domingo, 10 de septiembre de 2017

¿QUIÉN ES INSTITUCIONAL?

¿Quién es institucional?
NOÉ AGUDO

La política y los políticos son quienes con más eficacia logran pervertir las palabras. Al ser una actividad donde el fingimiento, la simulación y la ausencia de compromiso son consideradas virtudes, los políticos vacían de contenido las palabras. Su pretensión es hacer del lenguaje algo hueco, que no comprometa, que no diga nada firme. De allí la recurrencia a los lugares comunes, las frases hechas, las combinaciones sonoras que nada dicen, pero suenan bien: “Se actuará hasta las últimas consecuencias”, “Un proyecto eficaz y eficiente”, “Se tomarán acciones determinantes”, “Caiga quien caiga”, “Me ocupa y me preocupa”, “Se aplicará todo el peso de la ley”, etc.
El estilo perifrástico estaría bien si lo que se buscara fuera la sutileza, la ironía fina, el toque suave y letal. Pero no. Encubre la ausencia de valor civil, la falta de ciudadanía, la carencia de una vida y hábitos democráticos.
            Tristemente, otro ámbito donde este lenguaje vacío prospera es en el académico. Al decir algo sin decirlo, para tener una coartada y salir del aprieto por si hubiera problemas, muchos académicos tienen cuidado de no decir nada de manera clara y explícita, sino sólo “sugerirlo”, “darlo a entender”, hacer como si no se refirieran a esa persona o tema y así llevar sin culpa su cara “todo-sonrisas”. Más aún, con gusto se imponen la autocensura. “No digas nada del caso Ayotzinapa”, me pedía un profesor, conocedor de que este tema es caro a la izquierda universitaria, al igual que mitos como el estatismo, el gobierno bolivariano de Venezuela, la CNTE como defensora de la educación popular, etc.
                        Si eso pueden hacer con el lenguaje común, accesible a cualquier hablante, podemos imaginar y comprobar lo que sucede con los términos especializados y conceptos que implican cierto nivel de abstracción. Si a las palabras comunes se las puede vaciar de contenido, a los segundos se les pervierte o tergiversa. Es lo que han hecho con algunos términos que hoy no significan nada, pero dan lugar a estereotipos o nociones generalizadoras que sirven para condenar, descalificar o invalidar políticamente a alguien: ser de derecha o de izquierda, neoliberal, represión, reacción, etc. Luego están los conceptos otrora sagrados como “clase social”, “revolución”, “lucha de clases”, “pueblo”, “el Estado”, etc., que funcionan como un velo para distorsionar o interpretar a modo la realidad. Como es sabido, estos se vuelven usuales al calor de una teoría predominante o de moda, es decir, tienen una validez relativa y provisional, pues no son en realidad conceptos teóricos sino fragmentos de una ideología.
            Por eso las ciencias sociales tienen la obligación de definir con mucha precisión los conceptos que emplean, pues de otra forma devienen en ideologías que sirven a propósitos propagandísticos, mas no sirven para estudiar o interpretar la realidad. Vuelvo ahora a la cuestión política.
            Un concepto que la clase política pervirtió y después retomó la burocracia universitaria es el de institucionalidad. Institucionalidad proviene de institución: “conjunto de reglas con que se hace algo”, una institución parafraseo a Duverger se crea con un fin humano: una escuela, un colegio, universidad o instituto de educación se crea con el fin de dar conocimientos para desarrollar habilidades en el mundo exterior; así que ser institucional es trabajar para lograr esos propósitos, esforzarse porque se cumplan con eficacia y apegarse a los procedimientos y sus normas. De entre la vasta bibliografía al respecto, nunca olvido recomendar este libro: Instituciones políticas y derecho constitucional (Ariel, 1970) de Maurice Duverger, pues, aunque viejito, me parece el mejor para comprender lo que es una institución, la institucionalidad y el hecho de ser institucional.
            Bien, pues la clase política confunde la institucionalidad con la lealtad. Si el militante de un partido se atreve a criticar lo que considera fallas en la consecución de los objetivos por parte del instituto partidario, ese militante no es “institucional”, no es leal. Más todavía, los guardianes del dogma pervierten el concepto al grado de homologarlo con la complicidad. Cuando las actitudes más serviles y las mentes estrechas prevalecen en una institución, reducen esa institución a la persona, al líder partidario o al director; criticar los actos de corrupción o ineficiencia vuelve traidor a quien lo hace; es anti-institucional, peor aún, es un traidor, aunque los serviles no alcancen a comprender que, en los hechos y siguiendo este razonamiento, ellos resultan cómplices si existiera una rendición de cuentas. El uso tramposo de la sinécdoque los convierte en encubridores o cómplices del delito.
            De las muchas cosas que uno acaba por enterarse, recuerdo el caso de una triste profesora que advertía acerca de mí: “Tenga cuidado con él, mucho cuidado, es un traidor”. Nunca fue mi amiga, ni socia ni mucho menos mi amante (¡Dios me libre!), para que en algún momento pudiera traicionarla. Así que me llamaba traidor por la crítica que yo hacía a su jefe, un inútil “doctorcito” que para mala suerte fue director del plantel Vallejo y puso a esta profesora como secretaria académica. La maestrita creía que, por el hecho de yo haber sido jefe de información en la anterior administración, estaba obligado a guardar silencio ante las arbitrariedades y sandeces de su jefe. Ha sido el único director que mandó requisar y destruir las revistas de un proyecto Infocab que yo coordinaba, y esta maestrita, siendo integrante del proyecto, citó a profesoras y profesores que colaboraron en ese número para amenazarlos y pedirles que firmaran un escrito donde se deslindaran de las críticas publicadas por la revista.
            Naturalmente, denuncié el hecho y la acción de la profesora, pues si alguien traicionó fue ella, que no supo ser congruente con el ideario ni los principios de la institución ni de la revista. Esto me hizo un traidor según su pobre razonamiento. Por otra parte, actué con discreción cuando alumnas suyas me informaron que vendía las revistas a sus grupos, esto sí un verdadero acto anti-institucional, pues los proyectos Infocab son financiados por la DGAPA. Era algo tan vergonzoso que simplemente daba pena hablar de algo tan vulgar. Pero así son.
            Vuelvo a lo principal: ¿quién es realmente institucional entonces? ¿Aquél que impide el cumplimiento de los fines para los cuales fue creada una institución, o quienes exigen cumplirlos? ¿Aquél que infringe y pervierte las reglas y propósitos de la institución, o quienes denuncian su alteración y trastorno?
            La crítica, si es atendida por oídos receptivos y con una actitud tolerante, de auténtico universitario, debiera servir para mejor conducir la institución. Este es el sentido de la disidencia y lo consagran libertades como la de expresión y el derecho de acceso a la información pública. Cuando se tiene una visión estrecha y una concepción patrimonial de lo que es una institución, se la considera propiedad personal o del grupito que la dizque administra, y  entonces toda crítica ofende y molesta y quien la realiza es un traidor (como creía aquella profesora) o un enemigo, como me considera el actual director. Ser leal, según su razonamiento, es quedarse callado antes sus trapacerías e ineficiencias. Y es que no es lo mismo vivir para la educación que vivir de la educación. En esa preposición está el quid del asunto.
El desastre que actualmente vive el plantel Vallejo, y el CCH en general, como se puede apreciar en el incremento del consumo y venta de drogas en el primero, el desplome educativo y la imposición de un plan de estudios sin pies ni cabeza en toda la institución (¡cómo podría ser de otra manera, si lo único que Salinas Herrera hizo fue darle una manoseada al trabajo de su antecesora!), es porque ha habido una ruptura institucional. Y ésta fue causada por la ambición, ineptitud y perversión de los fines del CCH por parte del director general y su equipo, tal como lo he denunciado constantemente. Así que, ¿quién  es institucional?

