domingo, 23 de marzo de 2014

ALABADOS SEAN NUESTROS CACIQUES

Alabados sean nuestros caciques
NOÉ AGUDO (24/marzo/2014)

El caciquismo, esa forma de distorsión política que creíamos exclusiva de ciertos núcleos urbanos marginales, pero sobre todo del campo mexicano, y que ha sido un obstáculo para el desarrollo y la madurez cívica de la sociedad, también existe en la UNAM y especialmente en el CCH.
    Como lo han descrito varios estudios, especialmente los de Alan Knight, el historiador británico especializado en México, y Frank Tannenbaum, el analista norteamericano que propuso el desarrollo del campo como motor para impulsar el crecimiento del país, los efectos nefastos del caciquismo ocurren en regiones enteras y, aparte de impedir su crecimiento, generan una situación inestable y perniciosa, pues la influencia y dominio excesivos de los caciques en la vida política y social de la comunidad impiden el mejoramiento y fortalecimiento de las instituciones, al hacer depender decisiones esenciales y vitales de la voluntad de una sola persona.
    El hecho tragicómico de que haya alrededor de veinte candidatos para dirigir un plantel del CCH, Vallejo, y la pretensión por imponer a sus allegados o controlar el nombramiento de puestos clave aquí y en la dirección general por parte de ciertas personas, son un testimonio crudo de este caciquismo. Pero vayamos por partes.
    Parafrasearé sobre todo a Alan Knight en el siguiente párrafo.
    El caciquismo es un mecanismo que sirve para mantener un sistema autoritario, al igual que el corporativismo y el clientelismo; de hecho los caciques son actores en los sistemas clientelistas y en esto “difieren de la clásica burocracia weberiana, gobernada por reglas universales e impersonales”. Knight explica que los caciques necesitan clientes caciques –caciquillos, mini-caciques− y en este sentido faccionalismo y caciquismo son inseparables; un cacique debe tener su propia facción, crea la división pues así manipula las facciones a su conveniencia. Las batallas por el poder son esencialmente faccionales, aunque el cacique más fuerte puede también mediar entre las facciones en momentos de crisis.
    Otros de sus rasgos son los siguientes:
    El nepotismo prospera en los sistemas caciquiles, aunque la sucesión hereditaria tiende a ser excepcional; si el “heredero” carece de las fuerzas y las mañas de su antecesor(a), seguramente fracasará en su intento de sucesión. ¿Les suena conocido? Además, el caciquismo es arbitrario y personalista. El cacique recompensa a sus amigos y castiga a sus enemigos, aunque su violencia tiende a ser de baja intensidad, porque son los responsables del orden y el mejor cacique es aquel que evita los titulares de prensa.
    Un cacique debe mirar hacia arriba y hacia abajo; arriba siempre habrá un cacique mayor (el presidente de la República, el rector) y abajo múltiples caciquillos a los cuales hay que controlar. Los caciques no necesariamente deben ocupar cargos oficiales para ejercer su poder. Sin embargo –dice Knight−, algunos caciques van y vienen por una secuencia de cargos con movimientos ascendentes, descendentes y laterales, sin por ello perder el poder. (Recuerdo que uno de nuestros caciques ocupaba la dirección del plantel Naucalpan durante mi época de estudiante, y desde entonces ha pasado por múltiples puestos sin que aún le venga la gana por retirarse.) De hecho, una de las artes del cacique es compilar un currículo de cargos secuenciales; esta pulsión los lleva a engordar el currículum más que hacer obra científica, humanística o literaria. Sin embargo, “el cacique de nivel bajo adopta una actitud más cínica y utilitaria con respecto a los cargos oficiales”, vale decir, siempre quiere “tener hueso”.
    Los caciques deben mirar hacia arriba pues tienen ciertas obligaciones con sus superiores: mantener todo en aparente calma, plegarse a las consignas en boga, ejecutar ciertas tareas; a cambio de esto obtienen protección política desde arriba, acceso a las prebendas, prestigio, y sobre todo la posibilidad de ascender o permanecer. Empero, el talón de Aquiles de los cacicazgos es la sucesión política. Conforme se va debilitando el viejo cacique –o se expulsa al cacique no tan viejo−, el resultado puede ser una veloz sustitución por uno nuevo, y aquí los caciques de nivel más bajo son los más vulnerables a las vicisitudes del poder superior. Esto es lo que estamos viviendo actualmente.
    Así podemos explicarnos esa “repentina vocación de servicio” que afloró por estos días en el plantel Vallejo y la presencia de los viejos caciques para acotar las decisiones del nuevo director general. Lo primero, como señalaba, es para dar lástima y risa: individuos que jamás se han preocupado por los problemas de la comunidad y del plantel, que carecen de ninguna competencia intelectual o académica, que no poseen ningún proyecto (hay quien ni siquiera programa de trabajo presentó), que incluso están plenamente identificados como personas que actúan para favorecer a familiares y a su grupo, que se lanzan sobre cualquier puesto, que sólo aparecen en los momentos de cambio…, tienen la desfachatez de solicitar firmas de apoyo. Y si sabemos que viven pagados por el Colegio, y que con recursos y empleados pagados por el Colegio, ponen su mesa a las puertas del Colegio, pues podemos inferir de ese comportamiento que lo que desean ahora es enriquecerse a costa del Colegio,  que les ha dado todo para su insaciabilidad. Si así actúan hoy, como “simples profesores”, ¿qué no harán si llegan a ocupar los puestos de dirección? 
    Por otra parte, en lugar de retirarse a cultivar su jardín, como quería Voltaire, los que toda su vida han medrado con el Colegio persisten y reclaman posiciones para “su gente”. ¿Dónde se puede ir con estas prácticas caciquiles que creíamos sólo existían en el campo abandonado, donde el analfabetismo era el estado natural de sus habitantes, o en zonas donde las condiciones precarias permiten la manipulación y el control clientelar de la población? ¿Podemos poner en los puestos clave a los más aptos, a los que tienen visión de la educación, a los especialistas en su tarea y a quienes conocen los problemas del Colegio y saben cómo resolverlos? No, desde luego. Porque gracias a las condiciones precarias en las que labora el grueso de la planta docente, y al uso clientelar con que se manejan los procesos de contratación, estabilidad y promoción de los profesores, el caciquismo es un hecho y un bicho que anida rozagante en el CCH. Y lo fortalecemos en la medida en que no somos capaces de denunciarlo y criticarlo.
    Alguien con muy mala leche me comentó alguna vez que en la UNAM vivíamos el cacicazgo de los González Casanova, por Pablo y Henrique, en realidad dos nombres ilustres que con su trabajo y obra han dado prestigio e impulsado labores esenciales de la Universidad. A su lado nada tienen que hacer los caciquillos que, incapaces de hacer obra, sólo medran con el Colegio e impiden su actualización e innovación. Por eso el encabezado de esta columna, que parafrasea el título Alabados sean nuestros señores, de Regis Debray, debería decir “Alabados sean nuestros caciques, pero ya retírense”.

EL MARTES A LAS 9:00:
Un pronunciamiento de invaluable importancia es el que se realizará el próximo martes 25 del presente, y esperamos ahora sí que la Sala José Vasconcelos, la más amplia, esté a la disposición de los profesores que siempre la solicitamos y nos responden invariablemente que ya está ocupada.

JORNADA JOSÉ REVUELTAS:
El próximo lunes daremos a conocer las actividades para conmemorar el primer centenario del nacimiento de José Revueltas en el plantel Vallejo. 

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