miércoles, 14 de septiembre de 2016

LO QUE HEMOS PERDIDO

Lo que hemos perdido
NOÉ AGUDO

Ahora que por fin la SEP difunde el modelo educativo propuesto por la reforma respectiva, tal vez se pueda concretar por fin el modelo educativo del CCH (creado por sus fundadores hace más de cuarenta y cinco años), pues una de las excusas que se tenían para aplicarlo y entregar buenos resultados era que el modelo resultaba difícil para estudiantes que venían de realizar sus estudios básicos siguiendo el modelo pedagógico tradicional.
            Como es sabido, el modelo pedagógico propuesto por la reforma educativa tiene muchas afinidades con el original del CCH. Ni siquiera es una síntesis la que haré, sólo comentaré los aspectos más coincidentes. Entre ellos está el propósito de lograr aprendizajes claros, muy similares a la existencia de las cuatro áreas del Colegio:
·        Lenguaje y comunicación
·        Pensamiento lógico y matemático
·        Comprensión del mundo natural
·        Comprensión del mundo social
·        Desarrollo personal (actividades artísticas, deportivas y culturales, así como habilidades socioemocionales)
·        Autonomía curricular (para adaptar saberes y experiencias de las regiones).
El modelo pedagógico busca formar un nuevo tipo de ciudadano (con capacidad analítica y crítica); con habilidades cognitivas y no cognitivas que le permitan aprender a aprender (esencial en la sociedad del conocimiento); con valores para la convivencia y la colaboración; con desarrollo físico y emocional; que conozca México y el mundo, el arte y la cultura, y que sea capaz de cuidar el medio ambiente. (La propuesta curricular completa se puede conocer en www.gob.mx/modeloeducativo2016/)
            Como comentaba en la entrega anterior, hoy el CCH vive uno de sus peores momentos, no sólo por el ambiente que prima en los planteles y contra sus profesores, ni por la ineptitud y ausencia de visión de sus directivos, sino porque ha fallado en su función primordial: formar estudiantes para continuar sin rezagos académicos sus estudios profesionales. Olvidemos por un momento si estamos formando (aunque fuera una minoría) a ese ciudadano crítico y reflexivo, con aprendizajes pertinentes y significativos, capaz de resolver problemas prácticos, solidario y propositivo en la resolución de los problemas sociales, como proponía el modelo original. Olvidemos si estamos formando alumnos capaces de hacer frente a las demandas de la sociedad del conocimiento. Olvidemos por un momento la calidad y centrémonos en la cantidad. ¿Es congruente con su modelo original? ¿Han servido de algo los cambios? ¿Podemos decir que se trata de un bachillerato diferente, consolidado, con buenos resultados 45 años después de su fundación? Pues bien, el desplome del índice de egreso, los altos números de reprobación y deserción y los déficits en la formación de los alumnos dicen que no. Hoy el CCH es uno más de los muchos; ha perdido su filosofía y su modelo pedagógico que lo caracterizaron como uno vanguardista.
            Comento esto en la charla con un funcionario educativo quien  me pregunta por qué no fue posible concretar un modelo pedagógico tan innovador, cómo se perdió este espíritu de cambio para hoy ser uno más del montón. Mi respuesta es que tal vez las primeras generaciones sí fueron capaces de distinguirse y egresar con ese espíritu de cambio, pero que esto se debió más bien a las primeras camadas de profesores: jóvenes provenientes del movimiento estudiantil de 1968, con propuestas y actitudes transformadoras que se identificaron con el CCH.
Hoy eso se ha perdido, lo que predomina es la simulación, los títulos como capital curricular, una reforma (la de 1996) que derivó en la pérdida del modelo educativo, la pelea feroz por los puestos directivos (que es el camino más corto para recibir sueldos fabulosos comparados con los de la mayoría de los profesores), el control por cualquier medio de éstos, que es lo que interesa a la alta burocracia; la discrecionalidad y opacidad en el manejo de los recursos, que crecieron exponencialmente sobre el mito de ser uno de los dos mejores bachilleratos (todos sabemos por qué lo solicitan, al igual que la ENP), así como en el otorgamiento de comisiones, plazas de carrera y otros premios (como los estudios en el extranjero, otorgamiento de becas e incluso la posibilidad de hacer una maestría) a quienes se pliegan dócilmente a las decisiones de los directivos; los llamados cursos de actualización, que sólo sirven para obtener puntos en ese instrumento de chantaje y control conocido como lista jerarquizada, etcétera. ¿Es decir, con este hándicap cómo podría un profesor aplicar un modelo pedagógico para formar ese nuevo ciudadano?
            Huyy, dice mi amigo, y nosotros que estábamos pensando pedirles algunos cursos para hacer efectivo el nuevo modelo pedagógico que propone la reforma. “Deben ser cuidadosos de no poner la Iglesia en manos de Lutero” le respondo.
