Xitecos
NOÉ AGUDO
Esta voz debe pronunciarse shitecos, pues así la dicen sus
dueños, un grupo indígena de la sierra sur de quienes hoy quiero desgranar
algunos recuerdos porque su sobrevivencia misma es toda una epopeya. Si digo cuál
es la población de donde son originarios nadie podrá ubicarlos: dominicos y
franciscanos bautizaron con los mismos nombres los poblados indígenas
atomizados en la sierra: San José, Santa María, Santa Catalina, San Francisco y
todos los santos que se les ocurrían.
En cambio, si digo Santa Cruz Xitla y agrego
que pertenece al distrito de Miahuatlán muchos podrán trazar sus coordenadas
porque esta población es conocida al menos por tres hechos: allí fue donde
Porfirio Díaz y su Ejército de Oriente derrotaron a los franceses el tres de
octubre de 1866; allí fue el epicentro para apreciar el eclipse total de sol
ocurrido el siete de marzo de 1970, y allí fue la puerta de entrada a la sierra
adonde los hippies más golosos iban en busca de hongos alucinógenos.
Xitla (“Lugar de
estrellas”) es una aldea situada catorce kilómetros al poniente de Miahuatlán.
De terrenos áridos y pedregosos, algunos la consideran una de las primeras
poblaciones de la sierra, y otros la tienen como una de las últimas del valle.
Si consideramos la orografía y consistencia de su terreno, tiene más de valle
que de sierra, y este hecho es el que definió el carácter de los xitecos que conocí.
Con tierras magras para la agricultura, sin abundantes periodos de lluvia y un
terreno casi yermo, los xitecos debieron inventar otras formas de
sobrevivencia. Una de ellas fue el comercio.
Pequeños, enjutos,
pero duros como un resistente cuero viejo, se internaban en la sierra
acompañados de uno o dos borricos. Eran capaces de caminar día y noche sin que
el cansancio pudiera vencerlos; bajo el sol o la lluvia, contra el viento y las
sombras, avanzaban tenaces y sólo se detenían cuando habían llegado a un
ranchito donde el cacarear de las gallinas, el verdor de los platanares o los
campos cuadriculados de aromáticas piñas les indicaban que podían trocar esos
productos por el jabón y la panela que llevaban consigo. Algunas veces llevaban
también agujas, hilos y tal vez unos metros de percal que, sabían, los serranos
requerían con urgencia. Entonces no sólo intercambiaban los productos que
llevaban del valle, sino que hacían algunas ventas extras con la que podían
comprar un cerdo o chivos que representaban más ganancias.
Siempre eran justos,
nunca se sobrepasaban. Cuando las piñas o el plátano maduraban en los huertos,
o se habían reunido suficientes “blanquillos”, todos deseaban que llegara “el
xiteco”. A mí me asombraba que llevaran también unas piedras cuadrangulares o
romboidales en el lomo de sus asnos, como para equilibrar la carga; esto era
porque los campesinos las compraban para afilar sus machetes y cuchillos. La
prueba para un pretendiente era afilar un gran machete, sacarle un agudísimo
filo y luego pasar por encima el pulgar, como si se tocara una cuerda; si
producía un sonido melodioso y vibraba en el aire, se trataba de un buen filo y
el pretendiente pasaba la prueba ante padre y hermanos de la muchacha. Para eso
eran las piedras volcánicas que sólo se conseguían en la pedregosa zona de los
xitecos. También llevaban unos grandes cestos tejidos de carrizo, la única
planta que crecía en sus arroyuelos resecos.
Yo me entretenía
mirando cómo empacaban los huevos para que no se rompieran. Los envolvían con
hojas secas de maíz, los ataban y luego los acomodaban uno a uno, casi con ternura,
en unos canastos. Para los plátanos usaban unas amplias redes llamadas
barcinas. Primero las llenaban de hojas secas con las que creaban una especie
de forro y sobre éste iban colocando las pencas. Cada red debía pesar cuarenta
o cincuenta kilos, dependiendo de la resistencia del asno que las llevaría. Era
increíble cómo podían soportar fardos tan pesados, ochenta o cien kilos en
total. Los burritos se parecían a sus amos: pequeños, mansos, resistentes.
Alguna vez, bajo una lluvia intensa, me tocó presenciar cómo sus pezuñas
resbalaban sobre las duras piedras cubiertas de lodo, los borricos caían y
luego se volvían a levantar resoplando
por sus amplias fosas nasales. Nada los detenía, ya fuera que chapotearan entre
el lodo, avanzaran sobre la roca dura o se hundieran en la candente arena.
Cuando empecé a
viajar con mi papá, para mí era una alegría encontrar a un xiteco en los
parajes solitarios de la sierra. Me oprimía tanta soledad y el mutismo de mi
padre. Además, los xitecos sabían todo sobre el camino. Miraban el cielo para
decidir si las nubes se volverían lluvia o simplemente se alejarían. Por el
verdor de la fronda adivinaban dónde había un aguaje o estaba el mejor pasto. No
acostumbraban acompañar a extraños y entre ellos mismos sólo se juntaban dos o
tres, no hacían grandes grupos. Esto era porque debían economizar al máximo; no
podían parar en un rancho y comprar comida para ellos y pastura para sus
borricos, por ejemplo. Todo lo tomaban del campo, así que era mejor echar a
pastar dos o tres asnos que diez o doce.
