MÉXICO EN LLAMAS
(4/I/17)
Casi siempre las revoluciones en el mundo las inician las clases medias e ilustradas, nunca el pueblo llano que supuestamente no soporta las condiciones de injusticia y miseria. Con la liberalización del precio de las gasolinas y su consecuente alza han tocado la parte más sensible de la clase media y es lógico suponer que este disgusto avive como material inflamable la irritación del grueso de la población. Ha sido una medida desafortunada y a todas luces inoportuna, que se produce además en medio del derroche, la ostentación, la corrupción e impunidad de la clase política. Si bien el gobierno federal tratará de explicar por todos los medios que no le quedaba otra que más que aplicar esta dolorosa medida, la gente no entenderá los efectos positivos que pueda traer a mediano plazo. Lo que sí comprende es que un alza general a los precios de todos los productos (sobre todo los de la canasta básica) y del transporte ya no los puede soportar sin empleo, con salarios cada vez más miserables para quienes aún lo tengan y sin las prestaciones mínimas para sobrevivir. Conviene revisar quiénes se han beneficiado con la reforma laboral y han creado al vapor compañías outsourcing para expoliar a su población como otras naciones europeas lo hicieron durante los siglos XVIII y XIX; revísense y se darán cuenta que la mayor parte de dichas empresas son de la clase política, no por nada cuando las propias agrupaciones empresariales dijeron que el salario mínimo debería ser de por lo menos 90 pesos diarios, el gobierno federal dijo que ese incremento sería inflacionario y lo situó en 80.04 pesos. Aunque olvidó considerar la inflación en el alza de los combustóleos. Las leyes del mercado no bastan por sí solas para crear un mínimo de igualdad y de bienestar a la población si se las deja actuar por sí solas. Thomas Pinketty y otros economistas han demostrado que la desigualdad se acrecienta, el abismo se profundiza y el capital se concentra cada vez más en unas cuantas manos si el Estado deja actuar por sí solas a esas implacables "leyes". Hará falta mucha sensibilidad e inteligencia por parte del gobierno para apagar el incendio que ha provocado. Sin embargo, la imagen que la clase política ha hecho de sí misma hacen que la población ya no le crea o al menos sea escéptica ante su explicación: con la liberalización del precio de las gasolinas el gobierno ya no subsidiará su costo, el subsidio servirá ahora para aplicarlo al gasto social. ¿Gasto social? ¿Construcciones faraónicas para el Senado y el INE, para otorgar los sueldos más altos del mundo a un poder judicial inepto, para que dirigentes sindicales corruptos dilapiden fortunas con sus familias en gastos extravagantes, para aguinaldos y bonos de fin de año de diputados y senadores que representan cantidades inalcanzables en más de tres vidas laborables para un modesto obrero o profesor, o cantidades fabulosas e inimaginables que gobernadores insaciables saquean en la más absoluta impunidad? Este es el “gasto social” que la población conoce y a esto ha dicho basta. Febrero era el mes que fuerzas desestabilizadoras se habían impuesto como punto de partida para desatar una ola de movilizaciones que les asegurara el triunfo en las ya próximas elecciones; con esta medida el gobierno les adelantó y obsequió la excusa perfecta. Los bloqueos, saqueos y destrucción que veremos en los próximos días serán expresión de esas fuerzas oportunistas que no les importa destruir México con tal de llegar al poder. Su lema no dicho será “Quítate tú para ponerme yo”. Habrá que tener cuidado con ellas pues sólo medrarán con la justa indignación de la población para lograr sus muy particulares fines, aunque fueron ellas mismas las que durante décadas se opusieron a la inversión privada en Pemex para refinar el petróleo crudo. De ahí que la mayor parte del consumo nacional de gasolina deba importarse y su precio se haya elevado. Nuestra solidaridad y apoyo está con la población inconforme, mas no con los que buscan pescar en el río revuelto del desastre nacional.
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