domingo, 25 de septiembre de 2016

VIVIR LA HUELGA

Vivir la huelga
NOÉ AGUDO

A la memoria de Belem Claro, camarada fallecida recientemente.
Quisimos ir a la guerrilla y por suerte no lo logramos. Esto le permitió
  a ella vivir varios años más, y a mí contarlo hoy día.

Eran ya casi las cuatro de la madrugada y no podía dormir. Pensaba en esa línea leída. Más que gustarle, lo había inquietado. ¿Cómo sería escuchar volar pájaros toda la noche? ¿El ruido provocaría miedo, zozobra o tal vez alegría? Llevaban ya más de dos meses de navegación y el almirante había tenido que enfrentar tres amotinamientos. En el más reciente, el del 10 de octubre, participaron también los hermanos Pinzón, y ellos lo habían apoyado para sofocar los dos primeros. Las galletas rancias, el tocino podrido y la alarmante disminución de agua para beber lo obligaron a comprometerse ante la tripulación a navegar sólo tres días más. Al término de este plazo darían vuelta de regreso a las naves.
 La línea decía así: “Toda la noche oímos  pasar pájaros”. Era la noche del martes 9 de octubre y la anotación había sido hecha por el propio almirante. ¡Qué coincidencia!, se dijo, ahora también es 9 de octubre, pero de 1975, y yo no voy en un barco, sino que estoy tirado en el piso de este cubículo del CCH, tratando de dormir, mientras escucho el ronquido de mis compañeros.
Recordó cómo había encontrado el libro cuya lectura disfrutaba por estos días y pensó que no fue casualidad sino el cumplimiento de una misteriosa cita. Había acompañado al Buitre a su casa y allí, en la calle de ese barrio marginado, la Nueva Atzacoalco, un viejo sucio y harapiento acomodaba libros usados en la banqueta. Se acercaron a mirarlos y el volumen pareció guiñarle desde el piso. Tenía roto el forro pero el dibujo que lo ilustraba aún se apreciaba bien: una solitaria carabela enmarcada por palmeras y las exuberantes copas de varios árboles. Pesaba, tenía pasta dura de tela azul, y un hermoso mapamundi aparecía cuando se daba vuelta a la tapa. La cubierta decía en letra negra: German Arciniegas / Biografía del Caribe.
‒¿Cuánto? ‒preguntó al viejo.
‒Cien pesos ‒respondió.
‒Déjemelo en cincuenta y no digo a quién se lo compré ‒arguyó sonriente, intentando ser gracioso. Serio, casi molesto, el viejo siguió ordenando los libros, sin mirarlo. Pasaron dos o tres minutos y ya se disponía a ponerlo nuevamente en su lugar, cuando el hombre se enderezó,  lo observó con detenimiento y dijo:
‒Llévatelo.
  Recordó que así de extraño había sido el encuentro con otros libros importantes para él. Taras Bulba, por ejemplo, esa novela de Nikolái Gógol que narra una historia de cosacos y está ambientada en las estepas asiáticas. Un día que le ordenaron ir a tirar la basura vagó un rato por entre los desperdicios y en un montón de papeles descubrió el librito. Estaba completo, limpio, así que lo sacudió y se lo llevó. A los pocos días ingresó a la secundaria, y cuando la maestra de español solicitó a los integrantes del grupo escribir algo que recordaran sobre un libro leído recientemente, él resumió sin problemas la novela. La maestra era joven, muy amable, más dulce que bonita, y ponía mucho empeño en su clase. Dio un rápido vistazo a los trabajos y cuando encontró su hoja se detuvo y la leyó completa. Lo llamó en voz alta y se le quedó mirando cuando él se puso de pie. La había conquistado. Con ese texto se volvió su alumno favorito.
Lo mismo le había ocurrido con el libro de Felipe López Rosado Introducción a la sociología. Ese día jugaba frontón con sus compañeros de la secundaria. El grueso volumen estaba allí, injertado entre los barrotes de la ventana cerrada, y nadie parecía verlo. Se acercó, lo hojeó y lo volvió a poner donde estaba. Alguien lo olvidó o lo abandonó allí, seguramente el hermano mayor o el padre de algún compañero, porque en ningún año de la secundaria se llevaba esa lectura. Continuaron jugando y cuando se retiraban sintió por el libro lo mismo que ante un perrito o gatito abandonado; por eso decidió llevárselo. Se impuso leerlo por las noches, sin levantarse de la silla; primero veinte minutos, después media hora, luego una hora y finalmente dos. Así logró la disciplina y la concentración en la lectura. Descubrió que cada libro le aportaba algo más que la historia o los conocimientos del tema; por eso atendía esos silenciosos llamados: Mírame, cómprame, llévame.
