domingo, 8 de septiembre de 2013

HISTORIA DE UNA PROFESORA DE ASIGNATURA


Historia de una profesora de asignatura
NOÉ AGUDO (9/IX/13)

Para todos mis colegas que les quitaron horas o simplemente fueron echados.

Valeria es una joven profesora del CCH. Da clases de física desde hace tres años en el plantel Vallejo. La han invitado a ser asesora, y ha participado; la han invitado a ser tutora, y ha participado; como le pagaban algunas horas por sus asesorías ─sin completar las 30 semanales a las que un profesor de asignatura puede aspirar─ la obligaban a participar en otras actividades de apoyo a la dirección, como eran asistir a reuniones, firmar algunos desplegados, solicitar a sus alumnos que firmaran otros condenando la toma de la dirección general, por ejemplo (para un alumno una petición es una orden), estar presente en las llamadas “jornadas de balance”,  participar en seminarios, etc. En todos ha participado, un poco porque le han insinuado que de no hacerlo no le darán grupos, y otro porque es una profesora que se preocupa por sus alumnos y con gusto realiza estas y otras actividades si presuponen un beneficio para ellos. Por eso también ha aceptado sin chistar esos horarios de locura que la obligan a venir en las primeras horas de la mañana y en las últimas de la tarde, impidiéndole la búsqueda de otra chamba para completar el presupuesto. Nadie sobrevive con menos de 30 horas a la semana, e incluso muchos se deben pagar con sus propios recursos el tiempo que pierden entre una clase y otra, y que no pueden disponer para conseguir otro empleo. Pensaba, como dice la canción de Patxi Andión, que “no es tan malo enseñar toreando un sueldo”. A pesar de esta ordalía, Valeria era feliz. La consolaban los comentarios tipo “así se empieza”, “yo tardé veinte años para ser definitivo”, etc., y con economías y préstamos ahí la iba pasando.
    Con lo que Valeria no contaba era con que al inicio de este semestre regresaría la mayoría de profesores que tenían alguna comisión, unos porque el mal planeado proyecto de “actualización curricular” fracasó, y otros porque, una vez terminado “el hueso”, deben volver a sus grupos y desplazan así a los interinos que los cubren, como ella. ¿Qué hacer? Valeria intentó hablar con la secretaria académica, que ni se preocupó por asignarle al menos otro grupo, ni intentó ayudarla a cambiar su horario para liberarle la tarde y así buscar otro empleo. Un día, que hacía antesala para hablar con ella, llegó una profesora ─muy joven también─ y se pusieron a conversar. Se enteró que apenas tenía un año como docente, que era de matemáticas, que ella sí contaba con sus 30 horas y en un horario compacto. “Admirable”, pensó, “deben hacer mucha falta profesores de matemáticas para que los traten tan bien”. No salía aún de su asombro y contemplaba con cierta envidia a su colega cuando llegó el director. Con los brazos extendidos se dirigió hacia la joven profesora y la saludó efusivamente, le preguntó cómo estaba, inquirió por su padre y la hizo pasar sin más a su despacho. “Así quién no”, se dijo Valeria en silencio, mientras caminaba por la calle, sabiendo que tenía que abandonar el CCH.
    Excepto el nombre, la historia que he descrito es absolutamente cierta y todos en el Colegio la conocemos. Lo inexplicable y espantoso es que nadie haga nada por corregirla. Dejamos actuar a un puñado de burócratas que, si trabajaran para una empresa privada, ya los hubieran echado por no saber administrar, por sus torpes decisiones y porque juegan con el empleo, algo vital para la vida de la gente. ¿Por qué esa contratación irresponsable, irracional e ilícita, laboralmente hablando?
    Uno pensaría, ¡qué buenos tipos! Se encargan de dar trabajo a algunos de los millones de profesionistas desempleados que existen; les ofrecen la esperanza de un empleo, les dan un consuelo. Pero sabemos que esto no es así, que no lo hacen con ese fin. Lo hacen porque siguen una política de control que la actual directora general gusta de aplicar especialmente, y que consiste más o menos en lo siguiente: contrato muchos profesores, nuevos, de preferencia saltándome la normatividad existente para su ingreso (el profesor David Silva Tonche ha reunido datos elocuentes al respecto), para que así me deban a mí su empleo, y entonces voten por lo que yo diga, obedezcan dócilmente mis decisiones, y de paso cumplo con uno de los propósitos no declarados en mi programa de gobierno: renovar la planta magisterial. Con esto, además de tener un ejército de reserva, controlo a los profesores con más antigüedad, mostrándoles que hay miles para remplazarlos, y no me preocupo así por darles estabilidad o mejorar su precaria situación laboral. ¡Oh, el CCH me queda chico, yo debería estar al frente de la SEP o al menos de la Secretaría del Trabajo! 
    Muchos profesores me preguntan qué hacer, cómo debemos actuar ante los problemas que señalo, y mi respuesta es ésta: debemos pugnar porque se realice una reforma a fondo del Colegio. Una reforma que limite o anule las atribuciones discrecionales con que actualmente cuentan directores y directora general pues, se ha visto, sólo las utilizan para su beneficio personal y para causar graves daño al Colegio sin la obligación de responder ante nadie; una reforma que rescate los órganos de representación que, sabemos, son solo una simulación grotesca de representatividad, como lo fueron las cámaras de diputados y senadores bajo el absolutismo priista; que resuelva la situación de la mayoría de profesores, porque es un hecho que las plazas de carrera son sólo un mito, la UNAM jamás abrirá concursos para la mayoría de su planta docente; al contrario, lo que busca es que la mayoría de los profesores se retire en las peores condiciones económicas posibles, y ya sabemos que el puñado de plazas de carrera que hoy existe se reserva para familiares, recomendados y amigos. Una reforma que establezca un órgano de fiscalización y control para las autoridades (guardando las proporciones, dirigir el CCH es equivalente a gobernar uno de los municipios con más recursos del país). Una reforma que haga factible, porque esto no se ha logrado aún, el modelo educativo del Colegio y los principios que lo inspiraron. Digo, si queremos preservarlo como un bachillerato diferente y que siga perteneciendo a la UNAM. Una reforma que realice a fondo una revisión del plan de estudios. Una reforma que acabe con la mediocridad, la improvisación y la simulación..., que se esmere por colocar en los puestos directivos a profesores honestos, con vocación de servicio y con visión para la educación.

    Todas estas son tareas que alguien podría considerar vanas ilusiones y yo les respondo: Lutero provocó la reforma religiosa con hojas volantes, y es más iluso pensar que acatando dócilmente el mandato de las autoridades o quedarse callado ante sus estropicios es asegurarse una mejor situación. (Continuará.)

1 comentario:

  1. De acuerdo totalmente contigo Noé, nada peor que quedarse callado y con los brazos cruzados.

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