domingo, 24 de septiembre de 2017

GUMESINDO

Gumesindo

Eran las once de la noche y me disponía dormir. Mi día había iniciado a las tres de la madrugada y con el sismo ya no pude hacer la siesta después del almuerzo, como acostumbro, aunque fuera por cinco o diez minutos. Eso me repone para continuar la jornada. Los martes estoy hasta las nueve de la noche frente a grupo y cualquiera puede imaginar cómo queda uno a esa hora; llegar a casa, beber una cerveza y comer algo. A veces ni siquiera el noticiero de las diez treinta alcanzo a ver. Cuando sonó el teléfono contesté arrastrando la voz, quería colgar, no sabía quién llamaba.

“Gume”, me llegó una voz suave, comedida, distante; me incorporé impulsado por la sorpresa y el gusto. ¿Gume, Gumesindo?, grité. Era mi cuñado, un costeño arrasado por el alcohol, aunque dejó de beber hace algunos años. De joven tenía la estampa del tirador infalible con la retrocarga o el máuser, o con una simple pistola. En la costa es un error no serlo. De hombros anchos y los brazos un poco simiescos, abiertos y largos, le dan la apariencia de poder cortar hilos invisibles con el machete. Es un indio serrano adaptado al calor y fragor del litoral. Como todos los hombres sometidos al trabajo duro, con el avance de los años su cuerpo se ha ido empequeñeciendo. A eso se deben sumar los estragos causados por temporadas de dos o tres meses sumergido en el alcohol. ¿Cómo ha sobrevivido?

Es padre de una pareja. El varón se parece a él y la niña a su esposa; pronto repitieron el ciclo: crecieron, se casaron, tuvieron hijos, y hoy desearía traer a estudiar al nieto de Gume: un niño con evidentes habilidades musicales llamado Fabio. Yo le digo Marco Fabio y a él le gusta; es un niño silencioso, observador, atento, con un talante tan apacible que linda en la dulzura. Y le gusta la música. Por allí escapó del demonio del alcohol que mantuvo atrapado al abuelo y hoy al padre.


Pues me llamaba Gume, para saber cómo estaba. Hacía tantos años que no hablábamos, que de todas las llamadas que ese día recibí, fue la que más gusto me causó. Dile a mi hermana que estoy bien, le pedí. Me preguntó cuándo iría a Sierra Sur, le dije que en diciembre. “Bueno, para cazar unos garrobos y los puedas comer en amarillito” prometió. Sé bien que es muy improbable que vaya, sé bien que ya tampoco iré a una fiesta de la costa, como sé que tampoco correremos una parranda que nos habíamos prometido. Esa región la guardaré en la memoria y entre las notas del “Alingo, lingo” (¿por qué se llama así esta chilena?) que habla de tiradores, retrocargas y los pueblitos que eternamente pelean por hacer respetar sus límites de tierras.   

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