Juan Domingo
para un domingo
NOÉ AGUDO
Después de conocer la Antología
general de la poesía mexicana, de Juan Domingo Argüelles, uno puede afirmar
sin ninguna duda que México es una potencia cultural. La calidad, cantidad y variedad
de formas poéticas que se ha escrito y se está
escribiendo en México es signo de que en este país algo se está haciendo
muy bien. A diferencia (¿o semejanza?) del Siglo de Oro de la literatura
española, que se produce en el momento crepuscular del imperio, creo que en
México es anuncio de que algo mejor está por venir.
Gruesos,
voluminosos, parecidos más bien a los tomos de una enciclopedia, los dos
volúmenes (Tomo l: Antología general de
la poesía mexicana. De la época prehispánica a nuestros días, y Tomo II: Poesía del México actual. De la segunda
mitad del siglo XX a nuestros días, publicados por Editorial Oceano en 2012
y 2014 respectivamente) reúnen una selección de lo mejor que se ha escrito a
partir del siglo XIV (Época Prehispánica) y hasta 2012. Pienso que esta bonanza
literaria es signo de mejores tiempos porque el incremento de los escritores, y
por tanto de la poesía, ha sido proporcional a la conformación y consolidación de
México como nación.
Cada poeta
es presentado con una breve ficha biográfica que nos informa lo elemental de su
vida, estudios y obras principales, así como los títulos indispensables de
conocer y a continuación los poemas elegidos por Argüelles. Si seguimos la
periodización que el autor estableció para lograr este vasto panorama poético, “el
más amplio que se haya realizado en México hasta ahora”, observamos cómo la
cantidad de los cultivadores se ha ido acrecentando en relación proporcional a
la madurez de nuestro país. Así, el primer volumen, que reúne a los poetas de
la época prehispánica hasta nuestros días (la primera mitad del siglo XX) es
como sigue:
Primera
parte. Época prehispánica (siglos XIV y XV): ocho poetas.
Segunda
parte. Época colonial (siglos XVI y XVII): nueve.
Tercera
parte. Independencia (siglos XVIII y XIX): ¡treinta y siete bardos! La
nómina se acrecienta. Como Argüelles utiliza el año de nacimiento de cada poeta
para su inclusión en el periodo correspondiente, a partir de este hecho podemos
hacer algunas inferencias: por ejemplo, es curioso observar cómo en esta época
son varios los años en los que la patria deja de alumbrar algún poeta, aunque hay
otros que ven nacer parejas: Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto (1818); Antonio
Plaza y Vicente Riva Palacio (1832); Salvador Díaz Mirón y Laura Méndez de
Cuenca (1853); José Juan Tablada y Enrique González Martínez (1871), y Rafael
López con Alfredo R. Placencia (1873). Seguramente faltaron muchos y es obvio: la
población era menor, no existían suficientes medios de comunicación ni mucho
menos posibilidades de publicar; hay poetas que nunca publicaron, habrá quienes
perdieron todo registro y seguramente existieron otros muchos como poetas
populares que cultivaron la canción, el romance, las décimas y el corrido.
Cuarta
parte. El siglo XX y los albores del XXI: cincuenta y siete poetas.
México se ha consolidado como nación, si bien le espera aún el movimiento
armado de 1910. Los extremos de este período los sitúa Juan Domingo entre el
nacimiento de Ramón López Velarde en plena pax
porfiriana (1888), y el nacimiento del poeta chiapaneco Efraín Bartolomé
(1950). Época munífica, diversa, dispersa por todo el territorio, de elevada
calidad literaria y que ve irrumpir a la mujer como en ninguna otra: ¡diez
mujeres poetas confirman su presencia en un arte donde antes Sor Juana, Josefa
Murillo o María Enriqueta eran solo la excepción! En esta época es común
encontrar que en un mismo año nazcan dos y en ocasiones hasta tres poetas:
Thelma Nava, Marco Antonio Montes de Oca y Juan Bañuelos (1932); Elsa Cross,
Francisco Hernández y Jorge Ruiz Dueñas (1946). Es la época de López Velarde,
Octavio Paz y José Emilio Pacheco; la de los Contemporáneos; la de Salvador
Novo, Eduardo Lizalde y Gabriel Zaid, es decir, la de los maestros con los
cuales hemos crecido, leído y aprendido lo
que es poesía.
Este primer volumen (894 páginas en
total) reúne una nómina de apenas 111 autores con más de un millar de poemas.
Hay ausencias destacadas. La que más me ha sorprendido es la de Tomás Segovia,
un poeta mayor que, aunque nació en España, hace mucho tiempo que se
nacionalizó mexicano. Tampoco están mis amigos Mario del Valle y Miguel Ángel
Flores, y Leopoldo Ayala, por señalar algunos. Tal vez su ausencia se deba a
los problemas con que todo antologador debe enfrentarse al emprender un trabajo
monumental como éste.
El segundo volumen, Poesía del México actual. De la segunda
mitad del siglo XX a nuestros días (925 pp.), está dividido en dos partes
que incluyen 167 poetas nacidos entre 1951 y 1987, de los que se presentan 1200
poemas. Es decir, en apenas 36 años el número sobrepasó a los registrados
durante los casi seis siglos del primer volumen. Se entiende que así sea porque
la población es mayor, México es una nación en desarrollo, su cobertura
educativa es casi plena, la mayoría de los poetas está produciendo y publicando
y el tiempo aún no realiza su labor de cernido. Si, como afirma Juan Domingo en
el primer volumen, los problemas que debe enfrentar el antologista en el caso
de los poetas ya desaparecidos son los reparos que ponen familiares y herederos
para incluirlos, cuando se trata de antologar poetas vivos los problemas son
con la misma tribu: envidias, recelos, antipatías, el deseo de no figurar junto
a otros, etc.
