miércoles, 14 de septiembre de 2016

LA ESQUIZOFRENIA DE LAS PALABRAS

La esquizofrenia de las palabras
NOÉ AGUDO (31 de enero de 2016)

Sólo después de la lectura del ensayo La política y el idioma inglés de George Orwell reparé en que el mal uso de la lengua no solamente es una cuestión de apego y respeto a las normas gramaticales, sino también de honestidad y ética. Si bien es cierto que mi manía por el uso correcto del idioma es una herencia de mi oficio como corrector que ejercí durante alguna época, la búsqueda de su eficacia y belleza no ha sido menor y ha pervivido durante más tiempo. Sin embargo, después de la lectura del ensayo de Orwell descubrí que un texto redactado al vapor y publicado con descuido revela, más que prisa o urgencia, una falta de respeto por el lector. No nos interesa lo que piensa, o lo creemos incapaz de apreciar las fallas, o peor todavía, si es capaz de detectarlas se debe aguantar, somos los que escribimos o hablamos los que tenemos el poder y el lector debe tolerar nuestro descuido. Ignoramos que para un buen lector (uno solo entre cien bastaría para reparar si debemos divulgar un escrito hecho bajo presión o es mejor aguardar y entregarlo cuando estemos seguros que lo hemos revisado y cernido lo suficiente para decirle: he hecho mi mejor esfuerzo, si fallé en algo discúlpame, también puedo aprender de ti) enfrentarse a un texto con erratas es la mejor invitación a que deje su lectura, a que dude del autor o a que éste pierda su lugar en el pacto tácito de consideración y respeto que ambos han establecido.
            No es la pretensión de este escrito emular a don Francisco Liguori o Raúl Prieto ‒el legendario Nikito Nipongo‒ y tantos otros cazadores de gazapos que se dedicaban a revisar la prensa para atraparlos y enseñarnos cómo hablar con corrección el idioma español. En realidad mi pretensión es más modesta y quiere responder una duda que me inquieta desde hace tiempo: ¿por qué personas cultas cometen pifias en el uso de la lengua?
            He elegido los siguientes enunciados con suficiente paciencia para brindarles un puñado variado y atractivo de ejemplos. En el conjunto hay autores con doctorado, maestros, escritores y críticos literarios, periodistas consagrados, reputados columnistas y famosos artilleros. Así que nadie podrá decir que me aprovecho de pichones, de principiantes o gacetilleros que no han pasado por la universidad o que no han tenido la escuela de la experiencia. Reto a mis lectores a que, si encuentran antes de terminar la lectura de este artículo la falta a que me refiero, pasen de inmediato al intento de explicación de por qué se comete. El primero es el de un escritor que, para muchos, es nuestro mayor estudioso y crítico literario vivo. Dice así:
                “…desde la derrota de la Armada Invencible en 1580 hasta el Tratado de los Pirineos de 1659, lo que privó en España fue el quijotismo…”
Christopher Domínguez Michael, “Quijotismo y antiquijotismo”. En El Universal (11 de octubre de 2015).

                El que sigue es el de un doctor en letras, uno de los principales narradores contemporáneos y ganador del Premio Herralde de Novela 2013: “… la prioridad para un gobierno liberal y democrático debe ser el sustento de un sistema en el que prive el derecho en los términos más absolutos posibles.”
Alvaro Enrigue, “Espanto del Nuevo Mundo”. En El Universal (10 de octubre de 2015).

                He aquí el de un maestro y doctor en Ciencia Política por la Universidad de Oxford y profesor-investigador en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE): “Priva la inercia de compromisos pasados…”
Carlos Elizondo Mayer-Serra, en Excélsior (26 de marzo de 2015).

                Vayamos ahora con un afamado columnista: “Me pregunto cuánto ha perdido México en inversiones nacionales y extranjeras por el ambiente de inseguridad que priva en el país por causa de la constante acción no solo de la delincuencia organizada sino también de organizaciones civiles violentas…”
Armando Fuentes Aguirre, Catón, “Inacción Oficial”. En Reforma (16 de octubre de 2015).

            Ahora el texto de un abogado, licenciado en derecho por la UNAM y maestro en ciencias políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia: “… si no hay racionalidad que prive y si no se define un puerto de llegada, el diálogo propuesto será estéril y será un fracaso.”
Ricardo Raphael, El Universal (12 de noviembre de 2015)

            Éste es de otro maestro y doctor por la Brandeis University, editorialista de publicaciones internacionales, presidente del CIDAC (Centro de Investigación para el Desarrollo A. C.) y autor y editor de cuarenta y cinco libros: “…según Bobbitt, todo el punto de Maquiavelo fue que el gobernante tiene intereses distintos a los del Estado y que son los de este último los que deben privar.”
Luis Rubio, “Algunos aprendizajes”. En Reforma (20 de diciembre de 2015).

