Los dichos y
los hechos
NOÉ AGUDO
La mayor burla para la inteligencia es ignorarla, hacer como
si no existiera. El documento que el director general del CCH entrega a la
comunidad del Colegio (Informe Gestión
Directiva 2014-2018) es un ejemplo de
este desdén. La serie de falacias, verdades a medias, mentiras y generalidades
que presenta en alrededor de 200 páginas es evidencia del absoluto desprecio
que tiene por la inteligencia de profesores, estudiantes y empleados de esta
institución.
Cuando uno
concluye la lectura se pregunta si no padece un agudo ataque de esquizofrenia,
porque la realidad contradice palmariamente cada una de las mentiras que
desliza el documento. ¿Dónde está ese Colegio modelo que pinta su informe?
¿Dónde los índices de egreso, aprovechamiento y alumnos sobresalientes que
presume? ¿Dónde el número de docentes que han logrado su definitividad o
promoción?
La
institución que figura en ese Informe
ꟷrepleto de faltas gramaticales, de estilo y tipográficasꟷ vive la peor de sus etapas como ya lo hemos señalado en
anteriores escritos: no existen dirección, liderazgo académico, orientación,
funcionamiento de los cuerpos colegiados, ni mucho menos mayor aprovechamiento,
eficiencia terminal ni incremento del egreso de la población estudiantil, como
hace alarde el documento. En todo caso, de existir alguna ligera variación en
dichos índices, sería el resultado del trabajo que su antecesora dejó ya hecho.
Pero ni así, todos saben que de ella retomó el manido recurso de la
actualización de los programas de estudio, tan sólo para provocar un desastre
mayor y crear el desconcierto entre los profesores.
Todos sabemos
que hoy día el CCH es un erial académico y cultural, pues por ninguna parte se
observa esa fantasía que da a conocer su documento. El director general no se
preocupa por la educación ni mucho menos por la situación de los profesores,
como lo demuestra el hecho de que sólo retoma con indolencia los programas y
proyectos propuestos desde rectoría, tratando de aplicarlos con desigual suerte,
o sigue rutinariamente proyectos y tareas creados durante anteriores
administraciones. Ningún nuevo proyecto, ninguna idea propia. La cantidad de
impugnaciones e inconformidades que han tenido las convocatorias de las que
presume su informe, son muestra del singular desaseo con que se realizan los
procesos, pues siempre se intenta favorecer a los incondicionales cuando se
trata de lograr una definitividad o promoción.
Si hay algún lugar de la UNAM donde
la visión patrimonialista de los recursos públicos sigue tan vigente como en
los años dorados del partido único, ese es el CCH. El director general no
cumplía aún su primer año de administración cuando decidió correr a la
secretaria administrativa del plantel Vallejo e imponer en su lugar a un individuo
dócil a sus dictados. ¿La razón? Aquella secretaria se tomó en serio la
obligación de realizar las obras a través de procesos transparentes y con
licitaciones de por medio, hecho que al director general no convenía, pues por
su experiencia burocrática sabe que allí existen jugosas tajadas. Esa es la
razón por la cual, infringiendo la normatividad del Colegio, que otorga al director
del plantel la libertad de designar a su propio equipo de trabajo, le impuso
como secretario administrativo a un individuo que había sido echado de otros
planteles por turbios manejos, pero que lo obedece obsecuentemente. Además,
impuso a su cuñado, ya jubilado, como jefe del almacén, para así operar con
discreción absoluta en cuanto a compras y adquisiciones. (Hoy, mañosamente y a
la espera de su ratificación para un segundo periodo, lo quitó de allí y lo
puso en otra área mientras se decide su suerte.)
Hasta hoy Jesús Salinas aún no ha
dado una explicación a la comunidad del CCH por qué despidió al anterior director
del plantel Vallejo e impuso otro a su gusto. Violando flagrantemente la normatividad
universitaria, primero quitó uno a uno los secretarios del anterior director,
hasta dejarlo solo y finalmente deponerlo. Lo logró cuando aquel cumplía apenas
su primer año en el cargo, sin explicar jamás las razones que lo llevaron a
cometer tan arbitrario hecho. Sobre todo cuando él mismo lo había impuesto,
pues todos sabemos que es el director general quien ofrece al rector la terna
para dirigir un plantel.
