Alabados sean nuestros caciques
NOÉ AGUDO (24/marzo/2014)
NOÉ AGUDO (24/marzo/2014)
El caciquismo, esa forma de distorsión política que creíamos
exclusiva de ciertos núcleos urbanos marginales, pero sobre todo del campo
mexicano, y que ha sido un obstáculo para el desarrollo y la madurez cívica de
la sociedad, también existe en la UNAM y especialmente en el CCH.
Como lo han descrito
varios estudios, especialmente los de Alan Knight, el historiador británico
especializado en México, y Frank Tannenbaum, el analista norteamericano que
propuso el desarrollo del campo como motor para impulsar el crecimiento del
país, los efectos nefastos del caciquismo ocurren en regiones enteras y, aparte
de impedir su crecimiento, generan una situación inestable y perniciosa, pues
la influencia y dominio excesivos de los caciques en la vida política y social
de la comunidad impiden el mejoramiento y fortalecimiento de las instituciones,
al hacer depender decisiones esenciales y vitales de la voluntad de una sola
persona.
El hecho
tragicómico de que haya alrededor de veinte candidatos para dirigir un plantel
del CCH, Vallejo, y la pretensión por imponer a sus allegados o controlar el
nombramiento de puestos clave aquí y en la dirección general por parte de
ciertas personas, son un testimonio crudo de este caciquismo. Pero vayamos por
partes.
Parafrasearé sobre
todo a Alan Knight en el siguiente párrafo.
El caciquismo es un
mecanismo que sirve para mantener un sistema autoritario, al igual que el
corporativismo y el clientelismo; de hecho los caciques son actores en los
sistemas clientelistas y en esto “difieren de la clásica burocracia weberiana,
gobernada por reglas universales e impersonales”. Knight explica que los
caciques necesitan clientes caciques –caciquillos, mini-caciques− y en este
sentido faccionalismo y caciquismo son inseparables; un cacique debe tener su
propia facción, crea la división pues así manipula las facciones a su
conveniencia. Las batallas por el poder son esencialmente faccionales, aunque
el cacique más fuerte puede también mediar entre las facciones en momentos de
crisis.
Otros de sus rasgos
son los siguientes:
El nepotismo prospera en los sistemas
caciquiles, aunque la sucesión hereditaria tiende a ser excepcional; si el
“heredero” carece de las fuerzas y las mañas de su antecesor(a), seguramente
fracasará en su intento de sucesión. ¿Les suena conocido? Además, el caciquismo
es arbitrario y personalista. El cacique recompensa a sus amigos y castiga a
sus enemigos, aunque su violencia tiende a ser de baja intensidad, porque son
los responsables del orden y el mejor cacique es aquel que evita los titulares
de prensa.
Un cacique debe
mirar hacia arriba y hacia abajo; arriba siempre habrá un cacique mayor (el
presidente de la República, el rector) y abajo múltiples caciquillos a los
cuales hay que controlar. Los caciques no necesariamente deben ocupar cargos
oficiales para ejercer su poder. Sin embargo –dice Knight−, algunos caciques
van y vienen por una secuencia de cargos con movimientos ascendentes,
descendentes y laterales, sin por ello perder el poder. (Recuerdo que uno de
nuestros caciques ocupaba la dirección del plantel Naucalpan durante mi época
de estudiante, y desde entonces ha pasado por múltiples puestos sin que aún le
venga la gana por retirarse.) De hecho, una de las artes del cacique es
compilar un currículo de cargos secuenciales; esta pulsión los lleva a engordar
el currículum más que hacer obra científica, humanística o literaria. Sin
embargo, “el cacique de nivel bajo adopta una actitud más cínica y utilitaria
con respecto a los cargos oficiales”, vale decir, siempre quiere “tener hueso”.
