Kafka en la
UNAM
NOÉ AGUDO
Este
artículo no se refiere a los estudios ni a la obra de Franz Kafka, presentes en
casi todas las aulas y bibliotecas de los distintos campus universitarios.
Plantea, en cambio, cómo ese mundo absurdo, angustioso y de pesadilla que
describen las principales obras del autor checoslovaco, campea orondo e impune en
casi todos los espacios universitarios, y quienes lo padecen son generalmente
los profesores más indefensos.
El
proceso. “Alguien debía de haber calumniado a Josef K.,
porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana…”
Uno
es citado cualquier día para ser informado que debe acudir a la oficina
jurídica de su plantel, porque le han iniciado una investigación
administrativa. Cuando uno acude se entera que la investigación es por “acoso
sexual”. No están presentes quienes denuncian, sólo un expediente donde
aparecen mensajes telefónicos, casi todos con palabras soeces, acompañados con
la fotografía del acusado. El abogado recomienda negar todo y así se hace. El
jefe de la oficina jurídica da un plazo, digamos una semana, al término del
cual comunica al profesor que ha sido cesado. Así inicia el laberinto kafkiano.
El profesor cesado no ha tenido
oportunidad de presentar pruebas de su inocencia. Por ejemplo su teléfono
celular, para demostrar que de tan modesto y obsoleto aparato no se pueden
enviar mensajes de texto, ni mucho menos fotografías como las que acompañan los
mensajes. Tampoco ha podido conocer quién es el nombre verdadero de una denunciante
(que sólo figura como “Melisa la eriza”), ni mucho menos informar en su
descargo que días antes de que la acusación apareciera, varios profesores lo
alertaron de que algo se preparaba en su contra y otros más, con cierta
animosidad, ya lo festejaban. También mostrar algunos mensajes que llegaron a
su modesto celular (estos sí, con número) para tratar de involucrarlo en
propuestas de tipo sexual. Asimismo, preguntar por qué en los presuntos
mensajes no aparece su número telefónico, por qué en otros ha sido borrado el
nombre del (la) interlocutor(a), y hacer notar cómo en una página del
expediente se desliza el nombre de quien realmente lo elaboró. Sólo se entera
que ha sido cesado, antes de iniciar cualquier investigación.
El profesor decide acudir ante la
autoridad laboral pues no se le ha comprobado ningún cargo, sólo existe una
acusación mal elaborada y con muchas falsedades que un verdadero juez no
validaría, aunque al director de su plantel le bastó para cesarlo. El abogado
de su sindicato le explica que su caso
debe pasar antes por una instancia que la UNAM tiene para resolver estos
conflictos. Se llama comisión Mixta de Conciliación y Resolución; le hace ver
las graves fallas de la acusación y lo burdo del montaje. Por eso está seguro
que en esa instancia se resolverá y no pasará de una leve amonestación. Por un
error mayúsculo en la redacción del oficio en el que se le comunicó el cese,
los abogados del plantel acuden a la casa del profesor para que firme otro
documento y le dicen lo mismo: en la Comisión Mixta su caso se resolverá sin
pasar a mayores.
La
metamorfosis: “Cuando, una mañana, Gregorio Samsa se despertó de
unos sueños agitados, se encontró en su cama convertido en un monstruoso
bicho…”
La
instalación del profesor en el mundo de pesadilla kafkiano es el único hecho
verdadero: se le ha castigado sin
ninguna investigación de por medio; se le ha castigado sin haber recibido
condena; se le ha castigado sin permitirle aportar prueba alguna de su
inocencia; la parte que integró la acusación y armó el expediente lo ha cesado,
asumiendo el papel de juez y verdugo. El profesor se ha quedado sin trabajo,
sin sueldo, sin seguridad social y sin posibilidad de impartir cursos y realizar otras tareas
académicas tendientes a su promoción. ¿Cómo sobrevive ese monstruoso bicho en
que lo han convertido: cesado, proscrito, apestado y condenado a seguir un
proceso interminable?
Tres meses después de recibir el castigo, del cual aún
no conoce ni recibe sentencia, el profesor es citado a la primera audiencia en
la mencionada Comisión Mixta. El abogado del plantel, protervo y con sonrisa
burlona, adelanta que la audiencia seguramente se diferirá, porque todo quedará
en una amonestación y el profesor podrá ser reinstalado, aunque no en el mismo
plantel. Pide unos minutos para confirmar, pero, cuando regresa, recula y dice
que la audiencia sí se efectuará. “De allá arriba” (señala vagamente hacia el
cielo) le han indicado que “todo debe continuar y que no hay arreglo”. Y así
sucede, la audiencia se realiza y cada parte reitera sus dichos. Los
integrantes de la Comisión Mixta escuchan atentos, toman nota y al final hacen
firmar a las partes los mismos alegatos expresados durante la audiencia. Los
abogados del profesor le piden esperar. “Conocer el dictamen de la Comisión
Mixta llevará alrededor de sesenta días”, señalan.
