La tejonera
NOÉ AGUDO
Desde
que entré detenido en la cárcel de ese poblado perdido en la costa había
escuchado gritar vehementemente a un hombre: “¡Zenaida, Otilia, Violeta!” A
veces variaba el orden pero eran siempre los mismos nombres. Al día siguiente me
sacaron al patio y descubrí que sólo éramos él y yo los detenidos. Sentado en
el piso, metía las manos debajo de sus piernas, se balanceaba y susurraba
quedamente, como agotado después de gritar día y noche. Reanimado porque por
fin había podido hablar con un abogado para que me sacara de ese lío absurdo
(había atropellado un hermoso caballo blanco que se atravesó a todo galope), me
acerqué al hombre y le invité un trago de café.
−¡No vaya a la sierra, no suba a la sierra!
−lloriqueó−, no la podrá olvidar, y lo peor es que ni siquiera sabrá cómo llamarla.
La siento aquí, siento su ausencia aquí, y por aquí me voy vaciando –y apretaba
las piernas contra su vientre. Lloró, se balanceó más de prisa, y entre
estertores y sollozos contó lo que sigue:
Era agrónomo y había llegado a cierta
población de la sierra para supervisar las almácigas de café que preparaban los
beneficiarios de un crédito bancario. Una lluvia incesante lo retuvo allí por
dos días, hasta que al tercero brilló por la tarde un sol tibio. Se asomó a la
calle en el momento en que una anciana pasaba con tres jabalíes domesticados.
Sorprendido, la irrupción de una mujer joven lo sacó de su azoro: “Yo tengo un
tejón” le dijo, e hizo el ademán de invitarlo a pasar a un diminuto bar,
enfrente. Por aburrición, hambre y sed, aceptó. Entró y pidió una cerveza al
tiempo que preguntaba por el tejón.
“Lo voy a traer” dijo la joven mujer, una
morena achaparrada de sólidas piernas que caminaba descalza. Regresó con un
animal que más bien parecía un simio. Se abrazaba juguetón a su ama, y con sus
manitas trataba de desatar la blusa mientras ella sonreía displicente. Cuando
logró desatar las cintas aparecieron un par de tetas prodigiosas y la mujer
dijo sin recato: “Venga, es lo que le gusta”, y subió al animal sobre una
columna de cartones. El hombre dudó, incrédulo, acababa de conocerla y estaban
sobre la calle principal, las puertas abiertas, en cualquier momento podía
entrar alguien. “Despreocúpese”, dijo ella, “todos viven espantados tratando de
saber por qué se están volviendo locos. Nadie vendrá”.
Con leves movimientos la mujer extrajo sus
pantaletas rojas, se inclinó sobre una mesa y levantó su ampulosa falda. El
hombre lloraba mientras lo contaba: el culo más hermoso visto en su vida:
redondo, moreno, duro; cada glúteo marcado con un pequeño hoyuelo, como luceros
que guiaran a quien tripulara esas firmes masas del deseo. Galopó, navegó y
voló sobre ellas, hasta que el destello de un relámpago le nubló la vista
cuando se vaciaba y el chillido del animal, que no había cesado de aplaudir, lo
sumió en la inconsciencia. Despertó en la calle de un pueblo abandonado, cuando
una bandada de urracas pasaba volando y
parecían burlarse de él. De allí lo recogieron y lo trajeron, creyéndolo loco.
Cada vez más quedo, siguió repitiendo “¡Zenaida, Otilia, Violeta!”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario