QUIÉN CONVIENE A MÉXICO COMO PRESIDENTE
No
soy hombre de partido. Este encabezado hace a un lado también mis simpatías y
diferencias por alguien, para así poder evaluar de la manera más equilibrada
posible quién conviene al país como próximo presidente de la República.
A menos que Enrique Peña Nieto
guarde una sorpresa mayúscula, el candidato del PRI será José Antonio Meade. Es
el que mayores méritos tiene sobre los demás aspirantes, tanto dentro como
fuera de ese partido: un eficiente funcionario que ha servido en cinco
secretarías distintas para dos gobiernos de diferente signo ideológico, sin
mácula, bien visto por la comunidad financiera internacional, por el sector
empresarial mexicano y extranjero, el único capaz de atraer el voto de panistas
y priistas, y no pocos de Morena y el PRD, pero sobre todo el voto de la gran
mayoría de indecisos que son los que definen la elección.
Su único déficit es el partido que lo propone (PRI),
pero harán valer su no militancia, aunque últimamente ha debido reconocer su
simpatía por ese partido y su legado, así como su voto por Enrique Peña Nieto
en 2012. Un poco para convencer a los duros dentro del PRI, que no lo aceptan
del todo, y otro poco debido a la exposición a que los precandidatos se someten
durante esta etapa. Pero nada que ver con un Gamboa Patrón, un Eruviel Ávila o
un Manlio Fabio Beltrones, que representan los más rancios vicios de ese
instituto.
Mérito adicional de José Antonio Meade es que
pocos como él comprende los alcances de las reformas estructurales, y sin duda
bajo su gobierno no sólo permanecerán, sino que se profundizarán, lo cual
permitirá mantener la estabilidad macroeconómica, avanzar en cuestiones clave
hoy disfuncionales como la impartición de justicia, la seguridad, la
recuperación de la confianza ciudadana y en general el avance hacia un
auténtico Estado de derecho.
Por parte del Frente Ciudadano por México aún no hay
candidato. Tal vez esperan la decisión del PRI pero, quienquiera que sea, su
irrupción ha elevado las exigencias para los demás candidatos. Precisamente por
eso el PRI debe jugar la carta de José Antonio Meade, de otra forma sería
Aurelio Nuño u Osorio Chong, candidatos para circunstancias menos competitivas.
Sé que los del Frente realizan discretísimas reuniones para convencer a la
persona que podría enfrentar los atributos de Meade, pero no pueden tardar más.
Si no logran convencerla, quien entrará al quite es Ricardo Anaya. Por eso
priistas, López Obrador y los mismos panistas inconformes deturpan a Ricardo
Anaya; tratan de nulificar al Frente a través de su persona, sin importarles
actuar ocasionalmente como aliados de Margarita Zavala, los “senadores
rebeldes” y el mismo Calderón. Saben que ni Margarita ni Rafael Moreno Valle ni
ningún otro panista tiene posibilidades reales de competir, pero los “inflan”
con tal de hacer fracasar el Frente.
¿Por qué les preocupa, incluso más que López Obrador,
a quien suelen usar como “punching-bag”? Lo realmente preocupante del Frente
son sus propuestas, su agenda de gobierno, que propone medidas para sanear la
vida política del país, y es lo que hará sumamente atractivo a su candidato,
quienquiera que sea, y lo hace una opción incómoda para la clase política.
Saben, además, que las fuerzas que libera un cambio de esta naturaleza son
impredecibles. Así como Salinas de Gortari, en su momento, no previó las
consecuencias que traería abrir el país a la competencia e inscribirlo como
miembro de organismos económicos internacionales (OMC, TLC, OCDE, etc.), su
afán modernizador en la economía trajo consecuencias políticas no previstas: reclamo
de los derechos humanos, presencia de medios informativos independientes del
gobierno, lucha inter-partidaria, pugnas por establecer una auténtica separación
de poderes, disminución del poder presidencial y una exposición permanente al
escrutinio de la opinión pública nacional e internacional. Así, las propuestas
del Frente pueden traer consecuencias indeseables y todo lo imprevisto causa
temor.
Los arquitectos del Frente saben que ésta es su mejor
carta y no la dejarán de aprovechar. Es su mayor atractivo ante una ciudadanía
que acudirá a las urnas marcada por el hartazgo y ante alguien tan competitivo
como Meade. Aprovecharán la identificación que la sociedad ha hecho del PRI
como sinónimo de corrupción e impunidad y extenderán esta identificación a su
candidato. Por si fuera poco, y en caso de que Ricardo Anaya deba entrar al
ruedo y logre deshacerse de los señalamientos de corrupción (reales o
inventados), sus atributos no son menores: trayectoria política meteórica,
juventud, agilidad verbal para el debate (Meade la tendrá difícil en este
aspecto y no se diga López Obrador, con su lentitud verbal y a veces tartamudeo)
y un carisma traducido siempre como inteligencia.
El único candidato seguro, Andrés Manuel López Obrador,
tiene una base dura que cree ciegamente en
sus propuestas y lo identifica como la única opción real de cambio. De
alrededor de 14 millones de seguidores que tenía en el 2012, este número se ha reducido
en apenas seis o siete y no ha podido renovar sus propuestas ni su lenguaje
para recuperar o atraer nuevos simpatizantes. Parece que al fin ha comprendido
la existencia de una política económica globalizada, pero cuando acudió a
tratar de convencer a los representantes financieros internacionales los dejó
con más dudas. Por otra parte, insiste en propuestas absurdas como cancelar las
reformas estructurales y se empeña en prometer acciones como terminar con la
corrupción y elevar el nivel de vida de la población mediante políticas
asistenciales, volviendo a un gobierno estatizador y rodeándose de individuos
señaladamente corruptos.
López Obrador y sus asesores no perciben que la
sociedad ha cambiado, está más informada y se comunica más fácilmente. AMLO y
sus asesores identifican y aprovechan el hartazgo ciudadano, pero el remedio
que recetan es un “producto milagro” y puede ser tóxico: nunca volver al pasado
ha sido una solución y esto la ciudadanía lo sabe. De ahí que hablar de una
mafia, de acuerdos secretos, de complots y soluciones milagrosas suene cada vez
más demagógico. Esto es lo que aún no alcanzan a percibir.
De los supuestos “independientes”, ¿qué se puede
decir? Son una lamentable exhibición de egos. Saben que ninguno tiene
posibilidades reales y carecen de programas e ideas, pero se empeñan en
confundir, pulverizar el voto en caso de salvar los requisitos y lograr ser
candidatos y finalmente en hacer el ridículo. En este sentido es creíble la
percepción de que son azuzados desde el poder para desprestigiar esta opción
para futuras elecciones, y echan a perder así una opción abierta por Jorge
Castañeda para hacer más competitivas las elecciones.
Pienso que el próximo año contaremos realmente con opciones
diferentes para elegir y una auténtica competencia partidaria, en la que importarán
más los programas que las personas. Si hablamos de las consecuencias socioeconómicas
para la población, es José Antonio Meade quien mejor convendría para presidente.
Garantizaría estabilidad, crecimiento e inversiones y con ello mayor generación
de empleos; la única forma viable de elevar el nivel de vida de la población.
Si pensamos en reducir la corrupción y la impunidad, y establecer un verdadero
Estado de derecho, con el candidato del Frente esto se logrará más rápido. A menos que ꟷcomo dicen los comentaristasꟷ, alguien sea capaz de hacer aparecer un Emmanuel
Macron a la brevedad. El tiempo corre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario