Gumesindo
Eran las once de la noche y me
disponía dormir. Mi día había iniciado a las tres de la madrugada y con el
sismo ya no pude hacer la siesta después del almuerzo, como acostumbro, aunque
fuera por cinco o diez minutos. Eso me repone para continuar la jornada. Los
martes estoy hasta las nueve de la noche frente a grupo y cualquiera puede
imaginar cómo queda uno a esa hora; llegar a casa, beber una cerveza y comer
algo. A veces ni siquiera el noticiero de las diez treinta alcanzo a ver. Cuando
sonó el teléfono contesté arrastrando la voz, quería colgar, no sabía quién llamaba.
“Gume”, me llegó una voz suave,
comedida, distante; me incorporé impulsado por la sorpresa y el gusto. ¿Gume,
Gumesindo?, grité. Era mi cuñado, un costeño arrasado por el alcohol, aunque
dejó de beber hace algunos años. De joven tenía la estampa del tirador
infalible con la retrocarga o el máuser, o con una simple pistola. En la costa
es un error no serlo. De hombros anchos y los brazos un poco simiescos,
abiertos y largos, le dan la apariencia de poder cortar hilos invisibles con el
machete. Es un indio serrano adaptado al calor y fragor del litoral. Como todos
los hombres sometidos al trabajo duro, con el avance de los años su cuerpo se
ha ido empequeñeciendo. A eso se deben sumar los estragos causados por temporadas
de dos o tres meses sumergido en el alcohol. ¿Cómo ha sobrevivido?
Es padre de una pareja. El varón
se parece a él y la niña a su esposa; pronto repitieron el ciclo: crecieron, se
casaron, tuvieron hijos, y hoy desearía traer a estudiar al nieto de Gume: un
niño con evidentes habilidades musicales llamado Fabio. Yo le digo Marco Fabio y
a él le gusta; es un niño silencioso, observador, atento, con un talante tan
apacible que linda en la dulzura. Y le gusta la música. Por allí escapó del
demonio del alcohol que mantuvo atrapado al abuelo y hoy al padre.
Pues me llamaba Gume, para saber
cómo estaba. Hacía tantos años que no hablábamos, que de todas las llamadas que
ese día recibí, fue la que más gusto me causó. Dile a mi hermana que estoy
bien, le pedí. Me preguntó cuándo iría a Sierra Sur, le dije que en diciembre.
“Bueno, para cazar unos garrobos y los puedas comer en amarillito” prometió. Sé
bien que es muy improbable que vaya, sé bien que ya tampoco iré a una fiesta de
la costa, como sé que tampoco correremos una parranda que nos habíamos
prometido. Esa región la guardaré en la memoria y entre las notas del “Alingo,
lingo” (¿por qué se llama así esta chilena?) que habla de tiradores,
retrocargas y los pueblitos que eternamente pelean por hacer respetar sus
límites de tierras.
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