viernes, 6 de enero de 2017

UNA DE ALCOHOL Y MAGIA

UNA DE ALCOHOL Y MAGIA
(5/I/2017)

Llevaba cinco días bebiendo. A veces mezcal, a veces tequila. Cuando el sol avanzaba y hacía un poco de calor tomaba tres o cuatro cervezas para, según yo, hidratarme, y ese era el único líquido que bebía para atenuar un poco el devastador efecto del tequila y el mezcal. No suelo comer cuando bebo, así que mi hígado se encarga de procesar solamente alcohol y pienso que eso facilita su tarea. En ese quinto día bebía en un bar estrecho y alargado, en la calle principal de aquel poblado. A esa hora yo era el único parroquiano. Estaba sentado en la mesa del fondo, y las miasmas del alcohol y los sedimentos del humo de los cigarrillos que se consumían principalmente por la noche se acumulaban en ese espacio y casi se podían partir con un cuchillo. No había ninguna ventana. El aire para ventilar el lugar era el que podía entrar por la puerta, que por suerte era amplia, pues se trataba de una cortina de metal. Sin embargo el ambiente, al igual que mi mente, estaba como aletargado. Era irrespirable pero, ¿adónde ir? Seguramente ya era el mediodía porque sentía un vacío y lumbre en mi estómago; por eso apuré las copitas de mezcal, pues su aroma me daba la engañosa sensación de que también ingería alimento. Me atendía un hombre silencioso y pacífico, que se extrañó cuando le dije que no pusiera música. Se fue a sentar a un banco alto de la barra, y desde ahí miraba de reojo cuando vaciaba mi copa para de inmediato venir a llenarla. De pronto llegó un muchacho que también pidió un mezcal. Primero estuvo en la barra y luego que bebió tres copas y se achispó vino a mi mesa. “Soy Julián”, me dijo, “estaba esperando a ver si me reconocía”. Entre la espesa niebla de inconciencia que a esa hora cubría mi cerebro pude recordar quién era. Tocaba y cantaba en un grupo para el que también componía corridos y canciones. Siéntate, le dije, y pide lo que quieras, yo te invito. “¿Cuándo llegó?”, me preguntó. De mala gana le dije que hacía una semana; para ahorrarme más respuestas le dije que había venido a buscar a mi amigo (a quien conocía, pues él me lo había presentado), pero al no encontrarlo me había puesto a beber. Me miró con curiosidad: ¿Cómo un hombre que no es de esta población se puede dedicar a beber por más de una semana?, parecía decirme con su mirada. Lo estoy esperando, le dije, me han dicho en su casa que llegará este fin de semana. “¡Pon música, tú, Secundino!”, dijo al individuo que nos atendía. “El señor no quiere”, contestó el hombre. “Quiero que escuche ‘Calles de tierra’”, dijo para convencerme, “es la última composición que he hecho y está dedicada a este pueblo”. Está bien, dije al cantinero, póngala. La música me adormeció (lo que temía) y sólo recapacité cuando me preguntó qué me había parecido. Bien, bien, le dije. El local se había oscurecido, el ambiente se volvía cada vez más opresivo y tenía necesidad de respirar aire puro. Vamos a un lugar más ventilado, le propuse, donde podamos mirar hacia el exterior. Pensó un momento y luego dijo: “Vamos donde Carmela”. Cóbrame todo, pedí al cantinero, y tú busca un vehículo para irnos. Pagué, el muchacho salió a la calle y en un segundo regresó. “Listo”, me dijo, y salimos a una calle esplendorosa, iluminada por el deslumbrante sol de las tres de la tarde, que parecía hacer crepitar las paredes y el piso de cemento. El vehículo era una motocicleta adaptada como taxi que conducía una chica. Apenas si nos miró y preguntó dónde íbamos. “Allá donde Carmela”, respondió Julián, “adelante del panteón”. Bueno, dijo la muchacha, y