¿Politizados
o adoctrinados?
NOÉ AGUDO
En el CCH no estamos altamente politizados sino profundamente
adoctrinados, y esto no expresa un prejuicio sino que plantea un problema: el
de reconocer que no hemos sido capaces de formar a ese ciudadano crítico,
reflexivo, sensible a la problemática social y capaz de actuar solidaria y eficazmente
en su solución.
Y no lo hemos podido formar porque
nosotros mismos no lo somos. Hoy la mayoría de la planta docente es egresada
del CCH, al igual que muchos de sus directivos, y su actuación política ‒todos
la conocemos‒ va de la indiferencia a la pasividad absoluta; de la murmuración
en baños y pasillos, al silencio medroso o la circulación de anónimos; del acatamiento
dócil de las peores ocurrencias académicas, a la crítica retobona y soterrada,
pero incapaz de expresarse con nombre y apellidos; del empleo de esquemas y
conceptos simplistas (como neoliberalismo, narco-estado, derecha, gran capital,
etc.) a la admiración de tiranuelos como Fidel Castro o Nicolás Maduro…
Y de los directivos, o los aspirantes
a los cargos de dirección, ¿qué se puede esperar? Bastante cuidado tienen de no
abrir el pico para no incomodar a sus jefes, así que menos se les escuchará nunca
expresar una idea propia, realizar una denuncia o plantear una propuesta en
beneficio de la mayoría. Todo lo que se puede esperar de ellos es silencio, simulación,
hipocresía o el azuzamiento a otros para que ataquen y exhiban a sus
adversarios. O, esto sí, infaltable: cebarse en contra de simples profesores
para demostrar su “capacidad y vocación” represora, perdón, quise decir directiva.
El resultado ‒todos lo conocemos‒ es
una masa apática, indiferente, de agachones, capaz de soportar las peores
condiciones de trabajo y sueldos miserables, e incapaz de rebelarse ante los malos
tratos y humillaciones (como mirar con resignación cómo se otorgan a discreción
las plazas de carrera a personas sin trayectoria ni mérito académico alguno); soportar
todo, con el fin de conservar los grupos y la chamba, la mayoría, o continuar percibiendo
sus jugosos estipendios, algunos cuantos. ¿Y la solidaridad? ¿Qué es eso?
Primero salva tu pellejo y que se jodan los demás.
Y entre los jóvenes (aunque reconozco
que su formación no depende sólo de los profesores ni de la escuela) la
situación no es muy diferente: por un lado un individualismo feroz, apatía,
distracción casi autista con sus gadgets electrónicos, desconocimiento brutal
de la realidad y apenas un balbuceo de conceptos y esquemas mal aprendidos en
clase; o, en el otro extremo, individuos fanatizados para quienes la violencia,
la intolerancia y la creencia de que el llamado a asesinar a los adversarios es
muestra de ser revolucionario (basta ver sus pintas y acciones). A los dos
extremos los une la ignorancia, el desconocimiento absoluto de los valores
cívicos y la creencia de que ser crítico es hablar mal del gobierno o gritar dicterios en su contra.
Si fuésemos una comunidad politizada
hace mucho que nos hubiéramos organizado para exigir condiciones seguras de
trabajo y salarios decorosos; si estuviéramos politizados no permitiríamos que
unos individuos ineptos, sólo hábiles para mentir y con suficiente cinismo para
engañar y hacer mal su trabajo se trepasen a los cargos de dirección para desde
ahí obstaculizar y reprimir la labor de los profesores. Si estuviéramos
politizados no viviríamos la zozobra de saber si contaremos o no con grupos al
inicio de cada semestre, ni permitiríamos las condiciones precarias de trabajo
para el grueso de la planta docente, ni toleraríamos el nepotismo, el amiguismo
ni el manejo discrecional de los recursos universitarios, como lo practican hoy
las autoridades, tan parecidos a los líderes de la CNTE en esto.
¿Qué es una comunidad politizada? Es una donde
sus integrantes se informan, participan, tienen valor civil para expresar y
defender sus puntos de vista, pero también son capaces de escuchar, llegar a
acuerdos y actuar con compromisos; es una comunidad donde funcionan mecanismos
de vigilancia y control; donde los órganos de representación de la comunidad
actúan con verdadera autonomía, defienden a sus representados y no asumen como
suyos los dictados de la autoridad. Esto es lo que no hemos podido lograr en el
CCH, esto es lo que nos ha llevado a ser un bachillerato del montón y hace que
el Colegio viva hoy una de sus más negras etapas.