Pudo oír el canto de algunas aves nocturnas y por eso siguió pensando en cómo sería esa noche en que Colón escuchó pasar los pájaros. ¿Qué aves vuelan durante la noche? Seguramente como éstas que graznan aquí en el Colegio, se dijo, a pesar de la oscuridad y que aún es de madrugada. Por la tarde del día anterior habían formado brigadas, se repartieron los edificios y pasaron a casi todos los salones, incluidos los laboratorios, para solicitar el apoyo de profesores y alumnos. Por supuesto, toda la comunidad (la “base”, se decía) había expresado su apoyo a lo que se proponían hacer: Adelante, dijeron, cuentan con nuestro apoyo.
Habían decidido apoyar a los choferes de la línea de autobuses foráneos Apizaco-Huamantla-Tlaxcala, a quienes no les querían reconocer su huelga. Los choferes llegaron con algunos estudiantes de Economía, del Politécnico, y querían tomar varios camiones. Un chaparrito, a quien sus compañeros le decían “Vallejito”, por su parecido físico con el líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo, se expresó con mucha enjundia y dijo que necesitaban tomar cuando menos sesenta camiones, y meterlos al CCH.
—¿Al CCH? ¿Y por qué no al Poli?
—No tenemos espacio —respondió un muchacho pelirrojo, del Poli, que usaba una chamarra tipo militar—. No es que le saquemos, no hay espacio. Pero estamos de acuerdo con los compañeros operadores que es la forma de presión más efectiva.
—Aquí es mucha bronca —dijo él—, un boleto como ése no lo podemos comprar solos. Necesitamos el apoyo de los otros grupos. Tenemos que hablar con los demás e informar a la base.
Aunque en el plantel Vallejo existían por esos días más de cinco grupos de activistas, sólo se comprometieron los del Comité de Lucha (en cuyo cubículo dormían, en el edificio V), además del suyo, y Camilo (que era de los Cletos) y algunos estudiantes que espontáneamente decidieron acompañarlos. En una rápida asamblea realizada por la noche, decidieron dividirse en dos grupos: uno acompañaría a los choferes para ir por los camiones, y el otro aguardaría en el plantel para impedir que las autoridades pusieran obstáculos en la puerta donde entrarían.
A esa hora de la madrugada, mientras recordaba las peripecias de Colón en su Biografía del Caribe, escuchó vagamente un ruido y despertó a los demás.  
—¡Despierten, párense, creo que ya llegaron!
Los muchachos se levantaron prestos y corrieron hacia la puerta del estacionamiento. Una larga fila de autobuses estaba detenida sobre la avenida, esperando entrar; ambos grupos presionaron para que los vigilantes les permitieran pasar.
—Fue un acuerdo de la base —argüían—. No se requiere el permiso de las autoridades.
—Son trabajadores, como ustedes —decía otro—, vamos a apoyarlos.
Con un gesto resignado los tres vigilantes se miraron entre sí y abrieron la puerta. Para no invadir los lugares de profesores y alumnos, los autobuses fueron estacionados detrás del edificio V, que era el último. Aún no estaban el Y ni el Z, mucho menos el W o el Siladin ni las cafeterías ni el teatro, el departamento de Impresiones o el almacén. Tampoco estaban los edificios de inglés, la mediateca ni el edificio de cómputo. Todo eso era un llano cubierto de hierbas donde varias veces los choferes fueron a cortar quintoniles que cocían y comían con ellos. Alinearon los camiones en dos hileras perfectas. Eran cincuenta y cuatro, y los choferes dijeron que llegarían más. Causaron gran curiosidad entre los alumnos del primero y segundo turnos. Muchos iban a preguntar de qué se trataba, y choferes y activistas aprovechaban para informarles. Casi todos expresaban su satisfacción porque el CCH apoyara a los trabajadores.
* * *
Eran otros tiempos. De verdad se respiraba un ambiente de unidad, de camaradería, de solidaridad e incluso de simpatía hacia las actividades políticas de los estudiantes. Las propias autoridades del plantel, seguramente después de consultar con el coordinador general del CCH, y con rectoría, simplemente se hicieron desentendidas. Varios profesores, que conocían a los activistas porque eran sus alumnos o lo habían sido, cooperaban “para las tortas”, y numerosos estudiantes se anotaban para las guardias nocturnas, pues se temía que golpeadores o esquiroles llegaran por la noche a intentaran llevarse por la fuerza los autobuses; por eso era tan valiosa su participación; otros llegaban a depositar sus monedas en los botes rojinegros para sostener la huelga.
            Pocos soportaron completos los casi dos meses que duró. La lucha no era un juego: durante el día se visitaban otras escuelas y sindicatos para pedir ayuda, o se asistía a las largas pláticas en la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, pues los choferes habían exigido que los estudiantes estuvieran siempre presentes en las negociaciones. Por las tardes se asistía a clases; él, siempre acompañado entonces por su Biografía del Caribe, tenía clases de cinco a nueve, pues era del cuarto turno. Por la noche las guardias. Se dormitaba dentro de los autobuses, que eran menos fríos que el cubículo del Comité de Lucha; se bebía mucho café soluble; se armaban de palos y varillas, se preparaban bombas molotov, se las probaba y se enseñaba a lanzarlas a quienes no sabían.  
