domingo, 8 de enero de 2017

Los nuevos héroes

LOS NUEVOS HÉROES
(08/I/2017)
Yo callé males sufriendo
y sufrí penas callando.
Callé por mucho temor,
temo por mucho callar.
                                                                                                                                               Jorge Manrique

Empapada nuestra historia en sangre, sembrada sus diversas etapas por héroes y mártires que sucumben estoicos ante la superioridad y vileza del adversario, en sus páginas parece no haber lugar para quienes contribuyen, de manera menos estridente, con pequeñas pero indispensables acciones que llevan o han llevado finalmente a los grandes y profundos cambios.  
El imperio azteca no hubiera existido de no ser por ese hábil ideólogo llamado Tlacaélel, consejero (cihuacóatl) de emperadores, que inventó una historia a la altura del pueblo elegido para señorear el Anáhuac; la guerra de Independencia suele atribuirse al llamado del cura Miguel Hidalgo, pero se olvida la paciente labor cultural que hicieron antes los jesuitas, sabios como José Antonio Alzate, Francisco Xavier Clavijero y Fray Servando Teresa de Mier, sin cuyas ideas los criollos no hubieran adquirido la noción de identidad nacional; la Reforma es impensable sin las visionarias ideas de Mora, Ocampo, Juárez y Lerdo de Tejada; y hay un excelente libro para conocer quiénes fueron los precursores intelectuales de la Revolución de 1910 (James D. Cockroft, Precursores intelectuales de la Revolución Mexicana, Siglo XXI, 1971) y así sucesivamente.
Hay otros héroes, menos visibles y carismáticos, muchas veces anónimos, pero sin cuya acción las grandes hazañas de un pueblo simplemente no existirían. El problema con nuestra historia es que casi siempre el ideólogo se ha fundido y confundido con el hombre de acción, y por eso la labor discreta de los demás es relegada o simplemente olvidada. Sin hablar de los ejércitos y huestes de millares de hombres que han participado y sacrificado su vida de manera anónima.
            La Medalla Belisario Domínguez, entregada en su más reciente edición a un modesto ingeniero que salvó la vida de numerosas personas a cambio de la suya, me parece un signo de los nuevos tiempos que vive México. Si fue otorgada post mortem a Gonzalo Rivas Cámara no fue porque el Senado buscara con lupa a un héroe por toda la República y finalmente lo hubiera encontrado. Fue porque contó con el apoyo de numerosos articulistas y escritores que se encargaron de proponerlo y recordarlo. Especialmente de quien lo propuso inicialmente, Luis González de Alba,  quien a cada entrega de sus artículos insistía en que se debería otorgar la Belisario Domínguez a Gonzalo Rivas. Al final, y después de desaparecido también él (González de Alba se suicidó el 2 de octubre), ambos fueron reconocidos.
Este hecho nos ilustra acerca de la influencia de la opinión pública respecto a la toma de decisiones; nos enseña que, a pesar de que la decisión de proponerlo se hallaba en manos de un partido conservador (el PAN), éste tuvo que aceptar la propuesta aunque tal vez hubiera preferido a uno de los suyos o a un empresario para recibir tal reconocimiento; nos da luces también sobre el hecho de que, cualquier acción que no cuente con el apoyo y aceptación de la sociedad, está condenada a fracasar; cuando los normalistas de Ayotzinapa y sus simpatizantes criticaron y se opusieron a la propuesta, porque según ellos “criminalizaría” su movimiento, no tuvieron eco. En todo caso ellos solos se criminalizan (la gasolinera fue incendiada el 12 de diciembre de 2011) porque el método de vandalizar, destruir y robar vehículos, incendiar oficinas públicas y de partidos políticos, cerrar carreteras, secuestrar y saquear camiones de mercancías, etc., se volvieron una constante después de la desaparición de los normalistas, así como de las movilizaciones de los integrantes de la CNTE, CETEG y los grupos de pseudo anarquistas que se infiltran en las marchas. Así pues, ¿quién criminaliza a quién?
