Historia de una
profesora de asignatura
NOÉ AGUDO (9/IX/13)
Para todos mis colegas
que les quitaron horas o simplemente fueron echados.
Valeria es una joven profesora del
CCH. Da clases de física desde hace tres años en el plantel Vallejo. La han
invitado a ser asesora, y ha participado; la han invitado a ser tutora, y ha
participado; como le pagaban algunas horas por sus asesorías ─sin
completar las 30 semanales a las que un profesor de asignatura puede aspirar─
la obligaban a participar en otras actividades de apoyo a la dirección, como
eran asistir a reuniones, firmar algunos desplegados, solicitar a sus alumnos
que firmaran otros condenando la toma de la dirección general, por ejemplo
(para un alumno una petición es una orden), estar presente en las llamadas
“jornadas de balance”, participar en
seminarios, etc. En todos ha participado, un poco porque le han insinuado que
de no hacerlo no le darán grupos, y otro porque es una profesora que se
preocupa por sus alumnos y con gusto realiza estas y otras actividades si
presuponen un beneficio para ellos. Por eso también ha aceptado sin chistar
esos horarios de locura que la obligan a venir en las primeras horas de la
mañana y en las últimas de la tarde, impidiéndole la búsqueda de otra chamba
para completar el presupuesto. Nadie sobrevive con menos de 30 horas a la
semana, e incluso muchos se deben pagar con sus propios recursos el tiempo que
pierden entre una clase y otra, y que no pueden disponer para conseguir otro
empleo. Pensaba, como dice la canción de Patxi Andión, que “no es tan malo
enseñar toreando un sueldo”. A pesar de esta ordalía, Valeria era feliz. La
consolaban los comentarios tipo “así se empieza”, “yo tardé veinte años para ser
definitivo”, etc., y con economías y préstamos ahí la iba pasando.
Con lo que Valeria no contaba era con que
al inicio de este semestre regresaría la mayoría de profesores que tenían
alguna comisión, unos porque el mal planeado proyecto de “actualización
curricular” fracasó, y otros porque, una vez terminado “el hueso”, deben volver
a sus grupos y desplazan así a los interinos que los cubren, como ella. ¿Qué
hacer? Valeria intentó hablar con la secretaria académica, que ni se preocupó
por asignarle al menos otro grupo, ni intentó ayudarla a cambiar su horario
para liberarle la tarde y así buscar otro empleo. Un día, que hacía antesala
para hablar con ella, llegó una profesora ─muy joven también─ y se
pusieron a conversar. Se enteró que apenas tenía un año como docente, que era
de matemáticas, que ella sí contaba con sus 30 horas y en un horario compacto.
“Admirable”, pensó, “deben hacer mucha falta profesores de matemáticas para que
los traten tan bien”. No salía aún de su asombro y contemplaba con cierta
envidia a su colega cuando llegó el director. Con los brazos extendidos se
dirigió hacia la joven profesora y la saludó efusivamente, le preguntó cómo
estaba, inquirió por su padre y la hizo pasar sin más a su despacho. “Así quién
no”, se dijo Valeria en silencio, mientras caminaba por la calle, sabiendo que
tenía que abandonar el CCH.
Excepto el nombre, la historia que he descrito es absolutamente cierta y
todos en el Colegio la conocemos. Lo inexplicable y espantoso es que nadie haga
nada por corregirla. Dejamos actuar a un puñado de burócratas que, si
trabajaran para una empresa privada, ya los hubieran echado por no saber
administrar, por sus torpes decisiones y porque juegan con el empleo, algo vital
para la vida de la gente. ¿Por qué esa contratación irresponsable, irracional e
ilícita, laboralmente hablando?
Uno pensaría, ¡qué buenos tipos! Se encargan de dar trabajo a algunos de
los millones de profesionistas desempleados que existen; les ofrecen la
esperanza de un empleo, les dan un consuelo. Pero sabemos que esto no es así,
que no lo hacen con ese fin. Lo hacen porque siguen una política de control que
la actual directora general gusta de aplicar especialmente, y que consiste más
o menos en lo siguiente: contrato muchos profesores, nuevos, de preferencia
saltándome la normatividad existente para su ingreso (el profesor David Silva
Tonche ha reunido datos elocuentes al respecto), para que así me deban a mí su
empleo, y entonces voten por lo que yo diga, obedezcan dócilmente mis decisiones,
y de paso cumplo con uno de los propósitos no declarados en mi programa de
gobierno: renovar la planta magisterial. Con esto, además de tener un ejército
de reserva, controlo a los profesores con más antigüedad, mostrándoles que hay
miles para remplazarlos, y no me preocupo así por darles estabilidad o mejorar
su precaria situación laboral. ¡Oh, el CCH me queda chico, yo debería estar al
frente de la SEP o al menos de la Secretaría del Trabajo!
Muchos profesores me preguntan qué hacer, cómo debemos actuar ante los
problemas que señalo, y mi respuesta es ésta: debemos pugnar porque se realice
una reforma a fondo del Colegio. Una reforma que limite o anule las
atribuciones discrecionales con que actualmente cuentan directores y directora
general pues, se ha visto, sólo las utilizan para su beneficio personal y para
causar graves daño al Colegio sin la obligación de responder ante nadie; una
reforma que rescate los órganos de representación que, sabemos, son solo una
simulación grotesca de representatividad, como lo fueron las cámaras de
diputados y senadores bajo el absolutismo priista; que resuelva la situación de
la mayoría de profesores, porque es un hecho que las plazas de carrera son sólo
un mito, la UNAM jamás abrirá concursos para la mayoría de su planta docente; al
contrario, lo que busca es que la mayoría de los profesores se retire en las
peores condiciones económicas posibles, y ya sabemos que el puñado de plazas de
carrera que hoy existe se reserva para familiares, recomendados y amigos. Una
reforma que establezca un órgano de fiscalización y control para las
autoridades (guardando las proporciones, dirigir el CCH es equivalente a
gobernar uno de los municipios con más recursos del país). Una reforma que haga
factible, porque esto no se ha logrado aún, el modelo educativo del Colegio y
los principios que lo inspiraron. Digo, si queremos preservarlo como un
bachillerato diferente y que siga perteneciendo a la UNAM. Una reforma que
realice a fondo una revisión del plan de estudios. Una reforma que acabe con la
mediocridad, la improvisación y la simulación..., que se esmere por colocar en
los puestos directivos a profesores honestos, con vocación de servicio y con
visión para la educación.
Todas estas son tareas que alguien podría considerar vanas ilusiones y
yo les respondo: Lutero provocó la reforma religiosa con hojas volantes, y es
más iluso pensar que acatando dócilmente el mandato de las autoridades o
quedarse callado ante sus estropicios es asegurarse una mejor situación. (Continuará.)
De acuerdo totalmente contigo Noé, nada peor que quedarse callado y con los brazos cruzados.
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