptar que era su novia y decirlo a
todos? ¿Por qué nunca se atrevió a pedirle que rompiera de una vez con el
rockero del “Perón Eléctrico”?
La lucha sindical
que había iniciado al compás de El héroe
de la clase obrera y su relación con los activistas de la escuela transformó
en parte esta indefinición. Muchas veces Clemencia lo acompañó todavía a
recoger los volantes, le señalaba algunos errores de redacción y se propuso
para repartirlos en la planta de la Pepsi que estaba en Calzada de la Viga. Cómo
crees, dijo él, jamás permitiría que fueras. Era infinita la astucia de los
obreros para hacer llegar las gacetillas a sus compañeros de otras plantas de
la ciudad e incluso a las de provincia: entre las botellas vacías, entre las
rejas, en las fondas donde iban a comer, en los tráilers…
Cuando lo
despidieron, su activismo continuó en las huelgas que estallaban por esos días:
Spicer, Beckton Dickinson. Un día le avisó a Clemencia que iría a San Luis
Potosí. La universidad estaba en huelga y sus compañeros les habían pedido
apoyo. Al día siguiente ella le trajo un libro donde puso: “Para…, el niño
gigante que tanto admiro” y él prometió que a la semana siguiente regresaría.
Pero de la ciudad de San Luis Potosí los enviaron a Matehuala; su brigada debía
trabajar con los campesinos que cortaban lechuguilla; hicieron una obra teatral
y la representaron en poblaciones, escuelas rurales y rancherías, y la estancia
se prolongó por un mes.
Cuando
regresó, lo primero que hizo fue ir a buscarla a su casa.
—Se fue a
vestir —le dijeron.
―¿Cómo? ¿A
vestir?
—Sí, hoy se
casa —dijo la madre con suavidad, como para no herirlo. Le quedaban pocos días
de vida, y su único consuelo durante ellos fue mirar el libro y la letra
precisa, bien escrita y definida que ella le dedicó.
SIBILINO PIE DE PÁGINA
Si en mi última entrega recomendaba la lectura de las Máximas de Marco Aurelio (o los Soliloquios o El libro áureo, se ha editado con diversos títulos) hoy la tarea en
el CCH debe ser contextualizar aquella expresión de Porfirio Díaz dicha al
inicio de la Revolución de 1910: Han
soltado el tigre.
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