El
castillo: “… le dejaban deslizarse por todas partes, eso sí,
sin abandonar el pueblo, y, mediante esa táctica, le minaban y le debilitaban,
evitando toda lucha y situándole en una vida extraña, extraoficial,
completamente opaca y turbia…”
Pero
no se ha llevado sesenta días, sino años. Primero él llamaba y le decían que
aún no había dictamen, que los miembros de la Comisión tenían mucho trabajo,
que había otros casos con dos, tres, cinco y más años de espera. Que no debía
desesperar. Los abogados lo reconfortaban explicándole que “sus derechos
seguían vigentes”. Desesperado, el profesor envió cartas a los abogados, a
quien preside la Comisión, a sus integrantes, haciéndoles ver los graves daños
de salud, económicos, psicológicos y laborales que provocaba su dilación. No
sólo a él, sino a su familia. Pero nadie responde, nadie se hace responsable,
el laberinto interminable de El castillo
de Kafka se quedaba corto al lado de éste.
De lo último que se enteró fue que,
unos días después de la celebración de la audiencia en la Comisión Mixta, los
abogados de su sindicato presentaron los alegatos, pero hasta hoy la Comisión
aún no resuelve. De esto hace ya casi dos años. Más dramática y eterna que la
espera de K, el agrimensor que aguarda
ser recibido en el castillo, la petición del profesor para que su caso sea
dictaminado es un ejemplo sobresaliente de ese universo kafkiano que campea en
“la máxima casa de estudios”.
Si Josef K., Gregorio Samsa y K viven
en un mundo absurdo, angustiante y de pesadilla, sin conocer las causas de su
castigo ni a sus acusadores, tal vez este hecho atenúe su pesadumbre; pero en
este caso y en el de muchos otros profesores la situación se agrava porque conocen las causas, motivaciones y
nombres de sus verdugos, y aun así no les dan oportunidad de defenderse. Es
decir, al castigo, desempleo, estragos económicos y de salud se suma la
impotencia, humillación y resentimiento en el agredido.
La violencia, inseguridad,
corrupción, impunidad y enojo que permean al país entero nos muestra adónde
conduce la ausencia del Estado de derecho, la perversión de la normatividad y
el uso de instancias que deberían aplicar la justicia para cobrar venganzas personales.
Y que esto ocurra en la “máxima casa de estudios” de la nación es contrario a
todo sentido, porque aquí se forma ciudadanía, se enseñan las leyes y uno
esperaría que primara el Estado de derecho. Porque situaciones como ésta son
violatorias de los derechos humanos fundamentales, negación de derechos
consagrados en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, violación
flagrante de la Ley Federal del Trabajo, distorsión de la normatividad
universitaria establecida en documentos como el Estatuto del Personal Académico de la UNAM y cancelación y
perversión del espíritu universitario que debe prevalecer dentro de la
comunidad universitaria.
El funcionario que provocó y creó
esta situación para deshacerse y castigar al profesor vive tranquilo, no
obstante que dejó un desastre académico, administrativo y de ruptura de la
convivencia entre la comunidad por la que supuestamente debía velar. Disfruta
su año sabático (y cómo no, si lo que ganaba en un mes para el profesor
equivale a dos años de trabajo, ¡dos!, los mismos que al cancelarle su trabajo
y sueldo lo han endeudado, agotado y estar a un paso de perder el modesto
departamento de interés social que no puede pagar). No sólo eso, le han dañado
su salud y anulado sus aspiraciones de desarrollo. En suma, han trastocado su
vida, como a esa repugnante cucaracha en la cual amaneció convertido un día
Gregorio Samsa.
Hoy, cuando México como nación
debate por el arribo a una democracia plena, donde primen la equidad ante la
ley, la existencia de un Estado de derecho y la transparencia en las acciones
de gobierno, es inconcebible que aún haya espacios universitarios donde la
discrecionalidad, la arbitrariedad y las tácticas dilatorias en el cumplimiento
de la normatividad, propios de la época colonial, propicien este universo
kafkiano absurdo y de pesadilla que destruye y arruina la vida del soporte
vertebral del quehacer universitario, su profesorado.
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