            Sus camaradas más constantes en esta etapa fueron Troskelio, integrante del Comité de Lucha, maoísta y estalinista hasta el último poro, pero dueño de un magnífico humor y simpatía que lo redimían de dicha tara. Otro fue Camilo Torres, no el cura colombiano, sino Torres Mejía, un integrante del grupo Cleta de rostro aniñado y cabello largo que le daba una apariencia casi infantil, pero certero y directo en sus intervenciones; uno más era José Luis Flores, el Pinocho, con quien en otra ocasión y ya terminada la huelga corrieron una singular aventura en Aguascalientes; a partir de entonces se hizo también más amigo de Jesús García, quien lo llevaría por primera vez al Olímpico; de Fernando Franco, Rubén Carlos Heredia, Conrado López, el Jalisco, y otros más que lo acompañaban aunque no eran activistas.
            De los estudiantes de Economía, del Poli, con quien mejor simpatizó fue con un estudiante rechoncho, alto, que nunca faltó a ninguna plática y tampoco a una sola noche de guardia; era de los más animosos y creía honestamente que apoyar al sindicalismo independiente era luchar por la revolución que en cualquier momento sucedería; otro con el que conversaba largas horas era un tal Rueda, que no asistía constantemente pero le parecía el más inteligente; sus compañeros politécnicos lo respetaban y apreciaban, y tal vez era el que sí sabía realmente el verdadero alcance de la huelga.
            Del exterior la solidaridad se expresaba con mantas de apoyo que otros sindicatos enviaban y ellos colocaban sobre los cercados de alambre; también llegaba ayuda en especie. Francisco de la Cruz, el legendario dirigente urbano y fundador del Campamento Dos de Octubre, enviaba sacos de naranjas, manzanas, zanahorias y otros comestibles. El abogado de los trabajadores era Jesús Campos Linas, quien sugirió a los choferes buscar el apoyo estudiantil; Campos Linas era un viejo lobo del sindicalismo independiente; como abogado había acompañado la lucha de varios sindicatos y organizaciones de trabajadores, así que sabía muy bien cómo cambiaría la actitud de los patrones cuando los choferes se aliaran con los estudiantes. En su casa comieron una o dos veces decentemente, después de semanas enteras de sostenerse sólo con tortas y quelites.
* * *
Un día llegó Belem Claro, una activista del grupo con el que empezó a participar cuando recién ingresó al CCH. Era de las radicales, dura y ruda, cuyo compañero, Filemón Cruz, estaba preso en una cárcel de Nayarit
           —¡Vaya, qué bueno que viniste! ¿Por qué no lo habías hecho? Aquí se necesita mucha gente.
           —No vine a apoyar —dijo Belem—. Sabes bien que yo no apoyo movimientos reformistas o economicistas, hijos de Rafael Galván. Sólo vine a dejarte un recado.
           —¿Un recado? ¿De quién?
           —De una amiga. Tal vez ella sí te apoye.
Hay chicas a quienes les atraen los activistas y de eso le quería hablar Belem. “Te quiere conocer Isabel, mi amiga” dijo. “No sé si quiera participar en tu grupo o sólo desea conocerte, pero me pidió que te presentara con ella. Tú sabes”.
La conocía. Era una chica delgada, de ojos vivaces, más alta que él, siempre seria y nunca había sabido si le simpatizaba o le caía mal, porque sólo lo veía y guardaba silencio. Tímido y torpe como era para relacionarse con las chicas, le resultó sorprendente que Belem, alguien que sólo vivía para la revolución, se tomara la molestia de llevarle ese mensaje. ¡Y qué mensaje! Debía apreciar mucho a su amiga. 
—Dile que el viernes hay una fiesta en Ciudad Azteca —le confió—; ya me organicé para faltar aquí. Iremos con Leonel, el grandote que trabajaba en la Compañía de Luz y Fuerza, trae un coche de la empresa. De aquí nos iremos al terminar la última clase y Leonel nos regresará a la Glorieta de Potrero.
Ese día, Isabel lo esperaba ya en la puerta del salón cuando él salió de la clase. Sonrió, traía un vestido rojo, entallado, zapatillas que la hacían ver más alta y lucía bonita de verdad. Ni siquiera pasaron a despedirse de sus compañeros, lo embromarían, así que le dijo a Leonel que fueran directo a su coche. Isabel se pasó al asiento de atrás e iba callada, como siempre.
Cuando llegaron comieron sándwiches, los muchachos bebían brandy Cardenal o Gobernador con Coca Cola; las chicas conversaban aparte y tomaban sólo refresco. De tanto en tanto iba con Isabel para decirle salud y eso era todo. Ni siquiera le preguntaba si estaba bien o si se aburría. Pero le empezó a gustar. No le importaba que se viera más alta que él. La piel de su cuello y sus brazos se notaba suavecita, tersa, y sus mejillas eran naturalmente chapeadas. Reía con discreción, apenas si se inclinaba un poco para decirle ¡salud!, y seguramente esperaba bailar con él, pues no había aceptado hacerlo con nadie.
Se dio cuenta cuán torpe era, tenía un miedo horroroso a bailar. En el tocadiscos ponían cumbias que movían al más tieso, pero exigían ciertos pasos que él ni siquiera se atrevía a intentar. Isabel lo miraba paciente, sin ningún gesto de aburrimiento o fastidio. A las tres de la mañana todos comenzaron a retirarse y entonces Leonel preguntó si también se iban. “Claro”, le dijo. Una chica preguntó si la podían llevar y Leonel aceptó. Así que subió adelante con él. Por fin iba a solas con Isabel, pero se sentía incómodo, no sabía qué decirle. Se creía pesado, tonto, y Leonel sólo hablaba con la chica que iba a su lado. “¿Está bien que nos deje en la Glorieta de Potrero?”, preguntó por fin. “Sí”, dijo Isabel.
—¿Aquí está bien? —preguntó Leonel cuando llegaron.
— Sí —le respondió. Bajaron, dio la vuelta para despedirse de Leonel. Él aún tuvo una consideración.
—Si se van a quedar en la escuela, los llevo —dijo—, al fin que a ella la llevaré hasta su casa, no tenemos prisa.
—No, aquí está bien. De verdad, gracias.
No sabía qué hacer con Isabel. Cuando al fin quedaron solos en la avenida, le preguntó: “Y tú, ¿qué harás?”. “Me voy contigo”, dijo Isabel, y colgó con decisión el bolso a su hombro, como para enfatizar su respuesta.
Las calles estaban vacías y a unas cuadras brillaba el letrero de un hotel. “Vamos allá”, le dijo. Ella lo siguió en silencio. Él fue repasando cuánto dinero traía y por suerte pudo completar para el pago de la habitación. Nada dijo ella al entrar, actuaba como si todo estuviera ya dicho o planeado; lavaron sus manos e hicieron buches de agua. Se quedó unos momentos en el baño y él aprovechó para quitarse la ropa, acomodarla sobre una silla y meterse bajo las sábanas. Cuando salió, por pena propia preguntó si le gustaría que apagara la luz y ella respondió que sí. Luego se metió junto a él. Se buscaron en la oscuridad, se besaron, sintió su boca dulce y notó que sus labios eran firmes como su cuerpo. El sabor le hizo recordar una fruta silvestre que comía de niño, el gondoy. Es del tamaño de una uva y crece en racimos durante los meses de enero y febrero, en un árbol que da sombra a los cafetos; en realidad no se come sino simplemente se sorbe el delicioso néctar que contiene. Así sabía la boca de Isabel. Retenía su aliento, temía manchar el olor fresco y limpio de su cuerpo. Bajó su mano con ansiedad para destrabar el sostén, pero no encontró el broche. Ella sonrió y dijo quedamente, “es por aquí”, y con un movimiento leve abrió el sostén que se separó en dos partes, como dos bracitos amorosos, pensó. Sintió los senos duros contra su pecho y esto lo excitó aún más. Con otro movimiento bajó su trusa, dejando que las piernas hicieron el resto. Ella llevó una mano hasta la cintura y dejó que él deslizara la prenda con ansiedad. Sus bocas se buscaban, las manos y piernas entrelazadas unían sus cuerpos y generaban un calor que parecía consumirlos, incinerarlos y fundirlos en uno solo; buscaba el lugar, el capullo, el centro vital al cual dirigir esa lanza ígnea que atizaban sus años adolescentes, su soledad y sus dudas, su timidez y torpeza, que ahora se complacía en la entrega absoluta e incondicional de Isabel, en la madrugada insomne y el anuncio de un inminente amanecer. Era virgen. Tan virgen como ese silencio con el que se rodeaba siempre, pensó, como su desconcierto al descubrir que las cosas suceden de otro modo y no como uno las piensa ni como las planea o las desea. Cuando terminaron sólo entrelazaron sus dedos y se quedaron mirando el techo.
—¿Te gusta lo que haces? —preguntó al fin ella.
—¿Haberte hecho el amor?
—No, eso lo hicimos los dos. Quiero decir, lo que haces como activista.
—Por supuesto que sí, no estaría allí si no me gustara. Pero, ¿sabes?, lo veo como una obligación. Quisiera hacer mucho más. Haré mucho más.
—A mi padre lo mataron —dijo Isabel, súbitamente—. No me preguntes nada, no me gusta hablar de eso.
Ya no dijo nada, sólo apretaron un poco más sus manos y en unos segundos se quedaron dormidos.
