lunes, 20 de noviembre de 2017

EL DERRUMBE TOTAL

El derrumbe total
NOÉ AGUDO

Durante las últimas semanas he hablado con más de una decena de profesores del CCH y la conclusión es unánime: como alternativa innovadora y vanguardista de educación media superior el CCH es un fracaso, se ha vuelto un bachillerato más del montón. Si continúa siendo una opción demandada por los jóvenes de esta metrópoli, se debe al hoy injusto privilegio que la UNAM concede a sus egresados: pasar a la licenciatura sin cubrir más que el número de créditos y en un periodo más o menos reglamentado de tiempo. Pero su rendimiento, eficiencia terminal y conocimientos con que los estudiantes egresan son los mismos que los de otras instituciones de educación media superior como Cecyts, Colegio de Bachilleres e incluso bachilleratos técnicos como el Conalep y Cetis, con la ventaja de que estos últimos forman alumnos capaces de incorporarse de inmediato a un empleo.
            Lo que alguna vez fue un modelo de enseñanza, una alternativa innovadora y pertinente para los nuevos tiempos: formar ciudadanos críticos, informados, solidarios con su entorno social, capaces de aprender por sí mismos y actualizarse permanentemente, e interpretar la realidad a partir de los marcos aportados por la ciencia, hoy es un enclave donde priman el desplome en los conocimientos, los prejuicios y esquemas simplistas para juzgar la realidad, la crítica entendida como hablar mal del gobierno y un individualismo feroz que antepone salvar el pellejo antes que cualquier preocupación solidaria.
En un intento por descalificar la reforma educativa, Carlitos Imaz dice “con orgullo” que él es egresado de esta institución, la cual se propuso enseñar a sus alumnos a “aprender a aprender” desde sus inicios. Lo que no dice es que el CCH nunca pudo lograr este propósito, ya que originalmente su planta docente la conformaron jóvenes improvisados para la enseñanza, si bien con un impulso generoso debido al cercano movimiento estudiantil de 1968. Después, en la medida en que los recursos fueron aumentando y las asignaciones presupuestales se hicieron apetitosas, el Colegio se transformó en un botín que se disputan pandillas burocráticas las cuales lo que menos preocupa es la enseñanza. ¿Cómo van a ocuparse de aplicar y hacer realidad el modelo educativo, si lo que pretenden realmente es beneficiar a sus familiares, otorgar plazas a los amigos y mantener los privilegios para unos cuantos?
Carlos Imaz no dice que el CCH ha propiciado un activismo cuyo mejor representante son el tristemente famoso Mosh y sus seguidores, posesionados de espacios universitarios como el Auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras. Dichas personas se caracterizan por su intolerancia, fanatismo, carencia de visión y propósitos, que se consumen en una estridencia y rechazo a todo y a todos. Además de destructivos y vandálicos, esos falsos activistas se han apropiado de los espacios universitarios y han hecho de ellos su modus vivendi, usándolos para actividades nada dignificantes como vender chucherías, comida chatarra y aun productos ilegales como alcohol y drogas. Se dicen anarquistas pero ni siquiera saben el significado del término, pues se prestan dócilmente a servir a ciertas personas y grupos.
Tal vez este comentario moleste a algunos profesores, pero recordemos que fueron también profesores quienes contribuyeron a esta pérdida. La indiferencia, silencio y cobardía ante las bribonadas por todos conocidas, ha sido directamente proporcional a la incapacidad y pereza para pensar e imaginar cómo recuperar las propuestas innovadoras del Colegio; para proponer formas de contención del desplome educativo; para hacer eficaces a los órganos colegiados, que podrían haber acotado la actuación discrecional y arbitraria de las autoridades. Aún existen algunos profesores fundadores, pero todos guardan hoy un discreto silencio, pues de lo que se trata es de lograr un mejor retiro y más vale tener contentos a los zafios burócratas. Por no hablar de los que gustosamente contribuyeron al desastre.   
¿Qué sigue para el Colegio?, nos preguntamos todos los profesores. Lo más seguro es que, llegado el momento, las autoridades educativas apliquen sin mayor problema ni oposición una medida ya anunciada: la separación del bachillerato de la UNAM, dejando a ésta sólo con licenciaturas y posgrados. Un desprendimiento necesario ante los males que hoy padece la Máxima Casa de Estudios, al igual que el país todo: macrocefalia y obesidad. Porque si bien antes existían razones para oponerse a esta medida, hoy ya no queda ningún argumento válido. ¿Cómo justificar un presupuesto tan generoso para resultados tan nimios? ¿Cómo explicar que otras instituciones con menores recursos, infraestructura y aun personal docente, entreguen los mismos resultados y algunas quizá mejores? ¿Cómo demostrar el carácter especial de un bachillerato que naufraga en el desconcierto, la improvisación y el desastre?
Las últimas administraciones, unas más, otras menos, han pavimentado este camino, pero en especial la actual: un individuo como el doctor Jesús Salinas Herrera, que llegó a la dirección general del CCH con la promesa de no practicar el nepotismo, lo primero que hizo fue poner al cuñado, ya jubilado, al frente del almacén del plantel Vallejo; envió al hijo, reprobado en su examen de admisión como docente del CCH (no faltó quien se prestara a “la revisión” del examen y lo aprobara), a estudiar su doctorado (no sé si becado o con sueldo incluido, es igual); quitó al director de ese plantel y puso a otro director y su equipo a su antojo, algunos impresentables o con negros antecedentes en otros planteles, e hizo lo mismo en la dirección general (en menos de un año corrió al secretario general y a la secretaria académica, dos piezas clave en la buena marcha de la institución). Pero en el aspecto propiamente educativo, su gran logro ha sido retomar la “revisión” de un plan de estudios realizado por su antecesora, empeorarlo, aprobarlo e imponerlo con el consecuente rechazo de los profesores, quienes no dudan en juzgarlo como un verdadero galimatías.
Las consecuencias de este desgobierno están a la vista: una comunidad donde cada uno hace lo que quiere; sin planeación ni dirección; despido de los mejores trabajadores y agresión a profesores; elevado consumo de alcohol y drogas sin que los directivos hagan nada; jóvenes que nunca entran a clase o se convulsionan en los jardines por el “pasón” (el pasado 8 de noviembre una menor fue detenida y remitida al ministerio público especializado por vender brownies repletos de marihuana; ¡vaya!, el director del plantel Vallejo, a quien nunca se encuentra en las instalaciones escolares, solicitó por fin la intervención de las autoridades correspondientes, sin parar mientes en que la alumna es menor de edad, pues tiene apenas 16 años) y se dice que los propios integrantes de su equipo están en  connivencia con los vendedores. En síntesis, un desastre desolador que, se pensaba, sólo se ve y se vive en los reclusorios, pero nunca en una escuela. Y menos en una que se proponía como modelo de enseñanza y educación.
Estos son los resultados de la administración encabezada por el doctor Jesús Salinas, a quien el rector y la Junta de Gobierno no deben permitir su reelección como director general del CCH, e impedirle desde ahora cualquier acción para influir en la designación de ningún director ni funcionario de ningún plantel.    
     
