La esquizofrenia
de las palabras
NOÉ AGUDO
(31 de enero de 2016)
Sólo después de la lectura del ensayo La política y el idioma inglés de George Orwell reparé en que el
mal uso de la lengua no solamente es una cuestión de apego y respeto a las normas
gramaticales, sino también de honestidad y ética. Si bien es cierto que mi
manía por el uso correcto del idioma es una herencia de mi oficio como corrector
que ejercí durante alguna época, la búsqueda de su eficacia y belleza no ha
sido menor y ha pervivido durante más tiempo. Sin embargo, después de la
lectura del ensayo de Orwell descubrí que un texto redactado al vapor y
publicado con descuido revela, más que prisa o urgencia, una falta de respeto
por el lector. No nos interesa lo que piensa, o lo creemos incapaz de apreciar
las fallas, o peor todavía, si es capaz de detectarlas se debe aguantar, somos
los que escribimos o hablamos los que tenemos el poder y el lector debe tolerar
nuestro descuido. Ignoramos que para un buen lector (uno solo entre cien bastaría
para reparar si debemos divulgar un escrito hecho bajo presión o es mejor
aguardar y entregarlo cuando estemos seguros que lo hemos revisado y cernido lo
suficiente para decirle: he hecho mi
mejor esfuerzo, si fallé en algo discúlpame, también puedo aprender de ti)
enfrentarse a un texto con erratas es la mejor invitación a que deje su
lectura, a que dude del autor o a que éste pierda su lugar en el pacto tácito
de consideración y respeto que ambos han establecido.
No es la
pretensión de este escrito emular a don Francisco Liguori o Raúl Prieto ‒el
legendario Nikito Nipongo‒ y tantos otros cazadores de gazapos que se dedicaban
a revisar la prensa para atraparlos y enseñarnos cómo hablar con corrección el
idioma español. En realidad mi pretensión es más modesta y quiere responder una
duda que me inquieta desde hace tiempo: ¿por qué personas cultas cometen pifias
en el uso de la lengua?
He elegido
los siguientes enunciados con suficiente paciencia para brindarles un puñado variado
y atractivo de ejemplos. En el conjunto hay autores con doctorado, maestros, escritores
y críticos literarios, periodistas consagrados, reputados columnistas y famosos
artilleros. Así que nadie podrá decir que me aprovecho de pichones, de principiantes
o gacetilleros que no han pasado por la universidad o que no han tenido la
escuela de la experiencia. Reto a mis lectores a que, si encuentran antes de
terminar la lectura de este artículo la falta a que me refiero, pasen de
inmediato al intento de explicación de por qué se comete. El primero es el de
un escritor que, para muchos, es nuestro mayor estudioso y crítico literario
vivo. Dice así:
“…desde la derrota de
la Armada Invencible en 1580 hasta el Tratado de los Pirineos de 1659, lo que
privó en España fue el quijotismo…”
Christopher Domínguez
Michael, “Quijotismo y antiquijotismo”. En El
Universal (11 de octubre de 2015).
El que sigue es el de
un doctor en letras, uno de los principales narradores contemporáneos y ganador
del Premio Herralde de Novela 2013: “… la prioridad para un gobierno liberal y
democrático debe ser el sustento de un sistema en el que prive el derecho en
los términos más absolutos posibles.”
Alvaro Enrigue, “Espanto del Nuevo Mundo”. En El Universal (10 de octubre de 2015).
He aquí el de un maestro y doctor en Ciencia Política por la
Universidad de Oxford y profesor-investigador en el Centro de Investigación y
Docencia Económicas (CIDE): “Priva la inercia de compromisos pasados…”
Carlos Elizondo Mayer-Serra, en Excélsior (26 de marzo de 2015).
Vayamos ahora con un afamado columnista: “Me pregunto cuánto ha perdido
México en inversiones nacionales y extranjeras por el ambiente de inseguridad
que priva en el país por causa de la constante acción no solo de la
delincuencia organizada sino también de organizaciones civiles violentas…”
Armando Fuentes Aguirre, Catón, “Inacción Oficial”. En
Reforma (16 de octubre de 2015).
Ahora el texto de un abogado,
licenciado en derecho por la UNAM y maestro en ciencias políticas por el
Instituto de Estudios Políticos de París, Francia: “… si no hay racionalidad
que prive y si no se define un puerto de llegada, el diálogo propuesto será
estéril y será un fracaso.”
Ricardo Raphael, El
Universal (12 de noviembre de 2015)
Éste es de otro maestro y doctor por
la Brandeis University, editorialista de publicaciones internacionales,
presidente del CIDAC (Centro de Investigación para el Desarrollo A. C.) y autor
y editor de cuarenta y cinco libros: “…según Bobbitt, todo el punto de
Maquiavelo fue que el gobernante tiene intereses distintos a los del Estado y
que son los de este último los que deben privar.”