            Rematemos con dos reconocidos columnistas de los cuales me declaro asiduo lector: “Las fuertes discrepancias y la tensión que priva entre la Comisión Nacional del Deporte…”.
Salvador García Soto, “México, ¿fuera de los Juegos Olímpicos?”. En El Universal (17 de noviembre de 2015).
            “Nos toca a quienes trabajamos en los medios denunciar, exhibir y criticar la impunidad, la corrupción, la pobreza, la violencia que privan en México, pero sin sustraerse del planeta…”.
Carlos Loret de Mola, “No te vayas a París, Guerrero está peor”. En entrevista para Diario Milenio (20 de noviembre de 2011).

            Efectivamente: todos los autores citados usan en otro sentido el verbo privar, que ni por asomo tiene que ver con su significado preciso. El Diccionario de la Lengua Española lo define así: “privar. (Del lat. privāre). tr. Despojar a alguien de algo que poseía. II 2. Destituir a alguien de un empleo, ministerio, dignidad, etc. II 3. Prohibir o vedar. II 4. Quitar o perder el sentido, como sucede con un golpe violento u olor sumamente vivo.” En una quinta acepción hay una definición que se aproxima muy lejanamente al significado que pretenden otorgarle: “Complacer o gustar extraordinariamente. A fulano le priva este género de pasteles.” Sin embargo, sigue significando tácitamente una privación, un extrañamiento, pues el sentido que el Diccionario le da es que, si a alguien le gusta demasiado algo, queda enajenado, alienado, privado. El Diccionario brinda otras tres acepciones que reiteran el mismo significado: “6. Tener privanza. II 7. Dicho de una persona o de una cosa: Tener general aceptación. II 8. prnl. Dejar voluntariamente algo de gusto, interés o conveniencia. Privarse del paseo. II En C. Rica y El Salv. Quedarse profundamente dormido.”
            ¿Por qué sucede esto, sobre todo entre gente culta, cuyo dominio del idioma se supone que debe estar fuera de toda duda? ¿Por qué no emplean verbos como predominar o prevalecer, que serían más exactos en cualesquiera de los casos? Al igual que George Orwell responde en su ensayo ya citado (lo publicó Letras Libres en junio de 2004 y se encuentra en sus Ensayos, pp. 656-672, Debate, 2013), pienso que se debe al descuido propio del quehacer periodístico o a la repetición inconsciente del habla típica de este oficio.
            Usar un término para expresar cierta idea o acción, como es el caso, cuando en realidad significa otra cosa, es trastocarlo hasta volverlo otro; es decir, volverlo esquizofrénico. Que el lector lo advierta o no, para el escritor no tiene importancia, porque son como esas palabras que uno no escucha bien en una conversación y terminamos por completar su significado en nuestra mente, aunque las hayamos oído incompletas.
            O puede ser también por algo más complejo, que les ocurre a varios profesores a quienes he escuchado hablar en todo tipo de reuniones: dicen infringido en vez de infligido, o abrogar cuando quieren decir arrogar, etc. Y lo extraordinario es que nadie dice nada; hace como que entiende. Esto sucede por una propiedad de la lengua que, bien usada, puede producir textos divertidos. Es famoso el capítulo 68 de Rayuela donde Julio Cortázar, sin hacer ninguna referencia explícita al sexo, describe el acto amoroso de una pareja con términos inventados por él, pues los sonidos de las palabras inventadas lo sugieren con diáfana claridad (“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes…”); gracias a la investigación de Guillermo Sheridan en la correspondencia de Octavio Paz, me entero que también el poeta supo usar esta cualidad de la lengua. Un ejemplo: “El erizo se irisa, se eriza, se riza de risa”.
            Se denomina paronomasia o paranomasia y consiste en (vuelvo a citar del Diccionario de la Lengua Española) “la semejanza entre dos o más vocablos que no se diferencian sino por la vocal acentuada en cada uno de ellos; p. ej., azar y azor; lago, lego y Lugo; jácara y jícara.” Dicha propiedad permite la formación de “una figura retórica consistente en colocar próximos en la frase dos vocablos semejantes en el sonido pero diferentes en el significado, como puerta-puerto; secreto de dos, secreto de Dios”, etcétera.
            Sin embargo, no es el empleo de la paronomasia lo que mejor distingue un buen artículo periodístico, el cual debe redactarse con la mayor precisión, ni es ‒obviamente‒ lo que los citados autores practican, pero es probable. Dejémoslo así por ahora. Es una buena excusa para tanto doctor que publica y por eso sus pacientes, con tal descuido, se han vuelto esquizofrénicos.

    

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