jueves, 21 de septiembre de 2017

RESCATISTA

RESCATISTA

Existen palabras vacías, huecas, sonoras pero sinsentido, con que se simula decir algo cuando en verdad sólo se hace un acto de prestidigitación para estar y no estar, decir y no decir, aparentar cumplir y después reírse al demostrar que no hubo ningún compromiso. Existen palabras de moda, términos con que se cubren fenómenos y objetos inesperados para entenderlos y hacerlos nuestros, al menos en el lenguaje. Existen palabras prohibidas, irritantes, peligrosas, subversivas, con las que uno disiente y desafía al poder, pero también a la imbecilidad y estolidez de las buenas conciencias. Existen palabras alegres, divertidas, casi cantos para celebrar la belleza, la esperanza y la vida. Existen palabras cómplices, dichas en los rincones íntimos o en las horas más profundas de la noche, para seducir a la amada, para alentar el amor y sumergirnos en un tobogán de experiencias como pocas podemos vivir en nuestra corta existencia. Existen palabras asesinas, traidoras, bífidas como las lenguas de la mítica serpiente del mal, cuyas puntas atacan una el cerebro y la otra va directo al corazón. Existen palabras solidarias, firmes en su frágil orfandad, que duermen en las esquinas, en las escaleras, en los quicios, en los parques, a las salidas del Metro, en los caminos solitarios del campo, pero adquieren tibieza, fortaleza y poder, y uno las ve saltar en esos pechos morenos, delgados, débiles tal vez, cuando abraza los cuerpos para agradecer todo lo que hacen por los demás, por nosotros, por sí mismos. Son como sólidos polines que detienen el edificio a punto de caer y no cae; son las que brotan como blancas flores de entre el hedor, las ruinas y la sangre. Un de ellas es RESCATISTA

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