viernes, 8 de junio de 2018

KAFKA EN LA UNAM


Kafka en la UNAM
NOÉ AGUDO

Este artículo no se refiere a los estudios ni a la obra de Franz Kafka, presentes en casi todas las aulas y bibliotecas de los distintos campus universitarios. Plantea, en cambio, cómo ese mundo  absurdo, angustioso y de pesadilla que describen las principales obras del autor checoslovaco, campea orondo e impune en casi todos los espacios universitarios, y quienes lo padecen son generalmente los profesores más indefensos.

El proceso. “Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana…”
Uno es citado cualquier día para ser informado que debe acudir a la oficina jurídica de su plantel, porque le han iniciado una investigación administrativa. Cuando uno acude se entera que la investigación es por “acoso sexual”. No están presentes quienes denuncian, sólo un expediente donde aparecen mensajes telefónicos, casi todos con palabras soeces, acompañados con la fotografía del acusado. El abogado recomienda negar todo y así se hace. El jefe de la oficina jurídica da un plazo, digamos una semana, al término del cual comunica al profesor que ha sido cesado. Así inicia el laberinto kafkiano.
            El profesor cesado no ha tenido oportunidad de presentar pruebas de su inocencia. Por ejemplo su teléfono celular, para demostrar que de tan modesto y obsoleto aparato no se pueden enviar mensajes de texto, ni mucho menos fotografías como las que acompañan los mensajes. Tampoco ha podido conocer quién es el nombre verdadero de una denunciante (que sólo figura como “Melisa la eriza”), ni mucho menos informar en su descargo que días antes de que la acusación apareciera, varios profesores lo alertaron de que algo se preparaba en su contra y otros más, con cierta animosidad, ya lo festejaban. También mostrar algunos mensajes que llegaron a su modesto celular (estos sí, con número) para tratar de involucrarlo en propuestas de tipo sexual. Asimismo, preguntar por qué en los presuntos mensajes no aparece su número telefónico, por qué en otros ha sido borrado el nombre del (la) interlocutor(a), y hacer notar cómo en una página del expediente se desliza el nombre de quien realmente lo elaboró. Sólo se entera que ha sido cesado, antes de iniciar cualquier investigación.
            El profesor decide acudir ante la autoridad laboral pues no se le ha comprobado ningún cargo, sólo existe una acusación mal elaborada y con muchas falsedades que un verdadero juez no validaría, aunque al director de su plantel le bastó para cesarlo. El abogado de su sindicato  le explica que su caso debe pasar antes por una instancia que la UNAM tiene para resolver estos conflictos. Se llama comisión Mixta de Conciliación y Resolución; le hace ver las graves fallas de la acusación y lo burdo del montaje. Por eso está seguro que en esa instancia se resolverá y no pasará de una leve amonestación. Por un error mayúsculo en la redacción del oficio en el que se le comunicó el cese, los abogados del plantel acuden a la casa del profesor para que firme otro documento y le dicen lo mismo: en la Comisión Mixta su caso se resolverá sin pasar a mayores.

La metamorfosis: “Cuando, una mañana, Gregorio Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho…”
La instalación del profesor en el mundo de pesadilla kafkiano es el único hecho verdadero: se  le ha castigado sin ninguna investigación de por medio; se le ha castigado sin haber recibido condena; se le ha castigado sin permitirle aportar prueba alguna de su inocencia; la parte que integró la acusación y armó el expediente lo ha cesado, asumiendo el papel de juez y verdugo. El profesor se ha quedado sin trabajo, sin sueldo, sin seguridad social y sin posibilidad de  impartir cursos y realizar otras tareas académicas tendientes a su promoción. ¿Cómo sobrevive ese monstruoso bicho en que lo han convertido: cesado, proscrito, apestado y condenado a seguir un proceso interminable?
Tres meses después de recibir el castigo, del cual aún no conoce ni recibe sentencia, el profesor es citado a la primera audiencia en la mencionada Comisión Mixta. El abogado del plantel, protervo y con sonrisa burlona, adelanta que la audiencia seguramente se diferirá, porque todo quedará en una amonestación y el profesor podrá ser reinstalado, aunque no en el mismo plantel. Pide unos minutos para confirmar, pero, cuando regresa, recula y dice que la audiencia sí se efectuará. “De allá arriba” (señala vagamente hacia el cielo) le han indicado que “todo debe continuar y que no hay arreglo”. Y así sucede, la audiencia se realiza y cada parte reitera sus dichos. Los integrantes de la Comisión Mixta escuchan atentos, toman nota y al final hacen firmar a las partes los mismos alegatos expresados durante la audiencia. Los abogados del profesor le piden esperar. “Conocer el dictamen de la Comisión Mixta llevará alrededor de sesenta días”, señalan.

