domingo, 9 de octubre de 2016

UN TEOREMA DE LA LECTURA

Un teorema de la lectura
NOÉ AGUDO

Para mi amigo, el doctor Raúl Muñoz Morales

Un silogismo categórico, aquel cuyas premisas enuncian juicios de una manera contundente y en los que el contenido se da por hecho, puede enunciar así el círculo virtuoso de la lectura: si leo más, leo mejor; mientras mejor leo, más me gusta la lectura. Y, si me gusta la lectura, más leeré.
            ¿Quién es el que no lee? Aquel que no disfruta la lectura, el que no entiende lo que lee o a quien se le dificulta leer. Cualquiera rehúye lo difícil, lo ingrato, lo que no le causa satisfacción o no le genera placer. En cambio, todos nos volvemos asiduos o adictos a lo que nos gusta y nos brinda placer (no piensen otra cosa, esto es serio).
            Cuando uno entiende lo que lee, la lectura se vuelve absorbente y el lector queda absorto; no atiende, no escucha, no hace caso de lo que sucede a su alrededor; el tiempo pasa sin sentirlo y al final queda transformado. Trátese de teorías o ideas, de historias fabulosas o descripción de lugares fantásticos, el lector experimenta ser parte de esos mundos e ideas y como tal la lectura lo transfigura. Vive una experiencia vicaria. (Tal vez esto fue lo que quiso saber la impertinente y torpe pregunta que un reportero le hizo a Peña Nieto, y como tal apuntó a una respuesta igual de torpe, porque cualquier buen lector sabe que no se pueden citar sólo tres libros que hayan modificado nuestra vida, sino que la vida es transformada continuamente por cada lectura o, en su caso, por la suma de lecturas.)
Hay quienes por disciplina o tesón se empeñan en concluir la lectura de un texto, aunque no entiendan nada, o tratan de disfrutar una música o cualquier otra obra de arte que en verdad los está aburriendo. Yo lo hice algunas veces: leí el Ulises de Joyce, y no lo disfruté; odié a Hegel porque su Filosofía de la historia se me hizo incomprensible la primera vez que la acometí; me sentía un bruto porque me aburría La canción de la tierra de Gustav Mahler, y me tuve que salir del cine cuando traté de ver El eclipse de Michelangelo Antonioni, etc.
Sólo hasta que alguien me hizo ver la necesidad de aprender a leer y no sólo conformarme con unir letras y palabras; hasta que otro autor me advirtió que W. F. Hegel fue quien inició la mistificación de los textos filosóficos con ese lenguaje enredado, y alguien más me enseñó a escuchar y afinar el oído, o me dijo que había qué contar con una base cultural previa para comprender el buen cine, etc., pude disfrutarlos. Empeñarse sin estas habilidades es un ejemplo de cómo la disciplina y la constancia —cualidad y virtud indispensables en la vida— pueden devenir en necedad. La mejor recomendación ante una lectura aburrida sería: déjala, si el libro no te place mejor abandónalo y aprende a leer. A la lectura debes llegar siempre por gusto. Ningún texto es difícil o complicado si sabes leer, por compleja que sea la materia o el asunto que trate. Y para eso están el profesor y la escuela: para enseñar a leer.
Si nos obligan a leer contra nuestra voluntad y gusto sólo aprenderemos a ser malos lectores, y tal vez a volvernos no lectores. Cuanto menos se sabe leer, más rápidamente se pierde el interés por la lectura, se le dedica menos tiempo o se la proscribe de plano de nuestras actividades. Si en apariencia esto no representa ningún problema para el obrero, el taxista o el cantinero, imaginen lo que significa para una comunidad donde la lectura es fundamental. Como la comunidad de profesores y alumnos. Pero ocurre. Es lo que sucede con quienes dan cualquier excusa para justificar que no leen: no entienden el tema, no encuentran el libro, no tienen dinero para adquirirlo o, mejor, no tienen tiempo para leer. ¿Pues, no es lo que deben de hacer?