Luis Rubio, “Algunos aprendizajes”. En Reforma (20 de diciembre de 2015).
Rematemos con dos reconocidos
columnistas de los cuales me declaro asiduo lector: “Las fuertes discrepancias
y la tensión que priva entre la Comisión Nacional del Deporte…”.
Salvador García Soto, “México, ¿fuera de los Juegos
Olímpicos?”. En El Universal (17 de
noviembre de 2015).
“Nos toca a quienes trabajamos en
los medios denunciar, exhibir y criticar la impunidad, la corrupción, la
pobreza, la violencia que privan en México, pero sin sustraerse del planeta…”.
Carlos Loret de Mola, “No te vayas a París, Guerrero
está peor”. En entrevista para Diario
Milenio (20 de noviembre de 2011).
Efectivamente: todos los autores
citados usan en otro sentido el verbo privar,
que ni por asomo tiene que ver con su significado preciso. El Diccionario de la
Lengua Española lo define así: “privar.
(Del lat. privāre). tr. Despojar a
alguien de algo que poseía. II 2. Destituir a alguien de un empleo, ministerio,
dignidad, etc. II 3. Prohibir o vedar. II 4. Quitar o perder el sentido, como
sucede con un golpe violento u olor sumamente vivo.” En una quinta acepción hay
una definición que se aproxima muy lejanamente al significado que pretenden
otorgarle: “Complacer o gustar extraordinariamente. A fulano le priva este género
de pasteles.” Sin embargo, sigue significando tácitamente una privación, un
extrañamiento, pues el sentido que el Diccionario le da es que, si a alguien le
gusta demasiado algo, queda enajenado, alienado, privado. El Diccionario brinda
otras tres acepciones que reiteran el mismo significado: “6. Tener privanza. II
7. Dicho de una persona o de una cosa: Tener general aceptación. II 8. prnl.
Dejar voluntariamente algo de gusto, interés o conveniencia. Privarse del paseo. II En C. Rica y El
Salv. Quedarse profundamente dormido.”
¿Por qué sucede esto, sobre todo
entre gente culta, cuyo dominio del idioma se supone que debe estar fuera de
toda duda? ¿Por qué no emplean verbos como predominar
o prevalecer, que serían más exactos
en cualesquiera de los casos? Al igual que George Orwell responde en su ensayo
ya citado (lo publicó Letras Libres
en junio de 2004 y se encuentra en sus Ensayos,
pp. 656-672, Debate, 2013), pienso que se debe al descuido propio del quehacer
periodístico o a la repetición inconsciente del habla típica de este oficio.
Usar un término para expresar cierta
idea o acción, como es el caso, cuando en realidad significa otra cosa, es
trastocarlo hasta volverlo otro; es decir, volverlo esquizofrénico. Que el
lector lo advierta o no, para el escritor no tiene importancia, porque son como
esas palabras que uno no escucha bien en una conversación y terminamos por
completar su significado en nuestra mente, aunque las hayamos oído incompletas.
O puede ser también por algo más
complejo, que les ocurre a varios profesores a quienes he escuchado hablar en
todo tipo de reuniones: dicen infringido
en vez de infligido, o abrogar cuando quieren decir arrogar, etc. Y lo extraordinario es que
nadie dice nada; hace como que entiende. Esto sucede por una propiedad de la
lengua que, bien usada, puede producir textos divertidos. Es famoso el capítulo
68 de Rayuela donde Julio Cortázar,
sin hacer ninguna referencia explícita al sexo, describe el acto amoroso de una
pareja con términos inventados por él, pues los sonidos de las palabras
inventadas lo sugieren con diáfana claridad (“Apenas él le amalaba el noema, a
ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en
sustalos exasperantes…”); gracias a la investigación de Guillermo Sheridan en
la correspondencia de Octavio Paz, me entero que también el poeta supo usar esta
cualidad de la lengua. Un ejemplo: “El erizo se irisa, se eriza, se riza de
risa”.
Se denomina paronomasia o paranomasia
y consiste en (vuelvo a citar del Diccionario de la Lengua Española) “la
semejanza entre dos o más vocablos que no se diferencian sino por la vocal
acentuada en cada uno de ellos; p. ej., azar y azor; lago, lego y Lugo; jácara
y jícara.” Dicha propiedad permite la formación de “una figura retórica
consistente en colocar próximos en la frase dos vocablos semejantes en el
sonido pero diferentes en el significado, como puerta-puerto; secreto de dos,
secreto de Dios”, etcétera.
Sin embargo, no es el empleo de la
paronomasia lo que mejor distingue un buen artículo periodístico, el cual debe
redactarse con la mayor precisión, ni es ‒obviamente‒ lo que los citados
autores practican, pero es probable. Dejémoslo así por ahora. Es una buena
excusa para tanto doctor que publica y por eso sus pacientes, con tal descuido,
se han vuelto esquizofrénicos.
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