domingo, 2 de octubre de 2016

EL POEMA, EL POMO Y LA PENA

El poema, el pomo y la pena
NOÉ AGUDO

Apenas empezábamos a tararear esa canción y Dito ponía sus brazos sobre la mesa para reclinar su cabeza y enjugarse las lágrimas que, supuestamente, derramaba al recordar a la mujer que lo había rechazado; si alguien cantaba y pronunciaba el nombre de su amada, sollozaba en silencio. “Ah, ah, ah”, decía quedamente, y movía la cabeza y se sacudía y se lamentaba como si un gran dolor lo atormentara; la mesera se acercaba y lo miraba compasiva, sin saber qué hacer. No le quedaba más que preguntar si queríamos lo mismo y decíamos que sí y entonces Dito levantaba la cabeza, sonriente, y decía que también para él y ofrecía el envase a la mesera.
            Tipo raro el Dito. Aunque era mayor que nosotros, apenas cursaba el tercer semestre, mientras que casi todos estábamos en el quinto; no sabíamos cómo le hacían los profesores para comunicarse con él; nunca afirmaba con claridad nada, le daba vueltas y vueltas a todo pero nunca concluía en nada y a veces lo teníamos que parar; tenía una gran habilidad para abstraer cualquier asunto con una cantidad de palabras que no decían nada; evitaba los adverbios de afirmación y todo enunciado que expresara un compromiso o decisión; lo peor es que si alguien lo escuchaba por primera vez quedaba convencido que expresaba ideas muy valiosas y parecía saber, pues hablaba mucho y con mucha seguridad; nunca distinguimos si en realidad sabía y éramos nosotros quienes no lo podíamos comprender, o simplemente estaba un poco pirado; el caso es que en las reuniones para todo tenía una opinión, pero era difícil conocer su decisión: ¿estaba de acuerdo o no?, ¿se aceptaba la propuesta o no?, ¿qué hacer al respecto? En fin.
Por lo común íbamos a un tugurio con apariencia de fondita que Lucrecio cuidaba en la calle de Perú, cerca de Garibaldi. El negocio era de unos familiares. Lucrecio se había iniciado allí como saca-borrachos, pero su resistencia para mantenerse activo hasta la madrugada y después todavía ir a “El Ring”, un antro al que sólo acudían luchadores, boxeadores y el público que los seguía y salía de la Arena Coliseo, le valieron para que lo dejaran al frente del negocio. Entonces nosotros llegábamos, bebíamos cerveza y no nos preocupaba que se terminara el dinero porque íbamos al baño y allí, en una especie de tapanco, estaban apilados los cartones de cerveza. Abríamos una caguama y bebíamos gratis lo que queríamos. Después otra y así. Nunca supimos si Lucrecio se daba cuenta y nos permitía, o simplemente los dueños no entendían por qué las botellas vacías no coincidían con el dinero reunido. Buen tipo Lucrecio.
Pero hablaba de Dito. Tenía la cabeza redonda, una amplia y protuberante frente. De verdad se parecía a Lenin, con sus ojos rasgados y pequeños y esa barba de candado, y su piocha y la seguridad con que hablaba. Estaba enamorado de una chica muy morena, casi negrita, pequeña, esmirriada. Parecía una ratoncita: sus dientes pequeños, sus ojos, su tamaño, su actitud temerosa y asustadiza. Igual que Dito, era muy buena, y hubieran hecho una bonita pareja. Pero ella estaba enamorada del hermano de Faustino, y por eso Dito sufría, y a nosotros nos gustaba que fingiera llorar para cantarle esa canción y hacer que fingiera más y así nos divertíamos. Le decía su “Ratoncita”.
Esa noche casi nos la amanecimos y entonces Rubén Carlos nos dijo que podíamos ir a quedarnos a su casa. Vivía con sus dos hermanos en la Prohogar. Nos consiguió cobertores y nos dijo que podíamos dormir en el piso, sobre un tapete viejo allí en la sala. Sus hermanos no estaban, se habían ido a San Martín Texmelucan, de donde eran originarios. Era Semana Santa y aunque la escuela estaba cerrada nos citábamos por allí cerca y por eso nos seguíamos viendo.