Un recuerdo intenso grabado en mi memoria es
el de una noche en que llegamos a una posada, una choza que servía de cocina y
un galerón cubierto y cercado con tejamanil, donde los viajeros podíamos dormir
y proteger la carga. Había llovido toda la tarde y noche y por eso nadie quería
quedarse al descampado. Como llegamos atrasados, la mayor parte estaba ya
ocupada. Así que tuvimos que pasar por sobre varios cuerpos despatarrados sobre
el suelo y entre una singular sinfonía de ronquidos. Con la lámpara de pilas mi
padre iluminaba nuestro avance y fácilmente pude reconocer a los xitecos: eran
los que dormían teniendo una piedra como almohada.
Sin embargo, cuando
pude comprobar su rudeza y fortaleza fue cuando ya era un poco mayor. Me habían
enviado a estudiar a la ciudad y al final del ciclo yo iba a pasar las
vacaciones con mis padres. Aún no había carretera, así que si mi padre no iba
con un caballo por mí, debía llegar caminando. Como en esa ocasión, en la que
para darles una sorpresa no avisé. El problema fue que cuando arribé a
Miahuatlán todos mis paisanos se habían ido; no quedaba nadie para llevarse mi
mochila en alguna de sus mulas. Hallé a tres xitecos y por suerte iban para
allá. Les pregunté si uno de sus borricos podría llevar mi mochila y
contestaron que sí. Saldremos a las tres de la mañana, dijeron.
Allí estuve
puntual, pusieron mi mochila en medio de la carga y comenzamos a avanzar. En
Cuixtla se detendrán para desayunar, pensé; pero no, siguieron como si ya lo
hubieran hecho. Bueno, en algún momento se detendrán para hacerlo, me consolé.
Pero ellos continuaron. Pasamos La Charca, un pequeño lago en el cráter de un
volcán apagado; Santa María, una población que vive de un poderoso afluente
surgido de una montaña; subimos el enorme cerro frente a ella, y en la cima (ya
era mediodía) me acerqué al ranchito donde en otras ocasiones había comido con
mi padre; compré dos tortillas y corrí a alcanzarlos; ni el sol ni el viento ni
los paisajes más excelsos los detenían. Cruzamos Cerro Águila, pasamos los
terrenos de San Miguel y sólo hasta llegar a una densa ocotera, cercanos ya los
terrenos de mi población, se detuvieron un poco. El motivo era que habían visto
tres cacalotes negrísimos (cuervos, supongo) que graznaban en las alturas. Las
aves pasaron raudas y ellos las siguieron con la mirada. Rieron y sólo entonces
uno me dijo.
−¿Sabes para qué
sirven?
−No –le respondí.
−Quien baña sus cabellos en la sangre del
cacalote jamás tendrá canas. Mira a Joaquín –y levantó ágilmente el sombrero
del más viejo−. No tiene ni una cana. ¡Ah, si pudiéramos agarrar uno!
No sabía si
bromeaban o decían la verdad, pero agradecí que por primera vez me hablaran.
Entonces uno de ellos se acercó a un pollino, descolgó una red y extrajo
tortillas duras de su interior. Repartió una a cada uno y siguieron caminando.
¡Dios, eso era su desayuno y comida que tomarían ya cerca de las cuatro de la
tarde! Otro sacó una botella de un bolsillo de su calzón de manta, le dio un
trago y la pasó a los demás. El aire limpio de las montañas esparció el aroma y
supe que era mezcal. El más viejo me ofreció la botella con cierta picardía y
yo aproveché el gesto de confianza para ir a mi mochila y sacar un jugo
enlatado. Rieron, continuaron caminando y comiendo, y de tanto en tanto daban
sorbos a la botella.
Yo tenía las
piernas adoloridas, la boca reseca y sentía fuego en las plantas de los pies
cuando hicieron un alto donde el camino se bifurcaba en dos: uno iba hacia los
ranchos de tierra caliente, por donde ellos seguirían, y el otro continuaba
hacia el pueblo, a corta distancia ya.
−Aquí nos separamos
–dijo el que bajaba mi mochila−, nosotros continuamos para abajo.
−Muchas gracias por
su ayuda –les respondí, al tiempo que me dejaba caer con mi mochila a un lado
del camino. Ya no me pude levantar. Tuve que esperar a que pasara un paisano
para pedirle que avisara a mi casa que vinieran por mí. Habíamos recorrido lo
que normalmente se hacía en dos días en apenas dieciséis horas. Esa era la
fortaleza de los xitecos.
Su suerte cambió. Alguien descubrió que esa tierra
aparentemente estéril era ideal para producir un tipo especial de tomate:
rugoso, dulce, un verdadero pomme de
terre con el cual se prepara la más deliciosa salsa que alguien pueda
probar, y también muchas otras hortalizas y flores. Hoy día Xitla es el vergel
de Miahuatlán. Sus habitantes han mejorado su nivel de vida, traen camionetas,
sus hijos estudian y ya no van a la sierra.
Lo más reciente que
supe de ellos fue el enfrentamiento que tuvieron con los pseudo profesores de
la sección 22. Hartos de los abusos, del abandono en que tienen a sus hijos y
de que jamás han visto un ciclo completo de estudios, exigieron que ya no
regresaran y los echaron cuando éstos quisieron hacerlo. Es la misma reacción
que otras poblaciones de la región han tenido hacia esos parásitos. Y desde
luego, mi solidaridad y mi corazón están con ellos, con los xitecos, esos
héroes anónimos de la montaña.
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