El derrumbe
total
NOÉ AGUDO
Durante
las últimas semanas he hablado con más de una decena de profesores del CCH y la
conclusión es unánime: como alternativa innovadora y vanguardista de educación
media superior el CCH es un fracaso, se ha vuelto un bachillerato más del
montón. Si continúa siendo una opción demandada por los jóvenes de esta
metrópoli, se debe al hoy injusto privilegio que la UNAM concede a sus
egresados: pasar a la licenciatura sin cubrir más que el número de créditos y
en un periodo más o menos reglamentado de tiempo. Pero su rendimiento, eficiencia
terminal y conocimientos con que los estudiantes egresan son los mismos que los
de otras instituciones de educación media superior como Cecyts, Colegio de Bachilleres
e incluso bachilleratos técnicos como el Conalep y Cetis, con la ventaja de que
estos últimos forman alumnos capaces de incorporarse de inmediato a un empleo.
Lo que alguna vez fue un modelo de
enseñanza, una alternativa innovadora y pertinente para los nuevos tiempos:
formar ciudadanos críticos, informados, solidarios con su entorno social,
capaces de aprender por sí mismos y actualizarse permanentemente, e interpretar
la realidad a partir de los marcos aportados por la ciencia, hoy es un enclave
donde priman el desplome en los conocimientos, los prejuicios y esquemas
simplistas para juzgar la realidad, la crítica entendida como hablar mal del
gobierno y un individualismo feroz que antepone salvar el pellejo antes que
cualquier preocupación solidaria.
En un intento por descalificar la reforma educativa,
Carlitos Imaz dice “con orgullo” que él es egresado de esta institución, la
cual se propuso enseñar a sus alumnos a “aprender a aprender” desde sus inicios.
Lo que no dice es que el CCH nunca pudo lograr este propósito, ya que
originalmente su planta docente la conformaron jóvenes improvisados para la
enseñanza, si bien con un impulso generoso debido al cercano movimiento
estudiantil de 1968. Después, en la medida en que los recursos fueron aumentando
y las asignaciones presupuestales se hicieron apetitosas, el Colegio se
transformó en un botín que se disputan pandillas burocráticas las cuales lo que
menos preocupa es la enseñanza. ¿Cómo van a ocuparse de aplicar y hacer
realidad el modelo educativo, si lo que pretenden realmente es beneficiar a sus
familiares, otorgar plazas a los amigos y mantener los privilegios para unos
cuantos?
Carlos Imaz no dice que el CCH ha propiciado un
activismo cuyo mejor representante son el tristemente famoso Mosh y sus
seguidores, posesionados de espacios universitarios como el Auditorio de la
Facultad de Filosofía y Letras. Dichas personas se caracterizan por su
intolerancia, fanatismo, carencia de visión y propósitos, que se consumen en
una estridencia y rechazo a todo y a todos. Además de destructivos y vandálicos,
esos falsos activistas se han apropiado de los espacios universitarios y han
hecho de ellos su modus vivendi,
usándolos para actividades nada dignificantes como vender chucherías, comida
chatarra y aun productos ilegales como alcohol y drogas. Se dicen anarquistas
pero ni siquiera saben el significado del término, pues se prestan dócilmente a
servir a ciertas personas y grupos.
Tal vez este comentario moleste a algunos profesores,
pero recordemos que fueron también profesores quienes contribuyeron a esta
pérdida. La indiferencia, silencio y cobardía ante las bribonadas por todos
conocidas, ha sido directamente proporcional a la incapacidad y pereza para
pensar e imaginar cómo recuperar las propuestas innovadoras del Colegio; para
proponer formas de contención del desplome educativo; para hacer eficaces a los
órganos colegiados, que podrían haber acotado la actuación discrecional y
arbitraria de las autoridades. Aún existen algunos profesores fundadores, pero
todos guardan hoy un discreto silencio, pues de lo que se trata es de lograr un
mejor retiro y más vale tener contentos a los zafios burócratas. Por no hablar de
los que gustosamente contribuyeron al desastre.
¿Qué sigue para el Colegio?, nos preguntamos todos los
profesores. Lo más seguro es que, llegado el momento, las autoridades
educativas apliquen sin mayor problema ni oposición una medida ya anunciada: la
separación del bachillerato de la UNAM, dejando a ésta sólo con licenciaturas y
posgrados. Un desprendimiento necesario ante los males que hoy padece la Máxima
Casa de Estudios, al igual que el país todo: macrocefalia y obesidad. Porque si
bien antes existían razones para oponerse a esta medida, hoy ya no queda ningún
argumento válido. ¿Cómo justificar un presupuesto tan generoso para resultados
tan nimios? ¿Cómo explicar que otras instituciones con menores recursos,
infraestructura y aun personal docente, entreguen los mismos resultados y
algunas quizá mejores? ¿Cómo demostrar el carácter especial de un bachillerato
que naufraga en el desconcierto, la improvisación y el desastre?
Las últimas administraciones, unas más, otras menos,
han pavimentado este camino, pero en especial la actual: un individuo como el
doctor Jesús Salinas Herrera, que llegó a la dirección general del CCH con la
promesa de no practicar el nepotismo, lo primero que hizo fue poner al cuñado,
ya jubilado, al frente del almacén del plantel Vallejo; envió al hijo,
reprobado en su examen de admisión como docente del CCH (no faltó quien se
prestara a “la revisión” del examen y lo aprobara), a estudiar su doctorado (no
sé si becado o con sueldo incluido, es igual); quitó al director de ese plantel
y puso a otro director y su equipo a su antojo, algunos impresentables o con
negros antecedentes en otros planteles, e hizo lo mismo en la dirección general
(en menos de un año corrió al secretario general y a la secretaria académica,
dos piezas clave en la buena marcha de la institución). Pero en el aspecto
propiamente educativo, su gran logro ha sido retomar la “revisión” de un plan
de estudios realizado por su antecesora, empeorarlo, aprobarlo e imponerlo con
el consecuente rechazo de los profesores, quienes no dudan en juzgarlo como un
verdadero galimatías.