Despertamos después del mediodía, Lucrecio se fue porque dijo que tenía que trabajar, pero yo más bien pienso que se fue porque teníamos mucha hambre, y él quiso ahorrarse la invitación. Era el único que traía dinero. Entonces Dito pareció recordar algo y propuso que fuéramos a su casa, a comer. Vivía cerca del monumento a  La Raza, junto a las vías del tren. Nos dijo: ¿Qué creen esos? Hoy mi casa estará sola hasta como a las seis de la tarde. Así que podemos ir a comer. Hay de todo: tortitas de papa y camarón, bacalao, romeritos, molotes de queso y capirotada, de postre. Ustedes dicen a qué hora vamos. Todos dijimos que ya, en ese mismo momento, porque el hambre era intolerable. Quedábamos solamente Rubén Carlos, Dito, el Gallo y yo.
Al Gallo lo considerábamos nuestro líder. A pesar de ser chaparro, era un perro el cabrón. Una vez que el Buitre quiso encerrarse y no le abría la puerta del cubículo, no sé de dónde sacó tanta fuerza, pero tomó impulso y se lanzó contra la puerta y la abrió de un empujón, ¡pero qué empujón!, hasta las paredes se cimbraron; el Buitre y la Coquis salieron huyendo, pues creyeron que los golpearía. A veces traía pistola, un revólver que cabía en la bolsa de su chamarra. Otra vez, cuando peleamos contra los del grupo Cuauhtémoc, a él le tocó fajarse contra Beto; apenas lo tiró y lo golpeó tantas veces en la cara que lo dejó como una gelatina de grosella, por más que Beto decía: Ya, ya estuvo, ahí muere… Parecía que le decía: Dame más, pégame más. Tenía buen verbo también, lograba imponerse, pero tanto para los cates como para los rollos tenía que enojarse; sólo enojado le salía lo mejor. Si no lo estaba, era muy pacífico.
La casa de Dito era como una amplia tienda de campaña, pero cubierta de láminas de cartón; había una mesa al centro y allí estaban las cazuelas con la comida. Al fondo había dos puertas pequeñas, cerradas, y nos imaginamos que llevaban a las recámaras, porque no veíamos ninguna cama en la estancia. Sólo unos sillones viejos donde nos sentamos. Dito calentó tortillas en una estufa de petróleo y nos dijo que hiciéramos tacos con lo que quisiéramos. Yo acometí los romeritos con nopales y unas papas moradas deliciosas, ellos prefirieron el bacalao. Cuando terminamos de comer, Rubén Carlos dijo que regresáramos a su casa, porque no llevamos bebida; dijo que le pediría dinero al Pecas, un vecino, y se lo pagaría cuando volvieran sus hermanos. Dito dijo que él también llevaría unos pesos, y atravesó una de las puertas. Yo ya no quise ir, pues nunca me ausentaba un día completo de mi casa, y con ése ya llevaba dos. Así que allí me corté. Lo que contaré a partir de aquí es sólo una relación que hago de lo que sucedió a partir de las versiones de Rubén Carlos, la hermana del Dito y una carta que el Gallo me hizo llegar.
Antes de llegar a la casa de Rubén Carlos, a una cuadra de la calzada Vallejo, pasaron por una botella de Bacardí Palmas que Dito pagó; compraron refrescos en la esquina y Rubén Carlos los llevó a su casa. Los dejó unos minutos para ir con el Pecas y regresó muy contento, pues le había prestado dinero. Empezaron a beber Bacardí Palmas mezclado con refresco y acompañados de una radio-grabadora, donde ponían casetes de música norteña. Como habían comido suficiente, dice Rubén Carlos, terminaron rápido la botella; entonces cooperaron para la otra y le tocó ir al Gallo por ella. Éste no recuerda si ya la habían terminado, pero reunieron para la tercera y entonces era a Rubén Carlos a quien le correspondía ir. Pero el Gallo dice que ya no recuerda nada, el golpe de aire puro al salir del cuarto donde bebían y fumaban, le borró el casete; sólo recuerda muy vagamente que pisaba un charco de sangre y veía a alguien tirado en la avenida mientras otro le decía: Cómo que no lo conoces. Es tu amigo, es tu amigo.
            Rubén Carlos, por su parte, dice que Dito y el Gallo fueron por el tercer pomo. Estaban ya muy borrachos, por eso antes de ir Dito se atrevió a hacerles una confesión: dijo que ese día era el de su cumpleaños y por eso había pedido a sus padres que le dejaran la casa durante la tarde para invitar a unos amigos; agregó que tenía la ilusión de que también fuera su “Ratoncita”, la había invitado y le había escrito un poema que le entregaría allí mismo. Lo quiso leer, pero apenas lo empezaba a hacer hundía la cabeza entre sus manos y fingía llorar. Y así estuvo un buen rato. El Gallo le arrebató el poema y también lo intentó leer, pero tampoco se podía concentrar, arrastraba las palabras y los ojos le bailaban. Por eso Rubén Carlos propuso que mejor le dieran el abrazo de cumpleaños y fueran por el tercer pomo. Y así salieron.
