La hora de
los ciegos
NOÉ AGUDO
El domingo primero de julio votaremos no por el cambio de
autoridades para un sexenio, sino seguramente por el cambio de país. Y más de
alguno exclamará gustoso: ¡Pues eso es lo que queremos, López Obrador nos
llevará a ese cambio! Y es verdad, nos llevará a un gran cambio, sólo que no el
que sus seguidores imaginan ni como lo desean.
Es una
ironía reconocer que por primera vez, cuando los mexicanos tendríamos la
posibilidad de decidir un mejor destino como nación, volvemos a caer en la
demagogia y la simulación, sólo para permitir que un obsesionado por el poder
arribe a la presidencia y destruya con sus políticas lo que con tanto esfuerzo
se ha construido. Lleva apareciendo en las boletas electorales al menos durante
los últimos treinta años: dos veces para gobernador de Tabasco (1988 y 1994),
una para jefe de gobierno del Distrito Federal (2000), y tres para presidente
de la nación: 2006, 2012 y 2018.
Precisamente
la indefinición que caracteriza su propuesta actual de gobierno da cuenta de su
ambición. Ha dicho lo que conviene decir ante cada público sin definirse por
nada. El objetivo es lograr el poder, ya después aplicará lo que su
limitadísima visión considera gobernar “para el pueblo”: concentración del
poder, políticas económicas estatizadoras, programas asistenciales, cerrar las
fronteras comerciales, cancelar la competencia empresarial, “lograr” la
autosuficiencia alimentaria y energética, derogar las reformas que
modernizarían al país, impedir la autonomía de instituciones que permitan por
fin la existencia de un Estado de derecho. Etcétera.
Pensar que
por despotricar contra quienes difieren de él, por prometer acciones
contradictorias, irrealizables o francamente criminales, lo hace una opción de
izquierda (y radical, según él mismo), es estar completamente ciego y creer que
en política existen los milagros. Olvidarse de su promesa más importante de
campaña, acabar con la corrupción, es buen ejemplo de este “radicalismo”. Si ha
olvidado su “varita mágica” con la que pretende solucionar todos los problemas
del país, es evidencia de lo que realmente quiere, llegar al poder, y también
signo de que no tiene ninguna propuesta seria de gobierno.
Basta revisar a quienes integran ese
amasijo de oportunismo, ambiciones y criminalidad que es Morena para saber lo
que nos espera. Entre algunos designados para cargos de representación popular
están Layda Sansores, el yerno y nieto de Elba Esther Gordillo, Napoleón Gómez
Urrutia, Rigoberto Salgado, Félix Salgado Macedonio, Fausto Vallejo y su hijo,
Cuauhtémoc Blanco, Gerardo Fernández Noroña, José Manuel Mireles, René Bejarano
y Nestora Salgado, entre otros. Y su lista de colaboradores no es diferente:
Manuel Espino, Manuel Bartlet, Alberto Anaya, Marcelo Ebrard, Ricardo Monreal y
Dolores Padierna, por señalar algunos.
Sus fanáticos saltan de inmediato
para decir que José Antonio Meade o Ricardo Anaya y sus partidos son iguales, y tal vez tengan
razón pero yo voy más allá: la clase política en general es nefasta, voraz y
corrupta. Esa ha sido nuestra desgracia desde la época colonial si no es que
desde la prehispánica. Pero tener una clase política preparada, honesta y con ética
cívica no es cuestión de que un individuo como López Obrador llegue a la
presidencia. En todo caso, Meade y Ricardo Anaya representan más firmemente esa
posibilidad, porque reconocen la necesidad de contar con los mecanismos para
combatir eficazmente la corrupción. No se trata de personas, como el aldeano
caudillo piensa, sino de instituciones, de una auténtica división de poderes,
de la aplicación de la ley, de organismos fiscalizadores autónomos, de
rendición de cuentas, de transparencia, de la existencia de una vigorosa
sociedad civil, de verdadera lucha partidaria, de que haya medios de
información independientes. A todas estas medidas López Obrador se opone pues
no le gustan ni las tolera. No creo que quiera hacer de México una Cuba o
Venezuela; los dictadorzuelos de ambos países declararon explícitamente la
construcción del socialismo y él ni siquiera conoce lo que eso significa. Pero
con sus políticas nos llevará a ser como Cuba, Venezuela o Nicaragua.
Esto es lo que no comprenden sus
panegiristas, o lo comprenden y hacen como que no pasa nada, y por eso no les
repugna que Morena sea un amasijo de oportunistas, corruptos, tránsfugas y
criminales. Estoy harto de Peña Nieto, exclaman con odio, y ahora prefiero que
otro me robe. Pues allá ellos.
Los embaucados que votarán por él son
otra cosa. Después de todo, las multitudes siempre han sido engañadas por
demagogos y dictadores como Benito Mussolini y Adolfo Hitler. Y así les ha ido.
La historia de la humanidad está plagada de ejemplos en los que otorgar el
poder a un solo individuo o partido siempre acaba mal. El hartazgo ante una
situación que lleva a decidirse por opciones peores siempre ha sido suicida. Es
lo que los más fanatizados han dicho: me han robado tanto los mismos, que ahora
he decidido que otro lo haga.
Por eso estas elecciones, las más
importantes de la historia, será la hora de los ciegos. Los responsables de que
México retroceda de donde con dificultades empezaba a salir, serán aquellos
que, sabiendo bien a dónde AMLO conducirá el país, se empeñan en apoyarlo. Por
eso el 01 de julio será la hora de los ciegos.
ASÍ SALUDÉ EN FACEBOOK LA DESIGNACIÓN
DEL NUEVO DIRECTOR GENERAL
Pues
la Junta de Gobierno de la UNAM cumplió bien su papel. No ratificó para un
segundo período a ese fraude académico y pésimo funcionario que resultó ser
Jesús Salinas Herrera. Tenemos nuevo director general y con ello la UNAM
demuestra que sabe emplear bien sus reservas. Culminamos así una etapa
registrada paso a paso en mi blog, DÍAS SIN SOSIEGO, que inició justamente hace
cuatro años con un texto que titulé “La Primavera del CCH” y que cerró su ciclo
este domingo (4 de marzo) con otro titulado “Los Desfiguros de la Ambición” (el
nuevo director general fue designado el martes 6 de marzo y tomó posesión el
miércoles 7). Los dedico a quienes gustan hablar de coherencia y congruencia.
NO
ESTABA MUERTO NI ANDABA DE PARRANDA
La lucha por la sobrevivencia y el empeño
por concluir una novelita (muy en la línea de Piedra infernal, de Lowry) me impedían hacer mis envíos. Pero,
estoy de regreso.
NO
SIRVE DE MUCHO, PERO LO REITERO
No pertenezco a ningún partido político ni
perteneceré. Alguna vez, por admiración a Heberto Castillo, milité fugazmente
en el Partido Mexicano de los Trabajadores. Pronto me di cuenta que yo no
servía para eso. Creo en las personas, no en los grupos, mafias ni partidos.
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