El poema, el
pomo y la pena
NOÉ AGUDO
Apenas empezábamos a tararear esa canción y Dito ponía sus
brazos sobre la mesa para reclinar su cabeza y enjugarse las lágrimas que,
supuestamente, derramaba al recordar a la mujer que lo había rechazado; si
alguien cantaba y pronunciaba el nombre de su amada, sollozaba en silencio.
“Ah, ah, ah”, decía quedamente, y movía la cabeza y se sacudía y se lamentaba
como si un gran dolor lo atormentara; la mesera se acercaba y lo miraba
compasiva, sin saber qué hacer. No le quedaba más que preguntar si queríamos lo
mismo y decíamos que sí y entonces Dito levantaba la cabeza, sonriente, y decía
que también para él y ofrecía el envase a la mesera.
Tipo raro el
Dito. Aunque era mayor que nosotros, apenas cursaba el tercer semestre, mientras
que casi todos estábamos en el quinto; no sabíamos cómo le hacían los profesores
para comunicarse con él; nunca afirmaba con claridad nada, le daba vueltas y vueltas
a todo pero nunca concluía en nada y a veces lo teníamos que parar; tenía una
gran habilidad para abstraer cualquier asunto con una cantidad de palabras que
no decían nada; evitaba los adverbios de afirmación y todo enunciado que
expresara un compromiso o decisión; lo peor es que si alguien lo escuchaba por
primera vez quedaba convencido que expresaba ideas muy valiosas y parecía saber,
pues hablaba mucho y con mucha seguridad; nunca distinguimos si en realidad
sabía y éramos nosotros quienes no lo podíamos comprender, o simplemente estaba
un poco pirado; el caso es que en las reuniones para todo tenía una opinión,
pero era difícil conocer su decisión: ¿estaba de acuerdo o no?, ¿se aceptaba la
propuesta o no?, ¿qué hacer al respecto? En fin.
Por lo común íbamos a un tugurio con
apariencia de fondita que Lucrecio cuidaba en la calle de Perú, cerca de
Garibaldi. El negocio era de unos familiares. Lucrecio se había iniciado allí como
saca-borrachos, pero su resistencia para mantenerse activo hasta la madrugada y
después todavía ir a “El Ring”, un antro al que sólo acudían luchadores,
boxeadores y el público que los seguía y salía de la Arena Coliseo, le valieron
para que lo dejaran al frente del negocio. Entonces nosotros llegábamos,
bebíamos cerveza y no nos preocupaba que se terminara el dinero porque íbamos
al baño y allí, en una especie de tapanco, estaban apilados los cartones de
cerveza. Abríamos una caguama y bebíamos gratis lo que queríamos. Después otra
y así. Nunca supimos si Lucrecio se daba cuenta y nos permitía, o simplemente
los dueños no entendían por qué las botellas vacías no coincidían con el dinero
reunido. Buen tipo Lucrecio.
Pero hablaba de Dito. Tenía la cabeza
redonda, una amplia y protuberante frente. De verdad se parecía a Lenin, con
sus ojos rasgados y pequeños y esa barba de candado, y su piocha y la seguridad
con que hablaba. Estaba enamorado de una chica muy morena, casi negrita, pequeña,
esmirriada. Parecía una ratoncita: sus dientes pequeños, sus ojos, su tamaño,
su actitud temerosa y asustadiza. Igual que Dito, era muy buena, y hubieran
hecho una bonita pareja. Pero ella estaba enamorada del hermano de Faustino, y
por eso Dito sufría, y a nosotros nos gustaba que fingiera llorar para cantarle
esa canción y hacer que fingiera más y así nos divertíamos. Le decía su
“Ratoncita”.
Esa noche casi nos la amanecimos y
entonces Rubén Carlos nos dijo que podíamos ir a quedarnos a su casa. Vivía con
sus dos hermanos en la Prohogar. Nos consiguió cobertores y nos dijo que
podíamos dormir en el piso, sobre un tapete viejo allí en la sala. Sus hermanos
no estaban, se habían ido a San Martín Texmelucan, de donde eran originarios. Era
Semana Santa y aunque la escuela estaba cerrada nos citábamos por allí cerca y por
eso nos seguíamos viendo.
Despertamos después del mediodía,
Lucrecio se fue porque dijo que tenía que trabajar, pero yo más bien pienso que
se fue porque teníamos mucha hambre, y él quiso ahorrarse la invitación. Era el
único que traía dinero. Entonces Dito pareció recordar algo y propuso que
fuéramos a su casa, a comer. Vivía cerca del monumento a La Raza, junto a las vías del tren. Nos dijo: ¿Qué creen esos? Hoy mi casa estará sola
hasta como a las seis de la tarde. Así que podemos ir a comer. Hay de todo: tortitas
de papa y camarón, bacalao, romeritos, molotes de queso y capirotada, de postre.
Ustedes dicen a qué hora vamos. Todos dijimos que ya, en ese mismo momento,
porque el hambre era intolerable. Quedábamos solamente Rubén Carlos, Dito, el
Gallo y yo.
Al Gallo lo considerábamos nuestro
líder. A pesar de ser chaparro, era un perro el cabrón. Una vez que el Buitre
quiso encerrarse y no le abría la puerta del cubículo, no sé de dónde sacó
tanta fuerza, pero tomó impulso y se lanzó contra la puerta y la abrió de un
empujón, ¡pero qué empujón!, hasta las paredes se cimbraron; el Buitre y la
Coquis salieron huyendo, pues creyeron que los golpearía. A veces traía
pistola, un revólver que cabía en la bolsa de su chamarra. Otra vez, cuando
peleamos contra los del grupo Cuauhtémoc, a él le tocó fajarse contra Beto;
apenas lo tiró y lo golpeó tantas veces en la cara que lo dejó como una
gelatina de grosella, por más que Beto decía: Ya, ya estuvo, ahí muere… Parecía que le decía: Dame más, pégame más. Tenía buen verbo
también, lograba imponerse, pero tanto para los cates como para los rollos
tenía que enojarse; sólo enojado le salía lo mejor. Si no lo estaba, era muy
pacífico.
La casa de Dito era como una amplia
tienda de campaña, pero cubierta de láminas de cartón; había una mesa al centro
y allí estaban las cazuelas con la comida. Al fondo había dos puertas pequeñas,
cerradas, y nos imaginamos que llevaban a las recámaras, porque no veíamos
ninguna cama en la estancia. Sólo unos sillones viejos donde nos sentamos. Dito
calentó tortillas en una estufa de petróleo y nos dijo que hiciéramos tacos con
lo que quisiéramos. Yo acometí los romeritos con nopales y unas papas moradas
deliciosas, ellos prefirieron el bacalao. Cuando terminamos de comer, Rubén
Carlos dijo que regresáramos a su casa, porque no llevamos bebida; dijo que le
pediría dinero al Pecas, un vecino, y se lo pagaría cuando volvieran sus
hermanos. Dito dijo que él también llevaría unos pesos, y atravesó una de las
puertas. Yo ya no quise ir, pues nunca me ausentaba un día completo de mi casa,
y con ése ya llevaba dos. Así que allí me corté. Lo que contaré a partir de
aquí es sólo una relación que hago de lo que sucedió a partir de las versiones
de Rubén Carlos, la hermana del Dito y una carta que el Gallo me hizo llegar.
Antes de llegar a la casa de Rubén Carlos,
a una cuadra de la calzada Vallejo, pasaron por una botella de Bacardí Palmas
que Dito pagó; compraron refrescos en la esquina y Rubén Carlos los llevó a su
casa. Los dejó unos minutos para ir con el Pecas y regresó muy contento, pues
le había prestado dinero. Empezaron a beber Bacardí Palmas mezclado con
refresco y acompañados de una radio-grabadora, donde ponían casetes de música
norteña. Como habían comido suficiente, dice Rubén Carlos, terminaron rápido la
botella; entonces cooperaron para la otra y le tocó ir al Gallo por ella. Éste
no recuerda si ya la habían terminado, pero reunieron para la tercera y
entonces era a Rubén Carlos a quien le correspondía ir. Pero el Gallo dice que ya
no recuerda nada, el golpe de aire puro al salir del cuarto donde bebían y
fumaban, le borró el casete; sólo recuerda muy vagamente que pisaba un charco
de sangre y veía a alguien tirado en la avenida mientras otro le decía: Cómo que no lo conoces. Es tu amigo, es tu amigo.
Rubén Carlos, por su parte, dice que
Dito y el Gallo fueron por el tercer pomo. Estaban ya muy borrachos, por eso
antes de ir Dito se atrevió a hacerles una confesión: dijo que ese día era el
de su cumpleaños y por eso había pedido a sus padres que le dejaran la casa durante
la tarde para invitar a unos amigos; agregó que tenía la ilusión de que también
fuera su “Ratoncita”, la había invitado y le había escrito un poema que le
entregaría allí mismo. Lo quiso leer, pero apenas lo empezaba a hacer hundía la
cabeza entre sus manos y fingía llorar. Y así estuvo un buen rato. El Gallo le
arrebató el poema y también lo intentó leer, pero tampoco se podía concentrar,
arrastraba las palabras y los ojos le bailaban. Por eso Rubén Carlos propuso
que mejor le dieran el abrazo de cumpleaños y fueran por el tercer pomo. Y así
salieron.
La hermana de Dito, que llegó con sus
padres cuando les avisaron que había sido atropellado, afirmó que a él lo
golpearon antes de ser atropellado, y que el vehículo que lo atropelló lo lanzó
a una distancia de siete metros, lo cual quiere decir que lo embistió a gran
velocidad, que de verdad tenían ganas de matarlo. Pero, ¿quién?
Los hermanos de Rubén Carlos llegaron
exactamente en el momento en que se hacía el tumulto para ver el
atropellamiento; a él lo encontraron semidormido en la casa y le preguntaron si
no eran sus amigos los implicados en el accidente. Él sólo respondía: Fueron por el pomo, fueron por el otro pomo.
Así que los hermanos se encargaron de averiguar dónde vivía Dito y avisar a sus
padres. Y así fue como encontraron al Gallo, que no hacía más que caminar alrededor
del charco de sangre donde había caído Dito, manchando sus zapatos. A Dito ya se
lo había llevado la ambulancia.
La hermana dice que el Gallo los
acompañó hasta el amanecer. Subieron a un taxi y primero lo fueron a buscar a
un hospital cerca de la Villa, después al Rubén Leñero, después al 20 de
Noviembre, después… Así recorrieron varios antes de encontrarlo, en ese hospital
de la colonia Roma. Allí les dijeron que tenían que operarlo de la cabeza y que
sería muy delicado, que aún seguía inconsciente y que no podían verlo y que se
podían ir y volver como a las cinco de la tarde. Entonces el Gallo se despidió
y dijo que regresaría con ellos por la tarde.
Pero cuando se presentó al CCH todos lo
miramos sorprendidos, más aún los que ya sabíamos lo ocurrido. ¿Cómo, sigues aquí? ¡Tienes que esconderte!,
le dije, los padres de Dito dicen que no
fue un accidente, sino que lo intentaron asesinar y la policía no tardará en
buscarlos para detenerlos. Los hermanos de Rubén Carlos ya lo escondieron y tú
debes hacer lo mismo.
Entonces el Gallo trató de relacionar
los fragmentos que recordaba vagamente o tan sólo entre brumas; entendió por
qué lo habían dejado solo con el cuerpo y después junto al charco de sangre; por
qué sólo él tuvo que acompañar a los padres y la hermana de Dito; comprendió
por qué no le quisieron decir si Rubén Carlos había venido al Colegio o dónde
estaba, y sobre todo el consejo de que mejor desapareciera. Cuando le pregunté
si había algo de cierto en lo que se especulaba, se me quedó viendo implorante,
abrió los brazos y sólo dijo: ¡Cómo
crees! Jamás pelearon, dijo, ni siquiera discutieron y cuando le arrebató
el poema a Dito éste se quedó tranquilo, casi esperando a que lo leyera. Dijo: Te lo haré llegar para que lo entregues a su
“Ratoncita” y también te escribiré todo lo que recuerdo de este desmadre.
Aún lo veo caminar hacia la salida,
cabizbajo, triste y más amolado aún por los efectos de la cruda etílica y
moral. Si exceptuamos la carta que me envió después, para darme su versión de
los hechos y el poema que Dito escribió a la “Ratoncita”, nunca más volví a
saber nada de él. Se perdió en una bruma más espesa que la de los vagos
recuerdos que ese día lo atormentaban.
EPÍLOGO
Dito
salió bien de la operación y sus padres ya no hicieron nada para que la policía
investigara. Cuando se presentó en la escuela, como un mes más tarde, llegó
pelón y más loco que nunca. Si antes se le saltaban un poco las cabras, con la
operación hicieron estampida: se esforzaba por reconocernos o simplemente no
podía, se quedaba abstraído, lelo, y después de un rato sonreía quedamente, como
reconciliándose con el mundo. Creo que nunca concluyó sus estudios en el CCH.
Alrededor de veintiocho años después yo venía del plantel Azcapotzalco, donde
empecé a dar clases. Venía del Metro El Rosario hacia Martín Carrera, y me quedé
pasmado cuando vi a un hombre envejecido, solitario y silencioso que subió en
la estación Tezozómoc. ¡Era Dito! Lo miré insistente, casi con descaro, para
que me reconociera, pero él simplemente ignoraba todo. Tuve que levantarme, fui
junto a él y le dije: ¿Cómo está, señor?
Yo lo conozco, usted es el Dito. Se
me quedó mirando, sin comprender, y sólo cuando pronuncié su nombre completo sonrió
un poco. Fuimos a tomar cerveza de barril oscura a un lugar cercano a calzada
de Guadalupe, sobre la calle Excélsior. Trabajaba en el Servicio Postal
Mexicano y a ratos parecía recuperar la memoria. Lo invité a mi casa para comer
algo y continuar conversando. Bebimos Sangre de Cristo, como en nuestra época
juvenil, pero él sólo miraba con insistencia un judas de cartón que tenía enfrente.
¿Te gusta?, le pregunté, te lo regalo, lo puedes llevar. Dito
salió de mi casa a las cuatro de la madrugada, cargando su diablo de cartón;
sólo cuando repasaba los recuerdos de ese encuentro, más tarde, me pregunté qué
taxista se atrevería a llevar a esa hora a personaje tan singular y sobre todo
portando ese enorme diablo de cartón. Desde entonces no lo he vuelto a ver.
Lo último que supe del Gallo fue a
través de su carta, la única que me envió. Su buena suerte siempre lo ayudó, me
decía. Un amigo lo envió a esconderse con su hermano en Santiago, un poblado
cercano a Manzanillo, Colima. Los primeros días se entretenía yendo a una playa
solitaria, donde se forman olas de seis a siete metros de altura y a veces aún
más. Le gustaba montarlas. Un día advirtió que se había adentrado mucho y
estaba en mar abierto, el juego con las olas lo había llevado a las aguas
profundas. Quiso atravesar el muro marino para alcanzar la playa, pero el mar
lo rechazaba. Estuvo insistiendo largo tiempo hasta que su cuerpo se agotó,
quedó sin fuerzas y las que le restaban sólo le permitían mantenerse a flote.
Se desesperó, no había nadie en la playa y por eso decidió dejarse ir. Si se
hundía tenía la esperanza de que el mar arrojara su cuerpo a la orilla, y tal
vez allí alguien lo encontraría y lo reanimaría. ¡Vaya idea! Creyó que había
llegado su hora y se dejó ir, pero el instinto de sobrevivencia lo hizo volver
a flote cuando aún no tocaba fondo. Una vez, dos veces, tres; en cada ocasión
sus manos y pies se negaban a quedar inmovilizados y volvía a la superficie. De
pronto vio una figura lejana, en la playa. Con un último esfuerzo agitó su mano
para pedir auxilio. Era el hermano de su amigo que, ante la tardanza, fue a
mirar lo que sucedía. Entró en el mar, nadó hacia él y lo fue empujando hacia
la barrera de las olas, sin agarrarlo; el agua hizo lo demás y lo arrojó por
fin contra la arena. Quedó exhausto. Me contó este suceso pero nunca más volvió
a escribir; tampoco concluyó sus estudios, al menos no aquí, en el CCH, y no sé
si hoy sobreviva como marinero, maestro rural o sicario, o tal vez ya esté
muerto. Tenía madera para eso.
Lucrecio decidió dedicarse al
comercio antes que terminar sus estudios de bachillerato. Faustino le consiguió
trabajo en el Metro, ahorró algún dinero y con eso pudo poner su propio
establecimiento en Garibaldi. Yo también concluí mi carrera de administración,
me fue bien y fui a vivir a Coyoacán, pero el terremoto del 85 me devolvió al
norte. Lucrecio resultó ser mi vecino y pronto nos hicimos compadres.
Actualmente está jubilado, pero vive con demasiados achaques, no bebe ni una
cerveza, no puede comer carne roja, ni siquiera chile, y debe ingerir poca
azúcar y sal. De tanto en tanto viene a mi casa para hablar de Huautla, María
Sabina y los mazatecos, etnia de la que forma parte. Tomamos sólo café con
mascabado.
Rubén Carlos terminó su licenciatura
en periodismo. Fue a trabajar a San Blas, Nayarit, en alguna dependencia
gubernamental relacionada con el campo. Luego regresó al Distrito Federal. Trabajaba
para la agencia Notimex y aún le alcanzaba el tiempo para conducir un taxi. Un
día de 1988, era noviembre, fue a dejar a unos amigos por el rumbo de Texcoco;
dicen que cuando venía de regreso hacia el Distrito Federal chocó y quedó mal
herido. Lo llevaron al Hospital de Balbuena, pero no resistió y murió al
amanecer. Fui a su sepelio a San Martín Texmelucan, Puebla.
Entregué el poema de Dito a su
destinataria. No era malo, conservo una copia, y si no lo reproduzco es porque
la jovencita que lo inspiró aquellos días hoy es una reconocida profesora del
CCH Vallejo, a quien aprecio y respeto sinceramente.
La belleza de La piel
La experiencia de que nuestras ideas
coincidan con las de un autor no siempre es condición para que nos guste lo que
escriba. En Malaparte tengo la fortuna de que ambas sucedan. Muchas veces he
escrito sobre mi simpatía por los animales, y actualmente no me apena confesar
que adoro a mi perrito westie, un tal Ares. Por eso les comparto estas líneas que
Curzio Malaparte escribió sobre Febo,
su perro, en el capítulo que sin duda es el más estremecedor e impactante de su
novela La piel:
Jamás he querido tanto a una mujer, a una hermana, a un
amigo, como a Febo. Era un perro como
yo. Para él he escrito las páginas afectuosas de Un cane come me. Era un ser noble, el ser más noble que jamás he
encontrado en la vida. Era de aquella raza de lebreles, raros hoy día y
delicados, venidos en la antigüedad de las riberas de Asia con las primeras
emigraciones jónicas, que los pastores de Lípari llamaban cerneghi. Son los perros que los escultores griegos esculpían en
los bajorrelieves de las tumbas. ‘Echan a la muerte’ dicen los pastores de
Lípari.
Tenía el
pelo del color de la luna, rojizo y dorado del color de la luna sobre el mar,
del color de la luna sobre las hojas de los limoneros y naranjos, sobre las
escamas de aquellos peces muertos que el mar, después de la tormenta, dejaba
sobre la arena a la puerta de mi casa. Tenía el color de la luna sobre el mar
griego de Lípari, de la luna en el verso de la Odisea, de la luna sobre aquel
salvaje mar de Lípari que Ulises navegó para alcanzar la solitaria ribera de
Eolo, rey de los vientos. Del color de luna muerta poco antes del alba. Yo lo
llamaba Canetuna.
No se
alejaba nunca un paso de mí. Me seguía como un perro. Digo que me seguía como un perro. Su presencia en mi pobre casa de
Lípari, flagelada sin reposo por el viento y el mar, era una presencia
maravillosa. Por la noche, iluminaba mi desnuda estancia con la cálida tibieza
de sus ojos lunares. Tenía los ojos de un azul pálido, del color del mar cuando
se pone la luna. Sentía su presencia como la de una sombra, la presencia de mi
sombra. Era como el reflejo de mi espíritu. Me ayudaba, con su sola presencia,
a encontrar ese desprecio de los hombres que es la primera condición de la
serenidad y de la cordura de la vida humana. Sentía que se parecía a mí, que no
era sino la imagen de mi conciencia, de mi vida secreta. El retrato de mí
mismo, de todo eso que hay de más profundo, de más íntimo, de más propio en mí;
mi subconsciente, mi espectro.
De él, mucho
más que de los hombres, he aprendido que la moral es gratuita, que es afín a sí
misma, que no se propone siquiera salvar al mundo (¡ni siquiera salvar al
mundo!), sino tan sólo crear siempre nuevos pretextos a su desinterés, a su
libre juego. El encuentro de un hombre y un perro es siempre el encuentro de
dos espíritus libres, de dos formas de dignidad, de dos morales gratuitas. El
más gratuito y el más romántico de todos los encuentros. De aquellos que la
muerte ilumina con su pálido esplendor, parecido al color de la luna muerta
sobre el mar en el cielo verde del alba.
Reconocía en
él mis impulsos más misteriosos, mis instintos más inciertos, mis dudas, mis
temores, mis esperanzas. Mía era su dignidad frente a los hombres, mío su valor
y su orgullo frente a la vida, mío su desprecio por los fáciles sentimientos
del hombre. Pero era más sensible que yo a los oscuros presagios de la
naturaleza, a la invisible presencia de la muerte, que siempre gira tácita y
sospechosa en torno a los hombres. Él sentía venir de lejos, por el aire
nocturno, las tristes larvas del sueño, parecidas a aquellos insectos muertos
que el viento trae sin saber de dónde. Y ciertas noches, acostado a mis pies en
mi desnuda estancia de Lípari, seguía en torno a mí, con los ojos, una
presencia invisible que se acercaba, se alejaba, y permanecía largas horas
espiándome a través del cristal de la ventana. Alguna vez, si la misteriosa
presencia se me acercaba hasta rozar mi frente, Febo gruñía amenazador, el pelo del dorso erizado, y yo oía un
grito plañidero alejarse en la noche, morir poco a poco.
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