El castillo: “… le dejaban deslizarse por todas partes, eso sí, sin abandonar el pueblo, y, mediante esa táctica, le minaban y le debilitaban, evitando toda lucha y situándole en una vida extraña, extraoficial, completamente opaca y turbia…”
Pero no se ha llevado sesenta días, sino años. Primero él llamaba y le decían que aún no había dictamen, que los miembros de la Comisión tenían mucho trabajo, que había otros casos con dos, tres, cinco y más años de espera. Que no debía desesperar. Los abogados lo reconfortaban explicándole que “sus derechos seguían vigentes”. Desesperado, el profesor envió cartas a los abogados, a quien preside la Comisión, a sus integrantes, haciéndoles ver los graves daños de salud, económicos, psicológicos y laborales que provocaba su dilación. No sólo a él, sino a su familia. Pero nadie responde, nadie se hace responsable, el laberinto interminable de El castillo de Kafka se quedaba corto al lado de éste.
            De lo último que se enteró fue que, unos días después de la celebración de la audiencia en la Comisión Mixta, los abogados de su sindicato presentaron los alegatos, pero hasta hoy la Comisión aún no resuelve. De esto hace ya casi dos años. Más dramática y eterna que la espera de K, el agrimensor que  aguarda ser recibido en el castillo, la petición del profesor para que su caso sea dictaminado es un ejemplo sobresaliente de ese universo kafkiano que campea en “la máxima casa de estudios”.
            Si Josef K., Gregorio Samsa y K viven en un mundo absurdo, angustiante y de pesadilla, sin conocer las causas de su castigo ni a sus acusadores, tal vez este hecho atenúe su pesadumbre; pero en este caso y en el de muchos otros profesores la situación se agrava  porque conocen las causas, motivaciones y nombres de sus verdugos, y aun así no les dan oportunidad de defenderse. Es decir, al castigo, desempleo, estragos económicos y de salud se suma la impotencia, humillación y resentimiento en el agredido.
            La violencia, inseguridad, corrupción, impunidad y enojo que permean al país entero nos muestra adónde conduce la ausencia del Estado de derecho, la perversión de la normatividad y el uso de instancias que deberían aplicar la justicia para cobrar venganzas personales. Y que esto ocurra en la “máxima casa de estudios” de la nación es contrario a todo sentido, porque aquí se forma ciudadanía, se enseñan las leyes y uno esperaría que primara el Estado de derecho. Porque situaciones como ésta son violatorias de los derechos humanos fundamentales, negación de derechos consagrados en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, violación flagrante de la Ley Federal del Trabajo, distorsión de la normatividad universitaria establecida en documentos como el Estatuto del Personal Académico de la UNAM y cancelación y perversión del espíritu universitario que debe prevalecer dentro de la comunidad universitaria.    
            El funcionario que provocó y creó esta situación para deshacerse y castigar al profesor vive tranquilo, no obstante que dejó un desastre académico, administrativo y de ruptura de la convivencia entre la comunidad por la que supuestamente debía velar. Disfruta su año sabático (y cómo no, si lo que ganaba en un mes para el profesor equivale a dos años de trabajo, ¡dos!, los mismos que al cancelarle su trabajo y sueldo lo han endeudado, agotado y estar a un paso de perder el modesto departamento de interés social que no puede pagar). No sólo eso, le han dañado su salud y anulado sus aspiraciones de desarrollo. En suma, han trastocado su vida, como a esa repugnante cucaracha en la cual amaneció convertido un día Gregorio Samsa.
            Hoy, cuando México como nación debate por el arribo a una democracia plena, donde primen la equidad ante la ley, la existencia de un Estado de derecho y la transparencia en las acciones de gobierno, es inconcebible que aún haya espacios universitarios donde la discrecionalidad, la arbitrariedad y las tácticas dilatorias en el cumplimiento de la normatividad, propios de la época colonial, propicien este universo kafkiano absurdo y de pesadilla que destruye y arruina la vida del soporte vertebral del quehacer universitario, su profesorado.
                 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...