Para darnos cuenta de lo lejanos que estamos del pensamiento crítico y reflexivo, referiré dos casos vividos personalmente: Me correspondió participar en una mesa redonda con un profesor a quien respeto y estimo realmente. Su tesis era que desde la matanza estudiantil de 1968 la sangre no ha cesado de correr en México, allí metía a Tatlaya, Ayotzinapa, etc. Aún no ocurría lo de Nochixtlán, pero estoy seguro que también lo hubiera incluido. Decía que era mi amigo, pero más amigo de la verdad (una frase de Aristóteles, por cierto). Mi amigo enarbolaba el diario La Jornada y sostenía que era el único periódico que decía la verdad. Me sorprendió, ya que siempre lo veo con libros bajo el brazo, es un gran lector. Decir que cierto periódico es el único que dice la verdad es algo más que ingenuidad, es una creencia basada en la fe. También recuerdo haber asistido a un curso coordinado todavía por el profesor y amigo Horacio Cruz Cervantes (q.e.p.d.). En algún momento critiqué a los hermanos Castro (los de Cuba) y casi me linchan. Un profesor bigotón, olvido su nombre, del plantel Oriente, me acusó de ser un representante de “la reacción” y se felicitaba porque “al fin la derecha se atrevía a dar la cara”.  
Nos falta actualizarnos, ponernos al día realmente, evitar reducir la  realidad a esquemas simplistas y dejar de creer que el mundo y sus fenómenos sólo se pueden ver en blanco o negro. Lograr esto, limpiar la casa, sólo será posible cuando exista un verdadero compromiso de las autoridades por impartir una educación de calidad, cuando haya una actualización y superación reales, y no una simple simulación, cuando se ofrezcan condiciones auténticas de superación para hacer efectivo un modelo escamoteado entre la palabrería. Pero como dice uno de los caudillos: “La caha he debe barrer de arriba hagia abajo”.
PARA ENTENDER NUESTROS DÍAS
Después de leer Postguerra. Una historia de Europa desde 1945, del historiador británico Tony Judt, ningún lector mirará con los mismos ojos el mundo. Los sucesos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX en Europa ‒con amplia repercusión en casi todo el mundo‒ desfilan como las imágenes de un impresionante filme que va poniendo las piezas del rompecabezas donde el lector está situado, o incluso vivió, pero nunca pudo darse cuenta cabal de lo que sucedía.
La división de Europa después de la Segunda Guerra Mundial, el Plan Marshall, los acuerdos de Bretton Woods, el surgimiento de organismos internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional; la Guerra Fría, la división de Alemania y el Muro de Berlín, la OTAN, el Pacto de Varsovia, los primeros pasos de lo que será la Unión Europea; el cine, el rock, la sociedad de masas y de consumo; el XX Congreso del PCUS; las rebeliones estudiantiles en el campo socialista (especialmente Hungría, Checoslovaquia y Polonia); el desdén hacia estas rebeliones por parte de las burocracias comunistas de Italia, Francia y Gran Bretaña, y la estampida de los militantes más jóvenes para salir de esos partidos ante la pasividad; el fin de la teoría de las revoluciones socialistas en los países capitalistas desarrollados y el traslado de este acto de fe (ya no teoría científica) al Tercer Mundo; el impacto de la televisión; el fin del Estado de Bienestar; la transformación de los mercados internacionales y el auge de las comunicaciones electrónicas; las revoluciones en la moda, la música y la ideología en los sesenta; los malabarismo retóricos como simulación del quehacer filosófico; la aparición del terrorismo en los setenta (ERI, ETA, Brigadas Rojas, Fracción del Ejército Rojo); la banalidad de los ochenta; Lech Walesa y Solidaridad en Polonia y la contribución de la Iglesia católica a la caída del socialismo y el Muro de Berlín en 1989; el difícil regreso al capitalismo en los países satélites de la Unión Soviética; la socialdemocracia y el liberalismo; el surgimiento de la Unión Europea y las reticencias para el ingreso de nuevos miembros; la aparición del ultra nacionalismo y la xenofobia, la irrupción del fundamentalismo islámico, etc.
Son sólo algunos temas que desarrolla esta obra monumental para entender nuestro tiempo. Monumental no sólo por su extensión (alrededor de 1200 páginas) sino por tratarse de una obra maestra que no deja resquicio o detalle alguno indispensable en el análisis de los temas que siguen marcando los acontecimientos mundiales, como son el Brexit y el auge de los movimientos xenófobos y neofascistas en Europa. Una historia que se disfruta como una excelente novela y que aporta detalles chuscos, pero terriblemente reales, como el que en la Unión Soviética (donde la economía centralizada y planificada, custodiada por las burocracias comunistas imponía las metas de producción), se llegaba al extremo salir a comprar mantequilla en las tienditas de las poblaciones para cumplir con las cotas establecidas por la jerarquía del partido. O la ironía de que “en todas las universidades de Europa se enseñaba cómo sería el paso del capitalismo al socialismo, pero en ninguna se explicaba cómo sería el regreso del socialismo al capitalismo”. Cerca de quince años le llevó al historiador británico (fallecido en 2010) escribir esta obra fundamental, pero sin duda nos ha dejado un documento único para entender la barahúnda de hechos que los latinoamericanos sólo conocimos como noticias.

Recomiendo su lectura acompañada de las novelas El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, y Kaputt, de Curzio Malaparte. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...