Lo que hemos
perdido
NOÉ AGUDO
Ahora que por fin la SEP difunde el modelo educativo
propuesto por la reforma respectiva, tal vez se pueda concretar por fin el
modelo educativo del CCH (creado por sus fundadores hace más de cuarenta y
cinco años), pues una de las excusas que se tenían para aplicarlo y entregar
buenos resultados era que el modelo resultaba difícil para estudiantes que venían
de realizar sus estudios básicos siguiendo el modelo pedagógico tradicional.
Como es
sabido, el modelo pedagógico propuesto por la reforma educativa tiene muchas
afinidades con el original del CCH. Ni siquiera es una síntesis la que haré,
sólo comentaré los aspectos más coincidentes. Entre ellos está el propósito de
lograr aprendizajes claros, muy similares a la existencia de las cuatro áreas
del Colegio:
·
Lenguaje
y comunicación
·
Pensamiento
lógico y matemático
·
Comprensión
del mundo natural
·
Comprensión
del mundo social
·
Desarrollo
personal (actividades artísticas, deportivas y culturales, así como habilidades
socioemocionales)
·
Autonomía
curricular (para adaptar saberes y experiencias de las regiones).
El modelo pedagógico busca formar un
nuevo tipo de ciudadano (con capacidad analítica y crítica); con habilidades
cognitivas y no cognitivas que le permitan aprender a aprender (esencial en la
sociedad del conocimiento); con valores para la convivencia y la colaboración;
con desarrollo físico y emocional; que conozca México y el mundo, el arte y la
cultura, y que sea capaz de cuidar el medio ambiente. (La propuesta curricular
completa se puede conocer en www.gob.mx/modeloeducativo2016/)
Como
comentaba en la entrega anterior, hoy el CCH vive uno de sus peores momentos,
no sólo por el ambiente que prima en los planteles y contra sus profesores, ni
por la ineptitud y ausencia de visión de sus directivos, sino porque ha fallado
en su función primordial: formar estudiantes para continuar sin rezagos
académicos sus estudios profesionales. Olvidemos por un momento si estamos formando
(aunque fuera una minoría) a ese ciudadano crítico y reflexivo, con
aprendizajes pertinentes y significativos, capaz de resolver problemas
prácticos, solidario y propositivo en la resolución de los problemas sociales,
como proponía el modelo original. Olvidemos si estamos formando alumnos capaces
de hacer frente a las demandas de la sociedad del conocimiento. Olvidemos por
un momento la calidad y centrémonos en la cantidad. ¿Es congruente con su
modelo original? ¿Han servido de algo los cambios? ¿Podemos decir que se trata
de un bachillerato diferente, consolidado, con buenos resultados 45 años
después de su fundación? Pues bien, el desplome del índice de egreso, los altos
números de reprobación y deserción y los déficits en la formación de los alumnos
dicen que no. Hoy el CCH es uno más de los muchos; ha perdido su filosofía y su
modelo pedagógico que lo caracterizaron como uno vanguardista.
Comento esto
en la charla con un funcionario educativo quien me pregunta por qué no fue posible concretar un
modelo pedagógico tan innovador, cómo se perdió este espíritu de cambio para
hoy ser uno más del montón. Mi respuesta es que tal vez las primeras
generaciones sí fueron capaces de distinguirse y egresar con ese espíritu de
cambio, pero que esto se debió más bien a las primeras camadas de profesores:
jóvenes provenientes del movimiento estudiantil de 1968, con propuestas y
actitudes transformadoras que se identificaron con el CCH.
Hoy eso se ha perdido, lo que
predomina es la simulación, los títulos como capital curricular, una reforma
(la de 1996) que derivó en la pérdida del modelo educativo, la pelea feroz por
los puestos directivos (que es el camino más corto para recibir sueldos
fabulosos comparados con los de la mayoría de los profesores), el control por
cualquier medio de éstos, que es lo que interesa a la alta burocracia; la
discrecionalidad y opacidad en el manejo de los recursos, que crecieron
exponencialmente sobre el mito de ser uno de los dos mejores bachilleratos (todos
sabemos por qué lo solicitan, al igual que la ENP), así como en el otorgamiento
de comisiones, plazas de carrera y otros premios (como los estudios en el
extranjero, otorgamiento de becas e incluso la posibilidad de hacer una
maestría) a quienes se pliegan dócilmente a las decisiones de los directivos;
los llamados cursos de actualización, que sólo sirven para obtener puntos en
ese instrumento de chantaje y control conocido como lista jerarquizada,
etcétera. ¿Es decir, con este hándicap cómo podría un profesor aplicar un
modelo pedagógico para formar ese nuevo ciudadano?
Huyy, dice
mi amigo, y nosotros que estábamos pensando pedirles algunos cursos para hacer
efectivo el nuevo modelo pedagógico que propone la reforma. “Deben ser
cuidadosos de no poner la Iglesia en manos de Lutero” le respondo.
Para darnos cuenta de lo lejanos que
estamos del pensamiento crítico y reflexivo, referiré dos casos vividos
personalmente: Me correspondió participar en una mesa redonda con un profesor a
quien respeto y estimo realmente. Su tesis era que desde la matanza estudiantil
de 1968 la sangre no ha cesado de correr en México, allí metía a Tatlaya,
Ayotzinapa, etc. Aún no ocurría lo de Nochixtlán, pero estoy seguro que también
lo hubiera incluido. Decía que era mi amigo, pero más amigo de la verdad (una
frase de Aristóteles, por cierto). Mi amigo enarbolaba el diario La Jornada y sostenía que era el único
periódico que decía la verdad. Me sorprendió, ya que siempre lo veo con libros
bajo el brazo, es un gran lector. Decir que cierto periódico es el único que
dice la verdad es algo más que ingenuidad, es una creencia basada en la fe. También
recuerdo haber asistido a un curso coordinado todavía por el profesor y amigo
Horacio Cruz Cervantes (q.e.p.d.). En algún momento critiqué a los hermanos
Castro (los de Cuba) y casi me linchan. Un profesor bigotón, olvido su nombre,
del plantel Oriente, me acusó de ser un representante de “la reacción” y se
felicitaba porque “al fin la derecha se atrevía a dar la cara”.
Nos falta actualizarnos, ponernos al
día realmente, evitar reducir la
realidad a esquemas simplistas y dejar de creer que el mundo y sus
fenómenos sólo se pueden ver en blanco o negro. Lograr esto, limpiar la casa,
sólo será posible cuando exista un verdadero compromiso de las autoridades por
impartir una educación de calidad, cuando haya una actualización y superación
reales, y no una simple simulación, cuando se ofrezcan condiciones auténticas
de superación para hacer efectivo un modelo escamoteado entre la palabrería. Pero
como dice uno de los caudillos: “La caha he debe barrer de arriba hagia abajo”.
PARA ENTENDER NUESTROS DÍAS
Después de leer Postguerra.
Una historia de Europa desde 1945, del historiador británico Tony Judt,
ningún lector mirará con los mismos ojos el mundo. Los sucesos más relevantes
de la segunda mitad del siglo XX en Europa ‒con amplia repercusión en casi todo
el mundo‒ desfilan como las imágenes de un impresionante filme que va poniendo
las piezas del rompecabezas donde el lector está situado, o incluso vivió, pero
nunca pudo darse cuenta cabal de lo que sucedía.
La división de Europa después de la
Segunda Guerra Mundial, el Plan Marshall, los acuerdos de Bretton Woods, el
surgimiento de organismos internacionales como el Banco Mundial y el Fondo
Monetario Internacional; la Guerra Fría, la división de Alemania y el Muro de
Berlín, la OTAN, el Pacto de Varsovia, los primeros pasos de lo que será la
Unión Europea; el cine, el rock, la sociedad de masas y de consumo; el XX
Congreso del PCUS; las rebeliones estudiantiles en el campo socialista
(especialmente Hungría, Checoslovaquia y Polonia); el desdén hacia estas
rebeliones por parte de las burocracias comunistas de Italia, Francia y Gran
Bretaña, y la estampida de los militantes más jóvenes para salir de esos
partidos ante la pasividad; el fin de la teoría de las revoluciones socialistas
en los países capitalistas desarrollados y el traslado de este acto de fe (ya
no teoría científica) al Tercer Mundo; el impacto de la televisión; el fin del
Estado de Bienestar; la transformación de los mercados internacionales y el
auge de las comunicaciones electrónicas; las revoluciones en la moda, la música
y la ideología en los sesenta; los malabarismo retóricos como simulación del
quehacer filosófico; la aparición del terrorismo en los setenta (ERI, ETA,
Brigadas Rojas, Fracción del Ejército Rojo); la banalidad de los ochenta; Lech Walesa
y Solidaridad en Polonia y la contribución de la Iglesia católica a la caída
del socialismo y el Muro de Berlín en 1989; el difícil regreso al capitalismo
en los países satélites de la Unión Soviética; la socialdemocracia y el
liberalismo; el surgimiento de la Unión Europea y las reticencias para el
ingreso de nuevos miembros; la aparición del ultra nacionalismo y la xenofobia,
la irrupción del fundamentalismo islámico, etc.
Son sólo algunos temas que desarrolla
esta obra monumental para entender nuestro tiempo. Monumental no sólo por su
extensión (alrededor de 1200 páginas) sino por tratarse de una obra maestra que
no deja resquicio o detalle alguno indispensable en el análisis de los temas
que siguen marcando los acontecimientos mundiales, como son el Brexit y el auge
de los movimientos xenófobos y neofascistas en Europa. Una historia que se
disfruta como una excelente novela y que aporta detalles chuscos, pero
terriblemente reales, como el que en la Unión Soviética (donde la economía
centralizada y planificada, custodiada por las burocracias comunistas imponía
las metas de producción), se llegaba al extremo salir a comprar mantequilla en
las tienditas de las poblaciones para cumplir con las cotas establecidas por la
jerarquía del partido. O la ironía de que “en todas las universidades de Europa
se enseñaba cómo sería el paso del capitalismo al socialismo, pero en ninguna
se explicaba cómo sería el regreso del socialismo al capitalismo”. Cerca de
quince años le llevó al historiador británico (fallecido en 2010) escribir esta
obra fundamental, pero sin duda nos ha dejado un documento único para entender
la barahúnda de hechos que los latinoamericanos sólo conocimos como noticias.
Recomiendo su lectura acompañada de
las novelas El hombre que amaba a los
perros, de Leonardo Padura, y Kaputt,
de Curzio Malaparte.
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