Mientras resbala el
vino
Viernes, 9:30 de la noche. Llego agotado a mi casa, dejo por
ahí mi portafolio y me dispongo a cenar. Ha sido una semana brutal. La jornada
de este último día hábil inició a las 2:00 de la mañana. Por no ver bien el
reloj o simplemente porque quise trabajar durante la madrugada me levanté a esa
hora y ya no me volví a acostar, sino que me bañé y vestí, después comí fruta y
bebí un reconfortante café mientras leía los diarios en línea. A las 6:30 me
voy dar clase, salgo a las 11:00 y regreso a almorzar a casa. Contesto algunos
correos y llamadas y quiero hacer una siesta, pero ya no hay tiempo. Estoy
citado a las 13:00 horas a una reunión de academia en el bachillerato donde
imparto clases por la tarde, así que debo irme rápido. La reunión es para
informarnos de las modificaciones, casi todas agregados e incremento de nuevas
responsabilidades con las que recibimos e iniciaremos este ciclo, pues la
reforma educativa está en marcha. Unos minutos antes de las 15:00 horas
concluye la reunión y debo ir a otro edificio, donde sigo un curso que también
termina hoy. Allí la instructora nos atiborra de recomendaciones y lecturas, se
cansa de repetirnos que las formas de evaluación deben atender no sólo la
calificación sino la actitud, los procedimientos, los valores y logros de los
estudiantes. Buenos propósitos si no fuera por lo que ha dicho el maestro
Manuel Gil Antón: la educación es un asunto multifactorial y no depende solamente
del profesor. Su metáfora de la carretera llena de baches, sin pavimentar,
repleta de curvas y tener que avanzar por ella en un vehículo destartalado, con
motor viejo, piezas descompuestas y otras a punto de romperse, y esperar que
todo lo resuelva el conductor (el chófer) resulta acertadísima. Ese es el
trayecto de la educación en México y esos son los recursos de que disponemos, y
la gran mayoría de los esfuerzos (si no es que todos) los depositan en el
profesor. No es lamento ni rechazo, pero hay que mover otros resortes si se
quiere que la reforma educativa funcione y aporte resultados. Al final mis
colegas y yo nos organizamos para ir por comida. Hay que celebrar que ha
terminado el curso y se acuerda que comeremos pizzas con los infaltables
refrescos. En medio del grupo reconozco la valía de muchos elementos. Allí está
Erika, una joven discreta y seria que, por lo que escuché y observé, sé que es
una magnífica profesora. En un receso le pregunto qué pensaba cuando decidió
estudiar literatura española, y dice que nada, no se propuso ser escritora ni
crítica literaria, simplemente le gusta la literatura y por eso estudió Letras
Hispánicas. Eso la distingue. También está Adriana, una maestra guerrerense de
dedos largos de pianista y cuerpo lánguido, que ya para despedirnos me regala
un librito con sus escritos, que son relatos que son poemas que son sueños que
son deseos de alguien que sabe mirar las cosas e interrogarse por qué aparecen,
por qué están allí y para qué son y buscando las respuestas lee a todos los
autores que se han hecho similares preguntas. Y la presencia siempre benéfica
de la lluvia. ¡Ahh! Conocí también a David, un profesor también joven, aún con
las secuelas de ese pensamiento relativista que supone que, si los contenidos
de estudio abordaran lo que rodea y afecta al alumno, éste aprenderá mejor o
desarrollará una mejor disposición hacia el estudio. David advierte, sin
embargo, la necesidad de profesionalizarse y en algún momento se dará cuenta que solo
el verdadero estudio nos lleva a aquello que nos interesa. Conocí a Ángela, una
vieja maestra que ha conocido otras épocas, otros momentos, otros intentos, otros
fracasos y logros, tal vez, pero que estuvo allí como si fuera la primera vez,
aportando sus experiencias y conocimientos. Y así, acompañados de ese horrendo
café soluble (mucho debe Nescafé a los profesores), galletas, tostadas secas
que venden embolsadas, pizzas, ensaladas de atún que son como mazacote o
engrudo y refrescos gaseosos, he convivido con mis colegas, mis compañeros,
amigos y hago este repaso mientras devoro una pechuga asada acompañada de
champiñones, nopales asados también y una copa de vino tinto que todo lo
purifica. Fin de semana.
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