Hoy, cuando sus panegiristas circulan
cartas pidiendo su relección y afirman que “ha mantenido un ambiente de
estabilidad institucional y apertura al diálogo”, nos gustaría que explicara
este hecho, pues a partir de entonces el plantel Vallejo cayó en el abandono,
el olvido de sus funciones primordiales y la ausencia de dirección. Hoy es un plantel
sin orientación ni rumbo que vive al garete. Cecilio Rojas Espejo, el individuo
cercano a Jesús Salinas que ayudó a deponer al anterior director, es el primer
colaborador en la búsqueda de su relección. (¡Y cómo no, si su hija Adalith
Rojas López es la flamante coordinadora de la Olimpiada Universitaria del
Conocimiento!) Semanas antes de aparecer la convocatoria para renovar al
director general, empezó a buscar ansiosamente a los profesores inconformes,
para decirles que reconocían el desastre que vive el plantel Vallejo, confesar que
se habían equivocado en la designación del actual director, Cupertino Rubio
Rubio, y ofrecerles que estarían
dispuestos a cambiarlo, porque estaban enterados de que se dedicaba a otras
tareas, menos a dirigir el plantel.
La visión patrimonialista del Colegio en toda su desnudez: Un
funcionario que usa el tiempo pagado por el Colegio, y seguramente los
recursos, para buscar apoyos para la reelección de su jefe; que ha colocado a
la hija en un puesto donde debería estar cualquier profesora o profesor de entre
quienes llevan años organizando la Olimpiada Universitaria del Conocimiento;
que confiesa paladinamente que pueden quitar a otro director, pues se
equivocaron, y que considera que el CCH les pertenece y que pueden hacer con él
lo que se les ocurra. ¡Dónde existe esa estabilidad institucional!
Junto con esta concepción
patrimonialista viene otra práctica vergonzosa para una institución educativa:
el corporativismo. Como en los viejos
tiempos de partido único en el país, cuando se consideraba que al grupo en el
poder pertenecían los recursos de la nación y las propiedades públicas, así el
director general hoy aprovecha los recursos del Colegio para movilizar a sus
huestes (todos los que trabajan en su equipo o le deben algún puesto), u ofrece
comisiones y canonjías a otros para que redacten cartas, recojan firmas, se organicen
para acudir a hablar a su favor con los integrantes de la Junta de Gobierno y
convenzan a los demás compañeros de apoyarlo. Indigno de una institución
educativa perteneciente a la UNAM.
Desde luego, esto sucede en una
escuela donde el director general ha sido el primero en violar la normatividad
y actuar en la más absoluta discrecionalidad, sin rendir cuentas a nadie. Ojalá
y trastocar la normatividad universitaria hubiera sido el único acto en detrimento
del plantel Vallejo, pero han sido muchos más. En primer lugar usa el plantel a
su modo y conveniencia, lo emplea como su base, como si le perteneciera. Todos
los funcionarios fueron designados por él, empezando por el títere que lo
encabeza. De allí que no haya autoridad y el plantel sea el que encabece la
distribución y consumo de drogas a todas horas del día, así como la suciedad,
la incuria y el abandono. El sindicato y quien sea más fuerte decide quién debe
laborar en el plantel y quién no. Véase en mi blog “Los fuerzan a ir al baile” (https://enhebro-ideas.blogspot.mx).
Varios profesores se enteraron que el
hijo del director general había reprobado el examen de conocimientos y allí
está en el plantel Sur, impartiendo clase; en la dirección general echó a la
doctora Rina Martínez Romero, secretaria académica, y puso en su lugar a otra
persona a modo; corrió al secretario general, ingeniero Miguel Ángel Rodríguez
Chávez, para colocar a alguien absolutamente incondicional. Y así en otros
cargos.
Dicen que los jefes de primera buscan
colaboradores de primera, en tanto que los jefes de segunda se rodean de
colaboradores de tercera, y así está el Colegio. Por eso no hay propuestas
serias, el CCH ha perdido su carácter
especial de bachillerato, de su modelo educativo ya nadie se acuerda, es un
colegio más del montón, aunque en el fantasioso informe de gestión aparezca
como un modelo de eficacia y grandes logros. Así que, ¿dónde está ese “perfil
académico que lo consolida nacional e internacionalmente”? ¿O como qué lo
consolida?
Es urgente que el rector y los
integrantes de la Junta de Gobierno no permitan que el Colegio se pierda. Es
necesario ponerlo al día, rescatarlo del fracaso a que lo han llevado individuos
que sólo aprovechan sus recursos para beneficiarse personalmente, colocar y
promover a su familia y amigos, pero que han sido incapaces de aportar ninguna
idea o proyecto que tienda a hacer realidad el promisorio bachillerato universitario
que alguna vez se planteó. Mientras el país echa a andar una reforma educativa
de fondo, que atiende factores determinantes en el aprovechamiento de los
estudiantes (véase “Educar las Emociones”, al final de este escrito), el CCH
vive en el desconcierto y atraviesa su peor etapa. Cuando debería ser
justamente el ejemplo de escuela capaz de brindar la educación exigida por nuestro
tiempo: la que enseña aprender, la que forma al alumno para un aprendizaje
autónomo y la que inculca el aprendizaje para toda la vida.