Hay muchos casos más en que el poder político ha tenido que aceptar una propuesta o cancelar acciones ante las protestas y expresión vigorosa de la sociedad, o de al menos de ese sector que puede hacerse escuchar. Recuerdo ahora el caso de Lady Profeco, cuyo padre, Humberto Benítez, tuvo que renunciar como titular de la Profeco ante el escándalo que la hijita armó en un restaurante donde no quiso esperar a que se le asignara mesa; del titular de la Conagua, David Korenfeld, quien también tuvo que renunciar después de que se divulgara el uso particular que hacía de los helicópteros de la Conagua; de la marcha atrás, por parte de la presidencia de la República, en su intento por hacer del actual procurador, Raúl Cervantes Andrade, el primer fiscal de la República; del desechamiento por parte de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de la peregrina propuesta perredista de replicar toda información que ellos consideraban que los afectaba, con todo y que fuera verdad, etc. No digo que todo funcione a la perfección, como en una sociedad democrática madura, y que México ya sea Suecia o Dinamarca, pero es indudable que una nueva especie de actor está emergiendo en el país, y como universitarios debemos contribuir a su fortalecimiento para lograr una mejor y mayor participación, pero sobre todo para que logre resultados. Me refiero a la ciudadanía.
Por eso debemos apoyar las protestas y marchas pacíficas de la población contra el alza de la gasolina (véase la nota final), pero también debemos rechazar enfáticamente los saqueos y las acciones vandálicas, pues no solo denigran la participación ciudadana y la distorsionan, sino que anulan su propósito. Por eso es importante articular ideas y opiniones bien fundamentadas, y no mensajes de odio ni memes cábulas.    
Varias veces he lamentado que la UNAM, un lugar donde deberían primar la libertad de expresión, la crítica, la tolerancia y la transparencia, condiciones sin las cuales no son posibles la enseñanza, el cultivo de las ideas y el conocimiento mismo, mantenga aún ciertos espacios donde se reproducen los peores vicios del viejo sistema político: la simulación, el nepotismo, la discrecionalidad, la corrupción y la aplicación de la normatividad universitaria a conveniencia y capricho de ciertos funcionarios.
La mayoría hemos sido testigos o víctimas de alguno o varios de estos vicios, pero en lugar de actuar para desterrarlos, los toleramos con nuestro silencio, apatía o temor; o peor aún, los fortalecemos con el silencio cómplice que dicta la conveniencia. Sin embargo, lo que mayormente contribuye a crear y preservar estos vicios es la organización vertical de la UNAM, y muy especialmente del CCH. Los órganos de representación y defensa de la comunidad están supeditados a las autoridades, que los usan para su beneficio y conveniencia, pero no para atender ni mucho menos para defender a la comunidad.
Tomemos el caso del Consejo Técnico del CCH, que es el máximo órgano de representación colegiada de nuestra institución: quien lo preside y convoca es el director general, o el secretario general en su ausencia, y quienes lo integran son los directores de los planteles; los consejeros profesores y alumnos son allí solamente decorativos, pues tanto por su número como por su función no tienen ninguna facultad decisoria, ni mucho menos pueden plantear y tratar problemas que aquejan realmente a la comunidad docente y estudiantil. ¿A qué se reduce entonces su función? Pues sirve solamente para avalar decisiones del director general y para aparentar que se toma en cuenta a la comunidad en cuestiones que la afectan. Sólo simulación. Y así con el Consejo Interno, con las diversas comisiones y demás instancias de “representación”.
Esta farsa, que debería avergonzarnos, es una calca exacta de cómo funcionaba el viejo sistema político del país; pero funcionaba para otros tiempos, para otro México que tiende a desaparecer ante su apertura al exterior, ante la presencia de medios de información que ya no dependen de las dádivas del gobierno, ante la irrupción de una pujante sociedad civil y (para bien o para mal) ante la competencia partidaria. Sin embargo, en la UNAM y el CCH seguimos como si nada pasara, pues aquí no existe ninguno de esos factores. Los nombramientos, como son los del rector y el director general del CCH, se siguen haciendo por un grupito de notables que atiende —antes que a la comunidad universitaria— los equilibrios políticos; los nombramientos de los directores de planteles se siguen haciendo por dedazo máximo del director general, que cuida sus propios intereses y no los de profesores, alumnos y empleados (alguien que desee actuar con un mínimo de autonomía y criterio propio, apegado a la normatividad, por cierto, es cesado de inmediato, como lo vimos en el plantel Vallejo con el actual director general, Jesús Salinas).
