RESCATISTA
Existen palabras vacías, huecas, sonoras pero
sinsentido, con que se simula decir algo cuando en verdad sólo se hace un acto
de prestidigitación para estar y no estar, decir y no decir, aparentar cumplir
y después reírse al demostrar que no hubo ningún compromiso. Existen palabras
de moda, términos con que se cubren fenómenos y objetos inesperados para
entenderlos y hacerlos nuestros, al menos en el lenguaje. Existen palabras
prohibidas, irritantes, peligrosas, subversivas, con las que uno disiente y
desafía al poder, pero también a la imbecilidad y estolidez de las buenas
conciencias. Existen palabras alegres, divertidas, casi cantos para celebrar la
belleza, la esperanza y la vida. Existen palabras cómplices, dichas en los
rincones íntimos o en las horas más profundas de la noche, para seducir a la
amada, para alentar el amor y sumergirnos en un tobogán de experiencias como
pocas podemos vivir en nuestra corta existencia. Existen palabras asesinas,
traidoras, bífidas como las lenguas de la mítica serpiente del mal, cuyas
puntas atacan una el cerebro y la otra va directo al corazón. Existen palabras
solidarias, firmes en su frágil orfandad, que duermen en las esquinas, en las
escaleras, en los quicios, en los parques, a las salidas del Metro, en los
caminos solitarios del campo, pero adquieren tibieza, fortaleza y poder, y uno
las ve saltar en esos pechos morenos, delgados, débiles tal vez, cuando abraza
los cuerpos para agradecer todo lo que hacen por los demás, por nosotros, por
sí mismos. Son como sólidos polines que detienen el edificio a punto de caer y
no cae; son las que brotan como blancas flores de entre el hedor, las ruinas y
la sangre. Un de ellas es RESCATISTA
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