Cuando despertaron, cuatro horas después, le preguntó dónde tomaba su autobús y ella dijo que sobre la avenida Vallejo. Caminaron por Cuitláhuac hacia la esquina con Vallejo. Le hubiera gustado invitarla a desayunar, conversar con ella, preguntarle tantas cosas; por ejemplo, por qué decidió entregarse sin pedir nada, sin conocerlo casi, sin preguntar nada. Pero apenas si rozó sus labios al despedirse y le dijo que la buscaría en la escuela. Isabel tampoco preguntó si tenían una relación, si eran novios, parecía que continuaban un romance iniciado hacía mucho tiempo, en el que ya se conocían, en el que sabían qué esperar uno del otro y  estaban dispuestos  tan solo a vivirlo a partir de donde lo dejaron. Era la relación más libre que había conocido. Pensó que tenía tiempo para ir a su casa a cambiarse la ropa, para buscar un poco de dinero y regresar al mediodía. Por el camino se fue recriminando lo estúpido que fue al no ser más cariñoso y tierno con ella, por no preguntarle si tendría algún problema en su casa, por siquiera decirle: Estoy contigo para lo que necesites. Aunque sabía que estaba con ella.
* * *
—¿Dónde andas? ¡Anoche te necesitamos aquí! —le gritó Camilo apenas lo vio llegar. Por primera vez vio en su cara de niño un gesto de preocupación y desaprobación, y supo que algo malo había ocurrido.
—Avisé, ya lo sabían todos, necesitaba tomarme el viernes. ¿Qué pasó?
—Vinieron a querer llevarse los camiones. No un grupo de golpeadores, como pensábamos, sino unos cuantos que lo hicieron a escondidas y aprovechando la oscuridad. Parece que alguien les indicó desde dentro cuáles eran los autobuses más aislados y los que se quedaban sin gente. Faltan cuatro choferes, si no vuelven hoy, o falta alguno, significa que ese ayudó.
—¿Cuántos se llevaron?
 —Sólo se pudieron llevar uno, parece que el propósito fue sondear cómo están las cosas por aquí. Ahora necesitamos llamar a todos los que podamos por teléfono, para reforzar las guardias y tener más gente. Seguro regresarán hoy por la noche o mañana domingo.
—Bueno, pues a hacerlo —dijo él—, yo llamaré a todos los de mi grupo que tengan teléfono. Y hay que hacer también un periódico mural, para denunciar el robo, advertir que incendiaremos los autobuses si pretenden llevarse otro más.
—Pues, manos a la obra —dijo Camilo—. Que te den monedas para llamar. Vas a la Central Camionera y desde allí haces tus llamadas. Por allí andan Troskelio, Ana Lilia y el Pinocho. ¿Es muy larga tu lista?
—Apenas unos diez o doce.
—No tarden, los choferes están discutiendo si esto acelera o impide el arreglo, la verdad los veo muy temerosos. Campos Linas dijo que ya venía para acá.
En esos años era un lujo tener teléfono en casa; sólo lo tenían quienes vivían en colonias céntricas, y las llamadas a éstos desde la calle se hacían en cabinitas casi siempre descompuestas. La mayoría de los estudiantes, si bien no provenía del estado de México, vivía en colonias marginadas como la Bondojo, Morelos, Martín Carrera, Prohogar, Vallejo o Aragón, San Simón. La comunicación era difícil. Así que sólo encontró a Faustino, a Lemus, que no aseguró su asistencia, a Rubén Carlos y el Tepocato. Regresó rápido para estar en la plática.
El punto central del debate era aceptar la liquidación, con indemnización incluida, o empeñarse en la reinstalación y el pago de salarios caídos. Casi todos argumentaban que lograr la liquidación era ya un triunfo, cuando antes ni siquiera esto les ofrecían; más todavía si habría indemnización. Un pequeño grupo se empeñaba en recordar que el propósito de la huelga fue el reconocimiento del sindicato, que si les reconocieron la huelga y ofrecieron liquidarlos e indemnizarlos es porque la patronal sabía que podía perder, lo importante era crear su instrumento de lucha; había que presionar un poco más, sobre todo si lograban que más choferes vinieran con sus vehículos.
—Allí está el problema —intervino el Cóndor, un chofer con nariz de gancho—. Varios nos han dicho que se suman, pero nadie viene. A todos los que van a Huamantla les han puesto ayudante, para vigilarlos y reportar a la patronal. Ya nadie le quiere entrar.
—Miren —intervino el abogado Campos Linas—: yo les recomiendo esperar a la plática que tendremos el próximo martes. Allí veremos qué tan engallados están los patrones. Ellos apuestan a que lograrán convencer a otros choferes para que nos traicionen, y nosotros sabemos que podemos atraer algunos más para que se sumen a la huelga. Pero no olviden que la escuela se cierra al finalizar la primera quincena de diciembre; ya no habrá estudiantes. Yo sé que los compañeros aquí presentes resistirán hasta el final, pero necesitamos que la escuela esté funcionando. El martes, después de la plática en la Junta de Conciliación, y si la oferta sigue igual, la  someteremos a votación.