ACERCA DE LA INEPTITUD
Recibí varios comentarios relacionados con mi anterior entrega (“De la Escuela al Apando”), que gustó no tanto por señalar la simulación que hace el presidente de la Comisión de Seguridad ante el Consejo Universitario, con su retórica repleta de lugares comunes, sino porque la comunidad del CCH conoce su incapacidad para cumplir con las obligaciones de la propia institución que dirige, y ahora trata de llevar la misma ineptitud a todo el campus universitario. Además, también causó indignación conocer que pretende colocar rejas en cuanto lugar se le ocurra. Como Donald Trump, su cerebro no da para nada más que pensar en muros.
            Por principio, nadie sabía que Jesús Salinas es presidente de la Comisión de Seguridad del Consejo Universitario, si no es por las notas que publicaron los diarios. Su designación, y seguramente muchas otras decisiones, quedan como asunto de unos pocos iniciados, ajenos a la información y rendición de cuentas que deben practicar los que dirigen una institución universitaria.
            Relacionado con lo anterior está el hecho de que no ha dado a conocer, como es su obligación, un plan de seguridad para cada entidad académica. Hasta el momento no se conoce el plan de seguridad del CCH, por ejemplo.
            Y cómo lo va a tener, si no se sabe que haya realizado reuniones con las comisiones de seguridad de cada escuela; éstas deben efectuarse por lo menos una vez cada dos meses. La Gaceta CCH no informa de este asunto y menos se ha discutido en el Consejo Técnico, según varios consejeros. Consecuentemente, no se conocen los diagnósticos de seguridad ni las medidas que acuerda cada comisión.
             No está de más reiterar que esto sólo es un reflejo de su ineptitud. En marzo de 2018 concluye su período como director general del CCH y hasta la fecha no ha presentado más que un informe, el cual no aborda en ninguna línea la cuestión de la seguridad. Por tanto, ocupar esa responsabilidad dentro del Consejo Universitario no debe entenderse más que como una fina ironía de parte de los consejeros y el rector.
            Deslumbró el doctor Jesús Salinas en esa sesión del Consejo Universitario con su sarta de lugares comunes, sin informar de los problemas y soluciones del CCH, institución que dirige (es un decir). Hasta la fecha no ha solicitado a los directores de los planteles sus planes de seguridad y sus procesos de seguimiento. En el plantel Vallejo es evidente el consumo y venta de drogas a cualquier hora del día. Y es que ni al director general ni a su títere en el plantel les importa lo que ocurre en su casa. Como he dicho, no es lo mismo vivir de la educación que para la educación.


¿POR QUÉ ESTOY A FAVOR DE UN FRENTE?
Mi aspiración, iluso de mí, era que la ciudadanía se atreviera a construir un amplio frente al cual se sumaran integrantes de la clase política, mas no algo propuesto y encabezado por ésta. El gobierno de un frente ciudadano tendría mayor libertad para acotar, restringir y anular muchos de los privilegios ofensivos de la clase política, al gozar de una relativa autonomía y no estar atado por compromisos y complicidades como lo está ella. Con esa relativa autonomía podría realizar una reforma política a fondo, de tercera generación, que sirviera para crear, fortalecer y dar autonomía a las instituciones que hacen posible la vida democrática plena de una sociedad: auténtica separación y equilibrio de poderes, órganos autónomos de procuración de vigilancia y justicia, desaparición de partidos políticos parásitos que no representan más que a los que viven de los jugosos financiamientos, reducción de representantes y comisiones en el Congreso, racionalización de sueldos, reorientación del presupuesto hacia actividades sociales como la salud y la educación, restricción de subsidios a partidos y órganos electorales, desaparición de institutos, secretarías y comisiones inservibles, cancelación de privilegios (fuero, gastos médicos mayores, gastos de representación, boletos de avión, personal de seguridad, secretarias, asesores, etc.) y lograr con esto el adecentamiento de esa clase política que hoy vive en una orgía de derroche, ineficiencia, corrupción e impunidad. Con ello se exigirían resultados positivos a representantes y gobernantes, pues su permanencia dependería de su buen desempeño, y no de los pactos y complicidades con los que se protegen hoy día. Tener una democracia de las más caras e ineficaces del mundo se debe a esta falta de mecanismos de rendición de cuentas y control, y no a que seamos un pueblo corrupto por naturaleza o a que no ha llegado un salvador a la presidencia de la República. Desafortunadamente la sociedad no está aún madura para esta idea. No existen líderes, instituciones ni ciudadanía suficientemente preparados que hacer factible este frente. Por lo cual tendremos que marchar durante un tiempo más con los sectores menos corruptos, más lúcidos y realmente preocupados por desarrollar México de esa clase política.
            Algunos representantes de ésta también proponen la creación de un frente, pero lo hacen con propósitos mezquinos: sobrevivir y otorgarse mejores condiciones de gobierno y manipulación; ése es el sentido del gobierno de coalición que propone Manlio Fabio Beltrones, al plantear satisfacer la necesidad de un gobierno “funcional y operable”. Es decir, que le permita a esa clase seguir actuando en la impunidad, crear condiciones para acrecentar sus privilegios y negarse a la rendición de cuentas. Otros partidos, destacadamente el PRD y el PAN, lo hacen con el fin de sobrevivir y conquistar el poder, en especial la presidencia de la República, y hacen algunas tímidas concesiones al hartazgo ciudadano. A este frente conviene apoyar, sobre todo si es capaz de elaborar una agenda que se proponga corregir las deficiencias que mantienen secuestrada a la sociedad en este socavón de corrupción e impunidad. La necesidad misma de hacer funcional este frente así lo exige: deben proponer un candidato capaz de lograr consenso en las bases de los partidos, ofrecer una propuesta que privilegie la resolución de los graves y urgentes problemas sociales y atraer el entusiasmo de la ciudadanía, que hoy ve a todos con hartazgo, con una propuesta realmente innovadora. Nada mejor para lograrlo que la elaboración de una agenda ciudadana y un programa capaz de establecer el Estado de derecho al que todos aspiramos; éste puede ser el denominador común del frente, y seguramente las fuerzas y sinergia que logre desatar permitirá hacer realidad ese programa transformador.
            No hay partidos buenos o malos, mucho menos organizaciones revolucionarias o de izquierda; son las ideas y propuestas para hacer realidad su proyecto transformador lo que los debería hacer una opción atractiva. Entiendo a los pobres diablos fanáticos que se entregan a un individuo o partido; es lo mismo que hacen los hinchas pamboleros o los seguidores de una secta religiosa. No tienen consistencia ni fortaleza intelectual para pensar por sí mismos. Son los que dicen que el frente no se puede dar porque eso es mezclar “el agua con el aceite”. Bien, pues ante el fracaso y pérdida de credibilidad de las organizaciones políticas tradicionales, y el hartazgo de la población, el frente es una opción necesaria. ¡El Frente va!   

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