arrancó la moto. Primero la calle era llana, pero en un recodo iniciaba una pendiente muy inclinada; pensé que tal vez no subiría por nuestro peso, pero la conductora hizo rugir el motor y subió sin problema. El paisaje cambiaba. Por primera vez veía un horizonte lejano, de montañas azuladas, y un amplio espacio vacío que formaban las partes bajas y las pendientes de los cerros. Avanzábamos por una parte plana de la calle y ráfagas de aire golpeaban nuestros rostros; tuve un momento de lucidez y sentí temor. ¿Dónde voy? ¿A qué voy?, pensaba mientras el vehículo recorría veloz esa parte del camino donde ya no había casas, sino un campo verde repleto de arbustos y monte cuyas ramas se doblegaban lánguidas al ardiente sol de la tarde. “Allí es”, señaló Julián con su dedo, y apuntó a una casa construida con tablones y techo de tejas a la orilla del camino. El lugar estaba rodeado de altos árboles, con distintas tonalidades de verde, y esto me puso de buen humor. Di un billete a la chica y le pedí que volviera en dos horas. Está bien, dijo, y se fue. Pasamos a la casa y nos sentamos en unas sillas blancas, de plástico, alrededor de una mesita verde. “¿Qué van a tomar?”, preguntó una mujer (quien supuse que era Carmela), mientras secaba sus manos en su delantal. “Él, mezcal”, dijo Julián, “a mí tráigame una cerveza”. No, no, espera. Yo también quiero una cerveza, llegó la hora de hidratarme, dije. La mujer fue hacia un refrigerador repleto de cervezas y yo me acerqué a mirar. Las botellas estaban empañadas, cubiertas por una delgada escarcha y esto garantizaba que estuvieran heladas, justamente como las necesitaba a esa hora. Bebimos dos, tres; llegaban hombres que conocían a Julián, bebían también una y luego continuaban su camino. No recuerdo cuántas cervezas había tomado ni cómo llegué al lugar donde estaba, pero cuando recuperé la conciencia me vi en una choza muy humilde, cercada con varas y rodeada de una espesa fronda; estaba sentado en una silla y en la mano derecha tenía una enorme tortilla de maíz, doblada, que comía así, pura, sin nada en su interior. A cada bocado que daba la mente se me iba aclarando y vi que la choza tenía piso de tierra; una viejita estaba sentada cerca del fogón, colocado en el suelo, y supuse que ella había calentado allí la tortilla que comía. Ubiqué el lugar y supe que estaba abajo del camino y de la casa donde bebimos las cervezas. Pero, ¿cómo llegué aquí? Terminé la tortilla, tuve una sensación de bienestar y mi mente se despejó. Busqué dinero en mi bolsillo para entregarlo a la viejita, pero ella hizo un ademán para decir que no, que no le diera nada. Se puso de pie, era pequeñita, un rostro arrugadísimo donde sus ojos negros brillaban con fuerza extraordinaria. “Cuídese. Lo esperaba, pero cuídese. Está acabando con su suerte” me dijo. La miré sorprendido, incrédulo. ¿Me conoce?, pregunté. “Sí, usted escribió sobre nosotros, por eso sé quién es”. Vi unas piedras, colocadas a manera de escalones, que indicaban un camino minúsculo, estrecho, que tal vez un hombre joven librara a grandes zancadas, pero no esta diminuta mujer. Volteé a mirarla nuevamente y ella sonreía, parecía una carita sonriente de los huastecos. “Ande, vaya, cuide su suerte, no la desperdicie más”, me recomendó a manera de despedida. Cuando encumbré y salí al camino un aire fresco envolvió mi rostro. Respiré profundamente, a mis anchas, y entonces noté cómo las copas de los árboles se movían suavemente, como si fuesen las apacibles aguas de un mar verde que me hubieran depositado sobre una playa segura. 

   

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