La hermana de Dito, que llegó con sus padres cuando les avisaron que había sido atropellado, afirmó que a él lo golpearon antes de ser atropellado, y que el vehículo que lo atropelló lo lanzó a una distancia de siete metros, lo cual quiere decir que lo embistió a gran velocidad, que de verdad tenían ganas de matarlo. Pero, ¿quién?
Los hermanos de Rubén Carlos llegaron exactamente en el momento en que se hacía el tumulto para ver el atropellamiento; a él lo encontraron semidormido en la casa y le preguntaron si no eran sus amigos los implicados en el accidente. Él sólo respondía: Fueron por el pomo, fueron por el otro pomo. Así que los hermanos se encargaron de averiguar dónde vivía Dito y avisar a sus padres. Y así fue como encontraron al Gallo, que no hacía más que caminar alrededor del charco de sangre donde había caído Dito, manchando sus zapatos. A Dito ya se lo había llevado la ambulancia.
La hermana dice que el Gallo los acompañó hasta el amanecer. Subieron a un taxi y primero lo fueron a buscar a un hospital cerca de la Villa, después al Rubén Leñero, después al 20 de Noviembre, después… Así recorrieron varios antes de encontrarlo, en ese hospital de la colonia Roma. Allí les dijeron que tenían que operarlo de la cabeza y que sería muy delicado, que aún seguía inconsciente y que no podían verlo y que se podían ir y volver como a las cinco de la tarde. Entonces el Gallo se despidió y dijo que regresaría con ellos por la tarde.
Pero cuando se presentó al CCH todos lo miramos sorprendidos, más aún los que ya sabíamos lo ocurrido. ¿Cómo, sigues aquí? ¡Tienes que esconderte!, le dije, los padres de Dito dicen que no fue un accidente, sino que lo intentaron asesinar y la policía no tardará en buscarlos para detenerlos. Los hermanos de Rubén Carlos ya lo escondieron y tú debes hacer lo mismo.
Entonces el Gallo trató de relacionar los fragmentos que recordaba vagamente o tan sólo entre brumas; entendió por qué lo habían dejado solo con el cuerpo y después junto al charco de sangre; por qué sólo él tuvo que acompañar a los padres y la hermana de Dito; comprendió por qué no le quisieron decir si Rubén Carlos había venido al Colegio o dónde estaba, y sobre todo el consejo de que mejor desapareciera. Cuando le pregunté si había algo de cierto en lo que se especulaba, se me quedó viendo implorante, abrió los brazos y sólo dijo: ¡Cómo crees! Jamás pelearon, dijo, ni siquiera discutieron y cuando le arrebató el poema a Dito éste se quedó tranquilo, casi esperando a que lo leyera. Dijo: Te lo haré llegar para que lo entregues a su “Ratoncita” y también te escribiré todo lo que recuerdo de este desmadre.
Aún lo veo caminar hacia la salida, cabizbajo, triste y más amolado aún por los efectos de la cruda etílica y moral. Si exceptuamos la carta que me envió después, para darme su versión de los hechos y el poema que Dito escribió a la “Ratoncita”, nunca más volví a saber nada de él. Se perdió en una bruma más espesa que la de los vagos recuerdos que ese día lo atormentaban.
