miércoles, 1 de noviembre de 2017

EL CUAPINOLE

EL CUAPINOLE

De verdad le preocupaba dónde enterrarían su cuerpo. Sus raíces indias le recordaban constantemente que aceptar la incineración, llegar por descuido a la fosa común, donar sus órganos para trasplantes o que sus restos desaparecieran en alguna conflagración sería una blasfemia para la naturaleza que lo había albergado, sustentado y fortalecido en su infancia. Recordaba el cementerio de ese puerto en el Pacífico: una alta península que se introducía algunos cientos de metros en el mar, lo suficientemente amplia para albergar nichos, tumbas pobres con apenas una cruz de identidad  y capillas que semejaban palacetes con vista al mar. Envidiaba a los muertos que reposaban rodeados del arrullo y estruendo del océano, pero cuando preguntó si le podían dar hospedaje allí el fiscal se negó, dijo que era solo para los lugareños. Recordó aquella catedral en Haarlem, que se volvió un cementerio después de las guerras religiosas y en su órgano gigante habían tocado músicos que dialogaron con el Creador a través de sus composiciones, pero nunca se le ocurrió ir a descansar alejado de sus montañas. Cuando estuvo con los gitanos en Donostia lo llevaron a una alta colina desde donde se divisaba el Mar del Norte, y pensó que ese era un buen sitio para quedarse. Pero era muy joven aún y pensó que solo la fortuna podría llevarlo de regreso si estaba decidido que allí reposara, al igual que aquella inmensa estepa del Gobi, donde en las noches escuchó un crujido extraño que primero atribuyó a la arena contrayéndose por el frío, pero después se dio cuenta que era la alta atmósfera la que hacía el ruido. Pensó que la soledad y el silencio del desierto permitían escuchar el sonido de los astros en esa inmensidad de cielo y arena. No le importó quedarse allí, pues la muerte lo uniría con sus antiguos hermanos tártaros, pero el destino dispuso otra cosa. Por eso ahora recordó el cementerio de Sierra Sur: un sendero se apartaba discretamente del camino principal y subía la suave pendiente. Allí algunas piedras cubiertas de musgo verde indicaban las tumbas. Era un cementerio hasta cierto punto reciente pues las señales más antiguas databan de 1760 y 1780. Parecía que antes nadie había muerto. El caminito avanzaba sinuoso por entre nichos, lozas, piedras  que distinguían alguna tumba y rústicas capillas. De pronto las ramas de un frondoso cuapinole se extendían amorosas sobre el abigarrado cementerio. Fue un buen signo. Recordó que sus ancestros indios habían elegido la juntura de tres arroyos para erigir el corral, y este árbol milagroso que abundaba en la región lo alimentó con sus frutos durante las interminables sequías. Produce unas vainas parecidas al fruto del cacao, pero de concha dura y gruesa, capaz de resistir años a la intemperie o viajar kilómetros entre las corrientes de agua y mantener incólume su producto: un aromático y dulce polvo semejante al pinole, y unas almendras parecidas a las castañas. Cuando el árbol de cuapinole se cae, de viejo, el agua de los arroyos le va arrimando maleza y limo hasta cubrirlo totalmente y enterrarlo. Años después resurge transformado en el ámbar más puro y fino que los artesanos transforman en preciosas joyas; como él, que sólo se dispuso a entregar lo mejor de sí en su vejez. Después de avanzar algunos pasos y cruzar una capilla sin paredes, llegó al borde de esa especie de colina y después el abismo y el verdor del monte se extendieron bajo sus pies. A lo lejos, el azulado perfil de las montañas. Captó su atención un extraño viento que parecía ascender por la montaña, mostrando el envés de la fronda silvestre y supo que era el signo definitivo. Aquí es, se dijo, aquí reposaré. (Fragmento.)     

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