¿Cómo hemos llegado a esta situación?
Son varias las causas, pero en el Colegio podemos reducirlas a tres: la
corrupción a la que invitan los generosos recursos con que se provee al Colegio,
y las prebendas y comisiones que controlan los directores, sobre los cuales no
existen mecanismos de control y vigilancia, sino la más amplia discrecionalidad
y opacidad; una segunda es la política perversa de mantener a la mayoría de los
profesores en una situación laboral inestable, con el señuelo de las plazas de
carrera que, todo mundo lo sabe, jamás serán suficientes, y en tercero la
supervivencia de una ideología que divide e inhibe la participación de la
comunidad. En varios artículos me he referido a las dos primeras causas, por
eso quiero detenerme hoy en la tercera.
Si en los años sesenta y setenta eran
pertinentes los llamados a la lucha armada, al derrocamiento del Estado represor,
hoy estas consignas no son sólo anacrónicas sino francamente delirantes.
Necesitamos una verdadera actualización y una puesta al día de conceptos y
teorías sociales que nos permitan no solo comprender la realidad, sino formar a
los jóvenes para que aprendan a actuar en democracia, y para invitar y enseñar a la
gente a participar en el nuevo contexto. Esas multitudes apáticas e indiferentes
no participan porque fatalmente sean así, sino porque no se identifican con
discursos anticuados que ya no funcionan en la realidad de nuestros días. Es
difícil desprenderse de la costra de costumbres mentales formadas durante
décadas, pero interpretar la realidad recurriendo a los mismos esquemas y clichés
lleva al pasmo y a la inmovilidad, y esto es lo que ha ocurrido en el CCH. “Hoy
‒me dice el profesor Raúl Muñoz Morales‒ lo revolucionario es exigir que se
actúe conforme a derecho, que nuestras autoridades rindan cuentas y que se las
obligue a actuar con absoluta transparencia. A las autoridades de cualquier
orden y nivel”. Y estoy de acuerdo.
Todo mundo es libre de creer lo que
quiera, pero cuando una teoría se asume como artículo de fe, es decir, cuando no
se reconocen sus fracasos, se ignoran las perversiones que ha generado en el
mundo social y en el de las ideas, pero sobre todo cuando genera división,
pasmo e inmovilidad para la acción, es momento de revisarla y, si es necesario,
desecharla. Después de todo, así es como funciona la ciencia: formulación,
ensayo, error, o empleo mientras no venga otra teoría mejor y la supere.
Me remito a un ameno ensayo escrito
por el doctor Francisco González Crussí (“La sangría”, en Remedios de antaño, Fondo de Cultura Económica, México, 2012) para
ejemplificar todo lo dañina que puede resultar una teoría en la que creemos
ciegamente y todo el tiempo que puede reinar y ejercer su influencia si nadie
se atreve a revisarla y criticarla. Me permitiré parafrasear el ensayo para resumirlo
mejor:
Los escitas, pueblo del Medio Oriente
dedicado al pastoreo y a la cría de caballos en la antigüedad, ya practicaba
las sangrías. Sin embargo, fue Hipócrates, médico griego (460-370 a. de C.)
quien la racionalizó al explicar que por montar se producen venas varicosas y
lesiones genitales debido a la presión de los órganos contra la montura.
Basados en este razonamiento, los escitas practicaron con mayor asiduidad el
sangrado: abrían las venas que cursan detrás de la oreja hasta que la
hemorragia les producía debilidad y sueño. Cuando despertaban creían estar
curados.
Hipócrates registra este hecho en los
escritos conocidos como Colección Hipocrática (Aforismos, Sección V, aforismo 68), que Galeno (129-199 d. de C.)
conocerá. Aunque la teoría de los “humores” corporales venía ya en los escritos
hipocráticos, es Galeno quien le da estructura y consistencia teórica. Su gran
autoridad reforzó la idea de que la sangría era un acertado remedio contra el
verdadero origen de las enfermedades, puesto que la causa y principio de todos
los estados patológicos eran resultado de la alteración de los “humores”
(sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla). En consecuencia, la salud era el
perfecto balance y la adecuada mezcla de esos cuatro humores.
Bien, pues la aparente consistencia
de esta teoría hizo que las sangrías se usaran durante alrededor de dos mil años,
lo cual no estaría mal si de verdad hubieran curado y no se las hubiese empleado
al absurdo, como utilizarlas contra las mismas hemorragias. La sangría llegó a
adquirir tal popularidad que no sólo se la usaba de forma terapéutica sino
también preventiva, es decir, para evitar otras enfermedades. La creencia de
que la sangría era un recurso eficaz perduró durante todo el siglo XVIII y los
primeros años del XIX. Cuando en 1793 estalló una epidemia de fiebre amarilla
en Filadelfia ‒cuenta González Crussí‒, Benjamin Rush, uno de los “padres
fundadores” de los Estados Unidos, pretendía curar la enfermedad mediante
sangrados masivos: recomendaba quitar el 75% del volumen sanguíneo del enfermo.
¡Menuda anemia que les provocaría! George Washington fue un candidato a morir
por la pérdida de sangre ordenada por sus médicos. Así de poderosa puede ser
una teoría lo suficientemente sofisticada para darle apariencia científica, y así
de graves las consecuencias que puede provocar.
Y no ha desaparecido del todo, hay
que advertirlo, subsiste hoy día con algunas variantes. Mi vecino y amigo,
Erasno Trejo Arteaga, me invita al sauna cada vez que amanece crudo y todavía
más cuando tiene un poco de gripe. “Sudaré un poco para sacarme todo el alcohol
y así me compondré” dice. No sabe que sólo será alguien doblemente
deshidratado, por el alcohol, por una parte, y por el calor del sauna por la
otra.
Así estamos con respecto a las versiones
fundamentalistas de la historia, de las cuales Karl R. Popper, entre otros, ha
explicado su inconsistencia teórica y la realidad ha demostrado su fracaso.
Para interpretar la realidad seguimos usando esquemas ya superados y recurrimos
a clichés que hoy nada dicen; achacamos a un gobierno todopoderoso y represor
los crímenes que delincuentes bien identificados y el narcotráfico han
realizado, porque así pretendemos debilitar a ese Estado burgués y esperar el día
en que un salvador llegue al poder, lo derrumbe, imponga por decreto la
honestidad y ponga el poder al servicio del pueblo. No nos damos cuenta que ese
salvador, por muy bueno y honesto que sea, puede cambiar de humor y mandar al
diablo sus promesas y perdonar (como ya lo adelantó) a la mafia en el poder. Combatir
la corrupción no es cuestión de honestidad sino de crear órganos de vigilancia
y control. No advertimos que el poder tiende a concentrarse en una sola
persona, o en unos cuantos, y que para no volverse absoluto requiere
contrapesos y balances que solo la democracia ha sido capaz de brindar; no nos
damos cuenta que de lo que se trata hoy día es de acotar el poder dividiéndolo,
como sólo un sistema democrático es capaz de lograr, al establecer la división
de poderes en sus sistemas de gobierno; no advertimos que sólo mediante una
prensa libre y organizaciones de la sociedad civil seremos capaces de acotar,
vigilar y llamar a cuentas a las autoridades, de cualquier orden y nivel. Lo
otro es creer todavía en bribones que, con la apariencia de pacíficos
académicos u honestos ciudadanos, se olvidan de sus promesas en cuanto llegan
al poder y se transforman en rapaces tiranuelos.
Por supuesto que ningún sistema
político es perfecto. Un régimen democrático posee múltiples carencias y
defectos, pero es el único capaz de proporcionar los recursos y medios para su
propio perfeccionamiento, sin la destrucción violenta de todo lo logrado, sin
derramamiento de sangre, sin la pérdida y sacrificio de varias generaciones.
“La democracia no es un sistema político, sino una forma de vida” decía
acertadamente Octavio Paz. Formar ciudadanos para esta forma de vida es lo que
nos hace falta, es lo que se propuso el CCH en sus inicios y es uno de los
aspectos en que fracasó. Tal vez porque en lugar de politizar lo que hizo fue
adoctrinar. Tal vez.
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