    
EPÍLOGO
Dito salió bien de la operación y sus padres ya no hicieron nada para que la policía investigara. Cuando se presentó en la escuela, como un mes más tarde, llegó pelón y más loco que nunca. Si antes se le saltaban un poco las cabras, con la operación hicieron estampida: se esforzaba por reconocernos o simplemente no podía, se quedaba abstraído, lelo, y después de un rato sonreía quedamente, como reconciliándose con el mundo. Creo que nunca concluyó sus estudios en el CCH. Alrededor de veintiocho años después yo venía del plantel Azcapotzalco, donde empecé a dar clases. Venía del Metro El Rosario hacia Martín Carrera, y me quedé pasmado cuando vi a un hombre envejecido, solitario y silencioso que subió en la estación Tezozómoc. ¡Era Dito! Lo miré insistente, casi con descaro, para que me reconociera, pero él simplemente ignoraba todo. Tuve que levantarme, fui junto a él y le dije: ¿Cómo está, señor? Yo lo conozco, usted es el Dito. Se me quedó mirando, sin comprender, y sólo cuando pronuncié su nombre completo sonrió un poco. Fuimos a tomar cerveza de barril oscura a un lugar cercano a calzada de Guadalupe, sobre la calle Excélsior. Trabajaba en el Servicio Postal Mexicano y a ratos parecía recuperar la memoria. Lo invité a mi casa para comer algo y continuar conversando. Bebimos Sangre de Cristo, como en nuestra época juvenil, pero él sólo miraba con insistencia un judas de cartón que tenía enfrente. ¿Te gusta?, le pregunté, te lo regalo, lo puedes llevar. Dito salió de mi casa a las cuatro de la madrugada, cargando su diablo de cartón; sólo cuando repasaba los recuerdos de ese encuentro, más tarde, me pregunté qué taxista se atrevería a llevar a esa hora a personaje tan singular y sobre todo portando ese enorme diablo de cartón. Desde entonces no lo he vuelto a ver.
            Lo último que supe del Gallo fue a través de su carta, la única que me envió. Su buena suerte siempre lo ayudó, me decía. Un amigo lo envió a esconderse con su hermano en Santiago, un poblado cercano a Manzanillo, Colima. Los primeros días se entretenía yendo a una playa solitaria, donde se forman olas de seis a siete metros de altura y a veces aún más. Le gustaba montarlas. Un día advirtió que se había adentrado mucho y estaba en mar abierto, el juego con las olas lo había llevado a las aguas profundas. Quiso atravesar el muro marino para alcanzar la playa, pero el mar lo rechazaba. Estuvo insistiendo largo tiempo hasta que su cuerpo se agotó, quedó sin fuerzas y las que le restaban sólo le permitían mantenerse a flote. Se desesperó, no había nadie en la playa y por eso decidió dejarse ir. Si se hundía tenía la esperanza de que el mar arrojara su cuerpo a la orilla, y tal vez allí alguien lo encontraría y lo reanimaría. ¡Vaya idea! Creyó que había llegado su hora y se dejó ir, pero el instinto de sobrevivencia lo hizo volver a flote cuando aún no tocaba fondo. Una vez, dos veces, tres; en cada ocasión sus manos y pies se negaban a quedar inmovilizados y volvía a la superficie. De pronto vio una figura lejana, en la playa. Con un último esfuerzo agitó su mano para pedir auxilio. Era el hermano de su amigo que, ante la tardanza, fue a mirar lo que sucedía. Entró en el mar, nadó hacia él y lo fue empujando hacia la barrera de las olas, sin agarrarlo; el agua hizo lo demás y lo arrojó por fin contra la arena. Quedó exhausto. Me contó este suceso pero nunca más volvió a escribir; tampoco concluyó sus estudios, al menos no aquí, en el CCH, y no sé si hoy sobreviva como marinero, maestro rural o sicario, o tal vez ya esté muerto. Tenía madera para eso.
            Lucrecio decidió dedicarse al comercio antes que terminar sus estudios de bachillerato. Faustino le consiguió trabajo en el Metro, ahorró algún dinero y con eso pudo poner su propio establecimiento en Garibaldi. Yo también concluí mi carrera de administración, me fue bien y fui a vivir a Coyoacán, pero el terremoto del 85 me devolvió al norte. Lucrecio resultó ser mi vecino y pronto nos hicimos compadres. Actualmente está jubilado, pero vive con demasiados achaques, no bebe ni una cerveza, no puede comer carne roja, ni siquiera chile, y debe ingerir poca azúcar y sal. De tanto en tanto viene a mi casa para hablar de Huautla, María Sabina y los mazatecos, etnia de la que forma parte. Tomamos sólo café con mascabado.
            Rubén Carlos terminó su licenciatura en periodismo. Fue a trabajar a San Blas, Nayarit, en alguna dependencia gubernamental relacionada con el campo. Luego regresó al Distrito Federal. Trabajaba para la agencia Notimex y aún le alcanzaba el tiempo para conducir un taxi. Un día de 1988, era noviembre, fue a dejar a unos amigos por el rumbo de Texcoco; dicen que cuando venía de regreso hacia el Distrito Federal chocó y quedó mal herido. Lo llevaron al Hospital de Balbuena, pero no resistió y murió al amanecer. Fui a su sepelio a San Martín Texmelucan, Puebla.