¿Qué significa entonces saber leer? ¿Cómo aprender a leer realmente? Imparto un curso para profesores teniendo este tema como asunto central, y en los programas de estudio del CCH la necesidad de desarrollar esta habilidad en los alumnos ha estado desde sus inicios. Hoy también figura en los nuevos programas de estudio que propone la reforma educativa para los ciclos básicos, y está muy bien, pero ¿quién lo enseñará? ¿Los de la CNTE? ¿Los que ni siquiera saben leer, o quienes creen que leer es sólo saber enlazar letras y palabras?
Es verdad, para muchos tal vez no sea necesario tomar un curso para adquirir esta habilidad. Un lector atento que subraya, toma notas, aprehende las ideas principales y es capaz de repasar mentalmente lo que dice el capítulo o el libro entero, es un lector hábil que se ha hecho a sí mismo, sabe leer y ha seguido, sin saberlo, puntualmente las proposiciones del silogismo inicial. Y no necesariamente es un lector voraz, porque éste no siempre es un buen lector; a un devorador de libros lo podemos reconocer por su enorme biblioteca, porque siempre lo vemos con varios libros bajo el brazo, pero ni en sus juicios ni en sus habilidades intelectuales ni en su saber se aprecia el aprovechamiento de sus lecturas.   
A un buen lector se le identifica por su reacción ante las lecturas: conoce el tema, puede parafrasearlo, aprovecha lo leído, lo aplica a sus actividades profesionales y cotidianas, o inclusive para presentar un examen, en un terreno más práctico; pero, en un nivel más elevado, Shakespeare o Cervantes, Bacon o Montaigne, Plutarco o Píndaro, antes de ser grandes escritores fueron excelentes lectores, y lo mismo Pericles, Platón, César, Marx, Churchill o Mandela. Crear, explicar y dirigir, hacerlo bien, representa una suma de lecturas bien realizadas. Antes de pasar a la relación que existe entre lectura y escritura, recomiendo el libro que sirve de base al curso que imparto para enseñar a leer: se llama precisamente Cómo leer un libro, y es de Mortimer J. Adler y Charles van Doren (Debate, 2001).
La relación intrínseca entre lectura y escritura se puede resumir así: Uno no es el que escribe, y no porque un espíritu demoniaco se posesione de nuestra mente para hacernos escribir en trance lo que dicta, sino porque quien escribe es el lector que todos hemos formado. Enséñame cómo escribes y te diré qué tipo de lector eres.
Olvidemos por un momento la tradición, el vocabulario, la inspiración, los mundos imaginarios, la capacidad de fantasear e imaginar que nos despiertan y aportan las buenas lecturas, y centrémonos en algo más trivial y pragmático: ¿cómo influye la lectura para redactar una carta, una reseña o un informe? Si uno es un buen lector redactará bien cada uno de esos documentos. Eficientes secretarias son capaces de redactar impecablemente una carta, lo cual no podría hacer un doctor en letras. ¿Por qué? Sucede así porque no es uno quien escribe, sino ese lector que cada uno ha formado. Todo escritor experimentado sabe que el verdadero proceso de la escritura inicia con la corrección, y que ésta depende del ojo crítico y la sensibilidad del corrector. Un buen lector detecta, además de las faltas gramaticales, oraciones mal construidas, repeticiones, ripios, lugares comunes, imprecisiones y aun la eufonía de una frase; es decir, es un excelente corrector y por tanto es él quien escribe realmente el texto. El escritor no funciona si no cuenta con un hábil corrector como ángel guardián y éste no podría existir sin el lector que sí sabe leer. Son tres personas distintas y un solo ser verdadero.
Así, pues, podemos resumir la comprensión lectora en este círculo virtuoso: mientras más leemos, mejor leemos, y mientras mejor leemos, más leemos; círculo virtuoso que suena a paradoja porque cada una de las proposiciones depende de la otra y lleva a la misma conclusión, a la vez que un silogismo donde cada premisa es conclusión de las otras, y un teorema porque cada proposición es un axioma que no requiere demostración.
Igual podríamos hacer un divertido ensayito con el siguiente enunciado: mientras más se sabe, más se comprende, el cual nos remitiría a la antigua proposición socrática: Yo sólo sé que no sé nada, la cual es la meta anhelada de todo auténtico sabio.

NOTA:
Las  anteriores reflexiones son el resultado de las siguientes lecturas realizadas en diferentes momentos: Leer, de Gabriel Zaid (Océano, 2012); Lecturas sobre la lectura, de Alberto Manguel (Océano, 2011); Leer y comprender. Psicología de la lectura, de Caroline Golder y Daniel Gaonac’h (Siglo Veintiuno Editores, 2007), y el ya mencionado de Mortimer Adler y Charles van Doren que, aunque viejito (fue publicado por primera vez en 1940), sigue siendo el texto clásico y básico para aprender a leer.


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DE LOS ESTUDIOS DE POSGRADO
Lo que escribe aquí Manuel Gil Antón (http://www.eluniversal.com.mx/entrada-de-opinion/articulo/manuel-gil-anton/nacion/2016/10/8/maestros-improvisados) es verdad: todos los profesores de bachillerato y de estudios superiores somos improvisados. No hay ninguna carrera que prepare docentes para estos ciclos y se llame “Licenciado en educación media superior o superior”. ¿Quiénes llegan entonces a la docencia en estos niveles? Los fracasados (con sus excepciones), los que nunca han podido ejercer lo que mal aprendieron, los que nunca han confrontado sus débiles conocimientos con la aplicación práctica. Ahora, como también lo informa el maestro Manuel Gil Antón, las universidades y otros centros educativos han empezado a exigir estudios de maestría o de preferencia de doctorado para impartir clases en los niveles medio superior y superior. Otro criterio equivocado y otra vana ilusión: conozco maestros y doctores que ni siquiera se saben expresar oralmente, así que menos logran poner por escrito una idea coherente. ¿Mejora la enseñanza realmente cuanto mayores grados académicos tengan los docentes?  Pregunto, ¿dónde están los trabajos, investigaciones y aportaciones de esos maestros y doctores que nos demuestren su calidad? ¿Un buen maestro o doctor no debería estar creando, investigando (como lo hace el maestro Gil Antón) en lugar de atender muchachitos de bachillerato? Hay excepciones, desde luego, he conocido doctores y maestros que sí hacen honor a su grado y me precio de ser amigo de más de uno. Pero, ¿por qué relegar, por qué demeritar (es lo que hace la inútil lista jerarquizada en el CCH, y la UNAM en general, al otorgar mayores estímulos a los docentes con posgrado) a un modesto licenciado, como el redactor de esta nota, si los licenciados son quienes cargan mayormente con la tarea de preparar a los alumnos? Porque, hay que decirlo, quienes pueden realizar estudios de posgrado son los hijos, familiares, amantes y amigos de los directivos (con sus honrosas excepciones, but of course; mi más sincero reconocimiento y admiración a quienes, aun cuando les arrebatan los estímulos, les reducen el sueldo y les dejan una miserable cantidad para sobrevivir, concluyen sus estudios de posgrado, son heroicos); porque a los familiares y amigos les otorgan comisiones para simular que trabajan y reciben por eso un generoso sueldo, dobles becas, y hasta les regalan calificaciones, etc. Pero, ¿qué tenemos de todo esto, al final? Una bola de inútiles y pedantes que salen de las aulas, regresan a ellas dizque para seguir aprendiendo, y luego vuelven a ellas para regurgitar lo que mal aprendieron y jamás han practicado. O trataron de practicar, pero no pudieron, les fue tan mal que regresaron corriendo a la escuela, sólo que ahora como académicos. Ah, pero eso sí, lucen sus grados como títulos nobiliarios: “el Maestro”, “el Doctor”; partida de inútiles la mayoría, realmente. Estoy seguro que ninguno de esos zafios ha leído la biografía de alguien como Marco Fabio Quintiliano, verdadero maestro de la Antigüedad: fue orador, cónsul, tribuno; después funcionario bajo el imperio de Nerón, del que fue su maestro y más adelante tutor; fue además maestro del emperador Vespasiano, de Marcial (el célebre epigramista) y de otros grandes del mundo latino. Cuando ya había sido todo eso, se propuso iniciar otra etapa y yo diría que la mejor: la de escritor. Gracias a sus conocimientos y rica y vasta experiencia nos legó su Institución oratoria, un volumen enciclopédico que reúne la paideia antigua y enseñanzas aún útiles en el empleo de la palabra hablada o escrita. ¿Algún doctorcete o maistro de nuestros días puede presumir una trayectoria similar, o aportar una obra, aunque sea modesta pero bien hecha? ¿Alguno conoce lo que representa ser un verdadero maestro, como nuestro liberal Ignacio Manuel Altamirano, un indio que a los catorce años aún no hablaba español, pero logró ser profesor, periodista, orador, escritor y empuñó las armas a favor de Juárez y luego en contra de la intervención francesa, en donde obtuvo el grado de coronel, y luego dedicó el resto de su vida a establecer las bases de lo que sería la literatura y cultura nacionales? ¡Oh tempos, oh mores!   
                                                                                                              
EL CRITERIO DE VERDAD DE LA JORNADA
La noticia de la semana no fue la muerte elegida de Luis González de Alba, sino que el diario del cual fue socio, fundador y colaborador no publicó el hecho. Uno de los principales líderes del Movimiento Estudiantil de 1968, autor de la novela emblemática de este suceso, Los días y los años, divulgador de la ciencia, escritor y heterodoxo articulista, se merecía una nota al menos. Pero no fue así, y ¡cómo no!, si él fue uno de los fustigadores iniciales de esa izquierda dogmática, simuladora, vetusta y de visión estrecha que hoy ocupa el lugar del viejo PRI.
            Comento el hecho porque sé que los lectores de La Jornada son en su amplia mayoría universitarios. Aún recuerdo el día en que mi amigo “Hegel” blandía este diario para hacerme ver que yo estaba “mal informado”, que no me atrevía a reconocer la verdad (la que afirma que desde la matanza del 68 el derramamiento de sangre no ha cesado en todo el país, según él) porque no quería o no leía La Jornada. Hasta me recetó la paráfrasis de una cita que Aristóteles dice con respecto a Platón: “Soy amigo de Noé, pero más amigo de la verdad”. No quise discutir con él porque me sorprendió que un profesor tan culto, tan voraz lector, tan informado y de verdad tan buen amigo, tuviera un criterio tan estrecho y pobre de la verdad. Es decir, la de equipararla con una ideología, en el sentido marxista del concepto. Bueno, pues allí está. Espero que ahora comprenda que la verdad es algo diferente de nuestras afinidades ideológicas, y que muchas veces resulta incómoda y molesta. Pero por allí habrá que iniciar nuestro verdadero proceso de actualización.

                                                                                                              

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