Las consecuencias de este desgobierno están a la
vista: una comunidad donde cada uno hace lo que quiere; sin planeación ni
dirección; despido de los mejores trabajadores y agresión a profesores; elevado
consumo de alcohol y drogas sin que los directivos hagan nada; jóvenes que nunca
entran a clase o se convulsionan en los jardines por el “pasón” (el pasado 8 de
noviembre una menor fue detenida y remitida al ministerio público especializado
por vender brownies repletos de marihuana; ¡vaya!, el director del plantel
Vallejo, a quien nunca se encuentra en las instalaciones escolares, solicitó
por fin la intervención de las autoridades correspondientes, sin parar mientes
en que la alumna es menor de edad, pues tiene apenas 16 años) y se dice que los
propios integrantes de su equipo están en
connivencia con los vendedores. En síntesis, un desastre desolador que,
se pensaba, sólo se ve y se vive en los reclusorios, pero nunca en una escuela.
Y menos en una que se proponía como modelo de enseñanza y educación.
Estos son los resultados de la administración
encabezada por el doctor Jesús Salinas, a quien el rector y la Junta de
Gobierno no deben permitir su reelección como director general del CCH, e
impedirle desde ahora cualquier acción para influir en la designación de ningún
director ni funcionario de ningún plantel.
TIEMPOS DE JESÚS SALINAS:
Un
profesor llega en su auto a la puerta del estacionamiento. Burlona, la
vigilante que supuestamente la atiende le dice: “Los porros no pueden entrar a
este plantel”. Ríe con descaro en la cara del profesor. Por fin levanta de mala
gana la pluma y lo deja pasar. El hecho se repite otro día. Ahora quien realiza
la befa es un individuo que también actúa como “vigilante”. Vuelve a decir lo
mismo al profesor que, casualmente, fue director del plantel y despedido sin
ninguna explicación por parte del director general, doctor Jesús Salinas
Herrera. Ahora éste lo considera su enemigo. El profesor encuentra casualmente
al director del plantel Vallejo y le expone la situación: “¡Qué barbaridad,
esto no puede suceder, qué falta de respeto! Le sugiero que levante un acta en
el Departamento Jurídico”, dice con socarronería el funcionario. Pacientemente,
el profesor consigue los nombres de los empleados que lo han agredido, va,
levanta el acta y aun escribe una carta al rector de la UNAM para exponer el
problema. ¿Resultado? Ninguno. Es el CCH, parecen decir los hechos: una tierra
de nadie. Sí, corrijo: la de los bribones y cínicos. Los empleaditos que
realizaron la burla fueron aleccionados, el profesor ni siquiera los conocía. Son
los mismos que harán lo mismo al director general y sus acólitos cuando dejen
el poder. ¿Alguien aún apela al espíritu universitario?
Conocí al señor Manuel Cruz Miranda desde que llegué
al plantel Vallejo y lo traté como jefe del Departamento de Publicaciones que
él era. Acostumbrado a lidiar con jefes de imprenta, talleres, encuadernadoras
y urgencias que siempre se presentan en el proceso de imprimir una revista o un
libro, me di cuenta de inmediato que se trataba de un trabajador ejemplar, como
pocos en el ámbito universitario: puntual, responsable, amable, los trabajos bien
hechos hasta donde lo permitían los recursos y sobre todo alguien para quien los
“no se puede”, “ya es tarde”, o “me faltan piezas para la máquina” no existen. Pues
bien, impulsada por antiguos rencores derivados de elecciones sindicales en las
que Manuel Cruz se impuso sobre ella cuando ambos eran trabajadores
sindicalizados, una mujer asignada al Departamento de Impresiones sentenció a
Manuel: “Yo me encargo de que dejes de ser jefe de este departamento, te lo
juro”. La mujer presume tener relaciones con el secretario de conflictos del
Stunam.
Intrigante, instigadora, calumniadora, conflictiva, la
mujer acusó a Manuel de cuanta tontería se le ocurrió. Nada pudo comprobar,
nada probó, nada demostró, nadie le creyó. Sin embargo, valida de sus
relaciones trajo a cuatro o cinco golpeadores que amenazaron a Manuel.
Ingresaron hasta el área de trabajo, impidieron el paso al trabajador y casi lo
sacan a rastras a la calle y lo golpean, de no ser por la intervención de
varios profesores que detuvieron la agresión (existe un video del hecho, que
subiré en cuanto me lo hagan llegar). Lo indignante es que ningún elemento del
llamado “cuerpo directivo” hizo nada para respaldar a su empleado (Manuel era
trabajador de confianza). El colmo del cinismo vino cuando la mujer que funge
como policía del director le dijo: “Estás afectando la imagen del director,
mejor renuncia y ya jubílate”. Lo mismo le dijo el director: “Me estás causando
un conflicto”. ¡La imagen del director! Un timorato e inepto que sólo obedece
las órdenes de quien allí lo impuso, es decir, de Jesús Salinas Herrera, el
director general del CCH. Dudo mucho que el trabajo que realizaba Manuel (a todos
mis colegas profesores les consta) pueda ni siquiera ser igualado por quien quedó
en su lugar. Así naufraga y se desmorona el CCH, esa institución que don Pablo
González Casanova imaginó como modelo de educación para un México diferente.
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