            Entregué el poema de Dito a su destinataria. No era malo, conservo una copia, y si no lo reproduzco es porque la jovencita que lo inspiró aquellos días hoy es una reconocida profesora del CCH Vallejo, a quien aprecio y respeto sinceramente.


La belleza de La piel
La experiencia de que nuestras ideas coincidan con las de un autor no siempre es condición para que nos guste lo que escriba. En Malaparte tengo la fortuna de que ambas sucedan. Muchas veces he escrito sobre mi simpatía por los animales, y actualmente no me apena confesar que adoro a mi perrito westie, un tal Ares. Por eso les comparto estas líneas que Curzio Malaparte escribió sobre Febo, su perro, en el capítulo que sin duda es el más estremecedor e impactante de su novela La piel:
                                                                                                                              
Jamás he querido tanto a una mujer, a una hermana, a un amigo, como a Febo. Era un perro como yo. Para él he escrito las páginas afectuosas de Un cane come me. Era un ser noble, el ser más noble que jamás he encontrado en la vida. Era de aquella raza de lebreles, raros hoy día y delicados, venidos en la antigüedad de las riberas de Asia con las primeras emigraciones jónicas, que los pastores de Lípari llamaban cerneghi. Son los perros que los escultores griegos esculpían en los bajorrelieves de las tumbas. ‘Echan a la muerte’ dicen los pastores de Lípari.
            Tenía el pelo del color de la luna, rojizo y dorado del color de la luna sobre el mar, del color de la luna sobre las hojas de los limoneros y naranjos, sobre las escamas de aquellos peces muertos que el mar, después de la tormenta, dejaba sobre la arena a la puerta de mi casa. Tenía el color de la luna sobre el mar griego de Lípari, de la luna en el verso de la Odisea, de la luna sobre aquel salvaje mar de Lípari que Ulises navegó para alcanzar la solitaria ribera de Eolo, rey de los vientos. Del color de luna muerta poco antes del alba. Yo lo llamaba Canetuna.
            No se alejaba nunca un paso de mí. Me seguía como un perro. Digo que me seguía como un perro. Su presencia en mi pobre casa de Lípari, flagelada sin reposo por el viento y el mar, era una presencia maravillosa. Por la noche, iluminaba mi desnuda estancia con la cálida tibieza de sus ojos lunares. Tenía los ojos de un azul pálido, del color del mar cuando se pone la luna. Sentía su presencia como la de una sombra, la presencia de mi sombra. Era como el reflejo de mi espíritu. Me ayudaba, con su sola presencia, a encontrar ese desprecio de los hombres que es la primera condición de la serenidad y de la cordura de la vida humana. Sentía que se parecía a mí, que no era sino la imagen de mi conciencia, de mi vida secreta. El retrato de mí mismo, de todo eso que hay de más profundo, de más íntimo, de más propio en mí; mi subconsciente, mi espectro.
            De él, mucho más que de los hombres, he aprendido que la moral es gratuita, que es afín a sí misma, que no se propone siquiera salvar al mundo (¡ni siquiera salvar al mundo!), sino tan sólo crear siempre nuevos pretextos a su desinterés, a su libre juego. El encuentro de un hombre y un perro es siempre el encuentro de dos espíritus libres, de dos formas de dignidad, de dos morales gratuitas. El más gratuito y el más romántico de todos los encuentros. De aquellos que la muerte ilumina con su pálido esplendor, parecido al color de la luna muerta sobre el mar en el cielo verde del alba.
            Reconocía en él mis impulsos más misteriosos, mis instintos más inciertos, mis dudas, mis temores, mis esperanzas. Mía era su dignidad frente a los hombres, mío su valor y su orgullo frente a la vida, mío su desprecio por los fáciles sentimientos del hombre. Pero era más sensible que yo a los oscuros presagios de la naturaleza, a la invisible presencia de la muerte, que siempre gira tácita y sospechosa en torno a los hombres. Él sentía venir de lejos, por el aire nocturno, las tristes larvas del sueño, parecidas a aquellos insectos muertos que el viento trae sin saber de dónde. Y ciertas noches, acostado a mis pies en mi desnuda estancia de Lípari, seguía en torno a mí, con los ojos, una presencia invisible que se acercaba, se alejaba, y permanecía largas horas espiándome a través del cristal de la ventana. Alguna vez, si la misteriosa presencia se me acercaba hasta rozar mi frente, Febo gruñía amenazador, el pelo del dorso erizado, y yo oía un grito plañidero alejarse en la noche, morir poco a poco.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...