Los caciques deben
mirar hacia arriba pues tienen ciertas obligaciones con sus superiores:
mantener todo en aparente calma, plegarse a las consignas en boga, ejecutar
ciertas tareas; a cambio de esto obtienen protección política desde arriba,
acceso a las prebendas, prestigio, y sobre todo la posibilidad de ascender o
permanecer. Empero, el talón de Aquiles de los cacicazgos es la sucesión
política. Conforme se va debilitando el viejo cacique –o se expulsa al cacique
no tan viejo−, el resultado puede ser una veloz sustitución por uno nuevo, y
aquí los caciques de nivel más bajo son los más vulnerables a las vicisitudes
del poder superior. Esto es lo que estamos viviendo actualmente.
Así podemos
explicarnos esa “repentina vocación de servicio” que afloró por estos días en
el plantel Vallejo y la presencia de los viejos caciques para acotar las
decisiones del nuevo director general. Lo primero, como señalaba, es para dar
lástima y risa: individuos que jamás se han preocupado por los problemas de la
comunidad y del plantel, que carecen de ninguna competencia intelectual o
académica, que no poseen ningún proyecto (hay quien ni siquiera programa de
trabajo presentó), que incluso están plenamente identificados como personas que
actúan para favorecer a familiares y a su grupo, que se lanzan sobre cualquier
puesto, que sólo aparecen en los momentos de cambio…, tienen la desfachatez de
solicitar firmas de apoyo. Y si sabemos que viven pagados por el Colegio, y que
con recursos y empleados pagados por el Colegio, ponen su mesa a las puertas
del Colegio, pues podemos inferir de ese comportamiento que lo que desean ahora
es enriquecerse a costa del Colegio, que
les ha dado todo para su insaciabilidad. Si así actúan hoy, como “simples
profesores”, ¿qué no harán si llegan a ocupar los puestos de dirección?
Por otra parte, en
lugar de retirarse a cultivar su jardín, como quería Voltaire, los que toda su
vida han medrado con el Colegio persisten y reclaman posiciones para “su
gente”. ¿Dónde se puede ir con estas prácticas caciquiles que creíamos sólo
existían en el campo abandonado, donde el analfabetismo era el estado natural
de sus habitantes, o en zonas donde las condiciones precarias permiten la
manipulación y el control clientelar de la población? ¿Podemos poner en los
puestos clave a los más aptos, a los que tienen visión de la educación, a los
especialistas en su tarea y a quienes conocen los problemas del Colegio y saben
cómo resolverlos? No, desde luego. Porque gracias a las condiciones precarias
en las que labora el grueso de la planta docente, y al uso clientelar con que
se manejan los procesos de contratación, estabilidad y promoción de los
profesores, el caciquismo es un hecho y un bicho que anida rozagante en el CCH.
Y lo fortalecemos en la medida en que no somos capaces de denunciarlo y
criticarlo.
Alguien con muy
mala leche me comentó alguna vez que en la UNAM vivíamos el cacicazgo de los
González Casanova, por Pablo y Henrique, en realidad dos nombres ilustres que
con su trabajo y obra han dado prestigio e impulsado labores esenciales de la
Universidad. A su lado nada tienen que hacer los caciquillos que, incapaces de
hacer obra, sólo medran con el Colegio e impiden su actualización e innovación.
Por eso el encabezado de esta columna, que parafrasea el título Alabados sean nuestros señores, de Regis
Debray, debería decir “Alabados sean nuestros caciques, pero ya retírense”.
EL MARTES A LAS 9:00:
Un pronunciamiento de invaluable
importancia es el que se realizará el próximo martes 25 del presente, y esperamos
ahora sí que la Sala José Vasconcelos, la más amplia, esté a la disposición de
los profesores que siempre la solicitamos y nos responden invariablemente que
ya está ocupada.
JORNADA JOSÉ REVUELTAS:
El próximo lunes daremos a conocer las
actividades para conmemorar el primer centenario del nacimiento de José
Revueltas en el plantel Vallejo.
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