El opio del
siglo XX
NOÉ AGUDO
(22/I/2017)
Considero que el profesor es un trabajador intelectual, y
como tal debe ejercer una absoluta independencia de criterio. Un intelectual no
puede realizar su trabajo crítico si se afilia a una secta, partido o
ideología, y el buen profesor debe enseñar a dudar, a ser escéptico, a analizar
y mirar desde todos los ángulos posibles un hecho. Así podrá alentar y enseñar
a sus alumnos a que también formen su propio criterio y opinión.
En todo caso, puede simpatizar con un
partido, una ideología y luchar por una causa e incluso ser militante de alguna
organización, si lo hace puertas afuera de la escuela. Hacia adentro debe dejar
de lado toda militancia para inculcar con su actitud la auténtica crítica, que
es la de valorar con independencia cualquier asunto. Si ejerce la crítica
tratando de ganar simpatías hacia un personaje, partido o causa, distorsionará
su visión de la realidad y cancelará su independencia intelectual, pues la
atará a aquello con lo que simpatiza.
Los
marxistas salvaban este problema aduciendo que ellos tenían la versión
científica de la realidad, así que no admitían ninguna crítica al marxismo, y
donde lograron el poder se volvieron los más feroces censores y verdugos de los
supuestos herejes a esta doctrina. Claro, ya no eran las ideas de Marx sino la
versión que los nuevos Savonarolas habían hecho de ellas. Ahora, vistos los
fracasos prácticos y la endeblez teórica de aquella supuesta ciencia, nos damos
cuenta que sólo se trataba de una ideología, mejor armada y más sofisticada tal
vez, pero solo era otra ideología, por muy nobles que fueran sus objetivos. Quienes
siguen creyendo en la validez científica del marxismo, o bien no saben lo que
es una ciencia o creen en el marxismo como en una doctrina religiosa, es decir,
basados solo en la fe.
Muchos
consideran que sostener estas opiniones lo hace a uno ser de derecha. El
funcionamiento de gobiernos, militantes y partidos de izquierda ha demostrado
que esas etiquetas carecen de validez. Los mismos vicios, ambiciones, errores y
obsesión por el poder que tiene la derecha los tiene la izquierda. Las
decisiones perjudiciales o benéficas para la sociedad no tienen signo
ideológico, lo mismo pueden provenir de la derecha que de la izquierda. Así que
las etiquetas son huecas, no dicen nada y sirven tan sólo para eso: para
etiquetar a quien se atreve a pensar diferente y para identificarlo como
adversario o enemigo. El poder es el poder y su ejercicio requiere el
sacrificio o la anulación de todo aquel que lo critica o disputa, y esto lo saben
y practican partidos o líderes de cualquier tendencia; incluso la persecución
es más encarnizada entre compañeros del mismo signo ideológico. La URSS, China
y más de cerca Cuba nos dieron muestras escalofriantes en este sentido: millones
de muertos y casi todos antiguos camaradas, acusados de disidentes y herejes.
Por eso los más acertados teóricos de
la política saben que lo realmente revolucionario es crear normas, instituciones
y mecanismos para contener el poder, así como alentar la crítica y la
participación ciudadana. Y los sistemas políticos que mejor permiten esta serie
de contrapesos, balances y equilibrios son los democráticos, pues allí el poder
no se concentra en una sola persona o partido y existe la libertad de
expresión, asociación y posibilidad de cambiar a los gobernantes mediante el
voto. En México aún hace falta hacer más eficaces estos mecanismos.
No tengo nada contra el marxismo.
Admiro mucho a Karl Marx y de él aprendí ese estilo panfletario de escritura
que de tanto en tanto trato de imitar; por él supe también lo indispensable que
es leer poesía (él leía a Shakespeare y a Heine, entre otros poetas) y a los escritores
clásicos. Su cultura era impresionante. Su disciplina de trabajo y la de Lenin
son admirables; cualquier profesor debería conocerlas para saber que siempre
hay tiempo para leer, escribir y aprender algo más.
Con los que no simpatizo es con quienes
vulgarizan y reducen las ideas de Marx. Y afirmo con absoluta certeza y
convicción que cuando uno abraza una ideología no solo anula su capacidad
crítica, sino la posibilidad de participar en la resolución de los problemas.
Uno se transforma en un catecúmeno, en un sectario que primero busca la pureza
ideológica y sólo después decide si participa o no. Esto da al traste con la
posibilidad de realizar cualquier cambio que beneficie a una sociedad o
comunidad, pues nadie puede presumir de pureza ideológica. Lo que caracteriza
al ser humano es la diferencia, la capacidad de ver cada uno de forma distinta
la realidad. ¡Esto es admirable! Las batallas por la pureza ideológica son las
más encarnizadas e inútiles. Todos se creen poseedores de la versión más pura, y
eso lleva a riñas como las que existieron y existen entre las sectas religiosas
por un dogma o doctrina. El opio del siglo XX fue la ideología marxista. (La
frase no es mía, creo que quien la dijo por primera vez fue el sociólogo y
filósofo francés Raymond Aron.)
Mucho de la división de la izquierda que hoy
padecemos viene de esta tradición. Recuerdo mis años de estudiante en el CCH.
Había grupúsculos troskistas, comunistas, maoístas, guevaristas, castristas,
estalinistas, etcétera, y su denominador común era el desprecio por los otros.
No había solidaridad, compañerismo ni posibilidad de actuar unidos. Algunas
veces debimos mandar al carajo esa pureza ideológica y así logramos actuar por
fin juntos, pero fue en muy pocas ocasiones. Y porque también nos unían la
ingenuidad, la amistad y el deseo de aventura. Pero de mí, por ejemplo, se
burlaban los más adoctrinados porque cuando me preguntaban quién me movía, es
decir, mi corriente ideológica, yo respondía que a mí me inspiraban Zapata,
Villa y por eso mi periodiquito estudiantil se llamaba El Nieto del Ahuizote. Entonces me decían “pinche nacionalista”.
Tal vez algo había de cierto en esto.
Cuando el ingeniero Heberto Castillo y el viejo luchador ferrocarrilero
Demetrio Vallejo, entre otros, fundaron el Partido Mexicano de los
Trabajadores, me afilié a ese partido. Allí hice mi servicio social ayudando a
Flora Huerta Gómez en la edición de la revista del PMT. La generosa declinación
de Heberto Castillo a su candidatura a la presidencia de la República (la cedió
a Cuauhtémoc Cárdenas) me confirmó que sin dogmas y sin una ideología rígida es
más factible pensar y luchar por los intereses de la mayoría. Fue lo más cerca
que estuvo la oposición de tomar el poder, y hay quienes sostienen que Cárdenas
ganó las elecciones.
Por mi profesión de periodista pronto
me di cuenta que no podía ser hombre de partido. Si quería libertad para
criticar vicios y errores, así como para reconocer aciertos, debía ser ajeno a
todo corsé ideológico. Hoy nada me impide aplaudir la eficacia y honestidad de
una delegada como Xóchitl Gálvez, que es del PAN, o de Claudia Sheinbaum, que
es de Morena, y expresar mi simpatía y admiración por la eficiente labor de un
funcionario como José Antonio Meade, quien ha colaborado con gobiernos panistas
y priistas.
Por otro lado, cuando volví al CCH
como profesor (treinta años después que lo dejé siendo alumno) me sorprendió la
apatía, el temor y el nulo valor civil de profesores y estudiantes, que habían
dejado proliferar vicios como la prepotencia, la simulación y la corrupción.
Habían desaparecido la crítica, la libre expresión y la tolerancia. Justamente,
cuando el país empezaba a cambiar en estos aspectos. En lugar del ambiente de libertad
y crítica que había conocido, hallé murmuraciones, chismes, comentarios
soterrados y la circulación de anónimos; en lugar de un activismo por causas justas
e inteligentes, los que simulaban practicarlo hacían activismo para vender
cigarrillos, comida chatarra y otras cosas peores. La toma y uso del auditorio
Justo Sierra en la Facultad de Filosofía y Letras se volvió el epítome
sobresaliente de esto.
Como además estoy convencido de que
las grandes transformaciones se inician con los pequeños cambios que somos
capaces de realizar en nuestro entorno día a día, y como la democracia no
existe si la ciudadanía es incapaz de ejercer sus derechos y libertades
cotidianamente, al menos ejerzo la que tengo a mi alcance: la de expresión. Por
eso y porque soy profesor mantengo mi independencia intelectual. Y esto no me
impide participar en la resolución de los problemas de mi comunidad. Al
contrario, me impele, me obliga a hacerlo. Por eso simpatizo tanto con el
maestro de esa canción de Patxi Andión que dice:
Al explicar
cualquier guerra
Siempre se
muestra remiso
Por explicar
claramente
Quién venció
y fue vencido.
Escúchenla,
está en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=jRXJA9sQ4p0
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