miércoles, 14 de septiembre de 2016

¿POLITIZADOS O ADOCTRINADOS?

¿Politizados o adoctrinados?
NOÉ AGUDO

En el CCH no estamos altamente politizados sino profundamente adoctrinados, y esto no expresa un prejuicio sino que plantea un problema: el de reconocer que no hemos sido capaces de formar a ese ciudadano crítico, reflexivo, sensible a la problemática social y capaz de actuar solidaria y eficazmente en su solución.
Y no lo hemos podido formar porque nosotros mismos no lo somos. Hoy la mayoría de la planta docente es egresada del CCH, al igual que muchos de sus directivos, y su actuación política ‒todos la conocemos‒ va de la indiferencia a la pasividad absoluta; de la murmuración en baños y pasillos, al silencio medroso o la circulación de anónimos; del acatamiento dócil de las peores ocurrencias académicas, a la crítica retobona y soterrada, pero incapaz de expresarse con nombre y apellidos; del empleo de esquemas y conceptos simplistas (como neoliberalismo, narco-estado, derecha, gran capital, etc.) a la admiración de tiranuelos como Fidel Castro o Nicolás Maduro…
Y de los directivos, o los aspirantes a los cargos de dirección, ¿qué se puede esperar? Bastante cuidado tienen de no abrir el pico para no incomodar a sus jefes, así que menos se les escuchará nunca expresar una idea propia, realizar una denuncia o plantear una propuesta en beneficio de la mayoría. Todo lo que se puede esperar de ellos es silencio, simulación, hipocresía o el azuzamiento a otros para que ataquen y exhiban a sus adversarios. O, esto sí, infaltable: cebarse en contra de simples profesores para demostrar su “capacidad y vocación” represora, perdón, quise decir directiva.
El resultado ‒todos lo conocemos‒ es una masa apática, indiferente, de agachones, capaz de soportar las peores condiciones de trabajo y sueldos miserables, e incapaz de rebelarse ante los malos tratos y humillaciones (como mirar con resignación cómo se otorgan a discreción las plazas de carrera a personas sin trayectoria ni mérito académico alguno); soportar todo, con el fin de conservar los grupos y la chamba, la mayoría, o continuar percibiendo sus jugosos estipendios, algunos cuantos. ¿Y la solidaridad? ¿Qué es eso? Primero salva tu pellejo y que se jodan los demás.
Y entre los jóvenes (aunque reconozco que su formación no depende sólo de los profesores ni de la escuela) la situación no es muy diferente: por un lado un individualismo feroz, apatía, distracción casi autista con sus gadgets electrónicos, desconocimiento brutal de la realidad y apenas un balbuceo de conceptos y esquemas mal aprendidos en clase; o, en el otro extremo, individuos fanatizados para quienes la violencia, la intolerancia y la creencia de que el llamado a asesinar a los adversarios es muestra de ser revolucionario (basta ver sus pintas y acciones). A los dos extremos los une la ignorancia, el desconocimiento absoluto de los valores cívicos y la creencia de que ser crítico es hablar mal  del gobierno o gritar dicterios en su contra.
Si fuésemos una comunidad politizada hace mucho que nos hubiéramos organizado para exigir condiciones seguras de trabajo y salarios decorosos; si estuviéramos politizados no permitiríamos que unos individuos ineptos, sólo hábiles para mentir y con suficiente cinismo para engañar y hacer mal su trabajo se trepasen a los cargos de dirección para desde ahí obstaculizar y reprimir la labor de los profesores. Si estuviéramos politizados no viviríamos la zozobra de saber si contaremos o no con grupos al inicio de cada semestre, ni permitiríamos las condiciones precarias de trabajo para el grueso de la planta docente, ni toleraríamos el nepotismo, el amiguismo ni el manejo discrecional de los recursos universitarios, como lo practican hoy las autoridades, tan parecidos a los líderes de la CNTE en esto.
 ¿Qué es una comunidad politizada? Es una donde sus integrantes se informan, participan, tienen valor civil para expresar y defender sus puntos de vista, pero también son capaces de escuchar, llegar a acuerdos y actuar con compromisos; es una comunidad donde funcionan mecanismos de vigilancia y control; donde los órganos de representación de la comunidad actúan con verdadera autonomía, defienden a sus representados y no asumen como suyos los dictados de la autoridad. Esto es lo que no hemos podido lograr en el CCH, esto es lo que nos ha llevado a ser un bachillerato del montón y hace que el Colegio viva hoy una de sus más negras etapas.
¿Cómo hemos llegado a esta situación? Son varias las causas, pero en el Colegio podemos reducirlas a tres: la corrupción a la que invitan los generosos recursos con que se provee al Colegio, y las prebendas y comisiones que controlan los directores, sobre los cuales no existen mecanismos de control y vigilancia, sino la más amplia discrecionalidad y opacidad; una segunda es la política perversa de mantener a la mayoría de los profesores en una situación laboral inestable, con el señuelo de las plazas de carrera que, todo mundo lo sabe, jamás serán suficientes, y en tercero la supervivencia de una ideología que divide e inhibe la participación de la comunidad. En varios artículos me he referido a las dos primeras causas, por eso quiero detenerme hoy en la tercera. 
Si en los años sesenta y setenta eran pertinentes los llamados a la lucha armada, al derrocamiento del Estado represor, hoy estas consignas no son sólo anacrónicas sino francamente delirantes. Necesitamos una verdadera actualización y una puesta al día de conceptos y teorías sociales que nos permitan no solo comprender la realidad, sino formar a los jóvenes para que aprendan a actuar en  democracia, y para invitar y enseñar a la gente a participar en el nuevo contexto. Esas multitudes apáticas e indiferentes no participan porque fatalmente sean así, sino porque no se identifican con discursos anticuados que ya no funcionan en la realidad de nuestros días. Es difícil desprenderse de la costra de costumbres mentales formadas durante décadas, pero interpretar la realidad recurriendo a los mismos esquemas y clichés lleva al pasmo y a la inmovilidad, y esto es lo que ha ocurrido en el CCH. “Hoy ‒me dice el profesor Raúl Muñoz Morales‒ lo revolucionario es exigir que se actúe conforme a derecho, que nuestras autoridades rindan cuentas y que se las obligue a actuar con absoluta transparencia. A las autoridades de cualquier orden y nivel”. Y estoy de acuerdo.
Todo mundo es libre de creer lo que quiera, pero cuando una teoría se asume como artículo de fe, es decir, cuando no se reconocen sus fracasos, se ignoran las perversiones que ha generado en el mundo social y en el de las ideas, pero sobre todo cuando genera división, pasmo e inmovilidad para la acción, es momento de revisarla y, si es necesario, desecharla. Después de todo, así es como funciona la ciencia: formulación, ensayo, error, o empleo mientras no venga otra teoría mejor y la supere.   
Me remito a un ameno ensayo escrito por el doctor Francisco González Crussí (“La sangría”, en Remedios de antaño, Fondo de Cultura Económica, México, 2012) para ejemplificar todo lo dañina que puede resultar una teoría en la que creemos ciegamente y todo el tiempo que puede reinar y ejercer su influencia si nadie se atreve a revisarla y criticarla. Me permitiré parafrasear el ensayo para resumirlo mejor:
Los escitas, pueblo del Medio Oriente dedicado al pastoreo y a la cría de caballos en la antigüedad, ya practicaba las sangrías. Sin embargo, fue Hipócrates, médico griego (460-370 a. de C.) quien la racionalizó al explicar que por montar se producen venas varicosas y lesiones genitales debido a la presión de los órganos contra la montura. Basados en este razonamiento, los escitas practicaron con mayor asiduidad el sangrado: abrían las venas que cursan detrás de la oreja hasta que la hemorragia les producía debilidad y sueño. Cuando despertaban creían estar curados.
Hipócrates registra este hecho en los escritos conocidos como Colección Hipocrática (Aforismos, Sección V, aforismo 68), que Galeno (129-199 d. de C.) conocerá. Aunque la teoría de los “humores” corporales venía ya en los escritos hipocráticos, es Galeno quien le da estructura y consistencia teórica. Su gran autoridad reforzó la idea de que la sangría era un acertado remedio contra el verdadero origen de las enfermedades, puesto que la causa y principio de todos los estados patológicos eran resultado de la alteración de los “humores” (sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla). En consecuencia, la salud era el perfecto balance y la adecuada mezcla de esos cuatro humores.
Bien, pues la aparente consistencia de esta teoría hizo que las sangrías se usaran durante alrededor de dos mil años, lo cual no estaría mal si de verdad hubieran curado y no se las hubiese empleado al absurdo, como utilizarlas contra las mismas hemorragias. La sangría llegó a adquirir tal popularidad que no sólo se la usaba de forma terapéutica sino también preventiva, es decir, para evitar otras enfermedades. La creencia de que la sangría era un recurso eficaz  perduró durante todo el siglo XVIII y los primeros años del XIX. Cuando en 1793 estalló una epidemia de fiebre amarilla en Filadelfia ‒cuenta González Crussí‒, Benjamin Rush, uno de los “padres fundadores” de los Estados Unidos, pretendía curar la enfermedad mediante sangrados masivos: recomendaba quitar el 75% del volumen sanguíneo del enfermo. ¡Menuda anemia que les provocaría! George Washington fue un candidato a morir por la pérdida de sangre ordenada por sus médicos. Así de poderosa puede ser una teoría lo suficientemente sofisticada para darle apariencia científica, y así de graves las consecuencias que puede provocar.
Y no ha desaparecido del todo, hay que advertirlo, subsiste hoy día con algunas variantes. Mi vecino y amigo, Erasno Trejo Arteaga, me invita al sauna cada vez que amanece crudo y todavía más cuando tiene un poco de gripe. “Sudaré un poco para sacarme todo el alcohol y así me compondré” dice. No sabe que sólo será alguien doblemente deshidratado, por el alcohol, por una parte, y por el calor del sauna por la otra.
Así estamos con respecto a las versiones fundamentalistas de la historia, de las cuales Karl R. Popper, entre otros, ha explicado su inconsistencia teórica y la realidad ha demostrado su fracaso. Para interpretar la realidad seguimos usando esquemas ya superados y recurrimos a clichés que hoy nada dicen; achacamos a un gobierno todopoderoso y represor los crímenes que delincuentes bien identificados y el narcotráfico han realizado, porque así pretendemos debilitar a ese Estado burgués y esperar el día en que un salvador llegue al poder, lo derrumbe, imponga por decreto la honestidad y ponga el poder al servicio del pueblo. No nos damos cuenta que ese salvador, por muy bueno y honesto que sea, puede cambiar de humor y mandar al diablo sus promesas y perdonar (como ya lo adelantó) a la mafia en el poder. Combatir la corrupción no es cuestión de honestidad sino de crear órganos de vigilancia y control. No advertimos que el poder tiende a concentrarse en una sola persona, o en unos cuantos, y que para no volverse absoluto requiere contrapesos y balances que solo la democracia ha sido capaz de brindar; no nos damos cuenta que de lo que se trata hoy día es de acotar el poder dividiéndolo, como sólo un sistema democrático es capaz de lograr, al establecer la división de poderes en sus sistemas de gobierno; no advertimos que sólo mediante una prensa libre y organizaciones de la sociedad civil seremos capaces de acotar, vigilar y llamar a cuentas a las autoridades, de cualquier orden y nivel. Lo otro es creer todavía en bribones que, con la apariencia de pacíficos académicos u honestos ciudadanos, se olvidan de sus promesas en cuanto llegan al poder y se transforman en rapaces tiranuelos.

Por supuesto que ningún sistema político es perfecto. Un régimen democrático posee múltiples carencias y defectos, pero es el único capaz de proporcionar los recursos y medios para su propio perfeccionamiento, sin la destrucción violenta de todo lo logrado, sin derramamiento de sangre, sin la pérdida y sacrificio de varias generaciones. “La democracia no es un sistema político, sino una forma de vida” decía acertadamente Octavio Paz. Formar ciudadanos para esta forma de vida es lo que nos hace falta, es lo que se propuso el CCH en sus inicios y es uno de los aspectos en que fracasó. Tal vez porque en lugar de politizar lo que hizo fue adoctrinar. Tal vez.    

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