Sin embargo, la calidad y
frescura de la mayoría de los trabajos supera los experimentos fallidos y
torpeza de unos cuantos, y confirma también la opinión de que México vive uno
de sus mejores momentos de producción lírica. Podemos confirmar también el
hecho de que la mujer se haya aposentado en la lírica en casi en igualdad de
proporción que los varones (48 mujeres). Aún no aparece la mujer poeta y
ensayista, como destacadamente lo fue Octavio Paz, ni la poeta cuentista, como
lo fueron José Emilio Pacheco y Jorge Luis Borges. Pero allí está ya,
aposentada y empoderada, como dicen los cursis.
Un rápido vistazo al número de poetas
nacidos cada año a partir de 1951, nos revela que todos los años a partir de
éste aportaron al menos dos poetas, que
el más prolífico fue 1954, ¡en el que nacieron nueve! Algo tuvo de
especial ese año. Resalta, en cambio, el que no aportó ninguno (1986), o sólo
uno (1975, 1983, 1984 y 1987). Podríamos afirmar gustosos que a partir de 1951
nace al menos un par de poetas cada año.
En torno a los volúmenes:
Pienso
que no se ha valorado del todo la labor de autores como Juan Domingo Argüelles.
Él, además de ser un incansable promotor de la lectura (libros, artículos,
charlas y cursos) realiza ahora esta labor colosal que a más de un lector lo
dejará con la certeza de que la poesía pesa, y mucho. El día de mi cumpleaños,
un distinguido amigo me extendió dos billetes de 500 pesos. “Para que te
compres una loción o un whisky”, me dijo, “quién mejor que tú sabe lo que
quieres”. Se lo agradecí infinitamente, pero ni loción ni whisky. Casi corrí a
una Librería Porrúa y allí, con mi tarjeta de profesor más los mil pesos, pude
hacerme por fin de esta Antología general
de la poesía mexicana, a la cual ya le traía ganas desde hacía algunos
meses.
Leo a Juan Domingo, tengo casi todos sus libros, sigo
sus ensayos y artículos en el suplemento de Milenio,
pero pienso que esta paciente labor de reunir lo más representativo de casi toda
la poesía mexicana, lo hace un héroe, un “héroe discreto” como dice Vargas
Llosa. Porque este trabajo no es para los estudiosos y críticos literarios, o
no sólo es para ellos, sino para el público deseoso de conocer lo mejor de
nuestra poesía, para el público que desea afinar su sensibilidad, pues la
poesía es una de las artes más finas, sutiles y poderosas por su silencio y
poder transformador. Enriquece imperceptiblemente
al lector. Amplía nuestro vocabulario, nos inmuniza contra el uso de palabras y
tonos altisonantes, las frases vacías, los lugares comunes. Nos ayuda a encontrar la palabra precisa, a
comunicarnos mejor, y a expresar ese sentimiento o emoción que a veces ni
siquiera nosotros sabemos qué es, pero la poesía si lo sabe, porque ya lo ha
cifrado.
Quien quiera
tener una visión panorámica de este arte, desde los primeros mexicanos ‒si
podemos llamar así a Tlaltecatzin, Nezahualcóyotl o Gutierre de Cetina‒ hasta
los connacionales más jóvenes nacidos en 1987, aquí tiene la mesa puesta. Se
inscribe en la mejor tradición antológica de México. Es la culminación de
trabajos como La poesía mexicana del
siglo XX (1966) de Carlos Monsiváis; la Poesía
en movimiento: México, 1915-1966 de Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Alí
Chumacero y Homero Aridjis, también publicada en 1966; del Ómnibus de poesía mexicana (1971) de Gabriel Zaid, y la Asamblea de poetas jóvenes de México
(1980) también de Zaid. Es importante informar que este magno trabajo de Juan
Domingo tuvo un efecto colateral: la aparición de un curioso cuanto divertido
volumen titulado Breve antología de
poesía mexicana. Impúdica, procaz, satírica y burlesca. Léanlo, no se
arrepentirán.
Es necesario reconocer también que los esfuerzos del
autor no se hubieran concretado sin la visión y audacia de una editorial como
Océano, que se atrevió a editar ambos volúmenes y no en cualquier edición, sino
en una de pasta dura, con tapas en hueco grabado en elegante color negro;
camisa a todo color con el título general de la obra, un hermoso dibujo, el
crédito del autor y el sello editorial. Ambos volúmenes traen también guardapolvo,
una cartulina de excelente calidad con vistosos grabados, y solapas con texto calado
sobre un color firme que facilita la lectura; en la primera se informa acerca
de la obra y en la segunda se ofrece una síntesis curricular del autor. Huelga
decir que el papel cultural para las páginas interiores es de la mejor calidad
y se eligió una bella tipografía para los textos. Es una edición muy bien
lograda y cuidada; en las más de 1700 páginas de los dos tomos hallé apenas un
error de estilo y alrededor de media docena de fallas tipográficas. Después de
esta Antología general de la poesía
mexicana, nadie dudará de las poderosas reservas culturales del país, una de
las más importantes del mundo, pues Juan Domingo nos devela su nítido y amplio
territorio.
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