Si quisieran conocer de primera mano
lo que el doctor Jesús Salinas ha hecho del Colegio, bastaría con que entrevistaran
a quienes ha lastimado y ofendido. Bastaría que llamaran a profesores que han
sufrido su acoso y venganza, como es mi caso, y no creer las versiones
fantásticas y edulcoradas que él y sus incondicionales difunden hoy en busca de
su reelección. Tiene varias denuncias ante la Comisión Nacional de los Derechos
Humanos, la Defensoría de los Derechos Universitarios y mantiene en el limbo
acusaciones sin fundamento en la Comisión Mixta de Conciliación y Resolución,
esperando que los profesores desistan o mueran, además de demandas laborales en
las instancias respectivas. Porque, de creerle, es seguro que también logrará
burlarse de la inteligencia del rector,
de los integrantes de la Junta de Gobierno y del Consejo Universitario. Como
hoy cree que ha logrado hacerlo con la de profesores, trabajadores y alumnos
del CCH.
CÓMO SALIR DEL CÍRCULO VICIOSO
Lo
que pareciera ser el ciclo del eterno retorno de lo mismo en el CCH tiene
solución, pero para ello se requiere de una reforma profunda y esto nadie se ha
atrevido a proponer ni emprender. Cada aspirante a director general promete que
él sí respetará la normatividad universitaria, no obsequiará plazas, vigilará
que los concursos para lograr una plaza o promoverse sean transparentes,
mantendrá las puertas abiertas, no actuará para un grupo ni practicará el
nepotismo y será incluyente, etc. Sin embargo, apenas toman el control olvidan
sus promesas.
Con un discurso así llegó Jesús
Salinas y apenas pasados unos días nos dimos cuenta de su verdadero estilo. Un
grupo de profesores y yo nos propusimos llevar personajes destacados de la
cultura al CCH, porque los estudiantes lo necesitan. Conocer a un escritor, un
científico o un personaje sobresaliente los transforma. Llevamos a varios, entre
ellos a los directores de las revistas Algarabía
y Proceso, a la escritora Laura
Esquivel, etc. Pero el día que logramos que Elena Poniatowska acudiera al
plantel Vallejo (enero de 2016), un hecho sobresaliente y tumultuoso que no se
volverá a repetir, el doctor Jesús Salinas cuidó muy bien de dictar
instrucciones para que quienes redactan Gaceta
CCH (y solicitó a la misma Gaceta
UNAM) para que no mencionaran por
ninguna parte nuestros nombres, como si Elena hubiera aparecido allí por
milagro. ¿La razón? Por increíble que parezca, no le podíamos hacer sombra. Eso
sí, ordenó al mensajero llevar hasta la misma casa de la escritora la gaceta,
para que se notara cuán caballeroso y culto es el director de la institución
adonde Elena acudió.
Ridículos como éste reflejan un
enorme complejo o una patología más extrema, pero así pude conocer el estilo
“incluyente” del director general.
Lo que origina este comportamiento
es la falta de mecanismos de vigilancia y control dentro del Colegio. El
director general y los directores de los planteles pueden actuar con absoluta
discrecionalidad y opacidad. Los organismos colegiados, que deberían ser el
contrapeso a las decisiones y acciones arbitrarias, no tienen libertad para
actuar pues es el mismo director general y los directores quienes los presiden
y controlan. Su función, cuando actúan, se reduce a lo académico, como si todas
las demás acciones no repercutieran en ello. Los medios de información interna
sólo existen para difundir lo que enaltece y hace lucir a los funcionarios. Así
que, ¿cómo enterarnos y señalar sus malos manejos?
Es verdad que la honestidad,
preparación profesional y preocupación auténtica por la educación influye en
una mejor administración y el CCH ha tenido buenos directores. Pero de un
tiempo a la fecha parecen haberse extinguido. La mayoría solo va por el botín.
En las escuelas que administra la
SEP todas las plazas administrativas y de gobierno deben someterse a concurso, al igual que las de profesores.
Es una buena medida y ya veremos cómo funciona, por ahora es demasiado
temprano. Pero quizá algo así deba pensarse para el CCH. Por ahora debemos
seguir confiando en la Junta de Gobierno y el rector.
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