miércoles, 4 de enero de 2017

VARGAS LLOSA EN SU CENIT

Vargas Llosa en su cenit
NOÉ AGUDO 

Así como los grandes períodos artísticos parecen agotarse cuando sus rasgos característicos alcanzan su pleno desarrollo y se revelan en todos sus detalles y nitidez, las etapas creativas de un autor parecen alcanzar su límite cuando los recursos artísticos que emplea se manifiestan en toda su desnudez y ya no sorprenden ni seducen al espectador, sino que resultan conocidos, repetitivos e incluso monótonos. Cualquier obra artística es reconocida de inmediato como exponente de cierta corriente, del estilo de determinado autor y es previsible saber lo que vendrá después. El misterio del arte se agota. La sorpresa, admiración y conmoción que antes provocaba quedan anulados por el reconocimiento de una obra sin brío, sin misterio ni originalidad, que ya no nos propone ningún reto, ninguna aventura imaginativa ni mucho menos el asomo al vértigo de lo inesperado.
            Con esto no quiero decir que el arte deba ser un proceso de experimentación permanente. En la pintura, la arquitectura, la música o la literatura, se llega a ciertos periodos armoniosos que los creadores buscan incesantemente ‒casi de forma inconsciente‒ siguiendo sus propios caminos: estilo, personalidad, sensibilidad, cultura y demás circunstancias que los moldean. Pero es claro que esa búsqueda individual confluye en un periodo posible de ser caracterizado por varios aspectos en común, y este es el momento que historiadores como E. Gombrich, W. Fleming o A. Hausser denominan clásico. A partir de allí inicia un nuevo proceso de búsqueda no sin repeticiones, imitaciones, síntesis y propuestas extravagantes, que en su momento son consideradas audaces y novísimas, para después revelarse sólo como absurdos monumentales. En el camino queda un reducido conjunto de obras maestras significativas del periodo alcanzado, que se tornan modelos para la posteridad, y un tiradero de fracasos dignos del olvido.   
            Lejos estoy de afirmar que esto ocurra con la más reciente novela de Mario Vargas Llosa, Cinco esquinas, pues la prosa precisa, el flujo de detalles suministrados con un cálculo casi matemático, los vuelcos repentinos de la historia, la imaginación juguetona, el ensamble perfecto de las piezas que el lector va armando con la lectura y cuyo cuerpo completo no se revela sino hasta el punto final ‒y aun así, con cierta ambigüedad‒ hacen de la novela una breve obra maestra, tan viva, escurridiza, ágil y nerviosa como una anguila, muy en la línea arquitectónica de La casa verde, Conversación en la catedral o La fiesta del chivo.
            La novela narra varias historias que en cierto momento se entrelazan para confluir en un solo desenlace: el intento de extorsión hacia un joven empresario peruano por parte de un representante de ese periodismo amarillista y escandaloso que satisface el morbo de la gente de todos los niveles sociales; la primera relación homosexual entre dos mujeres, quienes hacen intervenir al final a sus maridos; los crímenes de un personaje sólo llamado el “Doctor”, que uno reconoce de inmediato como Vladimiro Montesinos ‒cerebro y mano derecha de Alberto Fujimori cuando éste fue presidente del Perú‒; las desgracias de una pareja quijotesca que seguramente Vargas Llosa hará intervenir en otra novela, como es su costumbre, pues sus personalidades e historia dan para más y resultan los más entrañables: el declamador Juan Peineta y Serafín, su gato.
Pero sin duda el personaje y la historia más sobresalientes son los de la Retaquita, una periodista formada en la práctica y surgida de los bajos fondos limeños, a quien le toca reemplazar a Rolando Garro, su jefe, cuando éste es asesinado por su intento de extorsión. (Identifiqué a varios compañeros periodistas en su figura.) Ella y el fotógrafo Ceferino Argüello resultan los verdaderos héroes de la novela, y demuestran con sus acciones que el periodismo de escándalo y amarillista puede servir también para enfrentar y aun derrotar el poder, por poderoso que sea, sobre todo cuando deja de depender de éste y debe procurar su sobrevivencia solamente a partir de sus lectores. (Algo muy distinto a lo planteado por Umberto Eco en su última novela El número uno, en la que propone incluso la desaparición física de los diarios, y sólo la aparición de unos cuantos ejemplares con los que se presionará a igual número de empresarios, comerciantes y políticos. Es decir, para Eco no hay opción reivindicativa posible de este tipo de periodismo.) 
              El conjunto de historias, trenzadas armoniosa y firmemente como la abundante cabellera de una joven, recurre a procedimientos ya conocidos por los lectores del Nobel de Literatura, y con esto vuelvo a la idea inicial de mi artículo.
Quienquiera que haya seguido su producción novelística sabe que uno de sus principales recursos, ensamblar diálogos de diferentes personajes en distintas situaciones, pero en tiempos simultáneos, lo experimentó por primera vez en Conversación en la catedral y es una técnica, depurada hasta el preciosismo, que su maestro Gustave Flaubert le enseñó en su novela más conocida, Madame Bovary. El lector está enterado también que las historias imbricadas para confluir en un mismo desenlace es un recurso ensayado magistralmente en La casa verde y mucho más eficaz en La fiesta del chivo o en El héroe discreto. No por repetidas son menos efectivas, desde luego, solo que ya resultan conocidas. Por otra parte, el capítulo que me resultó más divertido por la perfección con que imita el habla, la estructura textual y los recursos de los que se vale el periodismo amarillista para impactar a sus lectores (el Capítulo XXI), me hizo recordar de inmediato los partes militares con que está narrada Pantaleón y las visitadoras, acaso su novela más divertida, y los diálogos de radionovela que emplea en La tía Julia y el escribidor.
Volver a emplearlos no hacen menos original ni eficaz la novela, ni vuelven menos interesante y deliciosa su lectura (la leí en apenas cuatro horas), pero el lector se pregunta: ¿está Vargas Llosa en su cenit como novelista? ¿Habrá llegado a su perfección clásica? ¿Repetirá estas técnicas y recursos en la siguiente novela?

Lo cierto es que llegar a los ochenta años (los cumplió el 28 de marzo de 2016) con esa lucidez e imaginación es algo envidiable. Disfruto sus ensayos un domingo sí y otro no (Piedra de Toque), y siempre los hallo inteligentes, precisos, informados. Sólo él, de los cuatro grandes del boom literario hispanoamericano (los otros son García Márquez, Carlos Fuentes y Julio Cortázar), sobrevive y continúa produciendo como el joven que irrumpió un día de 1962 con una novela que por fin se tituló La ciudad y los perros (Los impostores y La morada del héroe fueron otros nombres pensados para ella). En esa novela muchos de mis compañeros estudiantes del CCH y yo nos reconocíamos y jugábamos a imaginar cuál de los personajes podríamos ser. Adivinaron, siempre me tocaba ser Alberto, el Poeta.    

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