—Ya sé dónde fuiste, cabrón —le dijo Troskelio, cuando lo encontró pergeñando lo que sería el periódico mural—, te fuiste a una fiesta. ¡Y no invitas, cabrón!
—Fui a algo mejor que eso, tú sabes que a mí no me gustan las fiestas.
—¿Una chava? ¿A poco? ¿La conozco, quién es?
—No la conoces, mejor dicho, no fui con  una chava, fui a otro asunto —quiso rectificar, cuando la alegría y el entusiasmo lo habían delatado—. Oye, exhortar va con hache o sin hache.
—¡Cómo se hache! —intervino Camilo, dándole una palmada.
—Ah, lo olvidaba. Escuchen esto —dijo para desviar un poco la conversación—: “Los héroes son como pedacitos de madera que el oleaje de los pueblos saca de los abismos, encumbra hasta las nubes y torna a hundir con rapideces que dan vértigo”.
—¿Quién lo dice? —preguntó desafiante Troskelio—. Los únicos héroes son las masas.
—Suena bonito —dijo Camilo—, ¿quién lo escribió?
—Germán Arciniegas —respondió él—, en este libro —y mostró su Biografía del Caribe, que a cada página que leía le gustaba más.
—Ya, ya, ya. Te vas a volver un pinche intelectual pequeño burgués por tanto leer —arremetió Troskelio.
—“Napoleón ha enseñado que la guerra se hace, en primer término, con literatura” —le respondió—. Serías menos dogmático si leyeras.
—¡Pues claro que leo, sólo que no mamadas pequeño burguesas! Creo que ese güey hasta presidente de Colombia fue.
—¿Y por eso no se le debe leer?
—¡El SITUAM mandó un chingo de tortas bien chingonas! —irrumpió el Pinocho—, vengan a comer.
Un paso indispensable para la revolución, se pensaba en los años sesenta y setenta, era liberar a los sindicatos del control oficial, que tenía en el charrismo —así se decía a los dirigentes sindicales al servicio del estado o la empresa— su mejor expresión. Se creía que los partidos de izquierda casi no existían, o no se fortalecían, por el control que el gobierno ejercía sobre los sindicatos. Las masas obreras fueron cooptadas desde el cardenismo y su control se hacía más férreo conforme los gobiernos posrevolucionarios se apartaban de los principios surgidos de la Revolución de 1910. Así que la lucha por la independencia sindical o por formar sindicatos independientes era una de las tareas principales de la izquierda, si se deseaba transformar el país. Y en esta tarea se involucraban con mucho candor y buena fe los estudiantes. Quienquiera que luchara sólo por un aumento salarial, mayores prestaciones y mejores condiciones de trabajo, simplemente era acusado de reformista o de desviar la lucha revolucionaria. 
            En un estado autoritario la independencia sindical representaba sólo un cambio de personas. Sin instituciones, mecanismos democráticos y cumplimiento de las leyes, quien llegara a remplazar a los dirigentes charros utilizaba los mismos sistemas de control y más rápido que tarde se transformaba en otro dirigente charro. Jesús Campos Linas (el abogado de este relato) aceptó ser el asesor sindical del naciente sindicato de telefonistas en 1976, cuando un joven Francisco Hernández Juárez, hoy un viejo líder fosilizado en la dirección del sindicato, logró echar al charro Salustio Salgado Guzmán y llegó con la promesa de democratizar al sindicato de telefonistas. En menos de dos años Campos Linas renunció a su papel, al constatar el carácter antidemocrático que asumían los supuestos nuevos dirigentes.
            Como primer punto en la plática de ese martes en la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, un permisionario se levantó y expresó:
            —Queremos comentar un periódico mural que se colocó ayer, en la entrada de la escuela, en donde se afirma que nosotros enviamos a sacar los camiones del CCH. Esto es falso: fue el propio chofer que ya no aguantó seguir en la huelga quien se llevó el camión, y ayer mismo se presentó a trabajar. Quisiera ahora que escucharan a nuestros representantes legales, quienes les harán una nueva propuesta. Después tendrán tiempo para analizarla y comentarla y, si están de acuerdo, hoy mismo, a las 17:00 horas, nos entregan su respuesta.
            Las reacciones a esta propuesta se pueden resumir en dos palabras, dependiendo del grupo en que se situara cada trabajador: triunfo o traición. Quienes veían como un logro que les pagaran los sueldos caídos, con un aumento salarial que agregaron a la oferta, y que además los indemnizaran, esto era un triunfo y había que aceptarlo; quienes exigían pago de salarios caídos, reconocimiento a su sindicato y la reinstalación plena, lo consideraban una traición. La mayoría optó por aceptar la propuesta. “Vallejito” y diez o doce trabajadores más debieron acatar la decisión con amargura, pues consideraban que la lucha tan solo se vendía a un mejor precio. Desde luego, los estudiantes estaban con ellos, pues los consideraban los más politizados, los que tenían mayor visión y claridad de su lucha.
            Campos Linas los citó al siguiente día en el CCH, y pidió a los estudiantes no faltar: los choferes y él querían agradecer a todos su apoyo.
            Estuvieron puntuales a las once de la mañana y sin grandes rodeos el abogado, además de agradecer en representación de los trabajadores toda la ayuda para ganar la huelga, con sinceridad y emoción expresó que ese había sido un buen ejemplo de la unión del pueblo trabajador en lucha con los estudiantes conscientes y revolucionarios.
            —Bueno —continuó—, ellos me dicen que, además de agradecerles, quieren saber lo que ustedes necesitan para continuar su lucha y con gusto se lo proporcionarán. Es una forma de corresponderles para que sigan apoyando otras causas. Así que piensen, ¿qué necesitan como grupo? ¿Con qué podrían apoyarlos para que sigan brindando su generosa ayuda?
            —¿Podría ser un mimeógrafo? —dijo Rueda, el del Poli, sin inhibición.
            —¡Claro que puede ser! —respondió seguro Campos Linas—. Los compañeros del Politécnico tendrán su mimeógrafo. Sólo pregunten cuánto cuesta y aquí los compañeros choferes les darán la cantidad. ¿Y ustedes? ¿Qué necesitan, que requiere el CCH?
            Troskelio lo miró para consultar con la mirada quién hablaría. Él hizo el ademán de cederle la palabra, pero Troskelio no quiso y explícitamente dijo: “Que nuestro intelectual diga qué necesitamos”.
            —Nosotros apoyamos esta lucha sin pensar en ningún beneficio más que el de cumplir con nuestro deber. Al contrario, queremos agradecer a ustedes que nos han dado la oportunidad de vivir una huelga aquí en nuestro plantel, y experimentar lo que el movimiento estudiantil puede hacer si se une a la clase obrera. Así pues, nada queremos. Sólo hemos cumplido nuestro deber.
            Un aplauso acalló sus últimas palabras y los choferes fueron a estrechar sus manos. Muchos experimentaban por primera vez vivir una historia con un desenlace que parecía ser un triunfo, y sentir el agradecimiento y la simpatía de personas que podrían ser sus padres, sus tíos o amigos. El pueblo. 
            —¿Y a ti qué te pareció? —le preguntó Troskelio, cuando se dirigían a los salones para informar a la base del fin de la huelga.
            —Creo que sólo me siento un poco triste porque ya no conviviremos aquí. Pero veo a casi todos contentos, incluso los que se creen perdedores. Nunca había vivido esto, y ahora me doy cuenta que eso era lo que me anunciaba mi libro. Por eso hizo la cita conmigo.

CUARENTA AÑOS DESPUÉS
Como este relato está basado en hechos reales y tan sólo algunos diálogos fueron inventados para precisar mejor la situación donde se produjeron, conviene hacer un recuento de qué ha sido y dónde están algunos de sus principales protagonistas.
Francisco de la Cruz: Murió el 4 de enero de 2016, a unos días de cumplir 90 años. El Campamento Dos de Octubre se volvió refugio y semillero de luchadores sociales, pues  siempre hallaban allí sustento para continuar la batalla. Un hijo de Francisco de la Cruz, del mismo nombre, es actualmente diputado por Morena.
Jesús Campos Linas: Abogado del sindicalismo independiente, Campos Linas siguió asesorando a varios sindicatos, entre ellos al Sindicato de Telefonistas de la República Mexicana a partir de abril de 1976, cargo al que renunció dos años después. Durante su gestión como Jefe de Gobierno del D. F., López Obrador lo nombró  presidente de la Junta Local de Conciliación y Arbitraje. Fue fundador de la Asociación Nacional de Abogados Democráticos y falleció el 16 de septiembre de 2015.
Belem Claro Álvarez: No quiso continuar estudiando pese a ser una mujer talentosa, con gran facilidad para comunicarse oralmente y con una natural capacidad de persuasión. Era radical, intransigente. Buscó vincularse a la guerrilla, sin éxito, precisamente durante los años que los gobiernos de Echeverría y López Portillo buscaron exterminarla. Murió hace apenas tres meses.
Rogelio Sánchez Arrastio (Troskelio): Estudió economía y fue profesor de esa disciplina en la FES Acatlán, de donde ya se jubiló. Ahora vive pacíficamente atendiendo un restaurante que abrió, y apoya a su compañera, que es escritora. Sigue siendo un estalinista inveterado aunque viva como un pequeño pequeño burgués.
José Luis Flores Sánchez (Pinocho): Hasta hace dos años trabajaba en el Centro de la Imagen, del Conaculta. Vivió situaciones familiares muy dolorosas pero, no obstante, halló en la fotografía su gran pasión. Realiza exposiciones y publica regularmente en revistas especializadas.
