Acceso a un pasado
remoto
Hay puertas al pasado que son puertas a otro universo, por lo
regular fantasmales, misteriosos, perdidos,
y que de tan lejanos los recuerdos sólo pueden verse en blanco y negro,
como en una antigua fotografía. Yo puedo leer a Tucídides y su Guerra del
Peloponeso, y no obstante que me habla de hechos ocurridos hace más de dos mil
400 años los percibo como parte de mi mundo, sé que son un fragmento de ese
universo que mi cerebro registra como Antigüedad, y que las hazañas de
Pericles, Alcibíades y Mitilene las puedo comparar con hechos de mi tiempo. En cambio sucesos de apenas el siglo pasado,
digamos la década de los sesenta, los siento como parte de otro mundo, un mundo
suspendido en un tiempo remoto que se diluye, se aleja, se vuelve irrecuperable.
Veo a mi padre organizando a un grupo de campesinos para construir letrinas
junto a sus casas, después de explicarles los riesgos de realizar sus
deposiciones al aire libre y en cualquier lugar del monte; los cerdos, las
gallinas, pavos y perros que andan libres son los primeros en ensuciarse,
además de que picotean y comen los desechos sin ninguna repugnancia. Para la
escuela donde él ha llegado a enseñar organizó a los estudiantes mayores desde
el primer día y ahora todos tenemos un lugar donde ir a hacer nuestras
necesidades, y las mujeres el suyo. En la temporada de lluvias aparecerán unos
sapos gigantescos junto a las letrinas. Nos divertimos con ellos, pero los más
pequeños lo hacemos con temor, pues los lugareños dicen que si los sapos se
enojan arrojan un líquido a los ojos que nos puede volver ciegos. Años después
me enteraré que el presidente de México por esos años era Adolfo López Mateos;
su esposa, doña Eva Sámano, era una mujer que de verdad se preocupaba por los
niños. A través del INPI (Instituto Nacional de Protección a la Infancia) se
propuso otorgar desayunos a la niñez en pobreza, y sobre todo a los niños campesinos,
que en su vida podían comer un pan, un vaso de leche y un plato de frijoles
antes de ir a la escuela. Le toca al maestro ir por los sacos de harina,
conseguir al panadero que hiciera los bolillos y traer también los costales con
frijol y la leche en polvo. Un grupo de mujeres se responsabilizará cada semana
para preparar los frijoles. Los niños más grandes sacarán las mesas de la
escuela al patio y todos los días, antes de la clase de gimnasia (nunca mi
padre la dejó de impartir), desayunaban en ese espacio al aire libre rodeado
por frondosos árboles, donde por las noches llegaban las lechuzas y el ganado a
rumiar. Daría mi vida por entrar nuevamente a ese salón de paredes cercadas con
palos, techo de tejas y piso de tierra, al que los campesinos habían amueblado
con burdas sillas y mesas, sin olvidar los troncos donde colgaron un verde
pizarrón. Gracias a doña Eva Sámano y al esfuerzo extraordinario de mi padre yo
disfruté de las mejores pláticas que un niño de cinco o seis años puede
escuchar a esa edad. Mi padre llevaba la harina con Liborio, el único panadero
que había en el pueblo y que era su compadre, para que hiciera el pan. Mientras
los bolillos se horneaban yo disfrutaba de la plática, y de allí salíamos a las
nueve o diez de la noche para llegar en la madrugada con los panes a esa
escuela rural que veo borrosa en mi recuerdo.
Cierto día,
muchos años después, estaba en una fiesta y la mujer que animaba el convivio me
pidió que bailara con una venerable matrona que la acompañaba, a lo cual no me
negué. Al concluir la pieza mi sobrino, que también es mi compadre y vive en
Sierra Sur, me dijo muy discretamente: “Acaba de bailar con Cirenia, que estuvo
con usted en aquella escuela de El Peñasco”. Un torrente de lágrimas vino a mis
ojos al recordar a aquella chiquilla de ojos vivaces, callada y seria que fue
mi compañera de estudios en esa escuela que percibo borrosa en un tiempo muy
lejano.
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