¿Dónde están los medios de información para denunciar la corrupción, ineptitud, nepotismo, favoritismo, despotismo y persecución contra algunos profesores que practican las autoridades (como las actuales del CCH)? El día se les hace corto a sus empleaditos, con vocación de censores, para revisar con lupa cada párrafo, línea, frase y palabra de sus órganos de comunicación interna que nadie lee. No se vaya a colar algo que afecte la reputación del “doctor”, “maestro”, “señor licenciado”, que es tenido y temido como un dios. Una sola gaceta que circulara como este escrito y fuera editada con sentido crítico por profesores y alumnos bastaría para acabar con semejantes ridículos, acotar los vicios que hoy gozan de espléndida salud y contribuir a crear un ambiente auténticamente universitario. Pero cuando la propusimos e hicimos dos o tres números fue una prédica en el desierto.
Hay mucho temor, no actuamos como ciudadanos, no tenemos esa actitud crítica que supuestamente debemos enseñar a nuestros alumnos, o la reducimos tan solo a enseñar a gritar dicterios contra el gobierno, mas no contra los que han envilecido la vocación de servicio, pervertido la función y formación de los profesores, perdido el modelo original del Colegio y dañado como nunca la educación en este nivel.
¿Por qué es necesario crear ciudadanía, y enseñarla con el ejemplo? Por la precariedad en que trabajamos y los resultados que así obtenemos. Si tuviésemos una condición estable de trabajo, salarios decorosos y no dependiéramos para muchos asuntos, sobre todo los de nuestra promoción, de la aquiescencia de las autoridades, tal vez todo esto a pocos importaría. Nuestros méritos valdrían por sí mismos. Pero, además, somos profesores. Recuerdo una entrevista que me hicieron cuando un grupo de “paristas” tomó la dirección general y después rectoría. ¿Por qué siempre tomas, paros, cierres?, me preguntaba el reportero. Porque no enseñamos a participar en democracia, porque los canales para la expresión de la comunidad no existen, son solo simulación, fingimiento. Así que, ¿qué queda? La fuerza, los actos de fuerza, respondí. Y ahí estamos, sentados sobre un polvorín.
Soy un partidario total de la democracia y tengo una absoluta convicción de que algún día lograremos que prevalezca en este país un auténtico estado de derecho, donde la ineptitud, la corrupción y la arbitrariedad ya no tengan cabida. También he dicho que me parece una contradicción brutal que donde se enseña el derecho sea el primer lugar donde no se aplica y no exista. Y que la opacidad, la discrecionalidad y la ausencia de transparencia son inconcebibles en un lugar donde se educa y se aprende. Por otra parte, los doctores Sara Sefchovich, Mauricio Merino, Moisés Naím y tantos otros estudiosos nos enseñan que son las pequeñas acciones las que inician las grandes transformaciones, y que estas pequeñas acciones las debemos empezar por aplicar en nuestra propia comunidad. Y con esto vuelvo al planteamiento inicial de este artículo. 
Los tiempos actuales demandan nuevas formas de participación. Si en los años sesenta y setenta un puñado de hombres, quizá los más valiosos de México, se decidieron incluso por la lucha armada, esto se comprende porque los canales de participación estaban cerrados, la crítica y las acciones para propiciar un cambio se hacían imposibles bajo un régimen monolítico, autoritario e insensible a las demandas de la sociedad. Hoy esta situación es diferente. Dígase lo que se diga, hay libertad de prensa, de expresión, de reunión, de tránsito y sobre todo libertad de elegir a los gobernantes, menos en el CCH. Son las libertades democráticas que a los ciudadanos nos corresponde ensanchar mediante su ejercicio y la exigencia de su cumplimiento, como debemos hacer en el CCH y la UNAM. “La democracia no es un sistema político sino un estilo de vida” ha dicho Octavio Paz, y coincido plenamente con su afirmación. No solo debemos enseñar sino actuar en democracia.
Por eso tuve la osadía de escribir y firmar lo que escribo. De tanto escuchar y leer palabras como pluralidad, libertad de expresión, tolerancia, valores universitarios, etc., creí que había regresado a ese espacio libertario donde estudié mi bachillerato y donde los buenos profesores fueron un gran ejemplo para mi formación como persona. Sin embargo eran solo palabras, simulación que ocultaba la defensa de los más mezquinos intereses, además de ineptitud, corrupción y cinismo. Sabía a lo que me exponía si escribía pero continué y continuaré escribiendo. Creo, como dice Mauricio Merino, que tenemos “que hacernos cargo de que la vida pública nos pertenece a todos y debemos poner en marcha la revolución de las conciencias, que todavía no ha sucedido en México.” Lean el artículo (“2017, otra revolución” en El Universal, 28/XII/2016), de verdad es bueno; se encuentra en la hemeroteca digital de ese diario.
Hoy, en el CCH requerimos no solo la actualización de los programas de estudio, sino también la adecuación a los nuevos tiempos de su estructura de gobierno. No lo digo yo, sino varios universitarios distinguidos como Ambrosio Velasco, Tatiana Sule, Axel Didrikson y varios más quienes en mayo de 2016 organizaron el “Primer Foro Deliberativo. La Universidad que Queremos”. Hoy requerimos también la sanción de la comunidad hacia los directivos; la acotación de las atribuciones de los directores; la rendición de cuentas y el cumplimiento estricto de la Ley de Responsabilidades de Servidores Públicos que, como tales, están obligados.
Esto, más la recuperación de los espacios de representación y deliberación que la normatividad del Colegio nos otorgó, el saneamiento de nuestras academias, ejercer la libertad de opinión, lograr mejores condiciones de trabajo, son las tareas que como pacíficos ciudadanos podemos realizar. No son acciones grandiosas ni de gran relumbrón, sino sencillas, pequeñas, discretas, pero que pueden dar pie a las grandes transformaciones que nuestra Universidad, el CCH y nuestros jóvenes se merecen. Es el tiempo de la ciudadanía, el que nos han enseñado que expresiones como la propuesta de Gonzalo Rivas para recibir la Medalla Belisario Domínguez, el de la corrección o marcha atrás que el poder político ha tenido que hacer con respecto a decisiones que la afectan, influyen positivamente en nuestro ánimo y es el que demostraremos todo su peso en 2018.

NOCHE DE COPAS

Durante la fiesta de fin de año por el 45 aniversario del CCH ocurrió lo siguiente: De manera comedida, el profesor se acercó, saludó y planteó sin ambages su opinión: creo que este clima de persecución y deterioro que vive el CCH debe terminar; es preocupante lo que vivimos, especialmente el caso del profesor Noé Agudo. Lo siento mucho, tengo pruebas contundentes al respecto, contestó el director general (no entrecomillé porque no es una cita textual, sino lo que recuerdo de la conversación). Si tiene pruebas contundentes, ¿por qué impide entonces que el proceso se apegue a derecho? ¿Por qué instruye a la Oficina Jurídica del plantel Vallejo a que dé marcha atrás (en dos ocasiones) en la resolución del caso? ¿Por qué, de manera extra oficiosa, nos enteramos que ha solicitado a la Comisión Mixta de Conciliación y Resolución darle largas indefinidas a la resolución que debe emitir? ¿Cree que con mantenerme fuera me abstendré de denunciar su corrupción y arbitrariedad? ¿Es eso lo que un señor doctor, un director general hace: utilizar recursos y personal del Colegio para perjudicar a un simple profesor de asignatura? ¡Vaya catadura de funcionario para una institución educativa! Pero, eso sí, a sus allegados no solo los excluye de cualquier investigación, sino que los atrae y les otorga cargos cercanos a él (ya daré los nombres en su momento) para protegerlos y arroparlos mejor. Recuerdo hoy, como si fuera ayer, un día que nos encontramos de frente en el lugar donde los profesores firmamos: “Oye, están muy bien tus artículos, muy acertados, continúa con ellos” me dijo. Yo no lo conocía, ni siquiera sabía quién me había hablado. Es Jesús Salinas, me dijo alguien, fue director del plantel Vallejo. Desde luego, la directora general del CCH era en esos días Lucía Laura Muñoz Corona, a quien él pensaba remplazar y por eso veía muy bien la crítica. Debo reconocer que al menos Muñoz Corona no tuvo ese espíritu vengativo que a él lo caracteriza.

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