TIEMPOS DE JESÚS SALINAS:
Un profesor llega en su auto a la puerta del estacionamiento. Burlona, la vigilante que supuestamente la atiende le dice: “Los porros no pueden entrar a este plantel”. Ríe con descaro en la cara del profesor. Por fin levanta de mala gana la pluma y lo deja pasar. El hecho se repite otro día. Ahora quien realiza la befa es un individuo que también actúa como “vigilante”. Vuelve a decir lo mismo al profesor que, casualmente, fue director del plantel y despedido sin ninguna explicación por parte del director general, doctor Jesús Salinas Herrera. Ahora éste lo considera su enemigo. El profesor encuentra casualmente al director del plantel Vallejo y le expone la situación: “¡Qué barbaridad, esto no puede suceder, qué falta de respeto! Le sugiero que levante un acta en el Departamento Jurídico”, dice con socarronería el funcionario. Pacientemente, el profesor consigue los nombres de los empleados que lo han agredido, va, levanta el acta y aun escribe una carta al rector de la UNAM para exponer el problema. ¿Resultado? Ninguno. Es el CCH, parecen decir los hechos: una tierra de nadie. Sí, corrijo: la de los bribones y cínicos. Los empleaditos que realizaron la burla fueron aleccionados, el profesor ni siquiera los conocía. Son los mismos que harán lo mismo al director general y sus acólitos cuando dejen el poder. ¿Alguien aún apela al espíritu universitario?
Conocí al señor Manuel Cruz Miranda desde que llegué al plantel Vallejo y lo traté como jefe del Departamento de Publicaciones que él era. Acostumbrado a lidiar con jefes de imprenta, talleres, encuadernadoras y urgencias que siempre se presentan en el proceso de imprimir una revista o un libro, me di cuenta de inmediato que se trataba de un trabajador ejemplar, como pocos en el ámbito universitario: puntual, responsable, amable, los trabajos bien hechos hasta donde lo permitían los recursos y sobre todo alguien para quien los “no se puede”, “ya es tarde”, o “me faltan piezas para la máquina” no existen. Pues bien, impulsada por antiguos rencores derivados de elecciones sindicales en las que Manuel Cruz se impuso sobre ella cuando ambos eran trabajadores sindicalizados, una mujer asignada al Departamento de Impresiones sentenció a Manuel: “Yo me encargo de que dejes de ser jefe de este departamento, te lo juro”. La mujer presume tener relaciones con el secretario de conflictos del Stunam.

Intrigante, instigadora, calumniadora, conflictiva, la mujer acusó a Manuel de cuanta tontería se le ocurrió. Nada pudo comprobar, nada probó, nada demostró, nadie le creyó. Sin embargo, valida de sus relaciones trajo a cuatro o cinco golpeadores que amenazaron a Manuel. Ingresaron hasta el área de trabajo, impidieron el paso al trabajador y casi lo sacan a rastras a la calle y lo golpean, de no ser por la intervención de varios profesores que detuvieron la agresión (existe un video del hecho, que subiré en cuanto me lo hagan llegar). Lo indignante es que ningún elemento del llamado “cuerpo directivo” hizo nada para respaldar a su empleado (Manuel era trabajador de confianza). El colmo del cinismo vino cuando la mujer que funge como policía del director le dijo: “Estás afectando la imagen del director, mejor renuncia y ya jubílate”. Lo mismo le dijo el director: “Me estás causando un conflicto”. ¡La imagen del director! Un timorato e inepto que sólo obedece las órdenes de quien allí lo impuso, es decir, de Jesús Salinas Herrera, el director general del CCH. Dudo mucho que el trabajo que realizaba Manuel (a todos mis colegas profesores les consta) pueda ni siquiera ser igualado por quien quedó en su lugar. Así naufraga y se desmorona el CCH, esa institución que don Pablo González Casanova imaginó como modelo de educación para un México diferente. 

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