Camilo Torres Mejía: Es actualmente diputado por el Partido del Trabajo en Baja California. Es de verdad un representante popular, la gente modesta y pobre lo adora, lo sigue fielmente; sin duda es uno de los mejores cuadros de ese partido que, obviamente, no lo merece. Pero, ¿en cuál otro podría actuar? El poder es el mismo bajo cualesquiera siglas.
Isabel: Con algunos datos que ella nunca quiso aportar, se supo que su padre fue seguidor de Rubén Jaramillo, en Morelos. Cuando ese líder campesino fue asesinado, en 1962, su familia emigró al Distrito Federal; Isabel contaba entonces tres años. ¿Existió realmente? ¿Cómo y dónde terminó una chica tan hermosa, original y valiente? Ella merece su propia historia.
Activistas de Economía, del Poli: Nunca más se supo nada de ninguno de ellos en el CCH, a pesar de que varios profesores del Colegio son egresados de esa escuela.

TENSANDO EL ARCO

PARA PERIODISTAS:

En sus lecciones para la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano el gran reportero polaco Ryszard Kapuscinski  (Los cinco sentidos del periodista) escribe lo siguiente: “Nadie que quiera ser un buen reportero lo logrará si antes no lee Kaputt y La piel, de Curzio Malaparte”. Lo que parece ser una opinión de sobrada admiración hacia este escritor italiano, hoy leído sólo por especialistas, es una recomendación que es una lección que es una enseñanza que es el mejor regalo y que es la clave para renovar nuestro oficio si queremos adecuarlo a los nuevos tiempos. Ambos títulos son ejemplos insuperables de la llamada novela-reportaje con las que Malaparte narra el drama que significó para Europa la Segunda Guerra Mundial. Perspicacia, agudeza, sensibilidad, ironía y mucho olfato para elegir los hechos que mejor reflejan el horror de un conflicto donde emergen los extremos morales de la condición humana, ambas novelas son también ejemplo de belleza, originalidad y precisión periodísticas capaces de conmover y sacudir conciencias aletargadas y domesticadas, acostumbradas sólo a repetir mansamente lo aprendido, sin percibir lo nuevo y diferente que hay en cada suceso; la legión de idiotas de la que nos alertó otro italiano, el profesor Umberto Eco. Una prosa deslumbrante, un estilo que es expresión de una personalidad y una astuta construcción narrativa (“Pues sabemos que el placer de los lectores depende del arte con que se dispone el relato y se cuentan los hechos” Macabeos II, 15), hacen de estas dos novelas un verdadero curso de actualización para quienes nos dedicamos al periodismo, y es de agradecer a Kapuscinski que nos lo haya recordado en ese magnífico taller que impartió para la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

ADIÓS, HILDA
 Me entero que el fin de semana falleció Hilda O’Farrill de Compeán y lamento de verdad su muerte. No fue mi amiga, si acaso existió algo entre ambos fue una sutil simpatía, pero la relación que mantuvimos como empleado-patrona fue una de las mejores: trabajé quince años directamente con ella y casi veinte en la empresa de su familia, y allí me permitieron crecer y desarrollarme hasta donde pude y quise. Millonaria, verdadera rica que era, le gustaban los lujos, nunca la frivolidad. Se daba tiempo para estudiar antropología, en la Ibero. Sin saber esto, un día pedí entrevistar a Jacques Soustelle, me había deslumbrado su libro La vida cotidiana de los aztecas antes de la conquista. Fue un gusto para ella ver en las páginas de su revista consentida, Vogue-México, a tan importante estudioso de las culturas prehispánicas. A mí me gustan mucho el Deutsch Vogue y el British Vogue por los temas de alta cultura que siempre lucen sus páginas. Por eso, cuando Franςoise Bouffault me dijo que ella podía entrevistar a quien yo quisiera en París, le pedí que buscara al gran antropólogo francés Claude Lévi-Strauss (él y Ferdinand de Saussure son los fundadores del estructuralismo). Lo hizo y logró la entrevista. ¡Qué hazaña la de Franςoise!  Fue un acierto, y tal vez un desconcierto para el grueso de lectoras y lectores mexicanos, que se preguntarían quién era ese viejito cuyo nombre sólo les recordaba una marca de jeans. Pero a Hilda le volvió a agradar mucho. Me preguntó por qué se me había ocurrido la entrevista, y yo sólo me encogí de hombros y le dije: Pues es Lévi-Strauss. Soltero, joven, loco como era, me daba cuenta que frecuentemente le llegaban chismes de mi comportamiento (a veces pasaban meses enteros sin que nos viéramos) y ella los enviaba al bote de la basura. Nuestra relación, como debe ser en la empresa privada, se normaba siempre por la eficiencia y los resultados. Tuve aciertos y también muchas fallas, pero prevalecieron más aquellos. Por eso fue un gusto colaborar con ella durante tantos años. Por eso siento mucho su muerte.

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