miércoles, 7 de agosto de 2013

Relato erótico: La Tejonera

La tejonera

NOÉ AGUDO

Desde que entré detenido en la cárcel de ese poblado perdido en la costa había escuchado gritar vehementemente a un hombre: “¡Zenaida, Otilia, Violeta!” A veces variaba el orden pero eran siempre los mismos nombres. Al día siguiente me sacaron al patio y descubrí que sólo éramos él y yo los detenidos. Sentado en el piso, metía las manos debajo de sus piernas, se balanceaba y susurraba quedamente, como agotado después de gritar día y noche. Reanimado porque por fin había podido hablar con un abogado para que me sacara de ese lío absurdo (había atropellado un hermoso caballo blanco que se atravesó a todo galope), me acerqué al hombre y le invité un trago de café.
    −¡No vaya a la sierra, no suba a la sierra! −lloriqueó−, no la podrá olvidar, y lo peor es que ni siquiera sabrá cómo llamarla. La siento aquí, siento su ausencia aquí, y por aquí me voy vaciando –y apretaba las piernas contra su vientre. Lloró, se balanceó más de prisa, y entre estertores y sollozos contó lo que sigue:
    Era agrónomo y había llegado a cierta población de la sierra para supervisar las almácigas de café que preparaban los beneficiarios de un crédito bancario. Una lluvia incesante lo retuvo allí por dos días, hasta que al tercero brilló por la tarde un sol tibio. Se asomó a la calle en el momento en que una anciana pasaba con tres jabalíes domesticados. Sorprendido, la irrupción de una mujer joven lo sacó de su azoro: “Yo tengo un tejón” le dijo, e hizo el ademán de invitarlo a pasar a un diminuto bar, enfrente. Por aburrición, hambre y sed, aceptó. Entró y pidió una cerveza al tiempo que preguntaba por el tejón.
    “Lo voy a traer” dijo la joven mujer, una morena achaparrada de sólidas piernas que caminaba descalza. Regresó con un animal que más bien parecía un simio. Se abrazaba juguetón a su ama, y con sus manitas trataba de desatar la blusa mientras ella sonreía displicente. Cuando logró desatar las cintas aparecieron un par de tetas prodigiosas y la mujer dijo sin recato: “Venga, es lo que le gusta”, y subió al animal sobre una columna de cartones. El hombre dudó, incrédulo, acababa de conocerla y estaban sobre la calle principal, las puertas abiertas, en cualquier momento podía entrar alguien. “Despreocúpese”, dijo ella, “todos viven espantados tratando de saber por qué se están volviendo locos. Nadie vendrá”.     
    Con leves movimientos la mujer extrajo sus pantaletas rojas, se inclinó sobre una mesa y levantó su ampulosa falda. El hombre lloraba mientras lo contaba: el culo más hermoso visto en su vida: redondo, moreno, duro; cada glúteo marcado con un pequeño hoyuelo, como luceros que guiaran a quien tripulara esas firmes masas del deseo. Galopó, navegó y voló sobre ellas, hasta que el destello de un relámpago le nubló la vista cuando se vaciaba y el chillido del animal, que no había cesado de aplaudir, lo sumió en la inconsciencia. Despertó en la calle de un pueblo abandonado, cuando una bandada de urracas  pasaba volando y parecían burlarse de él. De allí lo recogieron y lo trajeron, creyéndolo loco. Cada vez más quedo, siguió repitiendo “¡Zenaida, Otilia, Violeta!”.


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