martes, 30 de mayo de 2017

¡QUÉ BONITA FAMILIA!


¡Qué bonita familia!
NOÉ AGUDO

Gustó la propuesta de que no pueda ser director general ni de plantel del CCH un profesor que tiene metida a toda su familia en el Colegio. Por allí inicia la corrupción. Siendo la familia una institución tan cara al corazoncito de los mexicanos acomplejados, los cargos y comisiones son para ella, las plazas que se otorgan por contrato, los mejores horarios y más grupos, etcétera. Incluso se trae a los cuñados y a los pericos ya jubilados y se los pone al frente de un departamento. Privilegiar a la familia en un ambiente académico es como avivar un rescoldo, pues más del ochenta por ciento de los profesores se esfuerza y hace una larga fila desde hace muchísimos años (veinte, treinta y hasta cuarenta) para lograr estabilidad laboral y mejorar su categoría académica. Así que si de la noche a la mañana aparece alguien (uno o una, aquí no hay género) y les birla esa única esperanza, pues es una frustración e indignación absolutas. Además, la mayor parte de los familiares son ineptos: reprueban el examen filtro, no son competitivos en sus profesiones, fracasan cuando intentan ejercer en la empresa privada, son malos profesores porque recalan como tales al no quedarles otra cosa qué hacer, así que si brillan es únicamente por su mediocridad. Representan una ofensa y una afrenta a una comunidad a la que se le exige hacer méritos, actualizarse permanentemente, acumular puntos, prepararse, etcétera. Vean las familias que pululan en el CCH y se darán cuenta de la calidad de sus integrantes.
            Por otra parte, un director con este lastre se rodeará de incondicionales para no ser criticado o al menos para aparentar que sabe conducir una institución educativa. Con esto se compromete y enreda aún más en su red de complicidades. Sólo así se explica la presencia de individuos protervos en sus equipos de trabajo, pues los necesitan para espiar, vigilar y reprimir a quien los critique. Oficinas jurídicas que parecen ministerios públicos para lidiar con borrachos o delincuentes; asesoras dedicadas a entretejer relaciones con grupos porriles, vendedores de drogas y pseudoactivistas, que son usados como peones cuando se quieren deshacer o vengar de alguien incómodo; individuos abyectos y serviles que conocen bien el valor del silencio, la simulación y la complicidad. Al final, la única perjudicada es la educación y sus principales actores, es decir, maestros y alumnos, pues estas personas son contrarias a una comunidad académica y universitaria, pervierten la función de la escuela y ponen un ejemplo indigno a los futuros ciudadanos.
            No todas las familias son iguales, por supuesto. Hay estirpes brillantes que han dado científicos, artistas investigadores e intelectuales. Apenas enviaba mi anterior entrega, cuando vi por TV una entrevista realizada al ex rector Juan Ramón de la Fuente (alguien que desearía se lanzara como candidato independiente para la presidencia de la República en 2018; él sería capaz de unificar a lo mejor del PRI, PAN, PRD y vastos sectores de la sociedad que anhelamos llevar nuestro país a una democracia plena, donde primen el acatamiento a las leyes y el funcionamiento de las instituciones, sin dejar resquicios para la corrupción y la impunidad). El padre del doctor de la Fuente, Ramón de la Fuente, fue un brillante neuropsiquiatra; su madre, Beatriz Ramírez de la Fuente, fue una acuciosa investigadora e historiadora de las culturas prehispánicas. Familias así no viven de la UNAM sino al contrario, le entregan lo mejor que tienen: su talento y trabajo. Y qué decir de los Caso, de los Barros Sierra (cuyos ancestros se remontan hasta don Justo Sierra, fundador de la Universidad Nacional) y los González Casanova, por citar algunos nombres.
            Pero la perversión en la que han hundido otras familias a ciertas escuelas de la UNAM, como algunos planteles del CCH, se asemeja más bien a la presencia de un cáncer: pobreza intelectual, simulación, primacía de antivalores como la delación, la complicidad, el nepotismo, la protección y el solapamiento a delincuentes, reducción de las exigencias académicas a niveles ínfimos, etc. Digo, deshacerse de un buen empleado para poner en su lugar al cuñado jubilado es el colmo, además de favorecer a los hijos, familiares de la esposa y amigotes. Por eso, evitar que alguien con una prole tan extensa llegue a la dirección de un plantel, o no se diga a la dirección general, debe ser un requisito fundamental. Porque no solo pervierte la vida académica, sino que afrenta a profesores y trabajadores que hacen bien su trabajo, además de propiciar la corrupción, generar conflicto de intereses y hundir al Colegio en la mediocridad.
            De esto hay suficientes ejemplos y a mi correo llegan otros más. Es sabido, por citar un caso, que en el plantel Vallejo no decide el profesor Cupertino, dizque el director, sino la mujer-policía que el doctor Salinas tiene allí para que las cosas funcionen a su antojo, la “licenciada” Jesica Vargas Arellano. Es ella quien instruye a los secretarios, les ordena lo que se debe hacer y les exige informes de sus resultados. Ella informa a Cecilio Rojas Espejo, “líder” sindical en el Politécnico y funcionario del CCH, y éste transmite a su vez al director general. ¡Bonita familia!
            ¿Cómo se propicia este ambiente de mediocridad y corrupción? Porque hay que contar con incondicionales que le deban todo al director general, así los “traerá cortos”, piensan. Pongamos un ejemplo: cuando el maestro José Ruiz Reynoso fue designado secretario académico del CCH por el doctor Jesús Salinas, toda la comunidad docente se sorprendió: ¿Qué méritos reúne? ¿Tiene capacidad académica e intelectual para el cargo? Era lo menos que se decía. “Bueno, ya le pondrán asesores que hagan el trabajo por él”, comentaban con sorna los profesores con mayor experiencia. Y sí, allí sigue como secretario académico.

            Lo indignante es que desde 2003 el Consejo Técnico, nuestro “máximo órgano de representación colegiada”, acordó que todas las plazas de carrera otorgadas a contrato deberían someterse a concurso. Pues bien, el maestro José Ruiz Reynoso cuenta con una plaza de este tipo desde 2010 y no la ha puesto a concurso. Eso sí: solicita, exige, requiere, inquiere y presiona a los demás profesores que gozan de estas plazas a que las suelten y pongan a concurso, menos a los protegidos del director general. Pero, ¿qué podemos hacer? Ruiz Reynoso le sirve a él, y ahora con mayor enjundia. Y así por el estilo.

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