Vargas Llosa
en su cenit
NOÉ AGUDO
Así como los grandes períodos artísticos parecen agotarse
cuando sus rasgos característicos alcanzan su pleno desarrollo y se revelan en
todos sus detalles y nitidez, las etapas creativas de un autor parecen alcanzar
su límite cuando los recursos artísticos que emplea se manifiestan en toda su
desnudez y ya no sorprenden ni seducen al espectador, sino que resultan
conocidos, repetitivos e incluso monótonos. Cualquier obra artística es
reconocida de inmediato como exponente de cierta corriente, del estilo de
determinado autor y es previsible saber lo que vendrá después. El misterio del
arte se agota. La sorpresa, admiración y conmoción que antes provocaba quedan
anulados por el reconocimiento de una obra sin brío, sin misterio ni
originalidad, que ya no nos propone ningún reto, ninguna aventura imaginativa
ni mucho menos el asomo al vértigo de lo inesperado.
Con esto no
quiero decir que el arte deba ser un proceso de experimentación permanente. En
la pintura, la arquitectura, la música o la literatura, se llega a ciertos periodos
armoniosos que los creadores buscan incesantemente ‒casi de forma inconsciente‒
siguiendo sus propios caminos: estilo, personalidad, sensibilidad, cultura y
demás circunstancias que los moldean. Pero es claro que esa búsqueda individual
confluye en un periodo posible de ser caracterizado por varios aspectos en
común, y este es el momento que historiadores como E. Gombrich, W. Fleming o A.
Hausser denominan clásico. A partir de allí inicia un nuevo proceso de búsqueda
no sin repeticiones, imitaciones, síntesis y propuestas extravagantes, que en
su momento son consideradas audaces y novísimas, para después revelarse sólo
como absurdos monumentales. En el camino queda un reducido conjunto de obras
maestras significativas del periodo alcanzado, que se tornan modelos para la
posteridad, y un tiradero de fracasos dignos del olvido.
Lejos estoy
de afirmar que esto ocurra con la más reciente novela de Mario Vargas Llosa, Cinco esquinas, pues la prosa precisa,
el flujo de detalles suministrados con un cálculo casi matemático, los vuelcos
repentinos de la historia, la imaginación juguetona, el ensamble perfecto de
las piezas que el lector va armando con la lectura y cuyo cuerpo completo no se
revela sino hasta el punto final ‒y aun así, con cierta ambigüedad‒ hacen de la
novela una breve obra maestra, tan viva, escurridiza, ágil y nerviosa como una
anguila, muy en la línea arquitectónica de La
casa verde, Conversación en la
catedral o La fiesta del chivo.
La novela
narra varias historias que en cierto momento se entrelazan para confluir en un
solo desenlace: el intento de extorsión hacia un joven empresario peruano por
parte de un representante de ese periodismo amarillista y escandaloso que
satisface el morbo de la gente de todos los niveles sociales; la primera relación
homosexual entre dos mujeres, quienes hacen intervenir al final a sus maridos;
los crímenes de un personaje sólo llamado el “Doctor”, que uno reconoce de
inmediato como Vladimiro Montesinos ‒cerebro y mano derecha de Alberto Fujimori
cuando éste fue presidente del Perú‒; las desgracias de una pareja quijotesca
que seguramente Vargas Llosa hará intervenir en otra novela, como es su
costumbre, pues sus personalidades e historia dan para más y resultan los más
entrañables: el declamador Juan Peineta y Serafín, su gato.
Pero sin duda el personaje y la
historia más sobresalientes son los de la Retaquita, una periodista formada en
la práctica y surgida de los bajos fondos limeños, a quien le toca reemplazar a
Rolando Garro, su jefe, cuando éste es asesinado por su intento de extorsión. (Identifiqué
a varios compañeros periodistas en su figura.) Ella y el fotógrafo Ceferino
Argüello resultan los verdaderos héroes de la novela, y demuestran con sus
acciones que el periodismo de escándalo y amarillista puede servir también para
enfrentar y aun derrotar el poder, por poderoso que sea, sobre todo cuando deja
de depender de éste y debe procurar su sobrevivencia solamente a partir de sus
lectores. (Algo muy distinto a lo planteado por Umberto Eco en su última novela
El número uno, en la que propone
incluso la desaparición física de los diarios, y sólo la aparición de unos
cuantos ejemplares con los que se presionará a igual número de empresarios,
comerciantes y políticos. Es decir, para Eco no hay opción reivindicativa
posible de este tipo de periodismo.)
El
conjunto de historias, trenzadas armoniosa y firmemente como la abundante
cabellera de una joven, recurre a procedimientos ya conocidos por los lectores
del Nobel de Literatura, y con esto vuelvo a la idea inicial de mi artículo.
Quienquiera que haya seguido su
producción novelística sabe que uno de sus principales recursos, ensamblar
diálogos de diferentes personajes en distintas situaciones, pero en tiempos
simultáneos, lo experimentó por primera vez en Conversación en la catedral y es una técnica, depurada hasta el
preciosismo, que su maestro Gustave Flaubert le enseñó en su novela más
conocida, Madame Bovary. El lector
está enterado también que las historias imbricadas para confluir en un mismo
desenlace es un recurso ensayado magistralmente en La casa verde y mucho más
eficaz en La fiesta del chivo o en El héroe discreto. No por repetidas son
menos efectivas, desde luego, solo que ya resultan conocidas. Por otra parte,
el capítulo que me resultó más divertido por la perfección con que imita el
habla, la estructura textual y los recursos de los que se vale el periodismo
amarillista para impactar a sus lectores (el Capítulo XXI), me hizo recordar de
inmediato los partes militares con que está narrada Pantaleón y las visitadoras,
acaso su novela más divertida, y los diálogos de radionovela que emplea en La tía Julia y el escribidor.
Volver a emplearlos no hacen menos
original ni eficaz la novela, ni vuelven menos interesante y deliciosa su
lectura (la leí en apenas cuatro horas), pero el lector se pregunta: ¿está
Vargas Llosa en su cenit como novelista? ¿Habrá llegado a su perfección
clásica? ¿Repetirá estas técnicas y recursos en la siguiente novela?
Lo cierto es que llegar a los ochenta
años (los cumplió el 28 de marzo de 2016) con esa lucidez e imaginación es algo
envidiable. Disfruto sus ensayos un domingo sí y otro no (Piedra de Toque), y siempre los hallo inteligentes, precisos,
informados. Sólo él, de los cuatro grandes del boom literario hispanoamericano (los otros son García Márquez,
Carlos Fuentes y Julio Cortázar), sobrevive y continúa produciendo como el
joven que irrumpió un día de 1962 con una novela que por fin se tituló La ciudad y los perros (Los impostores y La morada del héroe fueron otros nombres pensados para ella). En
esa novela muchos de mis compañeros estudiantes del CCH y yo nos reconocíamos y
jugábamos a imaginar cuál de los personajes podríamos ser. Adivinaron, siempre
me tocaba ser Alberto, el Poeta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario