EL CUAPINOLE
De verdad le preocupaba dónde enterrarían su cuerpo. Sus
raíces indias le recordaban constantemente que aceptar la incineración, llegar
por descuido a la fosa común, donar sus órganos para trasplantes o que sus
restos desaparecieran en alguna conflagración sería una blasfemia para la
naturaleza que lo había albergado, sustentado y fortalecido en su infancia.
Recordaba el cementerio de ese puerto en el Pacífico: una alta península que se
introducía algunos cientos de metros en el mar, lo suficientemente amplia para
albergar nichos, tumbas pobres con apenas una cruz de identidad y capillas que semejaban palacetes con vista
al mar. Envidiaba a los muertos que reposaban rodeados del arrullo y estruendo
del océano, pero cuando preguntó si le podían dar hospedaje allí el fiscal se
negó, dijo que era solo para los lugareños. Recordó aquella catedral en
Haarlem, que se volvió un cementerio después de las guerras religiosas y en su
órgano gigante habían tocado músicos que dialogaron con el Creador a través de
sus composiciones, pero nunca se le ocurrió ir a descansar alejado de sus
montañas. Cuando estuvo con los gitanos en Donostia lo llevaron a una alta
colina desde donde se divisaba el Mar del Norte, y pensó que ese era un buen
sitio para quedarse. Pero era muy joven aún y pensó que solo la fortuna podría
llevarlo de regreso si estaba decidido que allí reposara, al igual que aquella
inmensa estepa del Gobi, donde en las noches escuchó un crujido extraño que
primero atribuyó a la arena contrayéndose por el frío, pero después se dio
cuenta que era la alta atmósfera la que hacía el ruido. Pensó que la soledad y
el silencio del desierto permitían escuchar el sonido de los astros en esa
inmensidad de cielo y arena. No le importó quedarse allí, pues la muerte lo
uniría con sus antiguos hermanos tártaros, pero el destino dispuso otra cosa.
Por eso ahora recordó el cementerio de Sierra Sur: un sendero se apartaba discretamente
del camino principal y subía la suave pendiente. Allí algunas piedras cubiertas
de musgo verde indicaban las tumbas. Era un cementerio hasta cierto punto
reciente pues las señales más antiguas databan de 1760 y 1780. Parecía que
antes nadie había muerto. El caminito avanzaba sinuoso por entre nichos, lozas,
piedras que distinguían alguna tumba y
rústicas capillas. De pronto las ramas de un frondoso cuapinole se extendían
amorosas sobre el abigarrado cementerio. Fue un buen signo. Recordó que sus
ancestros indios habían elegido la juntura de tres arroyos para erigir el
corral, y este árbol milagroso que abundaba en la región lo alimentó con sus
frutos durante las interminables sequías. Produce unas vainas parecidas al
fruto del cacao, pero de concha dura y gruesa, capaz de resistir años a la
intemperie o viajar kilómetros entre las corrientes de agua y mantener incólume
su producto: un aromático y dulce polvo semejante al pinole, y unas almendras
parecidas a las castañas. Cuando el árbol de cuapinole se cae, de viejo, el agua
de los arroyos le va arrimando maleza y limo hasta cubrirlo totalmente y
enterrarlo. Años después resurge transformado en el ámbar más puro y fino que
los artesanos transforman en preciosas joyas; como él, que sólo se dispuso a
entregar lo mejor de sí en su vejez. Después de avanzar algunos pasos y cruzar
una capilla sin paredes, llegó al borde de esa especie de colina y después el
abismo y el verdor del monte se extendieron bajo sus pies. A lo lejos, el
azulado perfil de las montañas. Captó su atención un extraño viento que parecía
ascender por la montaña, mostrando el envés de la fronda silvestre y supo que
era el signo definitivo. Aquí es, se dijo, aquí reposaré. (Fragmento.)
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